[Fragmentos sobre Joyce] (1977)

(…) Y cuando empezábamos, los que en el 20 tomábamos la senda imprevisible, eran muchas las cosas que llegaban de fuera, demostrando que el mundo no acababa en nuestros límites. La influencia o más bien la proximidad de Francia nos dejaba ver la ebullición de la literatura y el arte, hasta el delirio o devaneo dadaísta y, sobre todo, la aparición de obras fundamentales iba llegando en traducciones al alcance de todos. No recuerdo fecha exacta de la aparición de Proust aquí, porque yo no lo leí hasta Roma, en el original, pero sí la de la traducción del primer tomo de las obras de Freud, en el 22, y la del primer Joyce, el Retrato del artista adolescente, traducción magnífica de Dámaso Alonso. Este libro fue el que me descubrió la novela en todas sus posibilidades. Podría decir que la senda se hizo en él perceptible para mí, marcada con toda concreción en su arranque y supremamente libre en su ilimitación. Con el conocimiento de estas cumbres que había alcanzado a ver, me fui a Roma y en el invierno del 25 al 26 escribí mi primera novela, Estación, ida y vuelta. Era casi mi primer intento de prosa porque antes no había publicado más que un brevísimo relato —relato, decíamos entonces, porque evitábamos la palabra cuento y todo lo que pudiera indicar narración— en la revista Ultra.

 

(…) Señalé en mi anterior divagación el hito que representan en la marcha —estoy por decir en la vida— del arte y la literatura Picasso y Joyce. El fenómeno es tan obvio, que no me detengo en ello. Yo he podido decir que la lectura del Retrato del artista adolescente fue para mí algo decisivo, me descubrió la novela posible. Posible porque la prosa exquisita y viva, natural y difícil, recorría todas las zonas humanas que yo deseaba recorrer. No sé cuántos serán los escritores de nuestra época que confiesen el haberse abrevado en Joyce sustancialmente, pero sobre la mayoría de esa minoría estricta que representan los de primera fila —y yo no sitúo en la primera fila más que a los que se matan a trabajar, a los que echan el resto—; sobre ésos se extiende el aura de Joyce, todos se ejercitan según su escuela en saltar fronteras y pasar, de una cosa en otra, a todas las cosas concebibles. No puedo ni podría decir algo de Tiempo de silencio en dos palabras. Hablar, además, del segundo libro inacabado, Tiempo de destrucción, parece que ha de ser más difícil todavía; sin embargo, decir algo de los dos es más factible. Se puede decir que en el segundo se iba realizando la autodepuración con la regularidad de un proceso evolutivo en el que lo fundamental, lo axial, se afirma y se eliminan las vagas superfluidades. Como no es posible formular un juicio exento de las propias predilecciones, yo encuentro cierto estorbo al tropezar en Tiempo de silencio, ese libro magnífico, con trazos del realismo detestado, con personajes a los que yo por mi parte quisiera negar el derecho a la existencia —artística se entiende— y con ciertos alardes de léxico peregrino que, ya lo sabemos, pueden ser joyceanos, pero también pueden ser galdosianos. En fin, me limito a decir que Tiempo de silencio y Tiempo de destrucción son cumbres alcanzadas por aquello que hace tantos años venía ascendiendo. Aún es más imposible decir algo de Una meditación, de Juan Benet, porque para decir algo de una obra hay que destacar, elegir o delimitar una parte, y éste es un libro que no tiene partes: es de una sola pieza. La mente que medita no se detiene a tomar aliento un solo instante. Hay cierta línea sinusoide tendida en el plano y hay frecuentes, muy frecuentes, destellos en cada seno de la curva, reiteraciones, no de temas, sino de juegos —de prestidigitación a veces—, en los que se confunden, para esclarecerse, hechos, sentimientos o movimientos morales, mentales o sentimentales con procesos físicos, materiales, vegetales, minerales… Prosódicamente este libro es el más perfecto: es impecable. De modo que, ante la aparición de obras tan palmariamente liberadas de todo lo residual diecinuevesco, experimentamos —empleo el plural porque el singular resultaría pretencioso— una satisfacción corroboradora: la senda perdida en la marisma del olvido ha salido por sí misma a la superficie, tan firme y neta como las calzadas romanas, que siguen siendo transitables. (…).

 

 

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