El Ulysses fue más fuerte que yo (1954)

Me prestaron una edición española, hecha en América, del famoso Ulysses de James Joyce. Debe ser por la aparición tardía de esta o de alguna otra edición, el caso es que se vuelve a oír hablar de este autor. Allá, en aquella época a la que tantas veces tengo que referirme, de alrededor de 1920, poco más o menos, había leído yo numerosos y extensos fragmentos de Ulysses, unos en inglés, otros en francés, otros en castellano, otros en gallego, que diversos escritores publicaban por ahí. Gustándome o sin gustarme, aquéllos trozos me interesaron, y como casi puede decirse que entonces era obligatorio el admirarlos, incluso me inspiraron algunas imitaciones, que quizá no me hayan venido mal como ejercicios de redacción. Todavía escribí, antes y después, sobre todo después de la lectura de El artista adolescente y de Gente de Dublín, algunas críticas de Joyce y de su obra, favorables unas, desfavorables las otras. Leí después lo que sobre Ulysses escribió C. G. Jung, cuya manera de pensar me seduce; pero no he llegado a creer que el Ulysses sea un libro destructor del mundo, si bien lo puede ser de muchas almas. Emprendí ahora la lectura completa con la mejor voluntad. Como mis lectores conocen lo que pienso acerca de las obras maestras de la literatura universal, y el Ulysses es para muchos una de ellas, no necesito decir que iba dispuesto a todo. Pero, señores, el Ulysses fue más fuerte que yo. No he podido soportar su peso. Haciendo grandes esfuerzos, lo recorrí a saltos desde el comienzo al final, desde el remate al principio; pero no logré leerlo entero ni puedo creer que nadie lo haya leído. No sé si Valery Larbaud, que ha escrito sobre el Ulysses cosas mucho más interesantes que el Ulysses y que con ello se hizo culpable de mi deseo de leerlo. Desde luego, me parece que el Ulysses es un libro mucho más fácil de escribir que de leer. Tiene, desde luego, cosas muy buenas, magníficas si se quiere; mas para llegar a esos oasis de complacencia, o de sorpresa, o de irritación, es preciso recorrer desiertos de aridez, caminos de inanidad, incluso fangales de sentido común, que producen una fatiga interminable, un cansancio de cincuentenas de páginas o más aún… Por descuidado y poco utilitario que se sea, uno tiene necesidad de su tiempo bastante para no entregárselo gratuitamente a un escritor que no nos recompensa como quisiéramos. Aún leído así, única manera que me parece posible, aceptando la guía de sus panegiristas y las observaciones de sus detractores, o no aceptando ni unas ni otras, dejándose o no llevar del esquema simbólico de Valery Larbaud, el sentido del libro se capta sin dificultad excesiva. No es necesario negar que James Joyce sea un satánico, pero hay que reconocer que lo es de un modo muy humano, casi positivista, práctico en el fondo y que no hay que asustarse demasiado de sus bufidos. En todo caso, los compensa muy bien con la densidad material de sus páginas, que parecen crecer en número conforme uno va avanzando en la lectura, sin otro descanso que el interrumpirse para hojear, buscando finales que nunca llegan, que cada vez están más lejos del lugar en donde uno dejó la señal. Mi voluntad se sostuvo unos quince días, plazo del préstamo, agarrando todos los días el Ulysses y persistiendo en la lectura por medio de mil estratagemas y subterfugios, leyendo seguido cuando era posible; cuando no, pitiscando aquí y allá, quedando un tanto exánime después de cada sesión. Cuando llegó el momento de devolverlo, fue un sentimiento de alivio tan grande como si me sintiese flotar en el aire, sin peso ni fatiga… Como quería Nietzsche, todo lo pasado se había vuelto ligero, todo estaba abierto y transparente alrededor; el mundo y yo poníamos buena cara y un olvido generoso sobre el libro y sobre su autor.

 

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