La vida interrumpida de Pedro Plaza Salvati

Ref.: Pedro Plaza Salvati (2025): La vida interrumpida. Crónicas de un regreso a Caracas, Madrid. Los Libros de la Catarata. [192 pp., 18,00 €].

 

 

La vida interrumpida, de Pedro Plaza Salvati, es una obra híbrida que combina la crónica de viajes, el testimonio personal y la reflexión sociopolítica. Publicado por Los Libros de la Catarata y con un prólogo de Antonio Muñoz Molina, el libro recoge once crónicas que el autor escribió durante una estancia en Caracas, que en un principio iba a durar tres semanas pero que se extendió durante trece meses debido al cierre del espacio aéreo y a la pandemia del covid-19, en un contexto sociopolítico venezolano ya afectado por profundas crisis. El autor, nacido en Venezuela, costarricense y español de adopción, residente en Barcelona y con amplia experiencia académica y literaria —es autor de las novelas Broadway-Lafayette: el último andén, El hombre azul y El lugar de las nubes, así como del libro de cuentos Decepción de altura—, aprovecha este tiempo de confinamiento en su país de origen para observarlo desde una doble condición: la de alguien que vuelve, y la de alguien que queda atrapado por la realidad de un Estado en crisis. Este trasfondo personal —la visita, el encierro, la caminata obligada, la incertidumbre— se convierte en material narrativo.

Cada crónica lleva su propio título: «Un mundo sin bocas», «Limbo», «Apuntes de un encierro», «Salvar la bomba», «La pelea y el pasado», «¿Y la felicidad qué?», entre otros. Las narraciones se centran en un episodio o tema concreto: el encierro, la caminata diaria de diez kilómetros por Caracas, la transformación nocturna/diurna de la ciudad, la relación con la memoria, el pasado y la crisis venezolana actual, pero todas conforman un conjunto con una misma cartografía emocional.

El encierro inicial está marcado por la sensación de aislamiento, aprensión e incertidumbre ante la duda de cuándo se podrá volver. Al mismo tiempo, hay que adaptarse a las nuevas rutinas y resolver las dificultades para conseguir alimentos y servicios. En estas circunstancias, el autor adopta la mirada del que regresa y observa, incluso con cierta extrañeza, lo que fue su tierra. En el prólogo, Muñoz Molina señala que Plaza Salvati logra «la plena madurez» en su tarea de testimoniar su tiempo desde su experiencia personal. Así, por ejemplo, durante los primeros días de reclusión obligada en su apartamento, constata cómo «el egoísmo y la anarquía» de la clase política venezolana se han contagiado a la sociedad, como un virus más que se instala en el cerebro y provoca un deterioro en el comportamiento, lo que lleva a las personas a perder el civismo y a hacer lo que les venga en gana sin respetar la privacidad de los demás. El edificio donde vive se ha convertido en un lugar «hostil y desconocido», donde se ha instalado un negocio de venta de gasolina en el interior, un vecino enciende el aire acondicionado con un viejo compresor que hace un ruido ensordecedor y apesta a gasolina los demás pisos, y otro toca (muy mal) la guitarra a todo volumen de madrugada.

En La gaya ciencia, Nietzsche plantea las primeras preguntas para juzgar el valor de un libro (o de un hombre o de la música) basándose en si «sabe caminar». A diferencia de los libros indigestos y plomizos de los escritores prisioneros en sus muros y atados a sus sillones, el autor que compone andando está libre de ataduras. Como también señala Muñoz Molina, la mirada se vuelve más «afilada por pura supervivencia» cuando uno sale de su mundo. Este es el caso de Plaza Salvati. Para no llamar la atención, sale vestido con unos vaqueros rotos, unos zapatos gastados, un gorro deteriorado y un chubasquero. Además, lleva una mascarilla, gel desinfectante, gafas de protección, una botella de agua, un billete de veinte dólares, la tarjeta de débito en bolívares y un viejo teléfono móvil sin línea que solo usa para hacer fotos, algunas de las cuales se incluyen en el libro.

El contexto venezolano, con sus indicios de colapso social, la inseguridad y la violencia como telón de fondo, una vida cotidiana bajo presión constante y un paisaje urbano transformado, se entrelaza con el confinamiento y la distancia de lo habitual. El escenario es la ciudad de Caracas: un espacio vacío, con calles silenciosas y edificios abandonados con fachadas desvencijadas, resultado del éxodo de miles de personas que han dejado el país sin poder vender sus casas. El paisaje «poblado de vejez prematura» lleva al autor a concluir que «Caracas se habaniza». La ciudad se retrata con crudeza y belleza, mostrando sus contradicciones, «una capital transformada en escenario surreal: peligrosa y familiar, devastada y vital a la vez». Plaza realiza caminatas diarias de diez kilómetros en un proceso de reencuentro con su ciudad, que se convierten en actos de resistencia y observación. Tras un rato caminando, la percepción del paso del tiempo se distorsiona y entonces recuerda las palabras de David Le Breton en su Elogio del caminar: «Todo sentimiento de duración se evapora: el caminante se instala en un tiempo ralentizado a la medida del cuerpo y del deseo».[1] Al mismo tiempo, Salvati también evoca lo que señala Frédéric Gros en su libro Andar: «Con la marcha se siente más libertad que con un viaje».[2] Durante sus paseos describe escenas urbanas extraordinarias, que combinan el peligro y la familiaridad, y que parecen sacadas de sueños extraños. Por ejemplo, una señora descalza que realiza «gestos y movimientos eléctricos y vocifera incoherencias», muchachos sentados en las esquinas comiendo de la basura y «rostros de súplica, con los ojos ahogados de tristeza, de los que piden en la calle» (p. 74). También observa a unos niños que buscan algún tesoro en las aguas contaminadas del río Guaire, junto a una garza teñida de marrón por sus baños en la suciedad del río.

En una ocasión, mientras caminaba, se llevó una sorpresa asombrosa y feliz. Salvati, a quien le resulta incómodo y desagradable leer en una pantalla, se encontró junto a un árbol en una calle silenciosa una caja de galletas María llena de libros de autores que le gustan. Desconfiado y temeroso, como si fuera un delincuente a punto de cometer un crimen, cargó con la caja de 11,5 kg hasta su casa, situada a 3,2 km, en un estado de excitación y asombro por el milagro que acababa de ocurrirle.

Plaza Salvati se convierte en un flâneur caraqueño («un Walter Benjamin a novecientos metros sobre el nivel del mar»), que recorre la ciudad sin rumbo fijo, observando con detenimiento gestos y texturas sociales, y transformando esa experiencia en una forma de conocimiento. El escritor se mueve por Caracas —sus cafés, calles, parques y espacios cotidianos— como quien «mira» la ciudad mientras la vive, capturando «instantes urbanos» y registrando pequeñas escenas —una charla fugaz, una calle concurrida, un gesto trivial—, junto con las tensiones sociales. De este modo, la ciudad trasciende el papel de simple escenario para convertirse en un personaje emocional, en un contexto afectivo que refleja rupturas, interrupciones y fragilidades. El tono reflexivo, nostálgico y contemplativo de Plaza Salvati armoniza con la sensibilidad melancólica del flâneur, que deambula en busca de fragmentos de significado en un entorno cambiante y caótico. Sin embargo, a diferencia del paseante decimonónico, Plaza Salvati está conectado con los malestares sociales, no se limita a observar, sino que integra la precariedad emocional y social del entorno, lo que da como resultado una conexión más sensible y profunda con la ciudad venezolana. La experiencia urbana que surge de sus caminatas está marcada no solo por el ocio contemplativo, sino también por la vulnerabilidad, la pérdida y la fragilidad.

El estilo de Plaza Salvati se caracteriza por su sobriedad y precisión, envuelto siempre en una atmósfera de intensidad sostenida. No recurre a grandes florituras, sino a la minuciosa y atenta observación de los detalles urbanos y de la vida cotidiana. De este modo, el autor se convierte en testigo de la realidad venezolana y su experiencia personal refleja la de muchos venezolanos. Así, la crónica se transforma en testimonio colectivo y memoria compartida. La vida interrumpida es un libro magnífico, tanto por la hondura de su mirada personal como por la autenticidad que transmite. Contemplar Caracas a través de los ojos de alguien que la conoce profundamente, pero que al mismo tiempo la observa con distancia, permite descubrir matices insólitos y originales. Uno de sus mayores logros es el equilibrio que alcanza entre lo privado y lo colectivo. A ello se suma una reflexión universal sobre el tiempo, el retorno y la construcción de la identidad. El valor del libro reside en una mirada atenta y contenida —sin condenar ni idealizar—, y en su capacidad para transformar lo individual en experiencia colectiva y lo local en reflexión universal. Se trata de una cartografía íntima de una ciudad y de un país cuando su vida se ve interrumpida, y la mirada decide quedarse para explorar qué persiste al otro lado de la interrupción. En once relatos, Pedro Plaza Salvati articula con soltura la vivencia personal, la crónica urbana y la reflexión sobre la ruptura del tiempo planificado, ofreciendo un retrato honesto, vibrante y cargado de atmósfera de la Caracas contemporánea, una ciudad que se quiebra, se adapta, resiste y cambia.

 

[1] David Le Breton (2015): Elogio de caminar, p.39, Madrid, Siruela. [Traducción de Hugo Castignani].

[2] Frédéric Gros (2014): Andar. Una filosofía, p. 11, Madrid, Taurus. [Traducción de Isabel González-Gallarza].

 

 

Autor

  • Rogelio Luque. Doctor en Medicina. Profesor titular de psiquiatría de la Universidad de Córdoba y psiquiatra del Hospital Universitario Reina Sofía de Córdoba. Ha sido Visiting Scholar, Departamento de Psiquiatría, Universidad de Cambridge, Reino Unidoy Bye-fellow del Robinson College de Cambridge.

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