[La relación de Joyce con Irlanda y de Vargas Llosa con El Perú] (1996)

Profesor Gus Martin: Quiero dar la bienvenida a nuestro invitado Mario Vargas Llosa (…) en esta serie de conferencias públicas que se celebran cada verano en Dublín —la ciudad de Joyce y de su vieja Universidad— para recordar y honrar su genialidad. (…) Es la primera vez que contamos con un representante de la literatura latinoamericana, tan extraordinariamente rica en el siglo XX. (…) Vargas Llosa ha viajado a lo largo del mundo, ha visto múltiples ciudades, regiones, gobiernos y tiene una versatilidad que recuerda a Ulises, ya que es autor de obras de teatro, novelista, poeta, erudito y luchador. También es un político, aunque reticente, y muy significativo. Pero por encima de todo es un artista con una obra amplia y brillante. (…).

Mario Vargas Llosa tiene mucho en común con Joyce: dice que descubrió su tierra natal y se descubrió a sí mismo como latinoamericano cuando vino a Europa, igual que Joyce se descubrió a sí mismo como irlandés en el exilio. Ambos tuvieron que enfrentarse a un conflicto amoroso con su país de origen y ahora él va a hablarnos en la ciudad de Joyce.

 

Mario Vargas Llosa: Excelencias, damas y caballeros. En primer lugar, quiero agradecer al profesor Martin su amable presentación y expresar lo profundamente agradecido y honrado que me siento por la invitación para impartir hoy esta conferencia sobre Joyce. Soy plenamente consciente del desafío que esto representa, de que no me es posible venir a Dublín y decir algo original sobre James Joyce. Eso es algo que, desde luego, no intentaré hacer. Me conmovió mucho recibir esta invitación porque, como supongo que le ocurriría a cualquier otro escritor y novelista contemporáneo, Joyce ha sido un modelo, una influencia y una huella muy importante en mi carrera literaria.

Sabemos de cuántas formas cambió Joyce la narrativa de nuestra época y de qué modo representa una especie de límite en la forma de contar una historia. Tengo muy nítido en mi memoria el recuerdo de mi primer contacto con Joyce. Fue en 1953, mi primer año en la Universidad de San Marcos, Lima. Aunque fui un lector voraz desde niño, mis lecturas eran bastante caóticas y creo que no había leído muchas novelas modernas; por eso, cuando un amigo me dio una traducción del Ulises al español —no era muy buena, por cierto, ahora tenemos otra bastante mejor— sufrí una auténtica conmoción. No tenía ni idea de que la literatura pudiera ser un reto tan complejo y difícil para un lector. Encontré, por supuesto, una tremenda dificultad para adentrarme en aquel mundo tan complejo y, al mismo tiempo, y a pesar de saber que me estaba perdiendo mucho, me impresionó de inmediato la fascinación que producía esa complejidad, esa forma tan extraña y para mí totalmente nueva de contar una historia, no solo desde una perspectiva exterior, ni siquiera desde otra subjetiva, sino desde el punto de vista de la conciencia que está en movimiento, que vive íntimamente la acción descrita en la novela.

Fue mi primer contacto con la novela moderna y probablemente mi descubrimiento de la función que tiene la forma en la literatura. Hasta entonces, supongo, era un lector muy inocente, que se acercaba a una novela con la idea de que en ella el argumento y el grupo de personajes lo eran todo, y aún no me había dado cuenta de lo importantes y lo decisivos que son la elección de las palabras, la perspectiva, el punto de vista desde el que se cuenta una historia y también los silencios: lo que se oculta fuera de la historia para inyectarle una atmósfera particular, el arte de las ilusiones.

Así que fue entonces cuando inicié un tipo de relación con James Joyce que con el paso del tiempo se ha ido haciendo cada vez más cercana.  Igual que todos los novelistas, por supuesto, como escritor le debo mucho a Joyce y por eso lo considero mucho más que un autor: una especie de tutor secreto, el tipo de persona que todo escritor, todo artista, supongo, tiene en mente cuando emprende un nuevo proyecto literario, la que nos gustaría que admirase o al menos aprobase lo que nosotros hacemos. Mi proximidad a Joyce la he ido descubriendo con el paso del tiempo.

Hay también otras semejanzas. Una muy importante para mí es que sobreviví a un período muy difícil de mi vida gracias a la escuela Berlitz, como él. Ambos tuvimos esta experiencia tan particular: ser profesor de idiomas en Berlitz. No sé cuántos de ustedes la habrán tenido, como profesores o como estudiantes, pero puedo asegurarles que es una experiencia única. El método Berlitz para la enseñanza de idiomas fue inventado, fue ideado, por un alemán, desde luego. Yo fui un profesor de Berlitz en París. Teníamos que memorizar las palabras que en cada clase podíamos pronunciar en español (yo era profesor de esa lengua, por supuesto); si en una determinada clase usábamos palabras que no estaban permitidas por aquel método, nos multaban. Así que pueden comprender el extraordinario incentivo que suponía tener una relación muy íntima con un idioma y a la vez aquella complicidad visceral con las palabras necesaria para realizar con éxito esa tarea tan difícil de ser un buen profesor de Berlitz. Cuando enseñaba en aquella escuela pensaba mucho en Joyce y era muy tranquilizador saber que un autor tan grande había pasado por una experiencia similar y había sobrevivido como escritor.

Hay otra coincidencia que me hace sentir muy cercano a Joyce de forma personal. Es el tipo de relación que él tenía con su país, que me parece bastante similar al que yo he tenido y sigo teniendo con el Perú. Cuando era joven y descubrí que quería ser escritor, inmediatamente sentí —creo que como Joyce y muchos otros escritores irlandeses y latinoamericanos— que necesitaba escapar de mi país, que la única manera de convertirme en un verdadero escritor —y no en una especie de caricatura de escritor— era viniendo a Europa. París era la meca en aquel momento. Tenía la idea, como muchos otros escritores, de que solo viviendo en París, respirando la atmósfera de la cultura parisina, me contaminaría inmediatamente con algún tipo de inspiración. Era muy ingenuo, por supuesto, pero había algo de verdad en ello. En Lima, como supongo que en Dublín a finales del siglo pasado, el mundo literario, el mundo cultural, parecía tan pequeño que uno sentía —aunque no fuera necesariamente cierto— que podía asfixiarse por la pequeñez, la mezquindad, la falta de estímulo y de ánimo en semejante ambiente. Y por eso tenía una actitud muy negativa hacia mi propio país. Me decía a mí mismo: qué lástima ser peruano, ¿cómo es posible ser escritor y peruano? Es imposible, es totalmente incompatible. Qué suerte tienen las personas que nacen en Francia o en Inglaterra; esos son los países literarios.

Por eso me esforcé para escapar y venir a Europa; tuve la suerte de poder hacerlo porque conseguí una beca. Primero fui a España y luego a París; fue, por supuesto, una gran experiencia. Aprendí muchísimas cosas. Pero entre todas las que me hicieron quedar en deuda con Europa, quizá una de las más importantes es que descubrí que era un latinoamericano. Descubrí que Perú era solo una parte muy pequeña de una cultura o realidad histórica más amplia y que América Latina era un mundo muy rico y significativo del que no solo podía surgir un tipo diferente de expresión literaria, sino que ya había surgido y yo no lo sabía. Fue viviendo en Europa como descubrí la literatura latinoamericana. Hasta entonces, había leído literatura peruana, más por obligación que por placer. La literatura europea y la estadounidense eran las que leía por placer. Solo cuando vine a vivir a Europa descubrí que en América Latina había escritores muy grandes y muy originales, que además eran muy cercanos a mi propia experiencia. Fue la perspectiva europea la que me permitió descubrir que pertenecía a ese mundo que en aquellos años, finales de los cincuenta y principios de los sesenta, se redescubría en Europa desde un punto de vista cultural y literario. De esa manera, en aquella época, Europa descubrió, y yo a la vez, que América Latina no solo podía producir golpes de estado, terroristas, guerrilleros, sambas, sino también grandes poetas y grandes novelistas.

Pienso que esto fue también lo que le sucedió a James Joyce. Solo cuando escapó de Irlanda y de Dublín descubrió su valor y sus referencias literarias; y descubrió también un elemento que me parece esencial para su obra, como lo es para la mayoría de los escritores: la nostalgia. Creo que una fuente muy rica de inspiración para los escritores es la nostalgia, y eso fue exactamente lo que me sucedió a mí. Vine a Europa, viví aquí muchos, muchos años, y durante esos años en los que intentaba convertirme en escritor, ¿sobre qué escribía? Sobre Perú. Consultaba desesperadamente mi memoria para construir una obra literaria a partir de estas imágenes que mis años peruanos habían depositado en mi conciencia y en mi inconsciente. Pienso que Joyce tuvo durante su vida entera esa actitud de amor y odio hacia su país que le da a su obra una atmósfera muy peculiar. No estoy seguro de que —con todas las distancias necesarias— sea ese también el caso de un lector de mis novelas, que sea esa misma la impresión que obtiene un lector de mis novelas cuando lee lo que he escrito; pero sí pienso que esa actitud es exactamente la misma que yo siempre he tenido respecto al Perú. Siento que a pesar de haber vivido tantos años en el extranjero y a pesar de no ser nacionalista en absoluto —al contrario, de sentir que la internacionalización es algo maravilloso, un gran logro para el mundo—  siento que entre mi país —y entre los años en que viví allí y el pasado que dio lugar a esos años— hay un vínculo fatal, que es totalmente inevitable; y ese vínculo y todas las dificultades, todos los sentimientos contradictorios de amor, odio, nostalgia y rechazo que tengo con mi país, es lo que me ha permitido escribir muchos de mis libros. Como antes dije, manteniendo todas las distancias necesarias, me parece que ese es también el caso de Joyce.

Supongo que esta razón tan personal ha contribuido mucho a la emoción y a la admiración que siempre he sentido al leer sus obras y al leer textos sobre él. (…).

 

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