Primeras notas sobre Ulysses (1930)

El primer contacto con Ulysses fue motivo para mí de una inesperada decepción. Vivamente picado por la curiosidad por un artículo de Valéry Larbaud en la N. R. F.[1] hablando de este libro, me procuré el texto inglés (no traducido aún a ninguna otra lengua) demasiado confiado a mis conocimientos de aquel idioma. La lectura —si lectura puede llamarse— de algunas páginas, con un enervante e infructuoso trabajo de diccionario, me hizo desistir bien pronto de mi intento. El inglés de Joyce, esmaltado de palabras irlandesas, argot periodístico y puro slang londinense, mezclado con vocabularios de la Edad Media, academicismos e incluso con invenciones verbales inéditas, me resultaba poco menos que ininteligible. Mi deseo de conocer una obra que sospechaba única y de asimilación indispensable dadas mis preferencias literarias, se hizo aun más exacerbado ante aquel fracaso. Esto explica que, justo aparecida la versión francesa, llevada a cabo por tres traductores, uno de ellos inglés, asistidos por el propio Joyce (esto me consuela un poco) me apresuré a comprarla, a pesar de tratarse de una tirada limitada y carísima. Hacía falta aún otro sacrificio. Encontrar el tiempo necesario para leer con atención unas novecientas páginas in-quarto, densas y difíciles. Algunos ratos de este verano último me lo proporcionaron. Pero no he tenido todavía, a pesar de mi decidida voluntad de hacerlo, el necesario para concretar en un ensayo, hace meses proyectado, mi opinión sobre este libro inmenso e incomprensible. (Este último adjetivo no se debe a ningún descuido: es verdaderamente incomprensible lo que quiero decir). Las notas rápidas que siguen, dedicadas a los amigos de Hèlix, deben ser consideradas solamente como un pequeño anticipo provisional, susceptible de ser ampliado e, incluso, rectificado si conviene.

 

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Ulysses —esto lo sabe todo el mundo sin haberlo leído— es la historia de un día en la vida de un hombre, M. Bloom, íntimamente entrelazada —cañamazo y cordón umbilical— con la vida de una ciudad, Dublín. Bloom es un pequeño agente de publicidad, hijo de un judío húngaro, de una sensualidad vulgar, de mentalidad más bien mediocre, con una capa exterior de cultura pretenciosa de revista de divulgación científica y de pedantería de hoja de almanaque. Durante este día único, Bloom toma un baño, va a un entierro, acude a la redacción de su periódico, discute con un sinn-feiner,[2] observa codicioso a una modistilla provocativa en la playa, visita un hospital y un burdel y, avanzada la noche, regresa a su casa y se mete en cama al lado de su mujer, la cantante Marion Tweedy, que ya le estaba esperando. El monólogo interior de Marion, que ocupa más de cincuenta páginas sin un espacio, sin un punto ni una coma, es una de las cosas de un verismo más crudo y desgarrador, de un realismo más fantástico y desesperado, más trágicamente —miserablemente— obsceno que nunca hayamos leído. Pero sobre este episodio del libro tendremos que volver más adelante. En una de sus visitas —al hospital de maternidad— Bloom se pone en contacto con Stephen Dedalus, situado moral e intelectualmente en sus antípodas, espiritual —fríamente espiritual— y escéptico. La vida de Dublín, con sus múltiples detalles inconexos, se refleja con una minuciosidad enloquecedora en las conciencias de Leopold Bloom y de Stephen Dedalus, separados y unidos alternativamente, a través de las incidencias de un día más vasto que toda la historia de un pueblo. Y esto es el libro.

Resumir el argumento de una novela ordinaria es relativamente fácil. Con un poco de retención y de capacidad de síntesis se llega sin mucha dificultad y sin traicionar demasiado a su autor. Pero con Ulysses ya es otra cosa. De momento no se percibe más que una nebulosa de una opacidad impresionante, un alud verbal irresistible y frenéticamente perturbador. Pero poco a poco, con un esfuerzo sostenido de memoria y voluntad, las figuras se van perfilando, surgen vivas delante nuestro, en medio de la prodigiosa acumulación de detalles, de observaciones, de monólogos inacabables. Son materia viva, palpitante, sin pulir. Evidentemente, no se pueden aplicar a Ulysses los procedimientos, los sistemas, los principios críticos aplicables a los demás libros. Es una cosa excepcional, completamente aparte. Ni Proust —que a su lado resulta una lectura divertida— ni el Jarry de Ubu-Roi tienen nada que ver. No habíamos leído nunca otra cosa que se le pueda comparar. Unas palabras podrían concretar nuestro juicio: Ulysses es el resultado monstruoso y, a pesar de todo, magnífico, de la impotencia artística de toda una época. Y este juicio no tiene, para nosotros, un sentido únicamente peyorativo.

 

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Conocido Joyce, el superrealismo literario —el superrealismo con pretensiones de puro y auténtico, no aquél que alguna vez hemos llamado aplicado— pierde buena parte de su interés. Por no decir todo. Nunca ningún superrealista podrá superar a Joyce, acumular más datos del subconsciente, más revelaciones fotográficas del inconsciente desatado. Hemos leído muchas obras superrealistas: poemas, teatro, novelas. Ninguna de ellas puede compararse con el episodio del burdel de Ulysses. Y hay que reconocer, todavía, que Joyce ha sido objeto de un verdadero y escandaloso saqueo. Es verdad que su obra puede resistir imperturbable los pellizcos epidérmicos del plagio, las posibilidades literarias del superrealismo. Entre uno y otro ha ido oscilando hasta llegar a su actual, y lamentable, estado. Este hecho —el superrealismo— quizás el más importante de nuestra época, no tiene ya —si es que alguna vez lo ha tenido— nada que ver con la literatura. Sus afiliados podrán hacer meetings, incitar al crimen o tirar bombas. Pero si quieren ser lógicos consigo mismos no deben —no pueden— intentar alcanzar la emoción poética por vía literaria. Y sus actividades sociales entran dentro del área del tratadista político, del criminalista o del psiquiatra, pero se apartan ya, completamente, de la del crítico literario.

Ulysses con todo su desorden caótico, con sus errores delirantes, quedará como el mejor —el único— documento de este sueño irrealizable de algunos artistas modernos que, cansados de técnicas al alcance de cualquiera y de análisis demasiado fáciles, han querido hacer vivir en sus obras la primera materia desnuda y cruda —amorfa— con todo el trasiego de la nebulosa original.

El extraordinario monólogo interior de la mujer de Bloom —décimo octavo y último episodio de Ulysses —es una cosa obsesionante que conviene haber leído para explicarla. Joyce sigue un procedimiento contrario al del análisis psicológico corrientemente usado por los novelistas. Habiendo observado que la vida psíquica se manifiesta en nosotros por un chorro ininterrumpido de sensaciones y de reflexiones cerebrales, aparentemente incoherentes, mezcladas y confusas, que es inútil intentar clasificar y ordenar, quiere expresar esta fermentación constante de nuestro espíritu, esta ebullición que ni el sueño consigue interrumpir plenamente, con todas las hilaciones y sus incongruencias, su ilógica interior y sus fallos absurdos. Todo un carácter de mujer, en su abrumadora complejidad, pasa por delante de nuestros ojos —como en una rápida visión cinematográfica hecha de superposiciones, ralentizados y acelerados— en el sueño despierto de Marion, hundida en el lecho al lado de su marido dormido. Monólogo de una bajeza, de una vulgaridad y, sobre todo —nos hace falta insistir en este punto— de una obscenidad escatológica, más que rabelesiana, que va más allá de los límites de toda moralidad, que llena de una invencible repugnancia, pero que no nos atreveríamos a calificar de pornográfica. Es una cosa casi diabólica, de tan profunda y bajamente humana. Simplemente —bestialmente— humana sin ningún atisbo de gracia, sin ninguna chispa de espíritu. Son páginas que por unos caminos inesperados y desnudos de toda poesía, producen un inexplicable escalofrío sublime.

 

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Y es que todo es inexplicable, sublime e inmenso en este libro. Luz y tinieblas, caos y orden. Todo toma unas proporciones gigantescas, astronómicas. Nos sentimos transportados delante de una necesidad cósmica ineludible. ¿Un día, un hombre, una ciudad? ¡Pero si es toda la historia del mundo y toda la historia de los hombres! ¿Quién será capaz de poner un poco de claridad en este libro, de interpretarlo rectamente, más allá de las intenciones de su autor, más allá de las absurdas explicaciones criptográficas de sus comentaristas deslumbrados y fanáticos, que quieren ver en él una transcripción exacta de la Odisea, sugestionados por el título y por la aparente coincidencia de algunos pasajes? Porque en este libro hay alguna cosa que quizás harán falta siglos para desentrañar.

Este monumento, en el que Joyce empleó cinco años de su vida, que es el resumen de una experiencia humana y un credo artístico, no puede ser simplemente un espejito para cazar snobs. O entonces ya no valdría la pena tomarse nada en serio.

 

[1] Nouvelle Révue Française (Nota del traductor).

[2] Militante republicano irlandés (Nota del traductor).

 

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