Sabemos que James Joyce era aficionado a la numerología y a la astrología y daba a las fechas, especialmente a su cumpleaños, un poder mágico. Así, su empeño de tener en sus manos el primer ejemplar impreso de Ulises el día que cumplía cuarenta años supuso un nuevo quebradero de cabeza para su abnegada editora Sylvia Beach. Descartadas otras fórmulas de envío por inseguras, el revisor del tren expreso de Dijon entregó en París a la editora un paquete con el famoso libro de portada azul a primera hora del 2 de febrero de 1922. También un 2 de febrero (de 1914) se publicó en The Egoist la primera entrega del Retrato del artista adolescente, un 2 de febrero (de 1929) se presentó la traducción francesa de Ulises y el mismo día del año 1939 recibió el primer ejemplar de Finnegans Wake. El 2 de febrero está fechada la carta de destacados escritores de todo el mundo en protesta por la edición pirata de Ulises en Estados Unidos. Firman el manifiesto los españoles Azorín, Jacinto Benavente, Ramón Gómez de la Serna, Juan Ramón Jiménez, Antonio Marichalar, Gabriel Miró, José Ortega y Gasset, Miguel de Unamuno y el mexicano radicado entonces en España Alfonso Reyes.
Los amigos de Joyce tuvieron muy en cuenta su cincuenta aniversario, a pesar de las difíciles circunstancias por las que atravesaba el autor (problemas de la vista y con el estado mental de su hija Lucía), y le ofrecieron una tarta con cincuenta velas y una reproducción de la portada de Ulises con otras diez velas encima. El regalo de sus amigos, entonces los más cercanos, Eugene y Maria Jolas fue un dibujo, una caricatura, para publicar en su revista transition —en la que habían ido apareciendo los primeros fragmentos de Work in Progress, luego Finnegans Wake— e hicieron el encargo a un dibujante español que trabajaba entonces con bastante éxito en París, César Jenaro Abín. Aunque se planteó en principio una caricatura clásica del escritor en su estudio rodeado de libros, Joyce quería que reflejara su verdadero estado de ánimo y mantuvo con el artista varios encuentros y conversaciones hasta que se logró el resultado apetecido por el irlandés. Un amigo le decía que asomado en una esquina para cruzar una calle parecía una interrogación y Joyce pidió que le pintara con esa forma. Otro amigo le llamaba payaso con la nariz azul y quiso que se le añadiera una estrella en la punta de la nariz para iluminarla. Debía notarse que estaba de luto y abatido —por la muerte de su padre— y sugirió el hongo negro y el número 13 inscrito en él. Las telarañas y los remiendos en las rodillas del pantalón habrían de mostrar su abandono y asomaría en un bolsillo un papel con la canción Let Me Like a Soldier Fall. El punto de la interrogación en la que iba a convertirse Joyce tenía que ser una bola del mundo donde solo se distinguieran Irlanda y Dublín.
Todo el proceso creativo se dio a conocer en la exposición Joyce en España, que se inauguró en junio de 2004 en el Círculo de Bellas Artes de Madrid —viajó luego a Santiago de Compostela y a Dublín— para conmemorar el centenario de una fecha que, por su parte, remite a un día que solo existe en la ficción: el 16 de junio de 1904. La reacción de Joyce cuando vio el resultado, que recordó Abín, merece destacarse: «He enseñado esta caricatura al dueño del bistró donde acostumbro a comer. No ignorará usted que los dueños de los bistrós son los mejores críticos de arte que existen en el mundo, y puedo decirle que la caricatura le ha satisfecho mucho».
En 2026 se conmemoran dos fechas cruciales en la recepción española de Joyce. Por un lado, el centenario de la primera traducción de una obra del irlandés, Retrato del artista adolescente, que tanta influencia tuvo en las letras españolas y de la que hablaremos más adelante; por otro, los cincuenta años de la primera traducción en España —que no en español— de Ulises, lo que supuso la normalización en nuestras letras de un legado literario que tantas y tan enconadas pasiones había levantado. En estas páginas ofrecemos muy diversos testimonios de distintas épocas y actitudes, por lo general de autores y no de críticos o académicos, textos que ponen de manifiesto la importancia y el interés suscitado por una obra que con demasiada frecuencia se despacha con un par de lugares comunes. Conviene siempre tener en cuenta la reflexión de Ricardo Gullón, uno de los principales estudiosos de la influencia de Joyce en las letras españolas:
«Si no hubiera tanta y tan abismada verdad en el monólogo final de Molly Bloom en Ulises, o en las escenas de Retrato, parecería Joyce empecinado en obtener la perfección de lo artificial, pero esas páginas y otras semejantes aconsejan rehuir cualquier precipitado juicio y examinar cautelosamente el caso».[1]
Siguiendo el consejo de su amigo y valedor Ezra Pound, Joyce se instaló en París a mediados de 1920 dispuesto a dar el impulso definitivo a una obra que hasta entonces no había salido del ámbito anglosajón. Un año más tarde se quejó de que la prensa francesa no había publicado ni una palabra sobre él, pero el lanzamiento definitivo estaba a punto de llegar de la mano de Valery Larbaud, que se ofreció a dictar una conferencia que luego sería publicada en la Nouvelle Revue Française. Había conocido a Joyce a finales de 1920 y leído los capítulos de Ulises publicados en The Little Review. Las interminables correcciones del irlandés en su obra retrasaron los planes hasta que a comienzos de diciembre de 1921 tuvo lugar la conferencia, que fue publicada en abril de 1922 por la prestigiosa revista francesa. Larbaud tenía gran predicamento en España, de donde acababa de regresar después de una larga estancia en la que tradujo a Baroja, Miró y Gómez de la Serna, fue traducido por Enrique Díez-Canedo y se relacionó con el grupo de Ortega. El entusiasmo con el que Larbaud —«ese gran humanista europeo» y «corredor de bolsa literario» que aconseja sobre los valores en alza, como le calificó la prensa española— anunció la llegada de Joyce, fue rápidamente advertido en nuestro país.
No fue la primera mención a Joyce en España, podemos rastrear su nombre en un artículo de Ezra Pound que publicó la revista bilbaína Hermes en 1920 o, posteriormente y de más entidad, en las informaciones de Douglas Goldring, corresponsal en Londres de la revista La Pluma que dirigían Manuel Azaña y Cipriano Rivas Cherif, ambos, por lo demás, nada proclives a la revolución joyceana. El colaborador londinense da noticia de la inminente publicación de Ulises y de su «significación histórica». También sabemos que Enrique Díez-Canedo tenía entre sus papeles varios números de The Little Review con capítulos de Ulises, pero no consta que despertaran su interés. El aldabonazo de Joyce en España llegó a través de Larbaud, que en su artículo iniciático consagró la lectura hermenéutica de Ulises en clave clásica y estableció la significación del orden del mito en el desorden contemporáneo, interpretación ampliada y mejorada posteriormente por T. S. Eliot. Antonio Marichalar, marqués de Montesa, iba a ser quien tomara a su cargo trasladar al lector español el fenómeno literario que conmocionaba Francia. En dos artículos publicados en Los lunes de El Imparcial en 1922 —uno de ellos dedicado precisamente a Larbaud— ya señala, si bien al paso, la relevancia de Joyce. Para ilustrar el ensayo sobre el irlandés que se proponía abordar, escribió a la editora y librera Sylvia Beach solicitándole un retrato del escritor, que fue la primera imagen de Joyce publicada en España.
El trabajo de Marichalar, «James Joyce en su laberinto»,* se publicó en el número de noviembre de 1924 de la Revista de Occidente, un extenso artículo de 26 páginas que constituye una pieza esencial en la recepción de la literatura moderna en nuestro país.[2] Parte de las leyendas sobre los potentados que paraban su Rolls en la librería parisina Shakespeare & Company para adquirir en secreto un ejemplar de Ulises, traza un detallado esbozo biográfico sin ahorrar polémica alguna y describe las técnicas literarias innovadoras, como la manipulación del ritmo y el tiempo y, sobre todo, el monólogo interior. Un laberinto que constituye una arquitectura perfecta, afirma Marichalar, que traduce algunos pasajes de Ulises para mostrar la escritura del irlandés. En carta que le escribe Sylvia Beach para agradecerle la publicación del artículo, le anuncia que le va a enviar una copia de Ulises firmada por el autor —que se guarda entre los papeles del marqués de Montesa en la Academia de la Historia—. Se trataba de la primera aproximación a Joyce en nuestras letras, aunque a miles de kilómetros, en Buenos Aires, Jorge Luis Borges se declara, precipitadamente, «el primer aventurero hispánico que ha arribado al libro de Joyce» en un artículo publicado en enero de 1925 en la revista Proa con la traducción de la última página de Ulises, un trabajo memorable en la recepción de Joyce. Confiesa no haberlo «desbrozado» en su totalidad, como se dice que conocemos una ciudad aunque no se hayan recorrido todas sus calles y barrios, y escribe:
Su tesonero examen de las minucias más irreductibles que forman la conciencia, obliga a Joyce a restañar la fugacidad temporal y a diferir el movimiento del tiempo con un gesto apaciguador, adverso a la impaciencia de picana que hubo en el drama inglés y que encerró la vida de sus héroes en la atropellada estrechura de algunas horas populosas.
Ortega bautiza a la nueva criatura literaria en La deshumanización del arte (1925), cuando cita a Proust, Gómez de la Serna y Joyce como ejemplos de superación del realismo a base de extremarlo. Desarrolla los casos del francés y el español y solo menciona al irlandés, al que muy probablemente no había leído, pero el nombre queda registrado en un ensayo de enorme transcendencia. Marichalar había anunciado a Sylvia Beach que, tras el artículo de Revista de Occidente, estaba en marcha una traducción de A Portrait of the Artist as a Young Man y que su artículo en la revista sería el prólogo, lo que celebra la editora en su respuesta. Le comenta Beach, en febrero de 1925, que Joyce estaba encantado con el artículo y quería agradecérselo personalmente, pero se lo impedían las operaciones oculares a las que se estaba sometiendo. Solo un día más tarde, sin embargo, el 4 de febrero de 1925, está fechada la carta que Joyce dirigió al crítico español —en francés y manuscrita— y encontramos en 2004 en el legado de Antonio Marichalar que custodia la Real Academia de la Historia y se reproduce íntegra en la página 34. Joyce se queja de sus problemas oculares, le agradece su trabajo, que ha podido descifrar gracias a su conocimiento del italiano, y se muestra dispuesto a remitirle las correcciones oportunas que le solicita del artículo para el prólogo de la edición española de A Portrait…, aunque su salud finalmente se lo impidió. Larbaud, por su parte, sí que matizó algunos detalles menores del artículo de Revista de Occidente que fueron corregidos por el marqués de Montesa. Una inquietante diferencia entre ambos textos es que en el artículo original se afirmaba que Joyce había residido en varias ciudades europeas, entre ellas «acciden-talmente» en Madrid, dato que desaparece del prólogo en el que, sin embargo, se añade una descripción del autor irlandés que permite deducir un encuentro de am-bos, probablemente en París:
El propio James Joyce, envuelto en su pueril chaquetilla cebrada de azul, tiene, personalmente, un indudable aspecto protervo y luciferino: ojos vidriados y que se dirían polifacéticos, barbilla encendida, sonrisa circunfleja —a la vez retenida y atrayente— cordial…
Más allá de estas curiosidades metaliterarias, lo importante es destacar que solo dos años después del germinal artículo de la Revista de Occidente se publica en la editorial Biblioteca Nueva la primera traducción al español de A portrait… en este caso con el título El artista adolescente y con el prólogo de Marichalar. Así se refiere un joven lector y futuro gran joyceano, Gonzalo Torrente Ballester, al acontecimiento:
El prólogo, además, escrito por Marichalar, hombre que tanto sabía y que tan bien conocía las literaturas anglosajonas, me descubrió un mundo y un personaje de quien no tenía idea, y unos hechos estéticos y humanos que, entre nosotros, conocía poca gente, unos pocos iniciados, como si dijéramos.*
Rosa Chacel, otra devota joyceana, recogió este recuerdo en un artículo que se publicó tras su muerte (El País, 30-7-1994), un repaso sobre su trayectoria artística:
Yo, al casarme, en el veintidós, me había ido a Roma; sólo en Ultra había publicado un relato brevísimo y durante casi seis años no volví ni puse siquiera una postal a mis amigos. Fue exactamente en el momento de mi marcha, cuando me aventuré en la bifurcación del camino. Poco antes de marchar cayó en mis manos el Retrato del artista adolescente de Joyce que significó para mí el descubrimiento de la poesía en la prosa. Esto no está claro porque no existe una sola línea de lo que se ha llamado prosa poética: todo lo contrario, su prosa es escueta y dura, precisa, ceñida a lo necesario, pero un clima de libertad —concepto tan peligroso, tan confuso que casi nadie sabe lo que quiere decir— era originado por la visión selectiva del autor. No hay, en lo que la obra tiene de relato, nada fuera de los hechos más comunes, pero sobre ellos y, más aún, dentro de ellos, porque la visión no es nunca externa, sino ahincada en lo más entrañable, el ojo que los enfoca, los señala, valorando breves zonas inexploradas. Aparecen allí novedades, esas novedades que luego, producidas a toneladas, hoy están revenidas y exhaustas, entonces eran virginales y solo admitían un denominar común, poesía, esto es quintaesencia de la realidad libre, y secreto proceso de vivir cotidiano. La amplitud de su radio de acción era inmensa, en su ámbito todo estaba permitido. Tengo que recalcar la fecha, 1920 o 1921, entonces todo está permitido todavía no era un eslogan ni un lamento de escándalo: era, simplemente, un hecho positivo.
Cuando se trata de resumir en pocas palabras casos complejísimos —seguramente hay quien lo hace muy bien, pero yo confieso que no sé sintetizar—, cuando trato de hablar de mil cosas en dos palabras, siempre temo que queden bruscamente destacadas como si saltasen unas a otras sin transición. Los fenómenos que nos importan de veras nunca proceden así. Si ahora marco con esta obra que apareció —para nosotros aquí en España— en el veinte, representó la novedad, la innovación eficientísima […].
Aunque probablemente le bailan las cifras —la edición definitiva de Jonathan Cape de A Portrait… es de 1924, así como la traducción francesa; la española es dos años posterior— la militancia joyceana de la autora ha sido reiteradamente puesta de manifiesto. En una entrevista en 1971, tras su regreso, declaró: «El padre de todo fue Joyce», y en 1977 dictó dos conferencias, «Sendas perdidas de la generación del 27»,* en las que profundiza en la influencia del irlandés en su obra.
La traducción fue llevada a cabo por un joven Dámaso Alonso, que había obtenido en 1921 la licenciatura de Filosofía y Letras y realizaba entonces una estancia como lector en la Universidad de Cambridge (Inglaterra), que duró de 1924 a 1926. Para no herir la sensibilidad católica de su entorno, sobre todo de doña Petra, su madre, firmó con una trasposición de su nombre, Alfonso Donado, lo que no encerraba gran secreto ya que en varias notas de la época se le cita abiertamente con su nombre. Alonso se dirigió al autor para pedirle que le aclarara algunos términos, aunque en varias ocasiones optó por seguir su criterio en vez de ceñirse a las indicaciones. Joyce le remitió una carta —escrita a máquina y con firma autógrafa— fechada el 31 de octubre de 1925 en la que aclara dudas, acepta la traducción de «adolescente» en vez de «joven» para el título y remite, con carácter general, a la versión francesa para cualquier duda.
La carta, que se conserva en el legado de Dámaso Alonso que custodia la Real Academia Española, se dio a conocer en los volúmenes de correspondencia de Joyce publicados por Richard Ellmann, a diferencia de la que dirigió a Marichalar unos meses antes, de la que no se tuvo noticia hasta 2004. Parece una respuesta a Dámaso Alonso correcta, pero de compromiso —le dice, por ejemplo: «Eso tradúzcalo palabra por palabra. Ni significa ni se pretende que signifique nada»— mientras al marqués de Montesa le trata con camaradería. Un par de años después, Marichalar será el encargado de recabar las firmas de los autores españoles más eminentes en protesta por la edición pirata de Ulises en Estados Unidos (que hemos enumerado más arriba).
Joyce, en España, tuvo una temprana y atenta recepción como hemos visto, con una de las primeras traducciones de su obra, pero la reacción que suscitó entre los grandes escritores de la época fue de indiferencia si no de abierto rechazo. El primer ejemplo está en la nota que en la Revista de Occidente (septiembre de 1926) escribió Benjamín Jarnés, destacado exponente de la literatura deshumanizada, a propósito de la traducción de Dámaso Alonso. «Es como recorrer un Museo para anotar el duro gesto de los guardias o la angostura del pasillo», escribe Jarnés. «En el largo pleito del Arte», sentencia, «entre el afán por cristalizar la materia para hacerla entrar en morada de eternidad, o el de dejarla vibrar libremente, aunque rompa sus fanales, Joyce prefiere lo segundo». El irlandés no encajaba en los presupuestos estéticos imperantes de sus coetáneos españoles. Hay autores, como Valle-Inclán, con el que se estableció un paralelismo sugerente (Leopold Bloom por las calles de Dublín y Max Estrella por las de Madrid), hábilmente desarrollado por Darío Villanueva («Valle Inclán y James Joyce», Universidade da Coruña, 1994), aunque sin evidencia alguna de que el gallego conociera o se interesara por la obra del irlandés, además de que no figura en la lista de firmantes hispanos de la protesta internacional por la edición pirata de Ulises. Sí la firmaron Unamuno, Azorín y Gabriel Miró, que se interesaban y experimentaron en mayor o menor medida con el monólogo interior que el irlandés puso de moda. Con Joyce compartió Pío Baroja una preocupación por el estilo y un uso también de diversas fórmulas para la voz interior, pero, como escribió el crítico Domingo Pérez Minik, mientras el vasco «se paró, repitió o conservó», el irlandés se lanzó «a la más extraordinaria hazaña narrativa que ha conocido el mundo después de Cervantes». En sus memorias, Baroja dedica a Joyce los siguientes apelativos: dislocado, absurdo, incomprensible y disparatado. Bergamín, por su parte, escribe en Cruz y Raya que Ulises es ejemplo del «último empeño» de una generación «del más inhumano individualismo». No hay constancia de que Gómez de la Serna, acaso el más afín, se sintiera concernido. Sylvia Beach, cuando pide ayuda a Marichalar para recabar firmas de apoyo a la protesta internacional, insiste: «especialmente Ramón». Francisco Umbral escribió en Ramón y las vanguardias (1978) que tal vez no leyera a tiempo a Joyce y a Proust.
El único autor de entidad que se interesó por Joyce fue Ramón Pérez de Ayala. Aunque su reflexión es posterior a la Guerra Civil —varios artículos publicados en ABC en los años cincuenta—,* confiesa que leyó al irlandés tempranamente y redobló su atención a partir del artículo de Marichalar. Las semejanzas entre A.M.D.G. (1910), donde narra su infancia en un internado jesuita, y Retrato… son evidentes, incluso recoge en esta novela el mismo cuento infantil que Joyce en El gato y el diablo (1964). Confiesa Pérez de Ayala que, en una estancia en Estados Unidos en 1919, por recomendación de un amigo leyó fragmentos de Ulises publicados en The Little Review. Despertaron en él «cierta preocupación estética y literaria», pero le pareció difícil que llegaran a ser tomados en serio. Si alguien le hubiera dicho que, pasados los años, Joyce habría de devenir «en el más descomunal genio literario que vieron los siglos» le habría tratado de imbécil, lo que demostraba que el imbécil, a la sazón, era él: «Pero lo más grave es que continúo imbécil contumaz, puesto que sigo opinando de la propia suerte que entonces». Pérez de Ayala es un espíritu clásico al que irritan especialmente la ruptura del lenguaje y las corrupciones léxicas que ya usara Marichalar para ilustrar la prosa joyceana.
Para los poetas, sin embargo, el fenómeno del irlandés merece otro tipo de consideración, con Dámaso Alonso a la cabeza, que pasa por la enorme influencia que ejerció el gran exégeta de Joyce T. S. Eliot y su The Waste Land (1922). En una nota sobre la aparición de Espadas como labios (1932) de Vicente Aleixandre, publicada en Revista de Occidente (diciembre de 1932), Alonso afirma que, tras el naturalismo de épocas pasadas, la literatura ha entrado en una segunda potencia en la que los intentos psicológicos y el psicoanálisis encuentran su paralelo en las letras: «Este hiperrealismo se manifiesta claramente en un buen sector de la poesía y la novela contemporánea. Pero sus exponentes extremos podríamos decir que son en la novela James Joyce y en la poesía la escuela superrealista francesa». El libro de Aleixandre estaría en consonancia con la indagación subconsciente del alma humana explorada por el irlandés.
Luis Cernuda, probablemente el más agudo analista de su generación poética, se refirió a la «sorpresa mágica» del descubrimiento de Joyce en una nota sobre Rilke fechada a finales de los años cincuenta y que se recoge en Prosa completa:
La noticia [la publicación de un libro inédito de Rilke] ha de interesar a algunos, sobre todo a aquellos de nosotros cuya juventud coincidió con los años siguientes a la primera guerra mundial; el nombre de Rilke, justamente con los de otros escritores de dicha época (Gide, Proust, Eliot, Joyce), debe todavía evocar en nuestra memoria la misma sorpresa que sentimos entonces al enfrentarnos a las Elegías del Duino; sorpresa equivalente a la sentida frente a otras obras diferentes, decisivas para nuestra juventud, aparecidas en tales años: À la recherche du temps perdu, The Waste Land, Les faux-monnayeurs, Ulysses.
Cernuda señala también un vínculo claro entre Juan Ramón Jiménez y James Joyce, una relación que se pone de manifiesto en Espacio (1954, con fragmentos publicados anteriormente) y que ilustra el texto del onubense, datado en 1945, que reproducimos en este dosier.* Sin embargo, Antonio Machado nos legó un testimonio demoledor. En el discurso de entrada en la Real Academia Española,* que redactó en 1931 y no llegó a terminar, recogido en sus obras completas, se despacha a gusto tachando Ulises de libro sin ética y satánico. La obra de Joyce es una vía muerta, un callejón sin salida «que termina en un canto de cisne que es, a su vez —¿por qué no decirlo?— un canto de grajo».
Anegada en buena parte la corriente natural por la que podría haber fluido Joyce, surgen otras vías de agua de gran interés. Ya en 1926, Vicente Risco escribe en la revista en gallego Nós —que dirigía— una serie de artículos de claro matiz reivindicativo dedicados a la moderna literatura irlandesa.* Hermana la lucha de los pueblos gallego e irlandés y ofrece una magnífica introducción a Joyce siguiendo a Larbaud y mejorando incluso algunas apreciaciones de Marichalar. Solo cuatro meses después (Nós, 15-8-1926) Ramón Otero Pedrayo vierte al gallego varios fragmentos de Ulises pertenecientes al penúltimo capítulo («Itaca»), escrito en forma de catecismo, en el que se narra la llegada de Bloom a su casa en compañía de Stephen Dedalus, y otros pasajes del capítulo 12 («El cíclope») con una sátira del nacionalismo irlandés, curiosamente. Diferentes autores han intentado conjugar la reivindicación del espíritu celta de Nós con el claro antinacionalismo de Joyce aduciendo que en ambos casos era, en fin, la lucha de un pueblo, pero cabe también interpretar simplemente una lectura equivocada de los gallegos. Sigue Otero Pedrayo con un artículo que pone de manifiesto el interés sostenido por Joyce, «Ulises na yanquilandia» (1927), en el que da noticia de la publicación de la edición pirata de la novela. En 1931 publica otro artículo, de más interés, «Ana Livia Plurabela» (sic) *. Vicente Risco escribe en Nós en 1929 «Dedalus en Compostela», una original ficción literaria que recrea la visita del personaje joyceano a tierras gallegas, pero después de la guerra, al tiempo que abjuraba de su galleguismo, se despacha con «El Ulysses fue más fuerte que yo»* (1954), donde describe desiertos de aridez, caminos de inanidad, fangales. En otro artículo califica a Joyce de «provinciano resentido».
Un cauce inesperado lo protagoniza el vanguardista y azote de las letras Ernesto Giménez Caballero. En 1927 publica en La Gaceta Literaria, tras un artículo de Ivan Goll, la que considera como la primera traducción en España de fragmentos de Ulises. Elige los párrafos iniciales del capítulo 4 («Calipso») con Leopold Bloom en la cocina de su casa y saliendo a comprar un riñón para el desayuno. No era la primera traducción y la reacción de los gallegos no se hizo esperar, como ha estudiado César Antonio Molina en Prensa literaria en Galicia (1809-1920) (1988) y recogemos en nuestra selección de textos.* A este respecto podemos precisar que, en puridad, los primeros fragmentos de Ulises vertidos a una lengua hispánica, Borges incluido, fueron los traducidos en 1924 por Marichalar para su artículo de Revista de Occidente, de los dos capítulos finales. En 1928 Giménez Caballero lanzó un número especial de La Gaceta titulado «Catolicismo y Literatura» donde trata a Joyce desde esta nueva perspectiva. Se ha señalado que el libro de Giménez Caballero Yo, inspector de alcantarillas (1928) constituye el primer intento de asimilar a Joyce en las letras españolas. El particular ombliguismo de Gecé terminó por cegar esta corriente vanguardista para abordar a Joyce.
En Cataluña hay menciones a Joyce en la prensa ya en 1921, una traducción de tres poemas de Chamber Music en 1924, comentarios y textos críticos. En febrero de 1926, Josep Millàs-Raurell, en D’Ací i D’Allà, traduce por primera vez en España un relato de Dublineses y, al final de ese mismo año, Ignasi Armengou publica un breve ensayo. «La trascendencia y las motivaciones para la difusión de Joyce en Galicia no siguen un paralelismo en Cataluña», escribe Antonio Raúl de Toro en el catálogo de la exposición celebrada en el Círculo de Bellas Artes en 2004: «En el primer caso estamos ante una respuesta ideológica y literaria, y en el segundo ante una preocupación estética fundamentalmente». Josep Plá, en febrero de 1927, firma en La Publicitat un artículo, «James Joyce»,* en el que analiza al autor y afirma que su obra representa «una inmersión dentro de la realidad de primer orden». Lluis Montanyà publica en la revista vanguardista Hèlix «Primeres notes sobre Ulysse»* (1930), artículo al que acompaña la traducción catalana de varios fragmentos que firma con pseudónimo el eclesiástico Manuel Trens. El papel precursor en Galicia de Vicente Risco lo va a ejercer en Cataluña Juan Ramón Masoliver, uno de los grandes analistas e impulsores del irlandés y sus técnicas narrativas. A diferencia de Risco, que renegó, Masoliver desarrolló una labor incansable de difusión de Joyce, al que conoció en París en 1930, un encuentro que relató en 1942 y recreó cuarenta años después en «Etopeya de un gigante que se hizo hombre».* Es el tercer español que conoció a Joyce —con Marichalar y César Abín—, además de Gonzalo Torrente Ballester, que le atisbó en París en 1936, y del (des)encuentro con Eugenio D’Ors que veremos más adelante.
La Guerra Civil española barrió cualquier iniciativa literaria, pero no está de más recordar que el desinterés por la obra de Joyce es anterior. La muerte del irlandés, en enero de 1941, llega a España «entre los intervalos de la fusilería», como dice la prensa. La mayoría de los periódicos ni siquiera recoge la noticia. Ya publica un despacho de EFE que no llega a las cincuenta palabras. Solo Arriba le dedica un comentario más largo en el que afirma que Joyce residió en Madrid en 1916 y señala incluso su domicilio: el número 88 de la calle Mayor, la casa del atentado contra Alfonso XIII en 1906, hipótesis poco verosímil pero sugerente para cualquier fábula literaria (Marichalar ya colocó a Joyce en Madrid). Al terreno de la imaginación desatada pertenece el artículo de Álvaro Cunqueiro en el mismo periódico unos días después, «Otro hombre muerto»,* que sitúa al fallecido entre leyendas, fábulas y alquimistas. Un desatino es el de Cristóbal de Castro en Vértice, confundiendo obras y afirmando que Joyce vivió de niño en Suiza con sus padres.
La absoluta falta de rigor en las escasas ocasiones en las que se trata a Joyce es la tónica de los primeros años cuarenta, a la que cabe señalar la excepción del artículo de Masoliver en Destino «Breve recuerdo de James Joyce»* (noviembre de 1942) donde recuerda su encuentro con Joyce que ya hemos mencionado. También de excepción pueden tildarse dos traducciones: la del último relato de Dubliners , «Los muertos», en una colección de libritos de pequeño formato (editorial Grano de Arena, Barcelona, 1941, no consta el nombre del traductor), y la del libro completo, traducido por Ignacio Abelló con el título Gente de Dublín (Tartesso, Barcelona, 1942). Ambas tienen algún eco en la prensa. El semanario madrileño Tajo publica, en enero de 1941 y como homenaje al fallecido, la caricatura de Joyce en forma de interrogación hecha en 1932 por César Abín, que había regresado a España.
Concluida la segunda guerra mundial es necesario rectificar el rumbo y los editores españoles inundan el ansioso mercado lector con redescubiertos talentos ingleses y norteamericanos entre los que a menudo se cuela Joyce. Ricardo Gullón es el autor de un libro memorable, Novelistas ingleses contemporáneos (1945), en el que trata autores cuyos libros estaban prohibidos o simplemente no existían. De Joyce, uno de ellos, traza un certero perfil en uno de los capítulos, actualizando vida y obra: «James Joyce en la encrucijada».* Antonio Marichalar se encarga de prologar esta obra, con un artículo que, como hiciera en los años veinte, había publicado antes en una revista, en este caso Escorial. Si entonces mostró su entusiasmo por las nuevas corrientes narrativas que Joyce representaba, ahora se refiere al cambio operado en la predilección de sus lecturas y repliega su labor crítica del siglo XX a los siglos XVI y XVII. Hablando del último libro de Joyce desliza el comentario de que ha permanecido «ayuno de lecturas, como antes de recibirlo». Desde luego el ejemplar de Finnegans Wake que le mandó la editorial Faber & Faber y custodia la Academia de la Historia, está intonso. En 2004, para la exposición del centenario del Bloomsday, se buscó en España un ejemplar de la primera edición de Ulises publicada en París en 1922 sin encontrarlo en biblioteca o colección alguna. Años después, el cantante Joaquín Sabina adquirió a un anticuario una de estas copias, al parecer firmada por el autor.
Posiblemente Gullón no pretendía más que poner orden en la avalancha y responder a una demanda, pero abrió la caja de los truenos. Comentando a los novelistas de Gullón, José Luis López Aranguren afirma (El Español, 11-5-1946):
Superintelectualista también, pero cerradamente introvertido e indescifrable es James Joyce, sagazmente leído en España por Antonio Marichalar, perito en literaturas de élites. Entrar en él es como colarse en un salón sin haber sido invitado. Por algo sus herméticas labores de mosaísta, como las llama Valery Larbaud, fueron lectura preferida de ese monde guarnido por el doble atavío de la alta cultura y de la alta costura. Novelas de Joyce que junto a las coprografías de Lawrence y los chismes de Huxley —Pequeñeces en gran estilo— y los filosofismos de Spengleros y Keyserlingos —Keyserling el que estos días «ha acabado de morir»—, han servido de catecismo y breviarios laicos a las snobs europeas y americanas de nuestro tiempo. Claro que en Joyce y sus discípulos no se trata propiamente de filosofía, sino de psicología o, a todo tirar, de fenomenología. Mas por ese exotismo para iniciados y porque es ingrata, vana y aún deletérea la tarea de operar intelectualmente sobre la inteligencia misma —pescadilla mordiéndose la cola—, no nos detendremos más en él.
Truenos y rayos usa Eugenio D’Ors en el artículo que dedica a Joyce en su leída sección de Arriba «Novísimo glosario»,* también al hilo del libro de Gullón. Le conoció en la trastienda de la librería parisina de Adrienne Monnier, recuerda, y era, en efecto, «hombre de mucha trastienda». Se disputaban, según D’Ors, el favor de Valery Larbaud, que se había comprometido a traducir a ambos. El médico prescribió al francés que dejara el «galimatías» de Ulises, pero poco después le aconsejó que dejara también la traducción del español, «de lo cual salió un enredo editorial de mil diablos». Don Eugenio, que había intentado entonces cuatro o cinco veces leer la famosa obra sin conseguir pasar de una quinta o una cuarta parte, arremete contra los admiradores que tratan de genial la ocurrencia de Joyce de llamar al río Stoke río Stuck y habla de monstruosidad y, en el fondo, infantilismo. D’Ors se declara dispuesto a apechugar con páginas que llenan el físico o el matemático del álgebra más dura de pelar, pero la propuesta de Joyce le recuerda al paleto cuando entra en el Palacio de los Espejos, en el Laberinto o en la Exposición de la Risa: «Se sale donde se montó, y mareado, y con dos reales menos».
Es la exacerbación de la tendencia apuntada ya antes de la guerra y que perdurará hasta entrados los años sesenta. Pérez de Ayala y Risco, entre otros, no hacen más que insistir en el laberinto joyceano, pero no en el de Marichalar sino en el del paleto en la feria de D’Ors. Quedan clamando en el desierto algunas voces, generalmente desde el extranjero o el ámbito universitario, como las de Mariano Baquero Goyanes y Gonzalo Torrente Ballester. Este último lo dice muy claramente en 1948: «La crisis formal representada por Joyce o por Proust carece de correspondencia en España»; «El novelista español se refugia en la originalidad y no ha resuelto los temas formales»; «En Cela no hay nada formalmente más allá del Lazarillo».
Hay que añadir que todo esto se produce ante la imposibilidad material de leer a Joyce. Un lector de Barcelona pregunta a comienzos de 1946 a Ínsula qué libros del autor existen, y obtiene la siguiente respuesta: la traducción de Dámaso Alonso está completamente agotada y es inencontrable [no se reeditará en España hasta 1963 y de nuevo en 1976, ya con el título definitivo Retrato del artista adolescente]; una editorial barcelonesa ha publicado Gente de Dublín; del drama Exiles, publicado en Argentina, han llegado algunos ejemplares a España; no han llegado, en cambio, de Ulises, también traducido en Argentina y editado por Rueda. Un año más tarde, en 1947, José Luis Cano comenta que por fin ha encontrado la famosa traducción de José Salas Subirat, pero no entiende el libro, le defrauda. Desvela también que Dámaso Alonso rechazó «años atrás» la oferta que le hizo una editorial española para traducir Ulises, como también renunció a la misma en su momento Antonio Marichalar. Jose María Guelbenzu, en sus recuerdos juveniles de Joyce, afirma que hubo de privarse de tabaco durante un mes para poder comprar la traducción argentina de Ulises («Artistas y lectores»,* 1991).
Las versiones argentinas entran con cuentagotas y su repercusión es escasa. Una joven y arrojada autora de la época, Mercedes Formica, enlaza a Joyce con José Suárez Carreño en una conferencia en el Ateneo en 1950, pero no quiere caer «en el snobismo de analizar a Joyce».* Por lo demás, sigue considerando a Ortega como el formulador de la novela moderna. Tanto Suárez Carreño como Luis Romero son relacionados con las técnicas joyceanas. Los dos tienen estrechos vínculos hispanoamericanos que les permiten ampliar su mundo narrativo más allá del pacato panorama español y los dos son galardonados con el Premio Nadal. El crítico Eugenio de Nora indica que tanto Las últimas horas como La noria —sus respectivas novelas— están bien concebidas, hábil aunque insuficientemente escritas, y su interés estriba más en lo que los autores olfatean que en lo que descubren. No está de más dejar escrito el nombre de Antonio Vilanova, jurado y tal vez artífice del Nadal de estos años, y autor de interesantes artículos que intentan abrir la novela española a las corrientes europeas. En 1954, otro Nadal, Francisco José Alcántara, habla de la honda impresión que le causó Ulises (ya no lo había leído fuera sino dentro de España) y Alejandro Núñez Alonso es colocado en la estela joyceana.
Pero el realismo llamaba a la puerta y se va a enseñorear del panorama narrativo durante la siguiente década, dejando a Joyce, eso sí, bien colocado en los altares de la literatura. A comienzos de los sesenta, en una de esas encuestas sobre las mejores novelas del siglo XX, eligen a Joyce: Camilo José Cela, Luis Goytisolo, Mariano Baquero Goyanes, Francisco Ynduráin y John Dos Passos; no lo eligen: Juan Antonio Zunzunegui, Torcuato Luca de Tena, Manuel Halcón y Álvaro Cunqueiro. En otra encuesta de la misma revista, La Estafeta Literaria, una de las más influyentes de la época, de los trece colaboradores habituales solo tres eligen a Joyce, pero once a Camus, ocho a Faulkner y cinco a Proust. Años después, Luis Romero declaró: «Los autores realistas se creyeron obligados a proclamar la validez de unos y el desprecio de los demás». Por su parte José María Valverde, futuro traductor de Ulises, insiste en lo que ya dijeran Torrente y Baquero Goyanes: «No se pueden saltar estaciones intermedias»; sin Joyce y Proust «la lectura de Green o de Faulkner será manca»; «O se entiende también a Joyce o no se entiende siquiera a Cervantes». Algunos, a través por ejemplo de la concepción del tiempo, intentaron en vano emparentar El Jarama de Rafael Sánchez Ferlosio con Ulises mientras caía el fuego graneado de los Risco, Pérez de Ayala y D’Ors.
Es sabido que del realismo nos saca Luis Martín-Santos con una novela que supone, según coincide la crítica, la integración de las técnicas de Joyce en las letras españolas. El crítico Antonio Vilanova fue el primero, en 1962, que estableció la relación entre Ulises y Tiempo de silencio. Afirma en Destino que el sentido crítico de esta última novela viene dado por «el tono displicente y sarcástico» que adopta en muchos pasajes y por el lenguaje deliberadamente culto, elusivo y perifrásico, lleno de tecnicismos científicos, expresiones metafóricas y giros enfáticos, rezumantes de sarcasmo. (…) Estilo que oscila de continuo entre el rapto poemático y el engolamiento paradójico y grotesco, evidentemente inspirado en el Ulises de Joyce, cuya primordial intención satírica y burlesca no le quita, sin embargo, belleza y expresividad.
No se trata de reducir el marco espacial y temporal y remedar el famoso monólogo interior, sino de la pluralidad de perspectivas, de estilos y de hablas y la reelaboración de la propia literatura, que ordena el desorden. Martín-Santos, que tanto atacó las tesis de la novela de Ortega, murió a los pocos meses y dejó a la novela en lo que un crítico definió como «un silencio inquietante».
Enseguida va a llegar el estallido de los autores hispanoamericanos para trocar la berza por la lluvia de ranas y hasta los grandes, con resultados diversos, se atreven a internarse en territorios ignotos. Solo en 1969, Camilo José Cela —que había elogiado un par de años atrás a Joyce: «A los cuarenta y cinco años del Ulises»—* publica San Camilo, 1936; Miguel Delibes, Parábola de un náufrago y Jesús Fernández Santos El hombre de los santos. Un poco antes ha descollado Germán Sánchez Espeso con Experimento en génesis (1967); escribió en 1991: «Quizá fue Joyce mi verdadero maestro. Lo leí cuando yo era casi un adolescente. Quizá su forma de concebir la Literatura fue el propio retrato de mi forma de concebir el Arte, quizá la primera lectura de Joyce fue el propio retrato de mí mismo, el retrato de un artista adolescente». Pero sobre todo Juan Goytisolo con Señas de identidad (1966), «novela llamada, con Tiempo de silencio», escribe Manuel Vázquez Montalbán, «a presidir la renovación narrativa española, totalmente desarbolada por la invasión de los bárbaros: García Márquez al frente de los ostrogodos, y Vargas Llosa al frente de los vándalos». Este último se ha referido en varias ocasiones a sus lecturas y experiencias con el autor irlandés, como recogemos de forma detallada en este dosier.* Goytisolo, por su parte, es uno de los más firmes valedores del irlandés y su relación se remonta a sus primeras lecturas, así lo recordó en su artículo para el catálogo de la exposición del centenario del Bloomsday: «Un territorio literario desconocido».* Su reivindicación es apasionada y militante; apunta en 1991:
Permanecer sordos a la propuesta literaria de Joyce es condenarse a no entender la modernidad ni la literatura de este final de milenio: repetir esquemas novelescos formalizados y estériles, producir en suma una obra muerta
—aunque una mayoría de lectores pasivos y críticos adocenados no lo advierta así y celebren por rutina ejemplos insignes de desastrosa e incontinente facilidad. Joyce —como Cervantes y Sterne— trastornó las reglas del juego y demostró que no se puede escribir novelas a partir de recetas y esquemas previos. La auténtica creación nace, al contrario, a partir de una rebeldía: el proceso incoado por el escritor a los cánones literarios que hereda.
Pere Gimferrer escribió con acierto que La saga/fuga de J.B. (1972) constituye «una de las contadas experiencias de la narrativa peninsular realmente afines al espíritu de Joyce». Torrente Ballester fue un rendido joyceano y en su biblioteca están no solo los libros del irlandés sino también algunas valiosas ediciones de bibliófilo. Según escribió en 1978, se le pasó en su día la traducción de Otero Pedrayo y llegó a Joyce, como casi todo el mundo en España, por Marichalar. Torrente rememora las tardes en el café intentando descifrar las páginas del Ulises mientras sonaba de fondo la orquesta de señoritas. Su pasión por conocer al personaje le llevó a colarse, gracias a la mediación de un amigo, en un estudio de París donde Joyce grababa fragmentos de Anna Livia Plurabelle. A lo largo de la producción periodística de Torrente pueden rastrearse sus desvelos, fracasos e incansables intentos de avanzar en la obra del irlandés, así como su interés y entusiasmo por él.*
Si los cuarenta habían sido años de vacío, los cincuenta de tímidas reivindicaciones en un ambiente de general hostilidad y los primeros años sesenta de hegemonía única realista, a partir sobre todo de 1966, con la conmemoración de los veinticinco años de la muerte de Joyce, se retoma el interés por el autor irlandés, con los primeros peregrinajes a Dublín, reivindicaciones varias —de Jesús Torbado a Terenci Moix, este último declaró en 1969: «Desearía con todas mis posibilidades en un futuro en el que esté más maduro, poder ampliar las experiencias de Joyce en Finnegans Wake»— y un creciente interés edi-torial que a partir de los setenta será una auténtica tromba. Solo entre 1970 y 1972 se publica más de una decena de libros de Joyce (Giacomo Joyce, Poemas-Manzanas, Escritos críticos, Dublineses, Música de Cámara, una reedición de El artista adolescente) o sobre el autor, así como trabajos divulgadores como el de Concha de Marco en El Urogallo.* Rara es la crítica o el ensayo que no recurre de una u otra forma al conglomerado joyceano como ejemplo máximo del experimentalismo.
Fue a comienzos de los años setenta cuando tuvo lugar la asonada de Juan Benet, uno de los episodios más singulares de este particular recorrido. En 1971 un comentarista señaló que, de pronto, y después de muchos años olvidado, Joyce acaba de ser descubierto por jóvenes y viejos escritores «como un susto». No era el caso de Benet, que conocía a Joyce desde hacía tiempo e incluso se lo había recomendado a los amigos, por ejemplo a Luis Martín-Santos, a quien le dejó su ejemplar de Ulises (a él se lo había proporcionado seguramente su hermano Francisco, que vivía en París, muy en contacto —las revoluciones literarias son cosa de cuatro— con José Suárez Carreño). A Benet no le gustó Tiempo de silencio y la crítica que hizo le alejó de su amigo: «Una novela con fondo de verbena y vida de pensión, y una puñalada: es costumbrismo puro, a lo Mesonero Romanos». En su intensa labor crítica, de agitación cultural y de inconformismo con los valores establecidos en los estertores del franquismo, Benet había arremetido contra Galdós, Balzac, Dostoievski, Cortázar y en general toda la novela del XIX. La siguiente presa estaba a la vista.
En 1970, el suplemento literario de Informaciones ya publicó un amplio extracto con el significativo título «Contra James Joyce» y poco después Benet declaraba a Triunfo: «Joyce es de segunda fila». En 1971 se publicó el famoso prólogo al libro de Stuart Gilbert El Ulises de James Joyce* en el que el autor de Volverás a Región anuncia que ha decidido hacer público su «caso de divorcio». Reconoce que no le ha dejado en paz y que le ha dedicado largas horas de meditación y estudio, pero que finalmente no satisface ninguna de las exigencias de su imaginación. Joyce es un «humorista», un «costumbrista» y un «escritor jocundo» que «busca la depuración mediante la sustitución de un sistema de ideas por un juego de palabras». Sus innovaciones son de tono menor, no son verdaderas aportaciones, además de que no tienen hondura, ni precisión en la exposición, ni excesiva novedad, ni demasiada expresividad. Conrad o Stevenson no tuvieron necesidad de romper los moldes explícitos de la narrativa clásica para lograr «una cabal representación de su porfía».
El artículo y el prólogo levantaron revuelo. Alguien habló de «ardor paulino» tras la caída de las cabalgaduras, muchos dijeron que no cabía entender a Faulkner sin Joyce y Cabrera Infante apostilló que Joyce es costumbrista de la misma forma que Faulkner es parroquial. El crítico Rafael Conte intentó atemperar la pasión benetiana: «Es emocionante ver a un creador de su clase buscar su propio clasicismo y proclamar de algún modo su divorcio de la vanguardia actual. Mientras ello no suponga un matrimonio con la retaguardia, todo irá bien».
A comienzos de los setenta se van incorporando al panorama patrio autores españoles que llegan del exilio con otra experiencia: «He leído sus libros en inglés. No hay todavía una buena traducción española», escribe Ramón J. Sender en la revista Destino en 1971.*
La obra de Joyce puede considerarse totalmente normalizada a partir de 1976, con la traducción por primera vez en España de Ulises a cargo de José María Valverde, en una edición de la editorial Lumen arropada por un prólogo que ayudaba a la comprensión del lector y cumplió, si bien con varias décadas de retraso, su misión divulgadora. Escribió Valverde en 1978, en un número monográfico de Camp de l’arpa:
Después del empeño crítico de la novela decimonónica, donde el hombre era o bueno o malo, o moral o inmoral, ahora el hombre puede quedar sentenciado simplemente como complacido en la mediocridad. Y ni siquiera con la virulencia ética con que Flaubert, traicionando su aparente esteticismo, fustigó la estupidez humana: aquí, todo se endulza en entrega al lenguaje. La tristeza y la sordidez se absuelven en palabra, a la vez tonta, divertida e irresponsable: revoloteando desde el olor de la uña del pie a la sublimidad de los espacios estrellados donde surge, como siempre, el amanecer con que termina Ulises.
Hace cincuenta años de la aparición de esta memorable traducción que a tantos nos marcó —siguieron otras cuatro más en español: Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas (Cátedra, 1999), Marcelo Zabaloy (El Cuenco de Plata, 2015), Rolando Costa Picazo (Edhasa, 2015) y Carlos Manzano (Navona, 2022)— y un siglo de la versión de Dámaso Alonso del Retrato del artista adolescente cuya influencia permeó a varias generaciones. Benet comenzaba su encendida proclama de 1971 vaticinando que, tras la pasajera moda del momento, Joyce volvería a las estanterías arrinconado hasta la víspera del 16 de junio de 2004 (centenario del Bloomsday) cuando subiría un peldaño más en la escala de las estanterías para «gozar por fin del sueño eterno». Superada esa fecha con creces, seguimos enmarañados en el laberinto joyceano.
Sobre este dosier
En este monográfico reunimos algunas de las opiniones más relevantes sobre Joyce, varias de críticos esenciales, como Antonio de Marichalar, Lluis Montanyà, José Ramón Masoliver, Ricardo Gullón o Francisco García Tortosa, pero sobre todo de autores de diferente épocas y tendencias. No es, por supuesto, una lista exhaustiva, solo pretende ser ilustrativa. Recomendamos tener muy en cuenta en todas las ocasiones la fecha de publicación de cada una de estas contribuciones para valorarlas adecuadamente en su contexto. Precisamente por esa razón hemos colocado los textos por orden cronológico, con la única excepción de agrupar los que un mismo autor escribió en distintas fechas (Risco, Masoliver, Torrente Ballester, Vargas Llosa, García Tortosa y Muñoz Molina). Con esta excepción —relativa, pues el conjunto de cada uno de ellos se sitúa en el lugar más coherente con su cronología— se intenta, lógicamente, no separar las aportaciones de un mismo autor y, en varias ocasiones, poner de relieve la evolución de sus opiniones, tanto las que proceden de la reflexión a lo largo de años como las que parecen forzadas por las circunstancias históricas. Pero cada caso tiene sus particularidades.
Los dos textos de Risco son quizá los que muestran de forma más evidente las aplastantes consecuencias de un radical cambio de circunstancias histórico-político-culturales: de la ya comentada precocidad en el genuino interés por conocer y comprender un fenómeno estético radicalmente vanguardista en 1926 al escueto rechazo sin matices en 1954. La fecha para ubicar ambos textos es, evidentemente, la primera.
También los importantísimos testimonios de Masoliver, cuya proximidad personal e intelectual a Joyce ya ha sido relatada, han de situarse en la fecha del primero, 1942, pues el segundo, de 1982, lo que hace es evocar y detallar, muchos años después aquella doble relación que se inició en 1930 y sus grandes repercusiones para el entonces joven escritor catalán.
En el caso de Torrente Ballester, especialmente destacado en este tema incluimos cinco textos que dedicó a Joyce entre 1976 y 1991. Recogemos íntegro el único artículo que dedicó especialmente al tema y lo complementamos con cuatro interesantísimos fragmentos de otras fechas.
Los textos de Vargas Llosa, distintos y complementarios entre sí, se reúnen en el lugar más congruente desde el punto de vista lógico y cronológico. Llama la atención que los dos que fueron escritos por él, y publicados en las distintas ediciones de sus obras, están centrados en el primer libro de Joyce, Dublineses. La importante conversación con Raúl Tola sobre el Ulises está grabada y disponible en internet (v. anexo, «Créditos y derechos»); esta es —que sepamos— la primera vez que se transcribe y publica.
Esta poliédrica visión joyceana que hemos querido presentar se completa con una gran cantidad de aportaciones en el último medio siglo, entre las que hemos seleccionado —no sin dificultad, por la gran cantidad de textos publicados en este período—, además de las ya mencionadas, las de María del Carmen Soler, Javier Marías, Mariano Antolín Rato, Manuel Rivas, Francisco Umbral, Julián Ríos, Enrique Vila Matas, Antonio Muñoz Molina, Eduardo Lago y Anna Caballé.
[1] Remito, para un tratamiento más detallado de todos estos temas, a mi libro: La recepción de James Joyce en la prensa española (1921-1976), Sevilla, Universidad de Sevilla, 1977, y al catálogo de la muestra Joyce en España, Madrid, Círculo de Bellas Artes, 2004.
[2] El asterisco (*) indica que el artículo o fragmento referido se reproduce en la antología que sigue a esta introducción.





