Etopeya de un gigante que se hizo hombre (1982)
por Juan Ramón Masoliver el
Ya en 1925, tres años después de la aparición en París de la primera edición de Ulises, los literatos anglosajones —y franceses, digamos Valéry Larbaud o Marcel Brion—, cuyo sancta sanctorum era la librería Shakespeare and Co., rue de l’Odéon, celebraban religiosamente —aunque de manera pagana— la llegada del 16 de junio: del Bloomsday o día de Bloom, es decir, el aniversario de aquella jornada de 1904 que figura vivida por el judío dublinés Leopold o Poldy Bloom y que constituye la trama misma de Ulises: la microscópica descripción de toda la jornada de un uomo qualunque, atareado y vitalista corredor de anuncios, en «viaje» por el laberinto —conocido y sorprendente al mismo tiempo— que es su ciudad, su propia vida; la quête de un ser lo bastante común como para emblematizar la de todos los hombres, en cualquier lugar y en cualquier época desde Ulises acá. Día de Bloom que no en vano comporta una irónica alusión, como resonancia, del Doomsday que, en inglés, es el Día del Juicio.
Bien sabemos que ese 16 de junio de la épica y más que visceral quête desarrollada en setecientas páginas, corresponde al día y año, a la tarde, mejor, en que Joyce tuvo su primera y definitiva cita con Nora, la que había de ser para siempre su mujer: la fecha de 1904, también, en que Stephen Dedalus, el hamlético Joyce joven, elegiría —en el encuentro con el judío Bloom, el Joyce errabundo para siempre— su propio camino. Aquel que seguiría a lo largo de más de treinta y cinco años de exilio medio voluntario, y que como a tantos irlandeses de la diáspora no le hizo perder las raíces. Sino reforzarlas, hasta tal punto que en toda su obra, de Chamber Music y Dubliners a Ulysses y Finnegans Wake (el día y la noche del hombre), no analizará más que las propias vivencias y el talante de su gente, su Dublín natal. Como si en la vida del escritor aquel continuo vagar por el continente, y siempre alérgico a los graves problemas coyunturales del mundo, no fuera más que un método para curar su propia nostalgia.
Con fundamento, pues, los joyceanos del mundo han ido conmemorando dicho aniversario. Pero no los dublineses, quienes además del tan conocido nemo propheta… suficientes motivos tenían para desdeñar a semejante tránsfuga e inmoral que, con una desenvoltura sin límites sacaba sus trapos a relucir, riéndose también del trágico nacionalismo irlandés, como de los esfuerzos de cara a reavivar la lengua autóctona, mientras seguía viajando con pasaporte británico. Alergia, por decir poco, que se prolongó hasta 1964 (el escritor había fallecido a principios de 1941), cuando se inauguró un Museo Joyce en la Martello Tower, es decir en el último alojamiento dublinés del joven Joyce, el de su alter ego cuando comienza la novela. Y solo dos días después, el fatídico 16 de junio, justo con el título Bloomsday, se escenificaba, en el Gate Theatre de la capital, la adaptación de algunos episodios de Ulises.
Imagínense qué no habrán hecho en el Bloomsday este año, coincidiendo con el centenario del nacimiento del escritor. Si en Estrasburgo el Parlamento Europeo aprovechaba esta fecha para subrayar la unidad de la imaginación europea, que al genio de Joyce permitió recrear el mito homérico, en lo cotidiano preocuparse por un antihéroe, un common man de hoy, y para celebrarlo la cafetería se adornaba con el texto —en un montón de lenguas— de la página del desayuno de Bloom, mientras los respetables se zampaban unos riñones de cordero y otros «organs of beast and fowls» de aquel introito para la gran jornada del bueno de Poldy, ¡imagínense, decía, la que pudieron armar los conciudadanos de Bloom!
Primero el presidente de la República asistía al descubrimiento de un busto de Joyce, dado por el American Express, y a la inauguración de un puente sobre el Liffey, bajo el nombre de Anna Livia con que el Finnegans Wake mitifica el del río de Dublín. Añadamos que la radio dio completa lectura, treinta horas sin parar, de todo el texto de Ulises. Además del congreso joyceano que reunía a medio millar de especialistas y aficionados procedentes de todo el mundo, con el consiguiente banquete fiel al menú de Bloom. Y como traca final la escenificación in situ, es decir, en los mismos lugares apuntados en la novela, la vivificación fidedigna de las diecinueve escenas de calle que constituyen el quid del famoso capítulo de las Rocas Erráticas, el capítulo central de Ulises, donde ambos protagonistas de la novela —contrafiguras del Joyce joven y del Joyce maduro— que aún no se han encontrado, se mueven dentro del laberinto de incomunicación y falta de sentido que es la ciudad, que es nuestro mundo, mientras todos los restantes personajes van siguiendo su camino, como siguiendo unos alveolos y meandros milimetrados para cada uno. Y todos ellos dentro del perímetro marcado por la respectiva marcha de la Iglesia (aquí el jesuita padre Conmee, el maestro del estudiante Joyce) y del Ocupante, es decir, el virrey inglés (en este Bloomsday, el papel lo desempeñó —una golondrina no hace verano— el propio alcalde de Dublín).
Digo todos los personajes de la novela, y no es del todo exacto. Faltaba uno sin nombre y que no abre la boca, pero muy significativo, pues aparece una docena de veces: en los momentos más álgidos de las polémicas o las cogitaciones de nuestro Bloom. Un zanquilargo desgarbado y misterioso, con una invariable trinchera o impermeable McIntosh, que Nabokov —en sus penetrantes lecciones en la Universidad de Cornell— fue el primero en elegir, identificándolo inconfundiblemente con el propio James Joyce, observador lúcido y distante de todo aquel pandemónium. Como Hitchcock, Buñuel, Welles a quienes gusta aparecer, aunque sea de refilón, en las películas que dirigen.
Una reconstrucción exacta y persuasiva, en este capítulo décimo y en toda la obra de Joyce, de los tipos dublineses con sus costumbres y desfallecimientos, así como de los parques, plazas, callejuelas y todos los rincones de la ciudad. Y más concretamente, tal como unos y otros eran en 1904, aquel año en que el futuro escritor decidió irse para siempre. Que, dicho sea de paso, confirman hasta qué extremo, casi sobrehumano, aquel incurable nómada —de Zúrich a Trieste, Roma, París y el Borbonesado, para acabar en Zúrich— siguió viviendo, en cuerpo y alma, su ciudad natal y con sus paisanos; levantando con su ingente capacidad de escritor, de fabulador, de intérprete de la vida y el mundo, un monumento inmarchitable de todas las horas de Dublín, como la mejor clave para comprender, ¿comprendiéndose?, todas las horas del hombre.
Se ha dicho que la lectura de Ulises convendría hacerla teniendo delante el plano de Dublín, de tan significativos como son los itinerarios de los personajes e incluso de los comparsas, marcados minuciosamente —monumentos, escaparates, biblioteca, diario, tabernas— de la Martello Tower o del 7 de Eccles Street a los rododendros que al pie del blanco castillo dan tonos purpúreos a la península de Howth, o hasta los prados y coníferas del Phoenix Park, pasando por el Wellington Memorial o el del patriota Parnell y la larga docena de antros y lugares beatíficos que nos transmiten las travesías del «politrópico» —según Homero— Ulises.
De hecho, parece ser que Joyce trazó cuidadosamente sobre el mapa ese entramado de itinerarios, mientras calculaba al minuto los tiempos que sus personajes invertirían en cubrirlos. Es cierto que su memoria de elefante la refrescó con testimonios y noticias que pidió a familiares, amigos y conocidos. Y, además, apuró al máximo las informaciones contenidas en los diarios dublineses, con los que había envuelto zapatos y útiles dentro del baúl de la primera huida. Acompañándolo con la consulta del providencial Thom’s Official Directory del mismo año, el anuario que aportaba todo tipo de datos sobre Dublín y los dublineses, la lista de calles con el nombre de los habitantes de cada edificio, carácter y ubicación de las instituciones y los servicios, elenco de autoridades y notables, etcétera. Todo ello, no con el afán inoperante de exhibir una erudición de la que a veces nos dio asombrosas pruebas a lo largo de toda su obra. Tampoco con el sentido paródico que de esta genial concertación sobre el poema homérico es su contrapunto, y en el que fue maestro. Todo lo contrario, me atrevería a decir que con una frialdad de entomólogo, de hombre de laboratorio que ha querido ir disponiendo las piezas del laboratorio enorme y de una complejidad engañadora, sin ningún centro aparente y, seguramente, sin salida, del hormiguero que es la ciudad, de la incomprensible danza de bacterias que, a través del microscopio, es nuestro mundo.





