Respuesta de Ignacio Gómez de Liaño a Gabriel Albiac

Las lecturas se encabalgan… Leí tu carta justo a continuación de El sueño, singular libro escrito a finales del siglo XIV por el barcelonés Bernat Metge. Ese libro trata ampliamente sobre la mujer, tema que también se destaca en tu libro El eclipse del padre. Numerosas son las páginas que el ilustre escritor catalán dedica a poner en evidencia los defectos y vicios de las mujeres, de las que dice, entre otras muchas cosas: «No hay en el mundo animal menos limpio que las hembras. (…) Concentran todo su estudio en robar y engañar a los hombres».

Bien es verdad que, tras hacer un interminable recorrido por los defectos de la mujer, recorrido que hoy consideraríamos sumamente incorrecto, Metge pasa a enumerar los defectos y vicios de los varones. También subraya las virtudes y buenas cualidades que se dan en las mujeres. «Si quieres te hablaré de algunas que en actos virtuosos y de gran valor, saber e ingenio, han sido iguales o por ventura superiores a cualquier hombre que haya existido desde la creación del mundo hasta mi tiempo».  Esta declaración demuestra la capacidad de Metge para mirar a derecha e izquierda, arriba y abajo, cosa que hace en la forma de un diálogo platónico-petrarquiano y, sobre todo, simpático, que capta en seguida al lector.

Como dije al principio, las lecturas se encabalgan… Pues ocurrió que empecé a leer tu carta al mismo tiempo que me puse a leer un librito titulado 1.000 latigazos porque me atreví a hablar libremente, de Raif Badawi, un árabe saudí condenado a sufrir todos esos latigazos y a diez años de cárcel solo por expresar, de forma, por cierto, muy suave, su discrepancia con creencias y actitudes islámicas que van de forma obvia en contra de un Estado de derecho y de una democracia digna. Esa lectura me devolvió a la memoria las más de 200 páginas que por su relevancia sociopolítica dediqué a Mahoma y el islam en Democracia, islam, nacionalismo y me llevó, sobre todo, a extraer de los estantes de mi biblioteca tu precioso librito Alá en París, en el que se pueden ver los numerosos subrayados que hice, a lápiz, cuando lo leí recién publicado. Es algo bien sabido: si hay un filósofo y escritor español que conoce a fondo París y la cultura francesa ese es Gabriel Albiac, y no solo por sus fundamentales estudios sobre Pascal y su conexión desde muy joven con importantes intelectuales franceses.

En su condición de investigador y también de periodista, se adentró en el mundo islámico que se ha apoderado de tantas zonas de Francia. Se llaman oficialmente ZUS, «Zonas Urbanas Sensibles», un eufemismo que sirve a las autoridades para tirar por la borda el que debía ser su auténtico apelativo: «Zonas fuera de la ley», consecuencia del islamismo. En esas zonas el Estado de derecho se ha volatilizado. Lo expresa Gabriel en la nota editorial, fechada en diciembre de 2015. Allí leemos que fue a París para dar cuenta de lo que estaba pasando: «El asesinato de los dibujantes de Charlie Hebdo y de los clientes de un supermercado judío, en enero. La masiva matanza de los jóvenes asistentes a un concierto de rock y a las terrazas de varios bares en torno al Boulevard Voltaire, en noviembre. El yihadismo había fijado su foco sobre la ciudad que, para la historia del siglo XX, es el hogar simbólico de la libertad». En suma, Mahoma había terminado con la libertad en la capital de Francia, en Francia.

Albiac hace una insobornable defensa de los valores que sustentan la civilización, valores que intentaron demoler los portaestandartes del nacionalsocialismo, el fascismo y el comunismo marxista, leninista y maoísta, y que tienen su continuación en los comunistas y socialistas actuales y en sus aliados los nacionalistas tribales. Lo peor es que las nuevas tecnologías, al incrementar de forma exponencial las formas de comunicación, han convertido a las sociedades de las nuevas democracias en sociedades cautivas como son las de los países dominados por el comunismo marxista-maoísta o el islamismo.

Últimamente, da la impresión de que el universo está plagado de horrores y de que en las sociedades y en los individuos dominan el sufrimiento, las enfermedades, los vicios, el afán de dominio hasta el despotismo y, finalmente, la muerte. Lo que me lleva a una consideración de tipo teológico: el Dios Creador de este mundo es, como pensaban en el siglo II los setiano-barbelognósticos y los gnósticos valentinianos, un dios ignorante, arrogante, fallido, incapaz de implantar en la materia el aliento del espíritu, el nous, la inteligencia. A ese necio dios creador lo llamaban Yaldabaot y era el hijo abortivo de la Sofía inferior. De todo esto trato en la obra El círculo de la Sabiduría. O sea, los males que sufrimos como habitantes de este mundo construido por Yaldabaot no tienen remedio.

Pero ahora me ha venido a la mente la posibilidad de que los horrores de este mundo y de esta humanidad tengan un sentido más profundo, un sentido espiritual, que dejaré, por el momento, en forma de puntos suspensivos… Solo señalaré que la creación de un mundo perfecto no habría tenido futuro, sería un mundo estancado. Y para eso ya está el Paraíso. Asimismo, la creación de un ser humano perfecto lo destinaría a la pura contemplación, pues no necesitaría recurrir a la acción, la cual se basa en la búsqueda —equivocada o no— de algo mejor que lo existente. Esa es la soberana condición divina del ser humano. La búsqueda. Sin búsqueda, es decir, sin un margen perpetuo de imperfección, no hay acción posible. Y sin acción no hay humanidad.

 

 

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