Escribe Marichalar, en su excelente prólogo al Artista adolescente, de Joyce: «La crítica más cauta, más sobria, ha desenfundado en honor de James Joyce los dorados tópicos que guardaba en sus cofres. Así Havelock Ellis, en The Dance of Life dice que Joyce “marca una fecha en la historia de la literatura británica”. Arnold Bennett lo compara con Rabelais y Petronio, y Middleton Murry declara que la obra de Joyce es estrictamente parangonable en genio con las de Goethe o Dostoievski, y afirma que À la recherche du temps perdu y Ulysses son los dos inestimables documentos en que se recoge el final de nuestra civilización». Todo esto es literalmente cierto; pero, esencialmente, no pasa de ser cierto hasta cierto punto, y quizá contrario a la verdad.
Havelock Ellis menciona, en su libro The Dance of Life, a Joyce dos veces, páginas 158 y 170. Entrambas páginas pertenecen a un capítulo consagrado al estilo o arte de escribir. En la página 170, Havelock Ellis escribe: «Todos aquellos escritores que han influido sobre los que les sucedieron lo han conseguido merced a idéntico método: despojándose de las embarazosas y gastadas vestiduras del lenguaje y tejiendo un habla más simple y familiar, hábil para expresar sutilezas o audacias que antes parecían inefables». Estas líneas son maravillosas por su incongruencia y arbitrariedad. En cuanto a la metáfora del idioma considerado como un vestido, claro está que el vestido usado es más cómodo, menos embarazoso que el vestido nuevo. En cuanto a que para expresar sutilidades nuevas es menester apelar a una lengua más familiar y simple que la ordinaria y usadera, el fenómeno histórico, repetido sin excepción, acredita lo contrario. Góngora, que comenzó escribiendo romances y letrillas en habla transparente y vulgar, cuando quiso ser sutil hubo de inventar el culteranismo. Así siempre y en todos los casos.
Añade Havelock Ellis que aquello (la simplificación del lenguaje) es lo que han realizado Proust y Joyce. Y yo me pregunto: si ello es así, ¿cómo hay quien halla ilegible al uno e ininteligible al otro? Quien haya pasado siquiera la vista sobre los escritos de Joyce y Proust dígame la mano en el pecho, si no es cierto que su estilo tiene de todo menos de simple y familiar. Precisamente su hechizo (no siempre de buena ley y que naturalmente deslumbra a los elegantes de la literatura) reside en lo fuliginoso, lo laberíntico, lo enmadejado y mistagógico. El propio Havelock Ellis se ve constreñido a reconocer que el estilo de Proust «resulta algo difícil, y, también, hay que declararlo, un poco negligente». Pues bien: difícil, sí, y no un poco, sino un mucho, y por eso es ilegible; pero nada negligente, sino elaboradísimo y reelaboradísimo. ¿Quién lo ignora?
Continúo copiando: «el Ulysses ha sido saludado como un libro que hace época en la literatura inglesa, aunque un distinguido crítico sostiene que es más bien un fin de época que no una iniciación de nuevos tiempos». (Se refiere a Middleton Murry). Concluye declarando que si bien Joyce «ha fracasado, como algunos creemos, en lograr completa claridad y completa belleza», con todo ha señalado nuevas rutas, y su influencia puede ser benigna y saludable para otros escritores subsiguientes.
Vamos con Bennett. De las líneas de Marichalar se desprende la impresión de que Bennet es un idólatra de Joyce. Dice que lo compara con Rabelais y Petronio. Parece inferirse que es la personalidad de Joyce la que Bennett compara con la de Rabelais y la de Petronio. (Prescindiendo de que, en lo tocante a Petronio, no sería un término de comparación superlativa.) Lo que Bennett compara con Rabelais y Petronio es tan sólo un pasaje de una de las obras de Joyce. Escribe Bennett: «the long orgiastic scene (en Ulysses) will easily bear comparison with Rabelais at his fantastical finest; it leaves Petronius out of sight», la larga escena de la orgía admite fácilmente comparación con las más hermosas fantasías de Rabelais, y Petronio se pierde de vista. Ahora que Bennett dice bastante más que esto. Traduciré algunas otras observaciones de Bennett: «por la seducción de Wells que me mandaba leer y admirar extremadamente El artista adolescente hice una y otra cosa. Dije entre mí: sí, es género magnífico. Pero en los hórridos e inaccesibles recovecos de mi espíritu hay una voz que decía: en resumidas cuentas, el libro te ha aburrido». Confiesa que, si bien penosamente y saltando algunas páginas, leyó Ulysses; «cuando lo concluí me figuraba ser un general que acaba de sofocar una insurrección». Señala lo confuso e intrincado de Ulysses, supuesto que el libro esté en verdad trazado con un plan, y no disimula que en conjunto es un libro ininteligible, aunque como todas las cosas humanas, susceptible de ser entendido al cabo de días y trabajos prolijos: «después de todo, comprender Ulysses no se enumera entre las reconocidas carreras técnicas, ni se le puede exigir a uno que consagre su vida entera a este empeño». «Joyce ha convertido la lectura de sus novelas en una imitación de la servidumbre penal». «Su visión del mundo y de sus habitantes es ruin, hostil y despiadada. Profesa una enemiga colosal a la humanidad. Ahora bien: Cristo, en su caridad que a todo y a todos abrazaba, pudiera haber escrito la suprema novela, Belcebú, no».





