«Enigmáticos», dices, Ignacio, al final de tu lúcida lectura de El eclipse del padre. Y esa es, pienso, la clave. No ya del libro, sino de este empeño obstinado a cuyas paradojas nos ataron los griegos, aun antes de que la palabra «filosofía» fijara un horizonte para esas preguntas que, me parece, siguen siendo exactamente las nuestras. Hasta desembocar en este punto extremo del callejón, que tú cartografías con precisión inapelable: la necesidad de reconocernos como seres finitos, débiles, sufrientes. Y, sobre todo, «enigmáticos».
Sé bien que soy deudor de un libro tuyo que prefigura este mío y al que mi título rinde un palpable guiño: aquel Eclipse de la civilización, en el que buscaste dar una explicación histórica y, sobre todo, metafísica de este derrumbe de todo cuanto fue grandeza en el ciclo que se extiende desde el pensamiento griego clásico hasta el nacimiento del cristianismo. Tu Cicerón y tu Séneca son epítome de un tiempo en el cual la dignidad de la apuesta moral buscaba sobreponerse a todas las adversidades. Y Pablo de Tarso establecía el puente maravilloso que permitía el tránsito en armonía entre dos universos culturales, bien diferenciados, pero amantes por igual de la verdad.
Lo que dibujaba la segunda parte de tu libro («La tríada del eclipse») era el advenimiento de un mundo bárbaro, que, poco a poco, había ido devorando aquella deslumbrante tríada civilizatoria. E implantando en su lugar un universo de exclusiones, de muerte en suma. De Mahoma a la doble senda de los totalitarismos en la Europa del siglo XX, asistíamos allí a una caída en esa «tiranocracia» frente a la cual tan indefensos parecen hallarse todos nuestros entusiasmos por recuperar el tiempo en el que, para aquellos clásicos nuestros, el ejercicio del poder no podía ser pensado más que como forma depurada de la ética, mediante la cual solo el ciudadano puede reconocerse en la ciudad como en el estrato más hondo de su alma.
En mi propio libro he tratado de desarrollar —tú lo señalas— un aspecto crucial de aquel ascenso y de esta caída. Los animales hablantes que somos viven necesariamente en el conflicto de saberse hijos. Hijos, como cualquier otro animal, biológicos: con las elementales dependencias que eso acarrea. Hijos también del lenguaje que nos es impuesto como la condición simbólica más constrictiva de nuestra existencia. Y ahí, sí, la paradoja humana es insalvable. Todo nuestro pensar es la búsqueda de una intelección que nos permita abrir caminos libres frente a nuestro destino. Pero esos caminos han de ser transitados en el único instrumento de la lengua: de esa lengua que forja nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, la pléyade de nuestros deseos y de nuestros fantasmas. En suma, la libertad nos es accesible en el laberinto mismo que, por encima de nuestra voluntad, codifica la herencia primordial de nuestros mayores: la lengua en la cual hablamos. Sin la despótica codificación de la sintaxis que se nos dio, seríamos triste carne de manicomio. En constante pugna por apropiarnos de sus leyes, accedemos a ese privilegio de poder, tal vez, construirnos como «padre del padre», como esgrimistas de nuestro propio destino.
«Como sombra que cubre un mapamundi», así describe Franz Kafka a su padre, Hermann, en esa carta que, en mi opinión, nos ha sobrecogido a todos en momentos cruciales de nuestras vidas. Y es esa doble función, al mismo tiempo grandiosa y trágica, que tú pones en paralelo con la sombría relación de simbólico incesto entre Rimbaud y Verlaine, la que de continuo horada todas nuestras ambiciones de ser del todo libres. Sí, no le falta razón a Freud al hablar de ese «héroe» en el que debe construirse a sí mismo cada hombre para arrebatarse a una tiranía que, en la lengua del padre recibida, es, al mismo tiempo, el arma y el obstáculo más ineludible de nuestra especie.
Y sí, tienes razón, el corazón de mi libro son las mujeres. En particular, las mujeres griegas. Porque, en su lengua, el agón, ese combate fundacional de la ética griega —«Pólemos (combate, como propones traducir) padre de toda cosa»—, toma una forma extremadamente refinada, una estrategia que esboza el laberinto sin el cual la tragedia clásica no alcanzaría su complejidad extrema: esa de la cual la filosofía no es, de algún modo, otra cosa que la explicitación de una avalancha de interrogaciones silenciosas. En la «alta sabiduría para el artesanado del mal» que Eurípides enuncia, hay que retener, ante todo, esa «sabiduría superior», que hace del combate de las «troyanas» la continuación victoriosa de lo que en sus varones fue derrota.
Y, es más, antes aún de que los trágicos construyan prodigios como Medea, Antígona, Andrómaca, Hécuba, Casandra…, todo ese mundo de símbolos femeninos está ya construyendo la trama fundante de los mitos que configuran el pensar griego: en Homero como en Hesíodo.
Y, al cabo, mi libro es, como era el tuyo, una reflexión inevitablemente melancólica sobre lo perdido. La estúpida confusión de género y sexo. La barbarie «amputatoria» a la que abre paso una infantil pretensión de hacer de la realidad —corpórea— lo que nuestra preferencia dicte. La pérdida de aquel bello horizonte que abrieron, en el primer tercio del siglo XX, las grandes damas del surrealismo… El retorno, en suma, a una vulgaridad que solo puede reposar sobre un amor enfermo a la ignorancia.
«Y…, enigmáticos…, seguimos siendo en el “solo sé que no sé nada” de Sócrates», escribes. Solo que, rematas, «¡ay!, ni siquiera sabemos que no sabemos nada». Y tal es nuestra tragedia. Y eso, pienso, puede marcar el frente del único combate hoy irrenunciable. Por el saber. Por el ser.





