El enorme, alegre, viviente, irónico, melancólico, creador, mundo céltico, grandeza de las rocas, alegría de las fuentes, vivir de las robledas, ironía del cuco, melancolía del retamal bajo el viento, creación de cada nueva noche en el mar, sigue batiendo con su lluvia refrescante en la sequedad presumida de las letras de Occidente. Él, el celta, el verdadero occidente. Siempre a caballo sobre el océano como las hadas sobre las cercas pedregosas de las islas Aran. Y luego, sobre todo, la capacidad mitológica. Quiero decir la personalización dramática de las cosas. Cuando un gran celta haga filosofía —aún no tuvieron tiempo, mejor para ellos, son más jóvenes—. Gran inteligencia, será visible como una elegante dama delgada, reluciente y los caminos de la Intuición ahondarán las montañas como ahondan los lechos de los ríos.
Los celtas aman el agua. La originaria esfera del mar, las lluvias femeninas, sedentarias, que sueñan con seducir en un vivir reposado al joven viento alocado y errante como los bardos, y a los ríos. El río camino, organismo, esencia, cantar, invitación al río agua. Jamás pierden los celtas la relación con la originalidad del Universo, en otras razas, gastado por la técnica, por la interpretación. Y abarcando la originalidad de su universo céltico, James Joyce, el autor del Ulysses, trabaja ahora, desde hace años, en otra obra con método cósmico del Atlántico cincelando la forma de un promontorio, de la lengua rodeada cada día de su devenir, un poco más cerca del misterio.
Según se dice, es un libro de inspiración fluvial. Esto dice poco. Figura retórica siendo cosmología. Algo semejante al vasto proyecto de Dostoievski —un personaje central único: Dios— o, el más modesto de Balzac —el cuerpo social en tiempo paciente, heroico, triunfante—. A pesar de los disgustos localistas el cerebro de James Joyce debe tener la forma de una Irlanda verde con ideas y en su corazón resuenan todas las horas con el repicar de las campanas de Dublín.
La obra hasta hoy, solamente produjo una rama: «Ana Livia Plurabela». Es el río Liffey, el río de Dublín. Dos lavanderas se cuentan la leyenda y la historia de Ana Livia. El río se agranda conforme discurre la obra. Ya, al caer la noche, las lavanderas no se miran una a otra, y sus palabras ya no son conversación. Una se convierte en piedra, y otra en agua. El lenguaje es el río, atrevido, tranquilo, remansado, bramante, color de luna, de sol, de viento, de estrellas como la lengua del pueblo. Pues igual que en el Ulysses la lengua es el gran personaje, jamás rematado como en los labios del pueblo.
El inglés en la prosa de Joyce ya no es inglés, sino celta marino, infinito, originario, con la invención verbal del niño, del pedante, del bohemio, del labrador, del marinero. Para quien tenga fe en la decadencia de Europa hay que recomendarle una meditación en torno a esta juventud del espíritu celta, y para los que piensan en el porvenir de la cultura gallega hay un optimismo creciente en la vitalidad de la gran familia étnica, la nuestra, bien bautizada en la ola siempre nueva y feliz.





