Gestación del Ulises (1972)

Ahora que se cumple el medio siglo de la publicación de una de las grandes obras literarias de todos los tiempos, Ulises, de James Joyce, que obligó a dar un giro de ciento ochenta grados a la literatura occidental, llevando a su más alta perfección, no solo la técnica del «stream of consciousness» descubierta por William James, sino otros varios estilos y técnicas actualizados en cada uno de los capítulos de su obra y elegidos entre los más ilustres de la literatura universal, es importante señalar que la primera idea sobre el libro le fue sugerida en 1906 al trasladarse a Italia. No le gustó el país; tampoco consiguió interesarse por la pintura y la música italianas. Carente de estímulos, se hallaba en estado de no escribir nada. Su disgusto por Roma, donde el azar le condujo a ganarse la vida como empleado de banca, le encandiló el recuerdo de su ciudad natal, Dublín, solicitando de una tía suya el plano de la ciudad, fotografías y documentos históricos. Como también atravesaba una época espiritual en cierto modo sadomasoquista, recordó a un judío irlandés a quien su mujer engañaba: el hombre se llamaba Hunter. En julio de 1909, residiendo en Dublín durante seis semanas, tuvo ocasión de hablar con sus antiguos conocidos, todos personajes de sus libros. Una tarde visitó a J. F. Byrne en su casa de Eccles Street, 7, que se convirtió en la de Leopold Bloom. El resultado de aquellas ideas iniciales fue su obra monumental, Ulises, que vio la luz en París, exactamente el 2 de febrero de 1922, día en que su autor cumplió cuarenta años.

Entre el ingente material que proporciona la bibliografía de Joyce hay una parte que resulta particularmente interesante. Son las cartas. Todo lo que de oscuro, críptico y abarrotado de simbolismos caracteriza sus obras, se torna claro, explícito y directo en sus cartas. Quien no las haya leído, nunca podrá comprender bien aquella mezcla de caracteres opuestos que fue James Joyce. Estaba convencido de que la verdadera vida de un hombre se traslucía en su epistolario y gustaba comunicarse de esta manera. Era su principal distracción, la otra fue la música. Añadía que a través de una correspondencia podía llegarse muy bien al meollo del asunto, siendo además el mejor método de realizar una biografía. Suele fallar a veces y dar por resultado biografías incompletas, convencionales y, en muchos casos, tergiversadas, pero en el que nos ocupa viene a ser una de las principales claves para acercarse a esa extraña y fascinadora personalidad del Ulises. Practica en sus libros un deliberado distanciamiento, el del artista-dios que mira su obra desde la altura sin interesarse demasiado en ella. Este artista detesta toda servidumbre a ningún credo religioso, nacionalista o político, y ni en sus cartas ni, por lo que se sabe, en las conversaciones con sus amigos, hará alusión alguna a los acontecimientos del mundo, solo en el grado en que puedan repercutir sobre su propia vida errante.

Todos conocemos sus retratos: mentón muy pronunciado, pálido azul y líquido de sus ojos frecuentemente enfermos hasta el grado de ceguera total. Siempre delgado. Erguido y fanfarrón en su juventud, cuando, seguro de sí mismo, ya exigía que sus contemporáneos, por solo haber publicado unos cuantos versos y un ensayo sobre Ibsen, le consideraran un genio. Los principales periódicos irlandeses publicaban sus escritos y hasta le pagaban, cosa que no solían hacer con nadie, recibiendo de Joyce, como una muestra de agradecimiento, el título de «periódicos de cerdos». La rebeldía empezaba a surgir a la luz con su lema: «Non serviam». Era en 1900; contaba dieciocho años. Rebeldía contra la Iglesia, contra los ingleses usurpadores, contra las mujeres —«víctimas de la serpiente»—, contra el ejército, —«que mi patria muera por mí, no yo por ella»—, sobre todo contra Irlanda, contra la apatía y el espíritu conservador de sus compatriotas que reducía la vida colectiva a una parálisis social. Nada escapa a sus ataques. Cuarenta años después no había cambiado. De no haber adoptado esta postura inconformista, nunca hubiera conseguido crear una obra como Ulises.

Si la idea inicial se produjo por un sentimiento de nostalgia, la segunda fue debida a la matemática del recuerdo: el encuentro con una mujer en un determinado día. La mujer es Nora Barnacle, sirvienta en el Hotel Finn’s. El día es el 16 de junio de 1904. En esta jornada —«Bloomsday»— se desarrolla toda la acción de la obra, porque en su transcurso real Joyce conoció —en el sentido bíblico del verbo— a Nora. En una de sus cartas le dice: «Hiciste de mí un hombre». Aquel día de Dublín quedó fijo en la mente del escritor y constituye la clave con la que expresa la afirmación de su personalidad, el gran momento de su larga plenitud. Y fue elegida como principio matemático para demostrar y cumplir su misión de genio con las únicas armas «del exilio, el silencio y la astucia».

Sin embargo, no contrajo matrimonio con Nora hasta 1931, en Inglaterra y «por razones testamentarias». Era partidario del amor libre, del pensamiento libre y de todas las libertades que debe reclamar un ser humano. Podía haber recurrido a una alianza por lo civil, pero su educación escolástica le conducía a pensar que este tipo de coyunda era algo así como una ceremonia de matiz protestante, base de una poligamia protegida por las leyes del divorcio. La pareja abandona Dublín ese mismo año. En octubre llegan a Zúrich para vivir del sueldo ofrecido por la escuela Berlitz. Nacen dos hijos: Giorgio y Lucía Anna. Las dificultades económicas son frecuentes. La lucha con los editores, agotadora. Mientras tanto se va gestando Ulises, que en principio iba a ser un cuento más de Gente de Dublín, pero el material y el empeño crecen a medida que el tiempo pasa. El 2 de noviembre de 1915 escribe a Michael Healy, tío de Nora, desde Trieste, para darle las gracias por el envío de nueve libras: «… Le doy gracias sinceramente. Nora ha comprado ropa de abrigo y otras prendas que necesitan los niños en este clima y un sombrero para ella, seleccionado al fin entre unos cuantos centenares que le fueron mostrados. En cuanto a mí, llevo un abrigo color de cáscara de cacao que un alemán distraído dejó olvidado y yo compré por once francos. De su carácter moral yo no sé nada, pero estoy seguro de que tenía unos brazos más cortos de lo corriente…». Nunca olvida su bien aprovechada educación religiosa y tiene muy presente el santoral: «Hoy es la fiesta de San Justino, mártir, patrón de Trieste, y acaso me comeré algún pastel barato en algún sitio, en gracia a los muchos años que aquí llevo viviendo. En cuanto al futuro, es inútil especular. Si entretanto puedo averiguar quién es el patrón de los hombres de letras intentaré recordarle que existo, pero creo que el último santo que ocupó este cargo dimitió desesperanzado y ninguno ha querido tomar a su cargo la cartera…».

No le faltaba razón: Durante los últimos seis meses de 1915, sólo se vendieron veintiséis ejemplares de Gente de Dublín, después de haber esperado su publicación durante nueve años. La salud empieza a jugarle sus malas pasadas. En marzo de 1916 se ofrece a corregir pruebas del Retrato del artista adolescente, si el ataque de reuma que padece no le afecta a la vista. El 30 de octubre del mismo año comunica a su amiga Miss Harriet Shaw Weaver —directora de la revista The Egoist, su paño de lágrimas y ángel tutelar a un tiempo— que ha estado enfermo y sufrido tres o cuatro colapsos, pero que el médico ha diagnosticado no ser debidos a dolencia cardíaca, sino a desgaste nervioso. En marzo de 1917 dice que ha estado muy mal de la vista, mas ya está mejor; en realidad ha empeorado desde mediados de febrero. En julio vuelve a anunciar mejoría, pero no puede leer ni escribir mucho: «esta es una enfermedad que parece tener un efecto embotador sobre el cerebro». En agosto tiene que someterse a una operación. El 9 de junio de 1918 comunica que su salud es pobre, si bien espera que sus ojos le permitan, aunque sólo sea durante un cierto tiempo, ocuparse de su Ulises. En julio cuenta que son ya nueve los meses que lleva enfermo; últimamente ha experimentado algún alivio y puede escribir y leer. El 1 de agosto confiesa que desde hace dos meses permanece en cama con un ataque a la vista, el cuarto en dos años. El diagnóstico médico no puede ser peor: doble iritis con glaucoma. Él está asustado, sí, pero le es completamente imposible abandonar su obra; contra el dictado de los médicos, contra sus molestias y dolores, él prosigue.

Durante el verano de 1917, en Locarno, a donde se habían trasladado por estar Nora «muy nerviosa», da los últimos toques a los tres primeros capítulos, enviándolos a Zúrich, donde un nuevo amigo, americano, actor, Claud Sykes, se ha ofrecido a mecanografiarlos. En diciembre regresan a Zúrich. Ezra Pound, quien desde un principio reconoció la categoría excepcional de Joyce, nunca dejó de protegerle. Influye sobre Miss Weaver para que publique en The Egoist y en serial los capítulos terminados. Tiene la fortuna de que la americana más rica y elegante de entonces, Mrs. Harold McCormick, hija única de John D. Rockefeller, comenzara a enviarle todos los meses 1.000 francos suizos, suma que se elevó a 300 dólares. Con estos ingresos pudo dejar varias clases de inglés y dedicar más tiempo al café Pfauen, cuando no estaba entregado a Ulises; también se mudaron de piso. Trabajaba durante el día y por la noche se reunía con sus amigos; Frank Budgen, pintor inglés, y August Suter, escultor suizo, eran los más íntimos. Alguna de sus reuniones no terminó hasta la madrugada, en que Joyce invitó a cocinero, camareros, propietarios y concurrencia a seguir bebiendo después del cierre. Cuando estaba algo más que alumbrado cantaba antiguas canciones inglesas, bailaba y recitaba poesías en varios idiomas. El latín lo empleaba para las cariñosas despedidas epistolares y para frases fuertes. Nunca perdía el contacto con su obra en gestación, husmeando en busca de la palabra precisa y el hecho exacto. Era el gran tema de su vida y resulta inabarcable la variedad de elementos que intervinieron en su construcción. Dice un amigo suyo: «En pocas horas le he visto recoger el más extraño conjunto de materiales: una parodia sobre una canción popular, el nombre y efectos de un veneno, la sensación de alivio después de una fastidiosa e inacabable frase, el gesto nervioso de un contertulio dando vueltas a su vaso…».

Regresó a Trieste en octubre de 1918, después de firmado el armisticio. The Little Review continuaba publicando episodios. Por entonces entregó el de las Sirenas, y tanto Pound como Miss Weaver pusieron algunas objeciones, pero la peor fue la de Mrs. McCormick, que le suprimió la mensualidad. Es estremecedora la lucha de este hombre con su débil constitución y los impedimentos que continuamente le salían al paso. En los seis últimos meses de 1916 se venden siete ejemplares de Gente de Dublín y cuando empieza a publicarse por entregas en un semanario de dicha ciudad no pasa de la segunda, dado que los suscriptores se quejaron diciendo que la obra era indecente y desvergonzada. Sin embargo, él sigue tan firme como una roca. En 1918, una señora suiza, Mme. Guillermet, le pide colaboración para su periódico y Joyce contesta: «… En cuanto a su amable invitación a colaborar en su periódico con un artículo, me halaga mucho, pero yo no escribo nunca artículos. El problema de mi raza es tan complicado que son necesarios todos los medios de un arte elástico para bosquejarlos, sin resolverlos».

Se juzgaba una especie de Mesías destinado a forjar lo que llamaba «la conciencia increada de la raza».

También recibe disgustos de América, donde para no variar le tachan de indecente. Sus editores llegan a proponerle publicar el libro en África. El continúa inmerso en su aventura. El 6 de enero de 1920 escribe a Miss Weaver: «Estoy trabajando en “Nausicaa”. Es muy consolador que usted me considere un escritor, porque cada vez que me siento con la pluma en la mano tengo que persuadirme a mí (y a los demás) del hecho». El 7 de enero del año siguiente comunica a John Quinn desde París que escribió nueve veces el episodio de Circe desde el principio al fin. «Cuando Ulises se termine, después de siete años de trabajo (diversificados por ocho enfermedades y nueve cambios de casa, de Austria a Suiza, a Italia, a Francia), necesitaré un descanso de seis meses, no necesariamente en la cárcel». A Carlo Linati le expone algunas características de su obra:

 

Solo le he dado algunos detalles de mi esquema, pero creo que usted podrá comprenderlo. Es una historia épica de dos razas (israelita-irlandesa) y al mismo tiempo el ciclo del cuerpo humano, así como la pequeña historia de un día (la vida). Siempre me fascinó el personaje de Ulises, incluso de niño. Imagínese usted, ¡hace quince años que empecé a escribirlo como un cuento más de Gente de Dublín! He trabajado en él durante siete años y es una especie de enciclopedia. Mi intención es la de transponer el mito sub specie temporis nostri. Cada aventura (es decir, cada hora, cada órgano, cada arte está interconectado e interrelacionado en el esquema estructural del todo), no solo crea sino que condiciona su propia técnica. Cada aventura es, por así decirlo, una persona, aunque esté compuesta de varias —como Aquino describe a los ángeles—. Ningún impresor inglés quiere imprimir ni una palabra de este libro. En América, la revista que lo publicaba fue suspendida cuatro veces. Ahora, según tengo oído, se prepara un gran movimiento contra su publicación, iniciado por puritanos, ingleses, imperialistas, irlandeses republicanos católicos… ¡Qué alianza! ¡Me debieran otorgar el Premio Nobel de la Paz!

 

Confiesa que le resulta asombroso haber llegado a escribir tanto. «El resultado es que he alcanzado el más alto grado de nerviosismo al tratar de seguir sobre mis pies». Valéry Larbaud, gran amigo suyo, al marchar a Inglaterra durante el verano, pone a su disposición el piso de París, y en abril tiene que pedir a Miss Weaver un anticipo. Está luchando «con las acideces de Ítaca, una matemático-astronómico-mecánica-geométrico-química sublimación de Bloom y Stephen (que el diablo se lleve a los dos), para prepararse hacia el final, el curvilíneo y ampuloso episodio de Penélope». Y en otra carta añade que hace todo lo que puede para lanzar al agua «la lancha en que mi héroe embarcará hacia la posteridad, con el intenso alivio de todos sus contemporáneos».

Las leyendas acerca de su persona varían. La familia de Dublín cree que se ha enriquecido en Suiza durante la guerra haciendo espionaje. Los triestinos opinaban que era víctima de la cocaína. Lo cierto es que su droga en aquel tiempo eran los capítulos «Nausicaa» y «Los bueyes del sol», elaborados en una atmósfera doméstica espantosa. Los dublineses aseguraban que no podía escribir más, que su fracaso era absoluto y que estaba muriéndose en Nueva York.

 

Un hombre de Liverpool me dijo haber oído que yo era propietario de varios cines en Suiza. En América han aparecido dos versiones: una, que yo soy una austera mezcla del Dalai Lama y de Sir Rabindranath Tagore; Mr. Pound me ha descrito como un inflexible ministro de Aberdeen. Mr. Lewis me dijo que le habían asegurado que yo era un loco que llevaba encima cuatro relojes y raramente hablaba excepto para preguntar a mi vecino qué hora era. (…) Una mujer hizo circular el rumor de que soy un perezoso y no acabo nunca nada (calculo que he empleado cerca de 20.000 horas escribiendo Ulises), gente de Zúrich procura inducirme a entrar en el sanatorio de un cierto Dr. Jung (el hurgacerebros suizo, que no debe confundirse con el hurgacerebros vienés, Dr. Freud), que se divierte a costa (en el más amplio sentido) de señoras y caballeros que tienen problemas con las abejas cobijadas bajo sus sombreros. Menciono todos estos puntos de vista, no para hablar de mí mismo, sino para demostrarle lo conflictivos que son. La verdad, probablemente, es que soy una persona corriente que no merece tantos retratos imaginarios. Hay una opinión más, y es la que soy un hábil simulador y disimulador tipo Ulises, un agrio jesuita egoísta y cínico. En ello hay algo de verdad, supongo, pero no significa todo, sino una parte de mi personalidad, ya que he tenido por costumbre aplicar esta cualidad a la salvaguardia de mis propias creaciones.

 

No le gustan las reuniones donde se pierde el tiempo en habitaciones abarrotadas, teniendo que replicar entusiastas expresiones acerca de su obra, no leída, porque entonces como ahora, en estas reuniones se suele hablar de oídas. Él sabe que una de las pocas personas capaces de calibrar el valor de su libro es Valéry Larbaud, porque su propia esposa, Nora, no fue capaz de interesarse en Ulises más allá de la página veintisiete. Joyce tampoco suele leer, y lo confiesa:

 

He aquí una muestra de mi intensa estupidez, un ejemplo de mi vaciedad: No he leído una sola obra literaria en varios años. Mi cabeza llena de piedras y desechos, cerillas quemadas y grandes cantidades de cristales rotos. La tarea que me he impuesto al escribir el libro es más que suficiente para desequilibrar cualquier cerebro. Deseo terminarlo y olvidar a Ulises completamente… (…) Y deseo decir algo más, ni siquiera conozco el suficiente griego, aunque dicen que soy un erudito. Mi padre quería que estudiara griego como tercer lenguaje, mi madre, alemán, —y mis amigos, irlandés—. Resultado, que estudié italiano. Hablo griego moderno no demasiado mal, y he empleado mi tiempo en hablar con griegos de toda especie, desde aristócratas a vendedores de cebollas, especialmente con los últimos. Y termino esta larga disertación sin haber dicho nada de los aspectos más oscuros de mi detestable carácter. Supongo que ahora la ley seguirá su curso con respecto a mí, porque sería un inútil gasto de cuerda emplearla en la disolución de una persona que se ha disuelto ya visiblemente y posee tanta «pendibilidad» como un traje deshabitado.

 

El 7 de agosto de 1921 escribe a Miss Weaver diciéndole que ha vuelto a tener cinco semanas de vacaciones con sus ojos.

 

…Me dice que vaya a Aix-les-Bains, pero yo sigo en Ítaca… Escribo y corrijo con uno o ambos ojos unas doce horas diarias, haciendo altos de cinco minutos cuando no puedo ver nada. Mi cerebro vacila, pero esto no es nada comparado con la vacilación de los cerebros de mis lectores. No estoy curado, y lo que hago es lo peor que podría hacer, pero no puedo remediarlo. Es una locura, porque quizá el libro no merezca este esfuerzo. Las suscripciones han sido lentas y escasas y parecen haber llegado ya a su fin. Me iba a tomar un descanso de cuarenta y ocho horas en alguna parte, pero decidí no hacerlo, porque creo que si me acuesto a descansar en algún remoto lugar del país, estoy tan cansado que luego no tendría energías para levantarme.

 

El 25 de agosto asiste acompañado de su hijo a una función de variedades donde sufre un síncope que le preocupa mucho. Se ve obligado a reducir sus horas de trabajo, que han llegado a convertirse en dieciséis, a seis. El ataque le duró dos horas. «Desde entonces me estoy entrenando para el marathon andando 12 o 14 kilómetros diarios y mirando cuidadosamente el Sena para ver si hay algún sitio donde poder tirar a Bloom con un peso de cincuenta libras atado a los pies». Por fin sale el libro, editado por Shakespeare and Co., siendo ya tal la expectación que los compradores ponen la librería en estado de sitio, dado que los ejemplares empezaron por llegar a cuentagotas. El Museo Británico pide un ejemplar, el Times, otro, y, cosa increíble, el ministro de propaganda del Dáil Éireann le llama para saber si proyecta volver a Irlanda, a lo que Joyce contestó con evasivas.

 

Parece ser que piensa proponerme para el Premio Nobel en su calidad de ministro, tan pronto como el tratado sea ratificado en Westminster, aunque no en nombre del Gobierno. Pero apuesto cualquier cosa a que, si no cambia de pensar en cuanto lea el texto completo, perderá la cartera, mientras yo no tengo ni la más lejana oportunidad de ganar el premio.

 

Alguien, siendo Joyce muy joven, después de haber leído sus versos, emitió el siguiente veredicto: «Muchacho, creo que no tiene usted dentro caos suficiente para hacer un mundo». Ya hemos tenido ocasión de comprobar cuánto de equivocado tuvo esta profecía. Joyce llegó a ser el escritor genial capaz de organizar la realidad caótica de nuestro tiempo elaborando un mundo propio y, lo que es más importante, transferible, trascendente, comunicable. Por ello, en todos los aspectos de la vida, «pagó su precio», frase específicamente británica, un precio muy elevado. Enfermo de varias dolencias, además del reuma y el glaucoma, una úlcera de duodeno le produjo la muerte, en una mesa de operaciones de un hospital de Zúrich, el 13 de enero de 1941. Otros precios que se obligó a pagar fueron muy dolorosos. Me refiero al fracaso de sus hijos. El varón fue una persona menos que mediocre que tardó tiempo en encontrar oficio. Lo peor fue el asunto de la hija, enferma de grave anormalidad mental. Durante la Segunda Guerra Mundial tuvo que separarse de ella definitivamente, estando ya recluida en un manicomio, donde murió bastante después que el padre. Tanto a los hijos como a su mujer les había querido muchísimo, a su manera, siempre en segundo lugar respecto a su obra. Con tantos cambios de residencia y desorden económico, la educación de Giorgio y Lucía fue muy deficiente. Por lo demás, y en otro orden de cosas, editores, libreros, críticos y censores boicotearon sus libros, mientras se imprimían ediciones piratas hasta en Japón. Nunca le sobró el dinero, y cuando lo tenía lo derrochaba.

El extraño y genial James Joyce se mantuvo en vida gracias al esforzado quehacer intelectual que le mataba y sostenía a un tiempo. Porque así como la acción de la obra es la obra misma, el creador es la propia creación parasitando biológicamente al ser humano que la produce y a quien va consumiendo. Joyce se ha prestado al sacrificio: La invención crece desbordada como un hongo gigantesco y magnífico, mientras el hombre aportador de las sustancias vitales se reduce a límites extremos. La enorme construcción literaria gravita sobre su autor, que, para continuar nutriéndola, extrae fortaleza de su indomable sinceridad, de la fiel ayuda de Nora, un tanto inconsciente y desorientada, de las conversaciones con sus amigos o comunicándose con ellos por cartas que le sirven de desahogo, de las frecuentes libaciones —vino blanco del Rhin o Châteauneuf-du-Pape—, de las antiguas baladas irlandesas, de su agudo sentido del humor, y de la inquebrantable, absoluta convicción de que Ulises es una obra maestra.

 

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Comentarios y respuestas: revista@hedonica.es

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