Breve recuerdo de James Joyce (1942)
por Juan Ramón Masoliver el 4 de junio de 2026
Todo aficionado ha sufrido, con menor o mayor gusto, la lectura de autor. Es cosa sabida: dos o tres amigos, unas copas, unos sillones malos y una cama. Y el escritor, amenazándoles con un rimero de cuartillas. Mas dos lecturas conozco, dos emociones estéticas, que, quien las experimentó, no puede olvidarlas: concretamente, Ezra Pound en el VIII de sus Cantos; el difunto James Joyce, en la poética «Anna Livia Pluribella» de su Finnegans Wake…
El texto da la sensación del ritmo, la cadencia, la cantilena. Pero falta lo esencial: las miradas luciferinas de Pound, el juego de sus blancos dientes en la boca menuda y de su puntiaguda barbilla, mitad azafrán, mitad estopa. Y, sobre todo, la canción, puesto que Ezra Pound canta su poesía como los viejos trovadores: alarga una silaba, alza otra en trémolos, escupe una palabra, susurra otra frase, todo ello con su vozarrón de chantre abaritonado. Y, no sé si por afinidad de lengua (algo así sucedía, también, con el Attis de Basil Bunting, y me dicen que el recitado de Edith Sitwell es otro primor): suponiendo que ese su idioma universal, donde el inglés no es más que el excipiente para vocablos de catorce lenguas o de pura invención; no sé si por la amistad de sus años parisienses y su común participación en el grupo Imagist, cierto es que otro tanto suponía «Anna Livia» en labios de Joyce, cuando a la sombra amable de miss Sylvia Beach la cantaba en la trastienda de la librería «Shakespeare & Co», rue de L´Odéon. Con mejor voz, si se quiere: encantador acento atenorado; con más ironía; con más gesto de vidente, tras sus cristales negros de semiciego.
Era por 1930, cuando miss Beach llevaba ocho ediciones del Ulysses y las quemadas por las autoridades inglesas y norteamericanas quedaban en un pasado remoto; cuando había pasado a la leyenda aquel impulso que arrastró a los baronets a hipotecar sus tierras, a los universitarios a vender sus thesaurus, para hacerse con el libro prohibido; cuando, en una palabra, Joyce era un ídolo que había sepultado a Proust y compañeros. Y mi pase, las páginas del libro traducidas en Hèlix (perfectamente y por un sacerdote —que ahora se puede decir—: el profesor Manuel Trens).
Joyce había dejado su obra maestra; ni hablaba de ella. Sus jornadas de trabajo y su conversación giraban, desde hacía siete u ocho años, en torno a lo que iba a ser el gran canto de la Noche: el libro sin título, Work in Progress, «Obra en marcha» (Work in Progress, subrayaba —aludiendo a la mole— con su irrefrenable inclinación al retruécano). Transition, de Jolas, venía publicándola saltuariamente y sin orden, conforme se terminaban los fragmentos; Faber & Faber lanzaba desde Londres la edición popular de «Anna Livia», el mito en boca de lavanderas que había de cerrar la primera parte del libro; y un grupo de amigos y admiradores —Marichalar, entre ellos— publicaba un estudio plurilingüe acerca de los nuevos experimentos joyceanos.
Pero el irlandés, rico al fin, seguía imperturbable el camino de su soledad. Como cuando —con la herencia del desorden, sin un céntimo y cargado de familia— llevaba la contabilidad de un escocés, o daba clases en la «Berlitz School» de Trieste. Incapaz de escribir una línea mercenaria, de redactar un artículo, en los tiempos de miseria; podía —en estos de gloria— rehusar todo gesto de propaganda, arroparse en un silencio que ha durado diez y siete años, para desesperación de editores solícitos y comerciantes. Su único lujo, invitar a pocos amigos, siempre en el mismo restaurante, a la misma mesa, con idéntica minuta: comida exquisita —para los convidados—, que a él le bastaban unas hojas de ensalada (su pobre cuerpo y su hechura angélica no permitían más), una copa de vinillo blanco y dulce, y un sinfín de cigarros. Y de allí, al filo de la medianoche, vuelta al trabajo, a su obra, hasta las primeras luces. E igual por la tarde, tras la parva colación regada con tila u otras hierbas.





