James Joyce o la encrucijada (1945)
James Joyce es el escritor de más vasta influencia en el espacio novelístico de la Inglaterra actual. Como Marcel Proust y tal vez con más sólida pujanza, ha invertido las perspectivas de la creación; el francés alterando las distancias (Ortega y Gasset) y sometiendo los problemas derivados de la relación tiempo espacio a una consideración independiente (Curtius); Joyce internándose en las almas y analizando con absoluto pesimismo el substratum de los pensamientos, de las voliciones incluso inconscientes. No es posible concebir la novelística contemporánea sin la presencia operante y perturbadora de James Joyce. ¿Cómo y por qué caminos llegó a producirse el gigantesco Ulises que, aún más que À la recherche du temps perdu, supone un viraje decisivo en el arte de la narración? En la vida de Joyce no hallaremos explicación convincente. Nace en Dublín el año 1882, de familia católica e irlandesa; fue educado en un Colegio de la Compañía. Muy joven marcha a París a estudiar Medicina y desde primeros años del siglo fija su residencia en el Continente: Italia primero, después Suiza y París.
En 1907, a su presentación en las letras, lleva bajo el brazo un libro de versos; más adelante investiga afanosamente literatura, ciencias matemáticas, filosofía, nuevas direcciones de la psicología. Poco a poco van madurando las obras en prosa: Dublineses, Retrato del artista adolescente, Ulises, Obra en marcha.
Cuando estalló Ulises en las páginas de The Little Review, en Nueva York, las sociedades defensoras de la moralidad pública, el puritanismo intransigente, se lanzaron sobre Joyce o, en su defecto, sobre la editora de la revista y sobre el reducido grupo de adeptos, promoviendo diversos procesos contra la novela. Después, para publicar Ulises en volumen, fue necesario realizar la impresión en París, ya que ningún editor inglés resolvíase a tentar la aventura por miedo a nuevos sumarios y a previsibles prohibiciones de la obra. Antonio Marichalar, en un agudo ensayo dedicado a James Joyce en su Laberinto, refleja con buena gracia el acontecimiento que la aparición de Ulises supuso; dice así: «Los lores —cuenta la tradición conservada por León Paul Fargue— vendían sus tierras para comprar Ulysses, y estudiante hubo que pasó cuatro días en cama y sin comer para adquirirlo…». Y esto sucedía en los tiempos fabulosos que corremos, en aquellos felices días que han visto circular los raros ejemplares de ese libro que escribiera James Joyce, autor irlandés, contemporáneo nuestro, más conocido por su turbia leyenda que por su clara labor.
Agrega Marichalar que hoy no sorprende leer, como de hecho se lee, el nombre de nuestro autor formando parte de alguna sarta de «faros» supremos, en forma semejante: «Calderón, Shakespeare, Dante, Goethe y Joyce», y una firma solvente al pie. Así, en lapso de tiempo significativamente escaso, James Joyce alcanzó el más halagüeño renombre; la universal minoría de escritores y artistas se rindió sin condiciones, reconociéndole talla de gigante, logros fuera de lo común. En poco más de diez años pasó de la sombra al deslumbrante escenario de su triunfo; críticos severos y estetas intransigentes proclamaron la buena nueva y en tanto subía la marea del éxito.
Los días siguieron su inexorable curso. Han pasado veinte años, los inevitables «veinte años después» que arrastran tantas fragancias, desvanecen tan sutiles y conmovedoras melodías, y ahí, plantada en los tiempos de incertidumbre de la primera postguerra, la gran sombra de Joyce se mantiene inquebrantable, densa y obradora sobre cuantos se plantean en serio el problema de reducir la vida a síntesis novelesca con valores permanentes. No sobre el público, para quien en realidad es poco conocida, sino sobre zonas profesionales o semiprofesionales más o menos anchas.
Este es el hecho en tanto Ulises se convirtió en obra frecuentadísima por escritores, «dilettanti» y «snobs»; lo que llamaremos simple y relativamente «gran público», la corriente de lectores de buena fe, no ha llegado a interesarse por ella. Yo, basándome en una indagación personal, me atrevería a formular esta proporción: de cada cien lectores de novelas, sesenta conocen a Proust —casi todos fragmentariamente, es cierto— y solo tres a Joyce, el Joyce de Ulises; esos tres suelen además pertenecer a alguna de las categorías indicadas. ¿Cuál puede ser la causa de este desvío? Rechacemos perentoriamente la pueril excusa que se apoya en la extensión: La montaña mágica, Bárbara, de Franz Werfel, Fortunata y Jacinta, componen tomos no menos solemnes, sin que su espesor les reste audiencia. À la recherche du temps perdu contiene prosa para un trimestre y sus lectores son infinitamente más numerosos que los de Ulises.
En algún aspecto creo que las realizaciones del novelista irlandés tienen soterraña conexión con las que, en el orden plástico, imaginaba por los mismos años Pablo Picasso. Esta identidad de sentido se revela en el hondo dramatismo de ver a dos artistas, dotados de cualidades tan relevantes y fuera de línea que sin vacilación debemos denominarles geniales, coincidiendo en la ruptura con las formas y fórmulas estéticas vigentes por creer que prolongándolas se desemboca en automatismos sin contenido, en gastadas retóricas, en obras —finalmente— sin pulso, mera recidiva en actitudes correspondientes a una sensibilidad inactual. La virazón se impuso por la urgencia de renovar temario y procedimientos, por la necesidad de infundir sangre viva en venas yertas y resecas; no era la primera vez que en las artes se intentaba una solución drástica: el Renacimiento, el Romanticismo, como movimientos poéticos y artísticos, tuvieron alguna semejanza con la convulsión a que aludimos refiriéndola a dos nombres representativos.
Y así como el Renacimiento y el Romanticismo emergen en horas de general conmoción, Ulises y la pintura picassiana coinciden con la etapa incierta entre las dos guerras, instante de inseguridad general cuando se presiente la imposibilidad de tornar a lo antiguo, aunque nadie sepa con certeza cuál será la lumbre que ilumine el porvenir. El hombre, atenazado por la indecisión en la sombría encrucijada, se embriaga de su propia miseria moral, y con la conciencia devastada por la falta de fe en sí mismo y en su futuro, nótase presto a dejarse conducir por el puño vigoroso de quien, por creer en alguna realidad, posea, además de la fuerza, ese poder de fascinación que es su necesario complemento.
Cierto médico vienés encuentra un día la terrible fórmula: el alma tiene en el subsuelo un estercolero. Tras de Dostoievski, el psicoanálisis. Freud no tuvo que esforzarse demasiado para convencer a los hombres de que son, en el fondo, torpes y ruines y de que sus actos, aun los más nobles, resultan «sublimaciones» de instintos desviados, de perversidades reprimidas; el complejo de Edipo y otras miserias se anuncian como inconcusas verdades. Los discípulos, los neófitos, deforman y exageran los principios freudianos; para ellos no ya problemáticos tanteos hacia la verdad, sino afirmaciones irrebatibles. Adler, Jung, los disidentes, a vuelta de intuiciones (alguna vez admirables) contribuyen a complicar los términos del problema.
Y Joyce, en Trieste, en Zúrich o en París, vivió durante la guerra de 1914-1918 y años inmediatamente sucesivos, en el vértice de estas corrientes. Einstein, Freud, Bergson, André Gide, Bernard Shaw, Picasso y los ismos, los estudios de medicina y literatura, la teología… Todo influyendo sobre un espíritu formado con excelente educación humanista y religiosa y al que era connatural el gusto por la leyenda homérica, no extraña que determinara el nacimiento de obra tan compleja y ambiciosa como Ulises.
Seguramente dando este necesario rodeo nos acercamos a la comprensión de aquel fenómeno de aislamiento en que, respecto a amplios círculos lectores, se halla James Joyce, o por lo menos la parte más característica de su obra. Esa complejidad de influencias y matices resulta excesiva para el lector medio, coaccionado por otra parte a prestar recargadísima atención, dado el virtuosismo con que están construidos sus libros. Ya sé que en uno de los ejemplos antes contrapuestos, en La montaña mágica, de Thomas Mann, se barajan aproximadamente los mismos temas; sé también que en Bárbara, de Franz Werfel, el ambiente, dentro del mismo debate, es quizás más angustioso; pero en ambos casos los problemas se discuten en forma asequible, lisa y prosaicamente —no se entienda en sentido peyorativo—, por medio de fórmulas elementales que a veces inciden en proterva vulgaridad. Los personajes de Mann son de textura ordinaria y sus discursos expresan con transparencia ideas sólitas, de filiación conocida, respecto a las cuales cabe adhesión o repulsa. Pero en Ulises hay una trampa a cada paso; los sentimientos y las ideas vienen arropados en cautelosos símbolos, el primero de los cuales arranca de este nombre asignado a un personaje que no lleva sino el muy llano de Leopold Bloom; el intelectualismo más hiriente constituye el cimiento de tal obra; acumúlanse, sin piedad para el lector, digresiones y extravíos hostiles a la línea general del argumento, consistente, en suma, en historiar una jornada de vida del susodicho Bloom.
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