Desencantos duraderos y efímeras felices epifanías
por Stefano Ballarin el
Ref.: José Mateos (2025): Los años decisivos, Valencia, Pre-Textos. [228 pp., 20,00 €].
Utopía y desencanto. Al final del milenio, Claudio Magris escribía que la historia literaria occidental de los últimos dos siglos es la de la «inseparable simbiosis»[1] de utopía y desencanto. Si la primera es un impulso contra la resignación, un horizonte ético imperfecto y una esperanza lúcida ligada también a la tradición mesiánica que quiere conservar la memoria de las víctimas olvidadas por la Historia, el segundo, además del horizonte racional de la modernidad trazado por Weber, es la corrección necesaria de la utopía para evitar el absolutismo, una aceptación de las contradicciones, una ironía trágica que reconoce el mal sin caer en el cinismo y una forma exigente de esperanza que ha perdido la inocencia. La tensión a la que alude el escritor triestino, en algunas de sus mejores páginas y como contrapunto de las leopardianas magnifiche sorti e progressive de la Historia, nos muestra con frecuencia que el individuo padece «una herida profunda» que le dificulta realizar plenamente su personalidad y «le hace sentir la ausencia de la verdadera vida»,[2] una sensación de malestar y de fragilidad que el progreso colectivo agudiza. Un canon literario que encerrase esa dialéctica del doloroso y a la vez saludable aprendizaje de la decepción, en palabras de Félix de Azúa, también debería incluir, en adelante, una obra sincera como Los años decisivos, del jerezano José Mateos, en la que la combinación acertada de narración y reflexión dibuja un retrato conmovedor de la protagonista y un fresco de la generación que entró de joven en la Transición democrática, acompañándolos hasta las arenas del presente.
Odiseas de una desilusión. En junio de 1958, Ennio Flaiano, el gran guionista, escritor y crítico, apunta en sus cuadernos que está trabajando con Federico Fellini y Tullio Pinelli en una vieja idea para una película: la historia del joven provinciano que llega a Roma para ser periodista. El título ya lo tienen, La dolce vita, pero no han escrito ni una línea todavía. En otra entrada del mismo mes, leemos que el protagonista será uno de esos jóvenes que se han dejado seducir por la «civilización de la sensación» —o por la sociedad del espectáculo, como Guy Debord la denominará con acierto unos pocos años después— y que cuentan «los escándalos y las bobadas» que cometen los demás. Es un hombre que se ha amparado en esa misma sociedad que desprecia y al que no le importa haber renunciado a sus primeros ideales, que ahora le parecen no solo arduos, sino también inútiles. Si a comienzos del verano el guion no existía, en septiembre Flaiano escribe que después de tres meses en la playa han terminado de escribir la película. Sin embargo, añade, empiezan los problemas de siempre: el productor se niega a hacerla; los críticos que han leído el guion sacuden la cabeza porque la historia les parece «descosida, falsa, pesimista e insolente» mientras que el público, sostienen, quiere un poco de esperanza. Leyendo las notas de Flaiano publicadas en La solitudine del satiro,[3] resulta inmediato pensar en el parentesco entre el Marcello Rubini de la película, en la inolvidable interpretación de Mastroianni, y el Lucien de Rubempré balzaquiano, quien, además, termina trabajando también como periodista. El joven protagonista de Las ilusiones perdidas forma con el Julien Sorel de El rojo y el negro de Stendhal y con el Frédéric Moreau de La educación sentimental de Flaubert el peculiar trío de mosqueteros de las «antiepopeyas del desencanto» u «odiseas de una desilusión» decimonónicas. Las locuciones son siempre de Magris, pero, en realidad, él las asocia, en perspectiva a la vez hegeliana y weberiana, a la ascesis de la novela moderna a secas, desde las cenizas de la épica, a la reducción del radio de acción del héroe y al triunfo, en suma, de la prosa del mundo sobre la poesía.[4]
De pérdidas y abandonos. Otro escritor, también periodista, Emmanuel Carrère, titula una colección de artículos y reportajes Il est avantageux d’avoir où aller: conviene tener un sitio adonde ir, una de las respuestas que ofrece el I Ching, el antiguo libro oracular chino, cuando se lo consulta. Como en toda odisea que se respete, aunque lo sea de la desilusión, lo preceptivo es abandonar el solar natío, normalmente un pueblo o una ciudad de provincias, y adonde conviene ir es a la capital. Es lo que mueve no solo a los protagonistas de algunos de los clásicos decimonónicos arriba mencionados, sino también a los de algunas novelas contemporáneas que tienen el desencanto entre las líneas argumentales principales: Volver al mundo de J. Á. González Sainz o El cielo de Madrid de Julio Llamazares. Y lo mismo atrae a Marta Ortega Viar, la narradora y protagonista de Los años decisivos, el año de la muerte de Franco: mudarse a Madrid desde su Algeciras natal para estudiar filosofía, sedienta de respuestas a la inquietud existencial que lleva dentro, carrera que interrumpirá y reanudará varias veces. Huérfana precoz de un padre torero y sujeta a la deriva de depresiones cíclicas, sufre también la pérdida de la madre al poco de instalarse en la ciudad. En el clima de fervor político y social de la Transición, roza grupos que flirtean con la violencia política, pero de los que se aleja, pasando también por una breve detención. A una primera relación amorosa con Silverio, un chico demasiado diferente a ella, pero que resulta «una tabla de salvación» provisional, sigue el descubrimiento del amor fou por Willi, un rockero abocado a la autodestrucción, con el que comparte los años a tope de la movida. La muerte de su compañero, reflexiona Marta, deja al descubierto «una condición de nuestra naturaleza: la de nuestro apego a lo que nos destruye, la de nuestra atracción irracional hacia la ilusión que nos envenena» (p. 120). La enésima reanudación de la carrera conlleva una estancia en París para estudiar el pensamiento del filósofo Anton Frochard, pero el trato con el profesor en persona le asesta a Marta uno de los golpes más duros, el de una agresión sexual. Tampoco falta, en la novela, lo que, como hemos visto, constituye casi una marca del género, el paso por el periodismo, experiencia que acomete la protagonista a su retorno al Sur —el nostos— y que posteriormente describe con una lúcida amargura digna de Larra: «Entré en el periodismo con la ilusión de la novedad, pero pronto me desengañé, pronto me di cuenta de que los periódicos son los cementerios de las ideas, allí donde las ideas, una vez que lo han dado todo, se retiran a morir» (p. 190).
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