Etopeya de un gigante que se hizo hombre (1982)

Ya en 1925, tres años después de la aparición en París de la primera edición de Ulises, los literatos anglosajones —y franceses, digamos Valéry Larbaud o Marcel Brion—, cuyo sancta sanctorum era la librería Shakespeare and Co., rue de l’Odéon, celebraban religiosamente —aunque de manera pagana— la llegada del 16 de junio: del Bloomsday o día de Bloom, es decir, el aniversario de aquella jornada de 1904 que figura vivida por el judío dublinés Leopold o Poldy Bloom y que constituye la trama misma de Ulises: la microscópica descripción de toda la jornada de un uomo qualunque, atareado y vitalista corredor de anuncios, en «viaje» por el laberinto —conocido y sorprendente al mismo tiempo— que es su ciudad, su propia vida; la quête de un ser lo bastante común como para emblematizar la de todos los hombres, en cualquier lugar y en cualquier época desde Ulises acá. Día de Bloom que no en vano comporta una irónica alusión, como resonancia, del Doomsday que, en inglés, es el Día del Juicio.

Bien sabemos que ese 16 de junio de la épica y más que visceral quête desarrollada en setecientas páginas, corresponde al día y año, a la tarde, mejor, en que Joyce tuvo su primera y definitiva cita con Nora, la que había de ser para siempre su mujer: la fecha de 1904, también, en que Stephen Dedalus, el hamlético Joyce joven, elegiría —en el encuentro con el judío Bloom, el Joyce errabundo para siempre— su propio camino. Aquel que seguiría a lo largo de más de treinta y cinco años de exilio medio voluntario, y que como a tantos irlandeses de la diáspora no le hizo perder las raíces. Sino reforzarlas, hasta tal punto que en toda su obra, de Chamber Music y Dubliners a Ulysses y Finnegans Wake (el día y la noche del hombre), no analizará más que las propias vivencias y el talante de su gente, su Dublín natal. Como si en la vida del escritor aquel continuo vagar por el continente, y siempre alérgico a los graves problemas coyunturales del mundo, no fuera más que un método para curar su propia nostalgia.

Con fundamento, pues, los joyceanos del mundo han ido conmemorando dicho aniversario. Pero no los dublineses, quienes además del tan conocido nemo propheta… suficientes motivos tenían para desdeñar a semejante tránsfuga e inmoral que, con una desenvoltura sin límites sacaba sus trapos a relucir, riéndose también del trágico nacionalismo irlandés, como de los esfuerzos de cara a reavivar la lengua autóctona, mientras seguía viajando con pasaporte británico. Alergia, por decir poco, que se prolongó hasta 1964 (el escritor había fallecido a principios de 1941), cuando se inauguró un Museo Joyce en la Martello Tower, es decir en el último alojamiento dublinés del joven Joyce, el de su alter ego cuando comienza la novela. Y solo dos días después, el fatídico 16 de junio, justo con el título Bloomsday, se escenificaba, en el Gate Theatre de la capital, la adaptación de algunos episodios de Ulises.

Imagínense qué no habrán hecho en el Bloomsday este año, coincidiendo con el centenario del nacimiento del escritor. Si en Estrasburgo el Parlamento Europeo aprovechaba esta fecha para subrayar la unidad de la imaginación europea, que al genio de Joyce permitió recrear el mito homérico, en lo cotidiano preocuparse por un antihéroe, un common man de hoy, y para celebrarlo la cafetería se adornaba con el texto —en un montón de lenguas— de la página del desayuno de Bloom, mientras los respetables se zampaban unos riñones de cordero y otros «organs of beast and fowls» de aquel introito para la gran jornada del bueno de Poldy, ¡imagínense, decía, la que pudieron armar los conciudadanos de Bloom!

Primero el presidente de la República asistía al descubrimiento de un busto de Joyce, dado por el American Express, y a la inauguración de un puente sobre el Liffey, bajo el nombre de Anna Livia con que el Finnegans Wake mitifica el del río de Dublín. Añadamos que la radio dio completa lectura, treinta horas sin parar, de todo el texto de Ulises. Además del congreso joyceano que reunía a medio millar de especialistas y aficionados procedentes de todo el mundo, con el consiguiente banquete fiel al menú de Bloom. Y como traca final la escenificación in situ, es decir, en los mismos lugares apuntados en la novela, la vivificación fidedigna de las diecinueve escenas de calle que constituyen el quid del famoso capítulo de las Rocas Erráticas, el capítulo central de Ulises, donde ambos protagonistas de la novela —contrafiguras del Joyce joven y del Joyce maduro— que aún no se han encontrado, se mueven dentro del laberinto de incomunicación y falta de sentido que es la ciudad, que es nuestro mundo, mientras todos los restantes personajes van siguiendo su camino, como siguiendo unos alveolos y meandros milimetrados para cada uno. Y todos ellos dentro del perímetro marcado por la respectiva marcha de la Iglesia (aquí el jesuita padre Conmee, el maestro del estudiante Joyce) y del Ocupante, es decir, el virrey inglés (en este Bloomsday, el papel lo desempeñó —una golondrina no hace verano— el propio alcalde de Dublín).

Digo todos los personajes de la novela, y no es del todo exacto. Faltaba uno sin nombre y que no abre la boca, pero muy significativo, pues aparece una docena de veces: en los momentos más álgidos de las polémicas o las cogitaciones de nuestro Bloom. Un zanquilargo desgarbado y misterioso, con una invariable trinchera o impermeable McIntosh, que Nabokov —en sus penetrantes lecciones en la Universidad de Cornell— fue el primero en elegir, identificándolo inconfundiblemente con el propio James Joyce, observador lúcido y distante de todo aquel pandemónium. Como Hitchcock, Buñuel, Welles a quienes gusta aparecer, aunque sea de refilón, en las películas que dirigen.

Una reconstrucción exacta y persuasiva, en este capítulo décimo y en toda la obra de Joyce, de los tipos dublineses con sus costumbres y desfallecimientos, así como de los parques, plazas, callejuelas y todos los rincones de la ciudad. Y más concretamente, tal como unos y otros eran en 1904, aquel año en que el futuro escritor decidió irse para siempre. Que, dicho sea de paso, confirman hasta qué extremo, casi sobrehumano, aquel incurable nómada —de Zúrich a Trieste, Roma, París y el Borbonesado, para acabar en Zúrich— siguió viviendo, en cuerpo y alma, su ciudad natal y con sus paisanos; levantando con su ingente capacidad de escritor, de fabulador, de intérprete de la vida y el mundo, un monumento inmarchitable de todas las horas de Dublín, como la mejor clave para comprender, ¿comprendiéndose?, todas las horas del hombre.

Se ha dicho que la lectura de Ulises convendría hacerla teniendo delante el plano de Dublín, de tan significativos como son los itinerarios de los personajes e incluso de los comparsas, marcados minuciosamente —monumentos, escaparates, biblioteca, diario, tabernas— de la Martello Tower o del 7 de Eccles Street a los rododendros que al pie del blanco castillo dan tonos purpúreos a la península de Howth, o hasta los prados y coníferas del Phoenix Park, pasando por el Wellington Memorial o el del patriota Parnell y la larga docena de antros y lugares beatíficos que nos transmiten las travesías del «politrópico» —según Homero— Ulises.

De hecho, parece ser que Joyce trazó cuidadosamente sobre el mapa ese entramado de itinerarios, mientras calculaba al minuto los tiempos que sus personajes invertirían en cubrirlos. Es cierto que su memoria de elefante la refrescó con testimonios y noticias que pidió a familiares, amigos y conocidos. Y, además, apuró al máximo las informaciones contenidas en los diarios dublineses, con los que había envuelto zapatos y útiles dentro del baúl de la primera huida. Acompañándolo con la consulta del providencial Thom’s Official Directory del mismo año, el anuario que aportaba todo tipo de datos sobre Dublín y los dublineses, la lista de calles con el nombre de los habitantes de cada edificio, carácter y ubicación de las instituciones y los servicios, elenco de autoridades y notables, etcétera. Todo ello, no con el afán inoperante de exhibir una erudición de la que a veces nos dio asombrosas pruebas a lo largo de toda su obra. Tampoco con el sentido paródico que de esta genial concertación sobre el poema homérico es su contrapunto, y en el que fue maestro. Todo lo contrario, me atrevería a decir que con una frialdad de entomólogo, de hombre de laboratorio que ha querido ir disponiendo las piezas del laboratorio enorme y de una complejidad engañadora, sin ningún centro aparente y, seguramente, sin salida, del hormiguero que es la ciudad, de la incomprensible danza de bacterias que, a través del microscopio, es nuestro mundo.

Una fidelidad a los orígenes, un no querer perder conciencia de las fuentes de la propia identidad —aunque de forma tan abrupta y concluyente rompiera con el escenario, los modos y patrones de su formación—, que bien podríamos adivinar en el orgullo de raza que, a pesar de la anarquía aparente y las penurias más que ciertas, es subyacente de aquel saberse descendiente del clan de los Galway y llevar a lo largo de sus peregrinajes, estando siempre a la cuarta pregunta y huyendo de la incomprensión ajena (y de los acreedores), un cierto cuadro con las armas del Joyce de Galway: águila voladora de gules sobre campo plateado. Recuerden, también, cómo el espíritu de Simon Dedalus (es decir, el padre de Joyce) en el capítulo de Circe (la casa de furcias) alienta a su hijo Stephen diciéndole —en la soberbia traducción catalana de Joaquim Mallafré—: «Cap alt! Aguanta ben alta la nostra bandera! Una àguila de gules volant alaestesa en camp d’argent. Rei d’armes de l’Ulster! A la hop! (Fa el crit del beagle aixecant la caça.) Bul bul! Burlbulpbbupburlp! Apa noi!», etcétera. [«¡Cabeza alta! ¡Sostén bien nuestra bandera! Un águila de gules vuela con las alas desplegadas en campo pla-teado. ¡Rey de armas del Ulster! ¡A la hop! (Lanza el grito del beagle levantando la caza.) ¡Bul bul! ¡Burlbulpbbupburlp! ¡Vamos chico!»].

Otra manifestación de esta fidelidad a los orígenes puede ser la evasión mediante el beber, tan conocida entre los irlandeses y suficientemente comprobada en los Joyce, padre e hijo (el abuelo materno de James tenía comercio de vinos y licores, para escándalo del señorío ocioso de los Joyce, y el escritor transforma en protagonista del Finnegans Wake al tabernero Earwicker o, si lo prefieren, al auténtico Everyman, el Here Comes Everybody). Otra más, el amor por la música y el bel canto, tan arraigada en una ciudad melómana desde siempre como es Dublín, cuna del gran Sullivan (buen amigo de Joyce, también). Tenor, si fracasado, fue el padre, médico râté, quien por afición al canto llegó a perder una buena ocupación; una fina voz de tenor, con considerables éxitos en el Dublín natal, tenía el escritor y lo mostraba a la primera ocasión, que en semejante melómano era muy frecuente; y una buena carrera en el bel canto —con voz de bajo, sin embargo— consiguió su heredero, Giorgio, nacido en Trieste (y que con su padre habló siempre en italiano). Una dublinería más de nuestro Joyce, de espíritu burlón: aquel lúdico e irresistible minar los cimientos y poner en solfa todo lo que es solemne y dogmático…

Gente de ciudad, nunca señores rurales, el tatarabuelo del escritor había sido un caballero con tanto dinero como blasones en la pequeña ciudad de Cork, además de ser alérgico a los negocios. De él heredarían los Joyce el afán por vivir de rentas. James, el heredero, apuesto y tan rumboso como galante, añadió al afán anterior una pasión nacionalista que lo llevó a casarse con una parienta de Daniel O’Connell, el héroe nacional irlandés. Murió joven y al fachendoso John, el padre del escritor, la fortuna familiar le llegaría muy maltrecha. Y él se encargaría de cumplir el ciclo, no tanto con el inacabable montón de hijos como por el carácter extrovertido y báquico, la locura de ser cantante, la dificultad con los negocios (negocio, sólo uno: una destilería que, claro está, hundió), la mojiganga política. Un atareado desocupado que, trasladando pronto sus penates a la capital nunca acabó de tener un domicilio fijo, por vía de los acreedores. Si cuando le nació James, el heredero, vivían en Rathmines, un suburbio elegante de Dublín, y seis años después ocupaban una casa señorial y con jardín cerca del mar, en Bray, en 1891 se instalaban en Brackrock, una barriada periférica y menos distinguida; decididamente modesta sería la casa de 1893, peor la de 1894, etcétera.

Hasta que el joven Joyce, graduado ya por la University College de los jesuitas y con firma literaria conocida, polemista brillante, dandy y solitario, se establece en la Martello Tower, semiabandonada, en la costa, aunque por pocos días. Voluntario exiliado en patria, su vida no tardará en dar el giro decisivo: el encuentro con la joven, complaciente y nada intelectual Nora Barnacle, una camarera de hotel con quien huirá tres meses después —rompiendo, de momento, con la familia— hacia el continente.

La vida engañosa de Joyce, desde aquel 8 de octubre de 1904, es suficientemente conocida. Así pues, no me detendré en ella. Lo que tal vez sí vale la pena subrayar es ese sisífico huir hacia adelante, sólo deseoso en empujar aquel peñasco de su creación literaria, que es siempre una de un extremo a otro; lo que importa señalar es la significativa coincidencia de las paradas de su incansable transhumar, todas urbanas, inconscientemente o no las hiciera en ciudades que son refugio de gente venida de los lugares más opuestos, verdaderas encrucijadas de culturas: la Zúrich del dinero y el neutralismo, su amada Trieste —imperial y soberbia al comienzo, provincianamente italiana en la segunda etapa—, la Roma papal —de su fe perdida y de la casuística que en adelante lo marcará— y capital de la Italia que desde muy joven llevaba en el corazón, el París de los métèques, messieurs décorés y vanguardistas. No puede sorprender, pues, que por alter ego de su propia condición de «judío errante», el Joyce del exilio crease la figura de Bloom, este Ulises cotidiano por los recovecos de Dublín que es un judío de origen húngaro. (Virag, que quiere decir florecimiento, como en inglés bloom.) Las formas para exacerbar la añoranza, patética e indignante, de su Dublín, de aquel microcosmos de donde bebió, incansable, para sublimarlo en su etopeya del hombre, de todo el género humano.

«Diré cómo nacisteis, placeres prohibidos.» Con este verso de Cernuda quiero airear mis vivencias del gran irlandés y de su obra inconmensurable. Comenzó todo con A Portrait… que, en la traducción castellana del joven y ya sabio filólogo Dámaso Alonso —escondido bajo el claro seudónimo de Alonso Donado— y el espléndido prólogo del anglófilo Marichalar, para los aprendices que éramos entonces, imbuidos de la lectura —por las tardes en la Biblioteca de Cataluña— de L’Esprit Nouveau y otros manjares semejantes, vino a ser incuestionable carta de nobleza para los movimientos de vanguardia. Añade que ya entonces se había convertido en carne de leyenda la verdadera carrera de obstáculos de la obra mayor de Joyce, aquel Ulises fletado en Francia con los tipos de maitre Darantiàre, el mismo día en que el autor cumplía cuarenta años y a quien, sin embargo, negaban entrada en los países de lengua inglesa, inquisitorialmente decididos a hacer una hoguera con los ejemplares que se saltara la aduana (en Inglaterra el «acto de fe» contó, según parece, con representación del propio monarca). Se contaba, de los jóvenes baronets de Oxford, que empeñaban todo lo pignorable, incluidas expectativas de hacienda, con tal de hacerse, a escondidas, con un Ulises. Y así, una edición tras otra, hasta que siete años después, en 1929, salía —con la misma portada azul pálido de la primera edición— la traducción en francés, debida a un distinguido equipo y con los consejos del propio Joyce. Aparecida —como la otra— en la fiesta de la Candelaria, día en que Joyce («Out, out, brief candle! ») cumplía años.

Sin embargo, no todos tuvimos que esperar esta traducción para saciar nuestra sed. Desde hacía tiempo nuestro amigo, y seguro nauchel en cualquier singladura intelectual, mosén Manuel Trens, de Vilafranca, traía y nos «cantaba» no pocos pasajes de la edición de 1927; la inglesa, por supuesto. Y no sin antes vencer sus escrúpulos, los conseguíamos para nuestra Hèlix, aquella revistilla tan deliciosamente vanguardista (desde el viejo patio de Letras y desde Vilafranca). Ni que decir tiene que el doctor Trens no quería firmar aquella primera versión catalana. Las razones son obvias. A lo sumo transigió con unas iniciales, ni siquiera las suyas (y con absoluta ingenuidad la T del apellido tuve que cambiársela por la R de Railways). Y de este modo la presentamos, a doble página, en el número de febrero de 1930, acompañando un largo ensayo que sobre la propia novela nos escribió Montanyà.

Llenos de Freud y de militancia superrealista (bastante tuvieron que sufrirlo en nuestro examen de grado los profesores Balcells, Apráiz y Jordi Rubió), aquel verano daríamos nueva prueba de ello con el ahora célebre número del Butlletí que con el amigo Quimet Nubiola compusimos, partiendo del material acumulado en la ya clausurada revista de Vilafranca. Y con el mencionado armamento, sin faltar Joyce, el curso entrante me iba a París a la búsqueda del diploma del Institut des Hautes Études Internationales. Con la pecadora intención de promiscuar las ceremoniosas salvas matutinas con los «monstruos» Geouffre de La Pradelle, Le Fur o Léon Bourgeois, majestuosamente togados, vive sus lecciones magistrales de l’École de Droit, o a la tarde, las elegantes disquisiciones dieciochescas con las que Niboyet o el impecable argentino Álvarez nos gratificaban, sin faltar las damas ensombreradas, en la Fundación Carnegie por la Paz, boulevard Saint Germain; de promiscuar aquellos hauts-lieux, digo, con el jolgorio ubuesco de los encuentros con Péret, Éluard y otros surreales, Dalí el primero.

Justo en una improvisada cena de los Dalí, de comidas bien insólitas y más marinettianas que superrealistas, se me abrió una rendija para llegar —con el número de Hèlix como carnet de identidad— al para mí inabordable y escurridizo James Joyce, anclado en París desde hacía diez años. Y fue la bonita, elegante e intrépida Nancy Cunard, aquella azogada joven inglesa que, para sacar de sus casillas a la salonnière y riquísima californiana que era lady Emerald, su madre, y trastrocando el gran prestigio naviero de la familia paterna, había estado liada —musa de los superrealistas— con Louis Aragon y ahora acompañaba —desde hacía un par de años— a Henry Crowder, un pianista negroamericano de jazz. No mucho después, con motivo del estropicio que una supuesta Liga antijudía (?) hizo en el Studio 28, donde se proyectaba L’Age d’Or, me tocaría ser involuntariamente compañero suyo, en una accidentada carrera en taxi y con la policía inglesa pisándonos los talones, para salvar la copia de aquella película de Buñuel y Dalí que acababa de presentar, con escándalo, en un círculo londinense.

Retornemos, no obstante, a la cena de los Dalí. La atrevida Nancy, que para su placer tenía una editorial de lujo, la Hours Press, con el fin de abrirme la puerta de Joyce me envió a la librera americana Sylvia Beach, la editora de Ulises que entonces aún tenía «ambo le chiavi del cor di Federigo», como dijo Dante del emperador Federico II y el desafortunado Pier della Vigna, su canciller. Del tan transitado camino del boulevard Saint-Germain estaba a dos pasos la rue de l’Odéon, con su Shakespeare and Co., una biblioteca circulante para anglófonos tildada de librería muy intelectual, cuya sacerdotisa era esta miss Sylvia, una etérea y circunspecta yanqui, de mejillas de porcelana, voz meliflua y pies del 42, muy a la moda de lo que más tarde serían nuestras monjas posconciliares. Suaviter in modo, al métèque aún no entrado en quintas que, reverente, le entregaba el mencionado número de Hèlix, se lo agradeció por adelantado en nombre del escritor. Sin embargo, el maestro trabajaba muy intensamente, horas y horas para conseguir el efecto querido en cada una de las frases de aquel fresco polifónico que era su Work in Progress. No había, pues, que distraerlo, tanto más cuanto que tampoco tenía ni fecha ni hora para aparecer por allí… «Pero monsieur tiene que ir a clase, supongo», me lanzo tras hipar angélicamente. Pero el métèque, insensible a tales neumas, volvió más veces, por si acaso.

Sin cejar en el empeño y olvidando lo que por comida no ingerida le descontaba la madame de la Pension-Famille, bajo el retrato de Shakespeare el estudiante consiguió dos graciosas plaquettes de dorada cubierta y con otros tantos fragmentos de la ya legendaria Obra en Marcha: el de Anna Livia Plurabelle y The Mookse and the Grapes. Como, más adelante, y saltándose no se sabe cuántas cenas de madame Durand, se hizo con un ejemplar del aún caliente y esclarecedor Our Exagmination round His Factification for Incamination of Work in Progress, en el que la Shakespeare and Co. reunió una docena de estudios debidos a conocidos especialistas, como Stuart Gilbert, Marcel Brion, Robert McAlmon, William Carlos Williams (y, con mucho el mejor, el del aun desconocido Samuel Beckett, un irlandés recién llegado a París). Y ya me tienen ustedes de codos sobre aquel montón de sabias disquisiciones en torno a santo Tomás, Dante, Giordano Bruno y Giambattista Vico, en particular, inexcusables, decían, si uno aspiraba a entender las frases camaleónicas, los giros y las múltiples intenciones de semejante obra en marcha, inacabable. Sin contar, es obvio, aquel prodigio de contaminación de lenguas, argots y saberes, el continuo juego de palabras —con vaya usted a saber qué criptica clave cultural—y los divertidos cambios de acepción, las palabras-baúl o el puro y lúdico inventar según un modo tan ingenioso como nunca interrumpido desde los días de Rabelais y Merlin Cocai o Shakespeare y Góngora hasta Lewis Carroll, Edward Lear, Stamm, Arp y… Aventajándolos, sin embargo, con mucho, en este quehacer.

Si con otros escritores de nota sólo era preciso enviar cuatro letras, vía pneumatique, para ser recibido, y así lo hice con Jules Romains y con Lenormand (dos visitas que se convirtieron en artículos para el Mirador), el sistema no era en absoluto viable respecto al escurridizo irlandés. En primer lugar nadie sabía —o no quería pasarme— la dirección. Y se daba como dogma sacrosanto que nunca, lo que se dice nunca, nuestro gurú habría roto su mutismo granítico. Pero, fíjense, como fuera que su ángel custodio le presentó, por fin, el numerito de Hèlix y de este le habló a un sabio como el maestro, le picó el demonio de la curiosidad al gustarle verse vaciado en el más bello catalán (¿qué lengua debía de ser esa?); tal vez porque el insignificante esfuerzo de profundizar en las elucubraciones del Our Exagmination bien merecía un premio, lo cierto es que en una de las tantas recaladas en el Odéon, sor Sylvia anunció la fecha de la próxima epifanía del irlandés. ¿Quién dice que de buenas intenciones…? Y es que, aunque muy de tarde en tarde, también a veces sale el as de oros.

Y allí me tienen, sin caber en mí de gozo, aquel día de doble fiesta de primera clase. Con las manos vacías, pues no me había atrevido a presentarme con el número del ya famoso Butlletí, del que, al verlo, todo el mundo reclamaba un ejemplar: Aragon, Max Ernst y Paul Éluard, René Clair, Benjamin Péret, André Delons, José Corti, el propio Papa Breton, además de Cassou y Falgairolle, Pruna, Papitu Artigas, Gol, Ernest Maragall, el librero Juanito Vicens, mi querido Manolito Altolaguirre, el pintor Peinado, el desdichado Juan Piqueras (según me lo recuerda una carta, apremiando a Nubiola, que ha tenido el cuidado de conservarla y la delicadeza de pasarme ahora su facsímil). No, ante aquel pozo de sabiduría y jongleur de la palabra, ante un monstruo sagrado de aquella envergadura, las experiencias superrealistas no eran más que juegos de criaturas.

Y hete aquí que quien se presenta ante mis ojos pasmados es un hidalgo a la antigua usanza, refinadísimo, casi transparente, huesudo y largo, un punto encorvado también, con un muy curioso y pálido rostro a lo Habsburgo de cuarto creciente en una testa de frente abombada, alta como una torre, y un ojo azul enorme —el del lado derecho— esforzándose en nadar dentro de un vidrio grueso como un dedo. En medio, la mano sedosa de pianista mecía suavemente un bastón blanco mientras la boca fina, no sé si risueña o un punto burlona, emitía una voz dulce, tenoril y vibrante, bien escandidas las palabras, tan medidas, sin embargo, que, aun queriendo ser amables, incluso cordiales, comportaban un no sé qué de altivo.

Reconozco que fue tan sólo una primera impresión. Imborrable, sin embargo, aunque en posteriores encuentros costase quién sabe cuánto ver repetido aquel gesto distanciador. Bien es verdad que siempre mostraría una sencillez y un entregarse, una tal magnanimidad hacia el aprendiz que yo era, como pocas veces se encuentran en espíritus de su altura. El contacto se repitió varias veces en aquella santa casa; y más a menudo me citaba hacia el atardecer, en un café del lado de los Inválidos (él vivía entonces por aquellos rincones, en el barrio del Champ de Mars), un café que hacía esquina —no lejos de un mercado— y muy tranquilo en aquella hora tardía. Invariable, él pedía una infusión; pobre de mí que en mi vida me ha tocado beber tanta agua de verbena. Y en una ocasión, por lo menos, lo acompañé pasito a pasito, hasta la puerta de su amigo Paul Léon (un ruso blanco que entonces le hacía más o menos de secretario), cosa de un kilómetro mal contado al otro lado de la explanada.

Al principio en estos encuentros me tocaba a mí llevar el gasto de la conversación puesto que él, sin descomponer nunca la figura, se limitaba a preguntar, amable y brevemente, como interesándose por mis demasiado cortas experiencias. Pero el juego no era éste: no había subido hasta aquel haut-lieu para perderme en cumplidos. Con la osadía de los pocos años no desfallecía buscando la rendija —no podía pretender derribar las murallas— por donde entrar en Jericó. El zahorí habilidoso fue un compañero mío de pensión, el bretón Lallier, un chico alto y escuálido que, aunque estudiante de Sciences Politiques, era seguidor del gran sabio Jean Paulhan y provecto en cuestiones filológicas. Y el milagro se hizo. A cambio de exprimir al ya bastante delgado bretón, los alucinantes parentescos verbales de este nos los iba descubriendo el irlandés.

Si el lenguaje, decía más o menos, es la actividad, nuestro medio para expresar la realidad, una realidad siempre en transformación —el fluir perpetuo de Heráclito, y la contradicción como origen de las cosas— que, sin embargo, coincide en una limitada identidad de formas a lo largo del tiempo, es evidente que el lenguaje se convierte en expresión de ese tiempo y (sea hablado, escrito o incluso solo en el pensar) es el vehículo, si no el motor, por el que el pasado se vuelve actual y se vincula al futuro. Y justo en esa periodicidad cíclica de las palabras, que le permitía el paso de la etimología al mito, él hallaba el método para significar los acontecimientos, los hechos, como mera manifestación epidérmica de más profundas energías. Pues también existe una coexistencia en el espacio, todas las relaciones posibles entre los aspectos de una cosa, de un hecho, las formas de presentar un objeto, en la fuerza generadora implícita en cualquier palabra. La metáfora, por una parte, o el juego paródico de remedar las palabras, también el jamesiano stream of consciousness (que no está nada alejado de la visión onírica de la alegoría medieval). Y, por otra parte, la coexistencia, la impenetrabilidad de tantos lenguajes para expresar un mismo objeto, para matizar un concepto. Una especie de koiné lingüística —hecha de reminiscencias y metáforas y simples sonidos, como de cambios de sentido al pasar unas formas a otras lenguas— que permite expresar la totalidad de lo leal. Todo esto lo iba dejando ir mientras anotaba y remedaba las palabras bretonas que requería de mi amigo.

Otro de aquellos atardeceres, mientras —Anna Livia en mano— me esforzaba por descubrir el peso de las palabras y averiguar el significado de las frases, en un santiamén el maestro me las hizo nítidas como la luz, matizándolas, inventándolas de nuevo, aumentando incluso su destello y gracia, los efectos musicales. Con aquel mágico ir desengarzando nombres —remedándolos, mejorándolos— de los quinientos o seiscientos ríos de todo el mundo colocados dentro de aquel texto sin par para rendir homenaje al modesto Liffey de su ciudad: la náyade de cabellera de oro que dio el origen mitológico a Dublín, Anna Livia junto a la que yace el héroe Finn MacCool (el gigante cuya cabeza sería el Cap Howth actual, y el resto del cuerpo la capital irlandesa: «Howth Head and Environs», tal como dice el texto) mientras, aunque muerto, observa la historia del país, y del mundo —pasado y futuro— como va fluyendo en su mente, al igual que los desechos que se lleva el río de la vida. ¡Y qué delicia, qué espectáculo único oírlo recitar, casi cantar, largas tiradas de aquel capítulo que milagrosamente se te hacía plausible, claro, aunque te pasara por alto el significado de muchas, de muchísimas palabras!

A la poliglotía del hablar de Joyce —aquí tienen otra marca— le sobraba tiempo para subrayar el aspecto grotesco, revoltoso, de las cosas. A borbotones y sin el mínimo esfuerzo, prodigando palabras y locuciones italianas o que a mis oídos (cuando los ojos a duras penas interpretaban el manual bibliográfico de Fumagalli o la Estética de Croce) sonaban como tales. Aquel italianismo suyo nunca ocultado, en neto contraste con la irónica suficiencia hacia la Italia de los recientísimos Pactos Lateranenses, que nos imbuían los Basdevant y la panda de ufanos sorbonnards; su italianismo, digo, que transcurridas las vacaciones me movió a comunicarle el ofrecimiento que me hizo mi maestro Jordi Rubió para ir de lector a la Universidad de Génova.

Su respuesta fue inmediata. Nos encontraríamos en un restaurante próximo al boulevard Montparnasse y cuyo nombre, después de tantos años, aún guardo fresco en la memoria, gracias a los juegos de palabras y divertidas asociaciones que extrajo de aquel título: «Aux Bonnes Choses». Ni que decir tiene que la cena fue regia (él apenas picó unas setas, cigarrillo tras cigarrillo, y sus constantes vasitos de vino blanco del Jura), y mucho más regia por su efusión. Después de exaltarse con el paralelismo entre Génova y su Trieste, dos anfiteatros resguardados en la montaña para mejor dominar el mar y hacer propias todas las experiencias de la vastedad del mundo, pasamos a su personaje en gestación, aquel Humphrey Chimpden Earwicker, un tabernero irlandés borrachín y pecador que, simultáneamente, asume la parte del pater familias y de sus dos hijos siempre en lucha, y es el propio Joyce como escritor y hombre, el Dublín enamorado de su esposa-río y el propio Tim Finnegan. Y Adam o el padre del universo, como también Everywhere, Here Comes Everybody, o simplemente H. C. E., que vale para toda la historia, sagrada o no, con su ineluctable ciclo de nacimiento, plenitud, decadencia y muerte (época divina, época heroica, época humana y época de confusión, si lo desean en términos de Vico para este corsi e ricorsi de la historia y del hombre) para comenzar de nuevo, una y mil veces. Todo lo que puede haber de reminiscencias, miradas hacia atrás, arrepentimientos, expectativas, de mitos y oráculos en horas de sueño, pesadillas o simple adormecimiento, que en este caso van desde el atardecer al canto del gallo, del caos de la noche de los tiempos a la esperanza. Y todo ese complejo y enorme fresco, tan vivaz y siempre en mutación, susceptible de una infinitud de diferentes y enriquecedoras lecturas, como una plétora, inventando de arriba abajo un lenguaje.

Una lección aprendida de una vez por todas y de la que saqué algún provecho en los primeros años cuarenta —aparecido ya el libro con su título definitivo, Finnegans Wake— para un trabajo que apareció en Destino, cuando ya el maestro había muerto. Hay que decir que cuando salió el libro, en la primavera de 1939 y recién acabada nuestra guerra, no tuvimos de él noticia alguna, a pesar de estar esperándola desde hacía tanto tiempo. Ni tampoco supimos nada de su autor, a quien la drôle de guerre había perdido hasta los pies de un castillo del Bourbonnais, no lejos de Vichy. Ni yo podía imaginar cuando, a comienzos de 1941 y enviado por La Vanguardia como corresponsal de guerra a los Balcanes, salté a Zúrich —otra ciudad joyceanamente ecuménica, en aquel tiempo— para tratar con napoléons y sovereigns; mal podía imaginar, decía, que allí mismo, en una vertiente del Zurichberg, una especie de Tibidabo, una insospechada úlcera de estómago estaba poniendo fin a los días de James Joyce cuando aún no había cumplido sesenta años.

Volviendo de nuevo a la cena de las «bellas cosas» tengo que consignar otro inolvidable presente de Joyce. Y fue cuando acercando peligrosamente el ojo menos magullado a una tarjeta que se sacaba del bolsillo, leí en ella las palabras con que coralmente emplazaba a Ezra Pound, que ya tenía el cuartel general en Rapallo, a media hora desde Génova, me lo asignaba —eutrapelias del genio— tal Virgilio, para mi descente a Italia. En cuanto a ti, Dear Mister Germs’s Choice, in flew Enza —como te tildabas, eterno y socarrón humanista, en la carta apócrifa que servía de conclusión a Our Exagmination—, tú eres quien cambió, con el maestro Rubió, el signo de mis Lehrjahre (para bien o para mal, no importa ahora dilucidarlo). Y, medio siglo después, siempre te honro saludándote con el dantesco: «Tu duca, tu signore e tu maestro!».

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