Desencantos duraderos y efímeras felices epifanías

Ref.: José Mateos (2025): Los años decisivos, Valencia, Pre-Textos. [228 pp., 20,00 €].

 

 

Utopía y desencanto. Al final del milenio, Claudio Magris escribía que la historia literaria occidental de los últimos dos siglos es la de la «inseparable simbiosis»[1] de utopía y desencanto. Si la primera es un impulso contra la resignación, un horizonte ético imperfecto y una esperanza lúcida ligada también a la tradición mesiánica que quiere conservar la memoria de las víctimas olvidadas por la Historia, el segundo, además del horizonte racional de la modernidad trazado por Weber, es la corrección necesaria de la utopía para evitar el absolutismo, una aceptación de las contradicciones, una ironía trágica que reconoce el mal sin caer en el cinismo y una forma exigente de esperanza que ha perdido la inocencia. La tensión a la que alude el escritor triestino, en algunas de sus mejores páginas y como contrapunto de las leopardianas magnifiche sorti e progressive de la Historia, nos muestra con frecuencia que el individuo padece «una herida profunda» que le dificulta realizar plenamente su personalidad y «le hace sentir la ausencia de la verdadera vida»,[2] una sensación de malestar y de fragilidad que el progreso colectivo agudiza. Un canon literario que encerrase esa dialéctica del doloroso y a la vez saludable aprendizaje de la decepción, en palabras de Félix de Azúa, también debería incluir, en adelante, una obra sincera como Los años decisivos, del jerezano José Mateos, en la que la combinación acertada de narración y reflexión dibuja un retrato conmovedor de la protagonista y un fresco de la generación que entró de joven en la Transición democrática, acompañándolos hasta las arenas del presente.

 

Odiseas de una desilusión. En junio de 1958, Ennio Flaiano, el gran guionista, escritor y crítico, apunta en sus cuadernos que está trabajando con Federico Fellini y Tullio Pinelli en una vieja idea para una película: la historia del joven provinciano que llega a Roma para ser periodista. El título ya lo tienen, La dolce vita, pero no han escrito ni una línea todavía. En otra entrada del mismo mes, leemos que el protagonista será uno de esos jóvenes que se han dejado seducir por la «civilización de la sensación» —o por la sociedad del espectáculo, como Guy Debord la denominará con acierto unos pocos años después— y que cuentan «los escándalos y las bobadas» que cometen los demás. Es un hombre que se ha amparado en esa misma sociedad que desprecia y al que no le importa haber renunciado a sus primeros ideales, que ahora le parecen no solo arduos, sino también inútiles. Si a comienzos del verano el guion no existía, en septiembre Flaiano escribe que después de tres meses en la playa han terminado de escribir la película. Sin embargo, añade, empiezan los problemas de siempre: el productor se niega a hacerla; los críticos que han leído el guion sacuden la cabeza porque la historia les parece «descosida, falsa, pesimista e insolente» mientras que el público, sostienen, quiere un poco de esperanza. Leyendo las notas de Flaiano publicadas en La solitudine del satiro,[3] resulta inmediato pensar en el parentesco entre el Marcello Rubini de la película, en la inolvidable interpretación de Mastroianni, y el Lucien de Rubempré balzaquiano, quien, además, termina trabajando también como periodista. El joven protagonista de Las ilusiones perdidas forma con el Julien Sorel de El rojo y el negro de Stendhal y con el Frédéric Moreau de La educación sentimental de Flaubert el peculiar trío de mosqueteros de las «antiepopeyas del desencanto» u «odiseas de una desilusión» decimonónicas. Las locuciones son siempre de Magris, pero, en realidad, él las asocia, en perspectiva a la vez hegeliana y weberiana, a la ascesis de la novela moderna a secas, desde las cenizas de la épica, a la reducción del radio de acción del héroe y al triunfo, en suma, de la prosa del mundo sobre la poesía.[4]

 

De pérdidas y abandonos. Otro escritor, también periodista, Emmanuel Carrère, titula una colección de artículos y reportajes Il est avantageux d’avoir où aller: conviene tener un sitio adonde ir, una de las respuestas que ofrece el I Ching, el antiguo libro oracular chino, cuando se lo consulta. Como en toda odisea que se respete, aunque lo sea de la desilusión, lo preceptivo es abandonar el solar natío, normalmente un pueblo o una ciudad de provincias, y adonde conviene ir es a la capital. Es lo que mueve no solo a los protagonistas de algunos de los clásicos decimonónicos arriba mencionados, sino también a los de algunas novelas contemporáneas que tienen el desencanto entre las líneas argumentales principales: Volver al mundo de J. Á. González Sainz o El cielo de Madrid de Julio Llamazares. Y lo mismo atrae a Marta Ortega Viar, la narradora y protagonista de Los años decisivos, el año de la muerte de Franco: mudarse a Madrid desde su Algeciras natal para estudiar filosofía, sedienta de respuestas a la inquietud existencial que lleva dentro, carrera que interrumpirá y reanudará varias veces. Huérfana precoz de un padre torero y sujeta a la deriva de depresiones cíclicas, sufre también la pérdida de la madre al poco de instalarse en la ciudad. En el clima de fervor político y social de la Transición, roza grupos que flirtean con la violencia política, pero de los que se aleja, pasando también por una breve detención. A una primera relación amorosa con Silverio, un chico demasiado diferente a ella, pero que resulta «una tabla de salvación» provisional, sigue el descubrimiento del amor fou por Willi, un rockero abocado a la autodestrucción, con el que comparte los años a tope de la movida. La muerte de su compañero, reflexiona Marta, deja al descubierto «una condición de nuestra naturaleza: la de nuestro apego a lo que nos destruye, la de nuestra atracción irracional hacia la ilusión que nos envenena» (p. 120). La enésima reanudación de la carrera conlleva una estancia en París para estudiar el pensamiento del filósofo Anton Frochard, pero el trato con el profesor en persona le asesta a Marta uno de los golpes más duros, el de una agresión sexual. Tampoco falta, en la novela, lo que, como hemos visto, constituye casi una marca del género, el paso por el periodismo, experiencia que acomete la protagonista a su retorno al Sur —el nostos— y que posteriormente describe con una lúcida amargura digna de Larra: «Entré en el periodismo con la ilusión de la novedad, pero pronto me desengañé, pronto me di cuenta de que los periódicos son los cementerios de las ideas, allí donde las ideas, una vez que lo han dado todo, se retiran a morir» (p. 190).

La obra de Mateos, en suma, como la vida, es un desfile de abandonos: padres, amores, amigos, salud, ideales… La constelación semántica del abandono es riquísima porque tiene que ver, en definitiva, con la pérdida, cuyo arquetipo —como se decía al comienzo— es la pérdida de la inocencia, la expulsión del paraíso. La pérdida de la inocencia marca el paso de un estado de ingenuidad, confianza o pureza juvenil o moral a una condición de conciencia penosa, caracterizada por la experiencia del mal, de la culpa o de la desilusión. Esa expulsión de un Edén originario, esa ruptura con una armonía percibida anteriormente, puede ser el efecto de un trauma personal o colectivo o de un lento alejamiento del idealismo anterior. Narrativamente, funciona bien como acelerador de la evolución psicológica, bien como fractura que marca un punto de inflexión en la conciencia del personaje, o bien como el espejo de un cambio histórico o social, si la vivencia personal alcanza el retrato generacional como en Los años decisivos.

 

Desencanto y posmodernidad. El topos mencionado abarca una buena parte de la literatura, dado que las Musas cantan aquello que perdemos por el mero hecho de vivir o lo que todavía no tenemos y nos gustaría alcanzar: mixing memory and desire, escribió T. S. Eliot. Hay épocas que elevan culturalmente el desengaño al espíritu del tiempo, como el Barroco: frente al idealismo, al vitalismo y al optimismo renacentistas, las antenas barrocas perciben ahora caos, desorden y confusión. La existencia está dominada por la idea de la muerte: vivir no es más que un breve tránsito entre la cuna y la sepultura. El tiempo, en fuga irrevocable, lo destruye todo y, por ello, todo es vanidad. La realidad se presenta como ilusión y apariencia; la vida, un gran teatro. Las categorías del desengaño o desencanto se han aplicado también a la definición de la posmodernidad, que algunos trabajos de estética no tuvieron reparo en bautizar como una «era neobarroca».[5] Hayamos pasado o no lo posmoderno para entrar en lo hipermoderno o poshumano, nuestra herida vital sigue abierta, la fragilidad humana permanece, la vida puede ser dura, aunque el sistema mediático la promocione como la fiesta perenne de un presentismo hedonista que administran unos santurrones tecnoentusiastas, los «beatos de la nada retransmitida a través de pantallas y datos» (p. 215), en palabras de la narradora. Así describe Marta la llegada de los ochenta, epítome de lo posmoderno: «España había entrado en la posmodernidad, o lo que es lo mismo, en la cultura del pelotazo, la rebeldía de diseño y el consumo feliz y desbocado» (p. 86). El arte y la literatura se convierten en una fiesta divertida, con mucha subvención gubernamental o administrativa. El cuadro que la protagonista pinta de una celebración en el Ayuntamiento de Madrid, en abril de 1985, con políticos, músicos, escritores y artistas, parece sacado directamente de «La cultura, ese invento del gobierno», el célebre y demoledor artículo que Rafael Sánchez Ferlosio había publicado en El País el año anterior. La personificación de la crítica contundente que Los años decisivos dirige a la posmodernidad es la figura del filósofo Anton Frochard, al que Marta se acerca en sus estudios, que rima con Baudrillard o Lyotard pero no es ninguno de los dos, sino una especie de Frankenstein que José Mateos cose con lo más sonado de las consignas de la época, un  hombre mezcla de cinismo, relativismo moral y «narcisismo autocomplaciente, de vacío posmoderno» (p. 169), con «inclinación a la banalidad» (p. 150) y que invita a la todavía ingenua estudiante a sacudirse los «prejuicios humanistas» (p. 158) que le quedan, como un globo soltaría los lastres.

 

Desencanto del mundo y pensamiento trágico. La racionalidad moderna, convertida en sistema económico, técnico-científico, jurídico-burocrático, desencanta al mundo y encierra a los sujetos en una jaula invisible, reflexionó Weber: cuanto más racional, técnica y eficazmente organizado es el mundo, menos espacio queda para la libertad y el sentido, y más fuerte es la sensación de desorientación, impotencia y fatalismo. El mundo racionalizado se vuelve también mudo frente a las preguntas últimas: el dolor, el mal, la muerte… Pero el desencanto no suprime el fondo trágico de la existencia; solo logra reprimirlo o neutralizarlo. Paradójicamente, lo trágico retorna en formas más radicales y, a la vez, como conciencia del límite que el racionalismo moderno ha expulsado, como fondo insoslayable de la experiencia humana.[6] El sentimiento trágico de la vida, tan reprimido en el tiempo presente, aflora en la novela de Mateos de muchos modos: primero, como oposición entre tiempo del mundo y tiempo de la vida, como cuando, terminada la agonía de la madre, Marta abre una ventana al amanecer y, aunque su vida ya no es lo que era, fuera todo sigue igual, los primeros transeúntes, la música de los pájaros, el celeste del cielo y una estrella a lo lejos (pp. 35-36); después, como carrera inexorable del tiempo, en un párrafo donde retumba el ubi sunt clásico, pero abarcando a personas y cosas: «El paso del tiempo lo ha barrido todo, lo ha arrastrado todo hasta ese sumidero de niebla donde la vida se vuelve irreal e inalcanzable. Desaparecen las personas, las cosas, los lugares, y quizás yo no sea más que la conciencia que contempla, por un momento, la devastación que produce esa corriente» (p. 218); y, finalmente, como ausencia de respuestas definitivas a preguntas que solo generan más preguntas. La que flota en Los años decisivos es la magna quaestio de San Agustín, a saber, si es posible ser felices y mortales.[7] La respuesta es no, si se busca la felicidad con el ahínco con que Gollum busca poseer los anillos en la obra de Tolkien. Sí, quizás, con una mirada más humilde.

 

Una mirada menos miope: el desencanto como comienzo. No sé si a Félix de Azúa, mientras iba escribiendo su Historia de un idiota contada por él mismo o El contenido de la felicidad, ese compendio del desencanto contemporáneo, le rondaba por la cabeza una línea de El mito de Sísifo cuando, casi al final, Albert Camus escribe que no se descubre el sentido de lo absurdo sin sentirse tentado a escribir algún manual de la felicidad.[8] Porque no de otra cosa habla la breve y densa novela del escritor barcelonés, que en su feroz planteamiento antiidealista deja claro lo absurdo que resulta buscar la felicidad cuando esa búsqueda acontece bajo el signo de lo Ideal, como el Amor, la Utopía, el Arte y así sucesivamente. Son los «seguidores de las Mayúsculas», de lo absoluto, peligrosos para sí mismos y para los demás, de los que habla J. Á. González Sainz en La vida pequeña. El arte de la fuga.[9] Al buscar lo Ideal, además de perder la dimensión temporal de la existencia y el principio de realidad, se corre el riesgo de pasar por encima de existencias concretas, si estorban el camino.

Llega un momento, leemos siempre en Camus, en que el velo de las costumbres cotidianas se rasga y surge de repente la pregunta del porqué, con la que se inaugura el movimiento de la conciencia según el existencialismo, y con la que todo comienza, en un cansancio teñido de asombro.[10] La idea de comenzar es lo importante, pues a partir de esa revelación y del desasosiego que conlleva, si el sujeto no se desespera o se mata, se abre la posibilidad de una existencia auténtica. Durante mucho tiempo, no me había percatado del valor de comienzo que tiene el cierre en Historia de un idiota, porque no veía sino la pars destruens y las ruinas acumuladas a lo largo de las etapas que el protagonista va recorriendo en su búsqueda de la felicidad. Al final de la novela, el mismo cansancio teñido de asombro es el que el narrador descubre mirándose al espejo. Lleva en la cara los signos de una batalla quijotesca y la misma sonrisa que le ha acompañado siempre, aunque quizás esta última sea ahora la de quien ha experimentado ese desengaño del que no hay vuelta atrás y contra el cual será justamente esa sonrisa la única defensa posible. La novela es, de hecho, en su duro nihilismo, una invitación a abrazar de forma nietzscheana el devenir precisamente a partir del presupuesto más difícil de asumir, el de la falta de cualquier fundamento metafísico o idealista de la existencia, y a partir de la conciencia de que todo está sujeto al tiempo. La felicidad incluida, por supuesto, la cual, como ha escrito Elide Pittarello, más que un bien a disposición, «acontece como un estado de gracia inmediato, que no necesita razones. Estas se buscarán después, y en vano, cuando a la plenitud del instante feliz sucede la memoria de la pérdida, la obstinada fidelidad del deseo. La felicidad toca en suerte, es un golpe de fortuna al que el viviente queda sometido, del mismo modo que queda sometido a su contrario».[11]

Escribe Claudio Magris que las nieblas del futuro que nos incumbe requieren una mirada firme, aunque inevitablemente miope, pero que será menos miope si se la dota de «humildad y autoironía»,[12] sugiriendo que el desencanto «es una forma irónica, melancólica y aguerrida de la esperanza [que] modera su pathos profético y generosamente optimista».[13] La protagonista de Los años decisivos pasa por un aprendizaje de la pérdida, de la decepción, sin dejarse vencer por el cómodo cinismo de moda y lucha contra la tentación del pesimismo al contemplar el panorama del presente. La novela parece concluir precisamente con la adquisición de una serena e irónica melancolía, resultado de una «renuncia que da», que libera, citando a Heidegger:[14] ningún afán de cambiar el mundo, pues es más probable que el mundo le cambie a uno, pero sí la esperanza en los efectos imprevisibles del trabajo de «unos cuantos hombres justos» (p. 221), reflexiona Marta con Borges como fondo; ninguna palingenesia, porque toda generación está destinada a repetir la experiencia de la ausencia de parusías. Será por eso que, a falta de dioses, pulularán siempre los ídolos. Si no nos está concedido un Edén en la Tierra, tal vez sí podamos experimentar pequeños edenes: «una canción, un paisaje, un rostro…» (p. 221), son lo que Marta va rastreando retrospectivamente, unas epifanías efímeras de plenitud. A propósito, cómo no recordar la lista de Woody Allen en Manhattan, de las cosas por las que vale la pena vivir, que, después de haber pasado por Groucho Marx, el segundo movimiento de la sinfonía Júpiter, algunas películas suecas, La educación sentimental, Marlon Brando, los cangrejos del restaurante Sam Wo…  termina con el rostro de su amada Tracy. Al igual que Marta, un servidor tampoco concibe ningún paraíso sin la voz de Leonard Cohen (p. 217). Ni, por supuesto, sin las películas de Allen.

 

 

[1] Magris, C. (2006): Utopía y desencanto. Historias, esperanzas e ilusiones de la modernidad, Barcelona, Anagrama, p. 16. [Traducción de J. Á. González Sainz].

[2] Ibídem.

[3] Flaiano, E. (1996): La solitudine del satiro, Milán, Adelphi, pp. 235-47.

[4] Magris, C. (2001): «È pensabile il romanzo senza il mondo moderno?», en Franco Moretti (ed.), Il romanzo. 1. La cultura del romanzo, Turín, Einaudi, 2001, pp. 869-880.

[5] Calabrese, O. (2008): La era neobarroca, Madrid, Cátedra. [Traducción de Anna Giordano]

[6] Givone, S. (1991): Desencanto del mundo y pensamiento trágico, Madrid, A. Machado Libros. [Traducción de Jesús Perona]

[7] Dionigi, I. (2025): Magister, Bari-Roma, Laterza, p. 78.

[8] Camus, A. (1995): El mito de Sísifo, Madrid, Alianza, p. 161. [Traducción de Luis Echávarri]

[9] González Sainz, J. A. (2021): La vida pequeña. Arte de la fuga, Barcelona, Anagrama, pp. 83-85.

[10] Camus, A. (1995): ob. cit., p. 27.

[11] García Lorca, F. (2013): Nozze di sangue, Venecia, Marsilio, p. 41. [Traducción, introducción y notas de Elide Pittarello. La traducción del fragmento es mía]

[12] Magris, C. (2006), p. 9.

[13] Ibídem, p. 15.

[14] Heidegger, M. (2003): Camino de campo. Der Feldweg, Barcelona, Herder, p. 23. [Traducción de Carlota Rubies]

Autor

  • Stefano Ballarin es hispanista, traductor y profesor de español. Ha dado cursos en las universidades de Venecia —ciudad donde vive— y de Udine. Ha dedicado su actividad de investigación principalmente a la narrativa contemporánea, desde un enfoque crítico interdisciplinario y atento a las relaciones entre literatura y ética. Se ha ocupado, entre otros, de autores como Luis Martín-Santos, Juan Benet, Juan Marsé, Félix de Azúa, Javier Marías, Luis Landero, J. Á. González Sainz, Rafael Chirbes y Antonio Muñoz Molina.

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