Ref.: David Edmonds (2025): El asesinato del profesor Schlick. Auge y caída del Círculo de Viena, Madrid, Cátedra. [352 pp. 23,50 €. Traducción de Luis M. Valdés Villanueva].
En 1924, el filósofo Moritz Schlick, el matemático Hans Hahn y el reformista social Otto Neurath constituyeron en Viena un grupo intelectual con el objetivo de reformular los cimientos de la filosofía a partir de una concepción científica del mundo. Su propósito era articular una visión unificada del conocimiento basada en la lógica y la experiencia empírica, y en el rechazo sistemático de la metafísica tradicional. Schlick y Hahn eran entonces profesores en la Universidad de Viena, mientras que Neurath dirigía el Museo de la Sociedad y Economía de la ciudad. El grupo se organizó en torno a Schlick, titular de la cátedra de Filosofía de las Ciencias Inductivas. En sus inicios, se situaron en una tradición empirista o positivista, considerándose seguidores del físico y filósofo Ernst Mach y su ideal de «ciencia unificada».
El nombre «Círculo de Viena» fue propuesto por Neurath en 1929 en el manifiesto Wissenschaftliche Weltauffassung. Der Wiener Kreis (La concepción científica del mundo. El Círculo de Viena), redactado junto con Hahn y Rudolf Carnap. Según Neurath, el nombre debía transmitir la vitalidad cultural de Viena, con evocaciones agradables como «los bosques o los valses vieneses», y la dimensión colectiva y cosmopolita del movimiento. Este texto programático sentó las bases de lo que posteriormente se conocería como «positivismo lógico» o «empirismo lógico», términos acuñados por Herbert Feigl y Albert Blumberg en su ensayo Logical Positivism. A New Movement in European Philosophy (El positivismo lógico. Un nuevo movimiento en la filosofía europea), publicado en 1931 en la revista Journal of Philosophy. El objetivo del movimiento era formular una teoría unificada del conocimiento que se opusiera tanto a la «especulación» como a toda forma de «metafísica». Entre las tendencias especulativas figuraban el idealismo y las corrientes filosóficas que trataban de establecer una distinción entre «ciencias naturales» y «ciencias del espíritu». Los integrantes del grupo aspiraban a construir una filosofía caracterizada por la claridad conceptual, la verificabilidad empírica y la coherencia lógica. Con la noción de «concepción científica del mundo» no solo se pretendía superar la metafísica, sino también transformar la propia filosofía y constituir una ciencia unificada basada en una terminología fisicalista.
El manifiesto del Círculo se caracterizaba por dos aspectos fundamentales: su ambición teórica y su compromiso político y cultural. En el ámbito teórico, defendía la modernidad frente a la tradición, con el objetivo de «eliminar los restos de metafísica y teología» que, en su opinión, habían obstaculizado el progreso científico durante milenios. En cuanto a su activismo, promovía la reforma de las estructuras sociales, económicas y educativas, de acuerdo con un ideal de racionalidad ilustrada. Como señaló Philipp Frank, «la eliminación de la metafísica no solo implicaba mejorar la lógica, sino que también tenía una profunda relevancia para la vida social y cultural».
En el núcleo del Círculo convivían dos personalidades muy distintas. El presidente de facto era Moritz Schlick, un profesor refinado, con una sólida formación matemática, riguroso en los procedimientos y, en gran medida, ajeno a la política. Su contrapunto era Otto Neurath, apodado el «derviche de Viena» por su característica barba pelirroja. Neurath era un infatigable organizador de la vida intelectual y política de la izquierda vienesa, tan volcado en proyectos de vivienda y educación públicas que apenas le quedaba tiempo para ocuparse de cuestiones metafísicas o, como lamentaban algunos miembros del Círculo, de las normas básicas de cortesía. Además, Neurath fue pionero en el desarrollo de las representaciones «isotípicas» o «isotipos», un sistema visual que convertía datos estadísticos complejos en imágenes simples y comprensibles. Estaba convencido de que «las palabras dividen, las imágenes unen». Esta idea reflejaba la esencia filosófica del positivismo lógico: «Los términos metafísicos dividen, los términos científicos, unen». Después de publicar su manifiesto, el Círculo recibió visitas de filósofos de fuera de Austria, como Carl Hempel (Berlín), Philipp Frank (Praga) y A. J. Ayer (Inglaterra).
El positivismo lógico pretendía integrar el positivismo clásico de Auguste Comte y Ernst Mach con las herramientas de la lógica moderna, en particular con la lógica matemática desarrollada por Gottlob Frege y Bertrand Russell. De esta forma, se replanteó el lenguaje y el razonamiento científicos y se rechazó la idea de que el conocimiento pudiera basarse en la «experiencia personal» concebida como un proceso psicológico subjetivo. En su lugar, defendieron que la lógica y las matemáticas constituyeran los verdaderos cimientos del conocimiento. Esto supuso abandonar el psicologismo y las concepciones tradicionales de «objetividad científica» que habían sido defendidas por Francis Bacon en el siglo XVII.
Asimismo, dos figuras ejercieron una influencia decisiva en el pensamiento del Círculo de Viena: Ludwig Wittgenstein y Albert Einstein. Wittgenstein, autor del Tractatus Logico-Philosophicus, contribuyó al desarrollo del programa vienés en dos aspectos clave: su rechazo del historicismo y su concepción del lenguaje como reflejo fiel de los hechos del mundo. En relación con lo primero, es célebre su afirmación: «¿Qué me importa la historia? ¡Mi mundo es el primero y el último!».[1] No obstante, la relación entre el filósofo y el Círculo fue compleja. Aunque compartía ciertos principios epistemológicos, discrepaba en otras cuestiones fundamentales. Mientras el Círculo defendía una estricta verificabilidad empírica, Wittgenstein sostenía la existencia de un ámbito de lo indecible: un fundamento último, insondable y misterioso, que no podía ser aprehendido por el lenguaje científico. Su distancia no solo era teórica, sino que también rechazaba el tono doctrinario y la actitud autosuficiente del grupo, al que consideraba proclive a convertir su rechazo de la metafísica en una nueva forma de dogmatismo. Además, se oponía al proyecto de unificar todas las ciencias —incluidas las sociales— y criticaba el tono beligerante y la falta de humildad de sus miembros. En sus propias palabras: «Precisamente porque Schlick no es un cualquiera, merece que se evite, aunque se lleve la mejor intención, convertir en objeto de irrisión por medio de jactancias tanto a él como al Círculo de Viena. Cuando hablo de jactancias, me refiero a cierto modo de contemplación narcisista. ¡Renunciamiento a la metafísica!, como si esto fuera algo nuevo. Lo que brinda la Escuela de Viena debe mostrarlo, no decirlo […]. La obra es la que debe elogiar al maestro».[2]
Por su parte, Albert Einstein era contemporáneo de los miembros más veteranos del Círculo, que lo veneraban por representar la precisión empírica y la claridad conceptual, y por haber despojado de elementos metafísicos nociones como el espacio y el tiempo. Einstein simpatizaba con sus postulados filosóficos y reconocía su deuda intelectual con David Hume. El filósofo escocés sostenía que no podía existir conocimiento alguno que no procediera de la experiencia de los sentidos. Según Hume, los enunciados deben referirse a las «relaciones de ideas» (en términos analíticos, según los empiristas) o a hechos del mundo empírico; de lo contrario deben ser rechazados. Su célebre advertencia ilustra esta postura: «Si procediéramos a revisar las bibliotecas convencidos de estos principios, ¡qué estragos no haríamos! Si cogemos cualquier volumen de teología o metafísica escolástica, por ejemplo, preguntemos: ¿Contiene algún razonamiento abstracto sobre la cantidad y el número? No. ¿Contiene algún razonamiento experimental acerca de cuestiones de hecho o existencia? No. Tírese entonces a las llamas, pues no puede contener más que sofistería e ilusión».[3]
Entre los principales filósofos «enemigos» del Círculo de Viena se encontraban Immanuel Kant y Martin Heidegger. Kant sostenía la existencia de juicios sintéticos a priori, es decir, afirmaciones sobre el mundo empírico que podían derivarse de la razón sin necesidad de verificación empírica. Este enfoque era incompatible con los postulados del Círculo, que defendía que todo conocimiento sobre el mundo debía originarse exclusivamente en la experiencia y rechazaba cualquier forma de conocimiento que no pudiera verificarse empíricamente. Kant también distinguía entre el «fenómeno» y el «noúmeno». El fenómeno es una cosa tal y como se nos aparece, mientras que el noúmeno es la «cosa en sí» (Ding an sich). Es decir, la cosa en sí existe independientemente de toda experiencia de ella. Para el Círculo, se trataba de un «sinsentido».
En el caso de Heidegger, la crítica del Círculo fue aún más radical y su figura («un portentoso fraude») despertó un desprecio generalizado. La metafísica —entendida tradicionalmente como el estudio de las causas primeras, del «ser en sí» o de aquello que trasciende el ámbito físico— era considerada por los vieneses como carente de sentido. Desde esta perspectiva, la metafísica heideggeriana representaba un ejemplo paradigmático de lo que debía superarse en favor de una filosofía científica, clara y rigurosamente lógica.
Rudolf Carnap, considerado el miembro más combativo del Círculo de Viena en el ámbito intelectual y responsable de la difusión del positivismo en Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial, afirmó que la metafísica divide precisamente porque carece de sentido. Según él, sus enunciados —a los que denominaba «pseudoenunciados»— son vagos, paradójicos e inverificables. Un ejemplo paradigmático de esta crítica es su referencia a la afirmación de Heidegger «la propia Nada nadea» (Das Nichts selbst nichtet), que este había utilizado en su conferencia «¿Qué es la metafísica?», pronunciada el 24 de julio de 1929 en la Universidad de Friburgo. Para Carnap, estas proposiciones no describen el mundo ni contribuyen a esclarecer la estructura del razonamiento, sino que sugieren ideas que, si se expresaran con claridad y en términos comprensibles, carecerían de sentido. Desde esta perspectiva, los enunciados metafísicos no comunican conocimiento, aunque puedan aparentar profundidad. Carnap comparaba a los metafísicos con músicos o artistas abstractos, ya que evocan emociones en lugar de generar conocimiento. No obstante, añadía con ironía que, si los metafísicos son músicos, entonces son «músicos sin capacidad musical».
Esta crítica a la metafísica adquiere una dimensión especialmente significativa en el contexto vienés. Si alguna ciudad comprendía el talento musical, esa era Viena. Antes de la Primera Guerra Mundial, la ciudad era la capital de un imperio multilingüe y multiétnico. Cada noche, sus cafés se convertían en espacios de debate y encuentro intelectual en los que pintores austriacos, lógicos polacos, físicos checos, sionistas, católicos y socialistas revolucionarios discutían sobre los acontecimientos del día. La mayoría de los miembros del Círculo eran socialistas, judíos o ambas cosas, y a medida que el austromarxismo cedía ante el ascenso del austrofascismo, crecían las preocupaciones por el futuro del Círculo y por la propia seguridad personal de sus integrantes. Con el tiempo, el Círculo se convirtió en blanco de las corrientes antisemitas y de los sectores conservadores de la ciudad. El clima político se tornó cada vez más hostil y amenazante, lo que llevó a la progresiva disolución del grupo. Carnap se trasladó a Praga y Wittgenstein a Cambridge. Tras la guerra civil austriaca de 1934, a Neurath, que había emigrado a los Países Bajos, se le prohibió regresar a Viena. Ese mismo año, Hahn falleció inesperadamente y el joven Kurt Gödel tuvo que ser ingresado en varias ocasiones en hospitales psiquiátricos. En medio de un clima de creciente tensión y descomposición intelectual, el 22 de junio de 1936, mientras Schlick se dirigía desde su residencia en la Prinz Eugen Strasse hacia el distrito universitario para impartir su última clase del semestre de verano, fue abordado por Johann Nelböck, un joven académico mentalmente desequilibrado, que le disparó cuatro veces a quemarropa, alcanzándole mortalmente el corazón. Nelböck, que había estado ingresado en dos ocasiones en clínicas psiquiátricas, llevaba años acosando y amenazando de muerte a Schlick, a quien culpaba de sabotear su carrera académica y de ser responsable de sus reiterados fracasos a la hora de obtener un puesto docente.
El asesinato de Schlick fue un presagio de la radicalización ideológica que se avecinaba. En su defensa inicial, Nelböck alegó que la filosofía antimetafísica del Círculo había debilitado su juicio moral. Tras el Anschluss (la anexión de Austria por parte del Tercer Reich) en 1938, el acusado recurrió a las autoridades nazis y justificó el crimen como un acto patriótico. Afirmó que al matar a «un profesor judío que propagaba doctrinas ajenas y perjudiciales para la nación» había eliminado la podredumbre de la filosofía judía atea e inmoral, aunque Schlick no era judío. El magistrado declaró a Nelböck culpable de asesinato y tenencia ilícita de armas, condenándolo a diez años de prisión. Sin embargo, fue puesto en libertad apenas dieciocho meses después. El suceso fue celebrado por los sectores derechistas de la sociedad vienesa, el clero y algunos colegas universitarios. Uno de ellos, bajo el seudónimo de «Dr. Austriacus», publicó un artículo en Schönere Zukunft, uno de los periódicos más influyentes de la Austria fascista, en el que expresaba el sentimiento cada vez más extendido hacia el pueblo judío y las llamadas «ideas judías» en Viena: «¡Que los judíos tengan sus propios filósofos judíos en su Instituto Cultural! ¡Pero las cátedras de filosofía de la Universidad de Viena deben estar ocupadas por filósofos cristianos! Es de esperar que el terrible asesinato en la Universidad de Viena acelere los esfuerzos por encontrar una solución verdaderamente satisfactoria». Estas palabras reflejaban el clima de antisemitismo y radicalización ideológica que dominaba la sociedad austriaca en aquellos años, así como la hostilidad creciente hacia el pensamiento racional y científico que representaba el Círculo de Viena.
Aunque algunos miembros del Círculo de Viena, como Otto Neurath y Friedrich Waismann, habían emigrado antes de la anexión de Austria en 1938 (Anschluss), este acontecimiento precipitó la salida de otras figuras relevantes, como Rudolf Carnap, Philipp Frank y Kurt Gödel. En este contexto, es fundamental destacar la labor de la británica Esther Simpson, cuya intervención fue decisiva para garantizar la supervivencia y la reubicación de numerosos científicos y filósofos. Desde el Consejo de Asistencia Académica, organización que desde 1936 pasó a llamarse Asociación para la Protección de la Ciencia y el Aprendizaje, ayudó a académicos de Alemania, Austria y Checoslovaquia a huir del nazismo y a encontrar trabajo en universidades británicas. Simpson, que había estudiado lenguas modernas, pasó varios años en Viena trabajando en la International Fellowship of Reconciliation, un organismo que promovía la reconciliación entre antiguos países en guerra. Además, como violista de talento, interpretaba música de cámara. Sin hijos propios, solía referirse a los refugiados como «sus hijos», dieciséis de los cuales llegaron a ganar el premio Nobel.
David Edmonds, filósofo y periodista de la BBC, es autor de obras como Would You Kill the Fat Man?, una exploración sobre el dilema del tranvía, Parfit. A philosopher and his mission to save morality, una biografía del filósofo británico Derek Parfit, y junto con John Eidinow, El atizador de Wittgenstein, sobre el célebre enfrentamiento entre Karl Popper y Ludwig Wittgenstein y Rousseau’s Dog: Two Great Thinkers at War in the Age of Enlightenment, que narra el conflicto entre Jean-Jacques Rousseau y David Hume. Además, produce junto a Nigel Warburton el podcast Philosophy Bites y presenta Philosophy 24/7. En su obra más reciente, El asesinato del profesor Schlick. Auge y caída del Círculo de Viena, Edmonds reconstruye de forma comprensible y convincente la historia, las biografías y el legado de un conjunto de figuras fascinantes que, desde una ciudad vibrante y convulsa, intentaron redefinir los fundamentos del conocimiento humano. Sin embargo, plantea una cuestión que sigue abierta: la relación entre la filosofía y la política del Círculo. Edmonds sugiere, en sintonía con Carnap, que la metafísica no era solo una forma de pensamiento especulativo, sino una Kampfmittel (una herramienta de combate ideológico) utilizada para revestir de santidad y trascendencia conceptos como «nación», «raza» o «destino histórico», con los que se justificaba el sacrificio de cualquier cosa —o cualquier persona— en su defensa. La metafísica de la sangre, el territorio y el pueblo era, sin duda, un disparate filosófico, pero un absurdo con un poder hipnótico sobre quienes lo escuchaban, ya fuera en las conferencias de Heidegger o en la tosca retórica de los mítines de Núremberg. Así era la filosofía, y así era la política, en la Europa de los años treinta.
Ahora bien, ¿los enigmas de la metafísica sirven siempre como instrumentos de reacción? ¿Existe algo intrínsecamente democrático en las exigencias empiristas de claridad y franqueza? David Edmonds deja estas preguntas abiertas para que el lector saque sus propias conclusiones. No obstante, para quienes estén preocupados por los ecos contemporáneos del incendio del Reichstag, la quema de libros y el resurgimiento del extremismo de derechas, el doble compromiso del Círculo de Viena por la claridad lógica y la justicia social puede seguir siendo una fuente de inspiración. El empirismo lógico no fue solo una propuesta epistemológica, sino que también representaba los valores ilustrados de la razón y el progreso, y formaba parte de la lucha contra el fascismo.
El Círculo de Viena se fue debilitando gradualmente, hasta quedar relegado a la historia, superado por nuevas formas de análisis, como el estudio del lenguaje ordinario llevado a cabo por los filósofos del grupo de Oxford, como Gilbert Ryle, John L. Austin o Peter F. Strawson. Con el tiempo, se hizo evidente que el «verificacionismo operativo» resultaba inviable en su formulación estricta. Para mantener la continuidad del proyecto se introdujeron algunos ajustes conceptuales que atenuaban las definiciones de «verdad», «verificación» y «conocimiento». Paralelamente, el desarrollo de nuevas técnicas estadísticas, elaboradas principalmente en Inglaterra por autores como Ronald Fisher, Karl Pearson y Maurice Kendall, ofreció alternativas metodológicas más flexibles. La denominada «revolución probabilística» supuso la incorporación del razonamiento estadístico a disciplinas como la biología y las ciencias sociales, lo que transformó profundamente los criterios de objetividad científica. Además, la progresiva erosión de la objetividad espaciotemporal de la física newtoniana, provocada por las teorías de Albert Einstein, Werner Heisenberg y Kurt Gödel, contribuyó de manera decisiva a esta transformación. Las propuestas de estos autores exigían revisar y complementar las definiciones tradicionales de realidad, incorporando la perspectiva del observador o información adicional sobre las condiciones contextuales. Hacia finales del periodo de entreguerras, los conceptos de «objetividad» y «verdad» se habían reformulado en términos probabilísticos. Ya no se concebían como entidades fijas y universales, sino como magnitudes susceptibles de análisis estadístico, dependientes de un nivel —en última instancia, arbitrario— de significación estadística.
La adopción del enfoque probabilístico se produjo de manera rápida e incondicional, sin una reflexión suficiente sobre sus implicaciones epistemológicas y éticas. Una de las consecuencias inmediatas fue la pérdida de ciertos derechos y deberes epistemológicos fundamentales, como el deber de todo científico de responsabilizarse de las narrativas y conclusiones que genera. Así, el conocimiento comenzó a determinarse mediante mecanismos matemáticos impersonales, considerados neutrales en términos de valores, lo que consolidó a la ciencia como la única fuente legítima de saber. Como resultado, se descartaron otras formas de conocimiento, como la experiencia personal, el conocimiento práctico o la clásica y noble noción de sophia (sabiduría), por considerarse fuentes de parcialidad y de distorsión de la verdad. Este desplazamiento epistemológico, que inicialmente se produjo en las ciencias naturales, se extendió progresivamente a la medicina y a las ciencias sociales y humanas tras la Segunda Guerra Mundial, lo que ha supuesto una tragedia para algunas disciplinas.
Edmonds señala que gran parte del espíritu del Círculo de Viena sigue vivo en la importancia que se da a la lógica y en el interés por situar la filosofía en el mismo plano que la ciencia. En la actualidad, la corriente dominante en filosofía es una forma de fisicalismo o materialismo, en el sentido de que todos los hechos deben fundamentarse, en última instancia, en hechos físicos. Así, este enfoque adopta una perspectiva reduccionista que afirma que, por ejemplo, «no hay diferencia entre estados cerebrales y mentales. Las creencias, los deseos y las emociones pueden reducirse de algún modo a estados cerebrales» (p. 309). Sin embargo, esta concepción mecanicista, que se ajusta a la perfección a las necesidades cosificadoras del neocapitalismo, ha demostrado ser profundamente perjudicial para el pensamiento psicopatológico, la psiquiatría clínica y la investigación conceptual. En primer lugar, considerar las emociones como simples señales cerebrales ignora su dimensión comunicativa y relacional. En segundo lugar, los sentimientos y las emociones son sistemas complejos de comunicación que no pueden reducirse ni a la cognición ni a los indicadores neurobiológicos, y cuya configuración solo es posible en el marco del lenguaje humano. Por consiguiente, las emociones —al igual que otros fenómenos y experiencias subjetivas— no pueden entenderse como meros correlatos neuronales, sino como conductas comunicativas que surgen de los diálogos, las interacciones y las relaciones. En este sentido, siempre están inscritas en espacios semánticos compartidos, ya que su naturaleza es esencialmente social y lingüística.
[1] Wittgenstein, L. (2018): Diario filosófico (1914-1916), en Obras Completas III. Diarios y conferencias, Madrid, Gredos, p. 105. [Traducción de J. Muñoz Veiga].
[2] Waismann, F. (1973): Ludwig Wittgenstein y el Círculo de Viena, México, Fondo de Cultura Económica, p. 15. [Traducción de Manuel Arbolí].
[3] Hume, D. (1988). Investigación sobre el conocimiento humano, Madrid, Alianza, p. 192 [Traducción, prólogo y notas de Jaime de Salas Ortueta].





