Cuando solté, en esta misma serie, haber sido Galsworthy el único entre los novelistas ingleses contemporáneos con quien me acaeciera personal encuentro, no atinaba, así al pronto —quizá por lo de irlandés— en James Joyce. A este le traté unas horas en la librería de Adrienne Monnier. Allí se le tenía encerrado en la trastienda: el fenómeno me parecía, en efecto, hombre de mucha trastienda; no llegué a adivinar si por culpa suya o del negociete que en torno suyo se había montado. J’ai ma combine, parecía ir diciendo por lo bajo Joyce, tras de las gafas negras montadas en trapos a que le condenaba una afección de la vista. Con lo cual, oftalmópata él y yo, escamón, no hubo manera de que nada cordial ni tampoco intelectual quedará anudado entre nosotros; a pesar de los esfuerzos previos que a tal fin había prodigado el bueno de Valery Larbaud.

Caricatura de Joyce de Eugenio d’Ors. Colección particular de Mauricio d’Ors.
Ocurrió, por otra parte, que, a propósito de Valery Larbaud justamente, una oblicua rivalidad nos contrapuntara. Y fue que, habiéndose comprometido este amigo admirable, a traducir, de una parte, el Ulises para Adrienne Monnier y de otra parte para la «Eneref» mi Vida de Goya —de cuya redacción tenía la culpa— hubo de proponernos al uno y al otro el plan de llevar paralelamente entrambas tareas; no sin perjuicio previsible para la urgencia de cada uno. A poco, me vino un día Larbaud con la nueva de que el médico le había prohibido continuar con Joyce, cuyo galimatías presentaba para el traductor fatigas agotadoras; de lo cual yo, de momento, tuve la impiedad de alegrarme. Imprudente impiedad, sin duda, porque luego de unos días, el mismo médico prescribió al mismo paciente el dejar también mi traducción. Y esta vez fue sin aviso y como en fuga. De lo cual salió un enredo editorial de mil diablos con que al fin se arregló; pero no sin que rencorosos relentes me transmitiera contra quien, tras haberme estropeado literalmente a Homero con su Ulises me acababa, sanitariamente de estropear al mejor de los traductores y al más delicioso de los amigos.
A aquellas alturas, ya había leído yo cuatro o cinco veces el Ulises; solo que, cada vez, no había pasado de una quinta o una cuarta parte. Mi buena voluntad en la tentativa se demuestra, por el hecho de haber repetido la prueba encarándola con dos o tres idiomas distintos; sin contar con el joyceano, dialecto que, ignoro por qué razón, me pareció que donde quedaba mejor traducido era en el italiano. Habían excitado encima de esto, mi interés los anuncios y prospectos de la que se titulaba «Obra en marcha» y que pudo tomarse como un trasunto extremadamente original de la Historia de Cultura. A cada paso tales excitaciones venían fomentadas por el deliquio de ciertos contiguos admiradores, que no cesaban de pincharle a uno con acicates como el siguiente: «Sabe usted qué nombre le ha dado Joyce a uno de sus personajes? ¡Pues el de Leo-pold Bloom! ¡Ah y al río Stoke le llama rio Stuck! Es genial…». Terco de mí, ni experiencias ni contagios llegaron a ganarme. La monstruosidad: es lo que ante Joyce me detenía. Peor aún, porque siempre me daba cuenta de que se trataba de una monstruosidad pueril. Así el infantilismo fisiológico va ligado a veces al anatómico gigantismo, así en este irlandés —enorme y si se quiere delicado—, toda la máquina de una colosal logomaquia no venía a traernos sino ciertos primores de lo primario, al estilo de la extensión de lo subconsciente o del «monólogo interior».
Cuando un físico o un matemático me llenan páginas y páginas con el álgebra más dura de pelar, apechugo con ellas, porque me digo que, detrás de las mismas, andan cosas tan importantes como el descubrimiento, en lo teórico, del espacio-tiempo y, en lo práctico, de la bomba atómica… Ahora, que si tras de un incómodo tomar paciencia, lo único puesto en claro son las mnemotécnicas personales de un restreñido in situ o las posibilidades recreativas de un provincial quilombo, me digo, como los contertulios de Amadeo Vives, cuando éste les contaba lo barato que salía el tomar café en Barcelona: «Sí, pero ¿y el viaje?…». Sobre explorar ciertas misteriosas correlaciones anímicas, los viajes de Conrad eran por lo menos tónicas navegaciones de corsarios. Los viajes de Joyce recuerdan más bien a los que pueda hacer un paleto que en la verbena ha entrado en el «Palacio de los espejos», o en el «Laberinto», o en la «Exposición de la risa». O bien montado al carrusel; de donde, según gemía otro desengañado, «se sa-le dónde se montó, y mareado, y con dos reales menos».





