Lucas Adur (2025): Jorge Luis Borges. Un destino literario. Madrid, Cátedra. [736 pp., 28,95 €].
Ha llegado a las librerías la décima biografía de Jorge Luis Borges. La primera verdaderamente notable fue la de Emir Rodríguez Monegal (Borges: A Literary Biography, E. P. Dutton), que se publicó en 1978, es decir, ocho años antes de la muerte de Borges (14 de junio de 1986): años que iban a ser muy productivos aún, y ricos en peripecias. La última importante —anterior a la reseñada— fue, en mi opinión, la de Edwin Williamson (Borges: A Life, Penguin Books), y se remonta a 2004. A diferencia de la de Rodríguez Monegal, que se centraba en la obra literaria (por respeto a la privacidad y al pudor de un autor vivo con quien mantenía cierta relación de amistad), la de Williamson, que no conoció personalmente a Borges pero sí a su viuda, María Kodama, intentaba comprender, con la especulación psicológica inevitable, la trayectoria y el sentido de una vida: desde los traumas y conflictos interiores, las repetidas frustraciones amorosas, hasta la serenidad y felicidad finales. Las claves interpretativas eran discutibles, pero indudables la calidad de la información y el esfuerzo de comprensión. Williamson aprovechaba las biografías anteriores, en particular numerosas en los años 90, entre las cuales merecen ser destacadas cuatro argentinas:
—La de Alejandro Vaccaro (Georgie. Una vida de Jorge Luis Borges: 1899-1930, Proa, 1996), que dio a conocer nuevos materiales sobre el «primer Borges» (el «Georgie» del círculo familiar). Vaccaro volverá a escribir sobre Borges y su vida en varias ocasiones, incluso una nueva biografía: Borges, vida y literatura (Emecé, 2023): útil, pero con muchos defectos, y filológicamente insatisfactoria.
—La de Horacio Salas (Borges. Una biografía, Planeta, 1994) que procuraba «ubicar a Borges en el contexto de casi nueve conflictivas décadas de vida argentina» (p. 11) y también describir al hombre a través de las huellas que había dejado en su obra, «a pesar de la utilización de máscaras y disfraces» (p. 12).
—Las biografías-testimonio de dos mujeres que habían mantenido con Borges, durante años, una relación entre amistad y amor (hasta el punto de contemplarse el matrimonio), pero también literaria: María Esther Vázquez (cuyo Borges. Esplendor y derrota ganó el premio Comillas, Tusquets, 1995) y Estela Canto (Borges a contraluz, Espasa, 1999). Estos testimonios desde la intimidad animaron, por supuesto, las conversaciones; el de Canto, por lo que desvelaba sobre la sexualidad frustrada de Borges, y el de Vázquez por la perspectiva muy crítica sobre María Kodama (volveremos sobre ello).
Pues bien, la biografía que acaba de publicar Lucas Adur tiene en cuenta todos los trabajos anteriores (y sus fuentes), y todos los nuevos materiales que se fueron publicando desde el año 2000 —correspondencia, entrevistas, diarios (destaca el monumental Borges de Adolfo Bioy Casares), trabajos sobre los manuscritos y la biblioteca de Borges…—, para ofrecer un relato personal y reflexivo, admirablemente documentado y equilibrado, de la vida y la obra de Borges, o de una vida que muy pronto se pone al servicio de una obra, con una retroalimentación entre vida y obra.
Con todo, se trata de una vida, como subraya Adur desde el principio. Y recuerda el escepticismo de Borges con respecto a las biografías y su imposible pretensión…, lo que no impidió que el maestro fuera, además de lector, autor de biografías (o esbozos) de varios tipos, de textos autobiográficos (en prosa o en verso). De hecho, el carácter evidentemente autobiográfico de tantos textos de Borges —por oblicuo, ambiguo o autoficticio que pueda ser— suscita en el lector el deseo de contrastar obra y vida, y por lo tanto el deseo de una buena biografía. Empresa pertinente, pues, pero ¿cómo compaginar la infinidad de una vida y la dicción de esa vida esencialmente no verbal en un texto, necesariamente muy acotado y con numerosas limitaciones y opciones? Resulta instructivo comparar índices: la vida de Borges se estructura, en Rodríguez Monegal, en cinco partes sin título y sin fechas, cada una de 13 capítulos con título (aunque la última parte constaba de cuatro capítulos, como para hacer evidente que se trataba de una vida y una historia sin concluir); en Williamson, son 34 capítulos, distribuidos en cinco partes con títulos interpretativos y fechas; en Adur, son siete partes (con títulos, sin fechas) y 20 capítulos (con títulos, sin fechas).
Los enfoques también son distintos. Hemos visto ya la diferencia fundamental entre Rodríguez Monegal y Williamson. La biografía de Lucas Adur no es una biografía centrada en la personalidad y en las peripecias vitales de Borges, sino principalmente literaria, como la de Rodríguez Monegal. Emparentadas estas, sí, pero con diferencias esenciales (vida concluida y nuevos materiales aparte): Borges murió hace 40 años (cuando Adur tenía tres), y con esa distancia temporal y emocional con la que el biógrafo, profesor en la Universidad de Buenos Aires, puede considerar la obra total y su repercusión. Se propone comprender cómo Borges se ha convertido progresivamente en el más destacado escritor argentino del siglo XX, y para ello se fija tanto en la construcción paulatina de la obra literaria como en la construcción deliberada de una imagen del autor (la otra obra), y muestra cómo esas dos construcciones eran complementarias. Así pues, la narración se fundamenta en dos líneas expositivas y argumentativas que se entremezclan sabiamente y ponen de relieve un proyecto del escritor; un proyecto que se concibió de forma precoz, pero que también fue evolucionando a lo largo de más de 60 años. Adur desarrolla todo esto relacionándolo con los contextos literarios y culturales, sociales y políticos, y consigue integrarlo de manera armoniosa en un relato a la vez riguroso y ameno, en un volumen muy bien editado por Cátedra (en la serie «Biografías»), que hace aquí una apuesta valiente y acertada: esta nueva biografía debería de convertirse en la de referencia, al menos para el mundo hispánico.
Para concretar esta valoración y, sobre todo, incitar al lector, voy a enumerar unos cuantos aspectos notables:
1) Se encuentran en la biografía de Adur todos los hitos de la vida de Borges tal como han sido canonizados por él mismo (en sus «Autobiographical Notes» de 1970 y en las innumerables entrevistas), por su familia o por los biógrafos, pero, al mismo tiempo, se examinan con circunspección, considerando la reconstrucción inconsciente o la manipulación deliberada (es decir, al servicio de una «automitografía»); véanse por ejemplo los biografemas de la promoción a «inspector de aves» (la supuesta vejación peronista que hubiera llevado a Borges a dimitir de su puesto en la biblioteca Miguel Cané, pp. 323-326), o del nombramiento como profesor de Literatura —alemana, y luego inglesa y norteamericana— en la Universidad de Buenos Aires (resultado no tanto de la original iniciativa personal que cuenta Borges como de la eficacia y las buenas relaciones de la madre; p. 398), así como las observaciones sobre la autoría ambigua y las inexactitudes (intencionadas o no) de las «Autobiographical Notes».
2) Es de notoriedad pública que entre los puntos calientes de la biografía borgeana están sus opiniones o posturas reaccionarias, y la cuestión erótico-sexual. Se suelen atribuir las primeras, que le podrían haber costado el Nobel, al talante conservador, sí, pero sobre todo despistado de una mente sin interés por los asuntos políticos; una ceguera política, luego acentuada por la ceguera física. Pero no siempre fue así: después del fugaz entusiasmo juvenil por la Revolución rusa, Borges fue, a finales de los años 20, un sostén muy activo de Hipólito Yrigoyen (partido radical), y luego representó en Argentina una figura intelectual de primer nivel en la oposición al peronismo; en 1955, apoyó con entusiasmo la Revolución Libertadora, hasta el punto de que Ernesto Sabato tachara al nuevo director de la Biblioteca Nacional de intelectual orgánico (¡!). Adur pondera esa trayectoria política y sus contradicciones con lucidez y ecuanimidad, sin ánimo de condenar ni de defender. En cuanto a la cuestión erótico-sexual, se convoca el biografema habitual del listado de mujeres (Borges era muy enamoradizo), sobre todo para poner de relieve un patrón de comportamiento e intentar aclarar lo que Borges esperaba de sus «novias» (básicamente, adorarlas); de paso, se matiza la relación causal que se suele establecer entre una iniciación sexual supuestamente traumática (el famoso episodio del prostíbulo de la plaza Dufour, en Ginebra) y los sucesivos «noviazgos blancos» (según la descripción de Adolfo Bioy Casares). Otro asunto muy controvertido es el tipo de relación que mantuvieron a partir de los años 70 Borges y María Kodama (casi 40 años más joven), especialmente en la biografía —demoledora al respecto— de María Esther Vázquez; según ella, la alumna y doncella etérea se habría convertido en una intrigante que se empeñó en aislar a Borges de sus amistades de toda la vida, etc.; es decir, como anunciaba el mismo título de su biografía: después del «esplendor», la «derrota» final. Esta perspectiva es precisamente la que rebate (sin explicitarlo) e invierte la trayectoria diseñada por Williamson («Love Regained, 1969-1986» es el título de la última parte). Aquí también Adur procura ser equilibrado, pero es evidente que no quiere profundizar en el tema (en Buenos Aires dio lugar a sonadas polémicas, bandos a favor y en contra, incluso juicios), por una razón muy comprensible: gozó de la confianza de una desconfiada Kodama y, como queda indicado en la solapa del libro, es coordinador de la Fundación Internacional Jorge Luis Borges (creada en 1988 por la viuda, cuyos herederos están ahora en el Consejo de Administración).
3) Contrariamente a la imagen muy difundida de un poeta ciego perdido en su mundo de sueños e ideas (imagen proyectada desde y por el Borges de los años 70), queda claro que el joven Borges fue muy buen conocedor del funcionamiento del «campo literario» (Adur utiliza algunas nociones de la sociología de Pierre Bourdieu) e intervino, mediante distintas estrategias, en la fijación del canon literario; sobre todo, quiso crear el espacio propicio para la recepción de su propia obra y su concepción de la literatura. Por ejemplo, se nos muestra muy bien la campaña estética de Borges y sus cómplices (Bioy Casares, Silvina Ocampo, José Bianco…) para la instauración, contra el realismo imperante, de una narrativa de imaginación razonada, primero en su vertiente fantástica (piénsese en la famosa Antología de la literatura fantástica), y luego en su vertiente policial (una novela policial entendida como modelo de narración rigurosa y ordenada). Asimismo, se describe con precisión la conquista progresiva del mundo literario porteño y argentino, hasta dominarlo completamente. De hecho, Borges llegó a desempeñar numerosos cargos de poder, tanto en el mundo de las revistas o de las editoriales como en el mundo institucional (ya en 1950 era director de la Sociedad Argentina de Escritores, antes de ser académico de número y director de la Biblioteca Nacional). Nunca rechazó premios (y los tuvo casi todos), y quien vivió en cierta estrechez hasta los 55 años (a pesar de codearse con la alta sociedad porteña) se convirtió en un hombre muy acomodado e incluso relativamente rico (si bien no se entra en detalles… y casi hasta el final Borges se mantuvo austero y fiel a su pequeño departamento de la calle Maipú).
4) Entre los numerosos documentos interesantes y poco conocidos (resultado de investigaciones recientes), están las correcciones implacables de su padre Jorge Guillermo en el mismo ejemplar de Fervor de Buenos Aires que le había ofrecido Jorge Luis. Este solo las descubrió post mortem, y las aprovechó para la reedición en Poemas 1922-1943. Resulta conmovedor también el poema todavía inédito (en esa versión) que Borges dedicó a su padre difunto y que cierra, con una espontaneidad tan impúdica como insólita, este verso: «¡Papá no me dejes, contigo quiero ir a donde vayas!» (p. 257). El extracto, como otros citados a lo largo de la biografía, está comentado de manera muy pertinente, y se nos sugiere oportunamente que la sensación de orfandad se profundizó con el suicidio de Leopoldo Lugones, «el patriarca de las letras argentinas», que ocurrió apenas una semana después de la muerte del padre (respectivamente el 12 y el 18 de febrero de 1938).
5) Se ponen de relieve las evoluciones, incluso mutaciones (dentro de cierta continuidad esencial), del Borges escritor. Por ejemplo, ya en los principios de su carrera literaria, al pasar de España a Argentina (1921), pronto Borges se crea un nuevo grupo de pertenencia (ultraísta) y descubre un nuevo maestro (Macedonio Fernández sucede a Cansinos Assens); luego, en la segunda estancia en España (1924), observa los cambios en el mundo literario madrileño, y el desfase con Buenos Aires: mientras en Madrid «el ciclo de la vanguardia comenzaba a cerrarse», en Buenos Aires se encontraba «en el momento de su máxima ebullición» (p. 153). Borges se implicó de manera muy activa en el mundo de las florecientes revistas vanguardistas porteñas, muy rápidamente revisó su ultraísmo y optó por un proyecto criollista original, del que pronto se aleja en el ensayo «Nuestras imposibilidades» (1931)… de ahí la dificultad de ubicarlo y las valoraciones divergentes o contradictorias de los contemporáneos (p. 220).
6) Hubo también evoluciones impuestas por las circunstancias. Se nos muestra cómo Borges tuvo que reinventarse después de 1957, es decir, después de la fama (en aquella época nacional; internacional a partir de 1961) y, sobre todo, de la ceguera. Es la época en que «su proyecto estético se plasmaba cada vez más en la encarnación de la imagen del poeta en su obra “oral”, en perjuicio de su obra poética y la ficcional» (p. 432). Esta imagen homérica, que se nutre de elementos biográficos (como la ceguera precisamente), cuaja en El hacedor (1960) y luego en los poemarios El otro, el mismo (1964) y Elogio de la sombra (1969). Como los biógrafos anteriores, Adur intenta ponderar los efectos de la ceguera, pero no es nada sencillo: en primer lugar, porque no se trató de un proceso del todo lineal (debido a los tratamientos y a las muchas operaciones); y luego, en cada etapa del proceso, ¿cuál era exactamente el grado de visión o de ceguera? Los testimonios hablan a veces de ceguera parcial o a medias, y las fechas varían. De ahí que tampoco resulte muy claro lo que se nos dice al respecto, pues se pueden observar unas cuantas incongruencias. Es que, al hablar de una persona ciega (total o parcialmente), ya no se puede utilizar sin más las palabras leer, escribir, visitar… Por eso, tampoco está muy claro lo que se dice al respecto y se pueden observar algunas incongruencias. Cuando se habla de una persona ciega (total o parcialmente), ya no se pueden utilizar sin más las palabras «leer», «escribir», «visitar», etc.
7) Si bien la narración sigue el orden cronológico, la mirada del biógrafo es al mismo tiempo retrospectiva y prospectiva, y no se limita a desgranar la larga lista de libros, sino que los presenta, ubica y caracteriza, e intenta identificar en los escritos de distintos momentos de la trayectoria borgeana los orígenes o posibles gérmenes de prácticas que se convertirían en características del Borges clásico. Por ejemplo, las atribuciones erróneas (p. 209), la elipsis y el montaje de secuencias (p. 209), la hibridación e indeterminación genérica (p. 225), la inclusión del personaje denominado «Borges», o la de un narrador no fiable (p. 235), el comentario de un libro imaginario (p. 241), etcétera. Esto supone también desligar el orden cronológico real de lo escrito, puesto que Borges no dejó de reciclar o reescribir sus textos, y de reconfigurar libros y obras «completas».
Se podrían mencionar muchos aspectos más, pero solo se trataba aquí de dar una idea de la riqueza de la materia, y de la calidad del relato propuesto. Es una biografía universitaria de 718 páginas (con las notas y la bibliografía, además de una cronología y un índice onomástico y temático que se agradecen), pero se lee con placer; además, procura —y logra, creo— ser accesible a un público más amplio que el de los especialistas y, desde luego, de los argentinos (por eso proporciona informaciones tal vez innecesarias para un argentino, por ejemplo, sobre el peronismo).
En conclusión, la biografía que nos ofrece Lucas Adur representa sin duda un hito en la historia de las biografías sobre Borges y, desde ahora en adelante, una referencia ineludible para cualquier lector interesado en el tema.





