Joyce en España. Introducción

Joyce en España. Introducción

Sabemos que James Joyce era aficionado a la numerología y a la astrología y daba a las fechas, especialmente a su cumpleaños, un poder mágico. Así, su empeño de tener en sus manos el primer ejemplar impreso de Ulises el día que cumplía cuarenta años supuso un nuevo quebradero de cabeza para su abnegada editora Sylvia Beach. Descartadas otras fórmulas de envío por inseguras, el revisor del tren expreso de Dijon entregó en París a la editora un paquete con el famoso libro de portada azul a primera hora del 2 de febrero de 1922. También un 2 de febrero (de 1914) se publicó en The Egoist la primera entrega del Retrato del artista adolescente, un 2 de febrero (de 1929) se presentó la traducción francesa de Ulises y el mismo día del año 1939 recibió el primer ejemplar de Finnegans Wake. El 2 de febrero está fechada la carta de destacados escritores de todo el mundo en protesta por la edición pirata de Ulises en Estados Unidos. Firman el manifiesto los españoles Azorín, Jacinto Benavente, Ramón Gómez de la Serna, Juan Ramón Jiménez, Antonio Marichalar, Gabriel Miró, José Ortega y Gasset, Miguel de Unamuno y el mexicano radicado entonces en España Alfonso Reyes.

Los amigos de Joyce tuvieron muy en cuenta su cincuenta aniversario, a pesar de las difíciles circunstancias por las que atravesaba el autor (problemas de la vista y con el estado mental de su hija Lucía), y le ofrecieron una tarta con cincuenta velas y una reproducción de la portada de Ulises con otras diez velas encima. El regalo de sus amigos, entonces los más cercanos, Eugene y Maria Jolas fue un dibujo, una caricatura, para publicar en su revista transition —en la que habían ido apareciendo los primeros fragmentos de Work in Progress, luego Finnegans Wake— e hicieron el encargo a un dibujante español que trabajaba entonces con bastante éxito en París, César Jenaro Abín. Aunque se planteó en principio una caricatura clásica del escritor en su estudio rodeado de libros, Joyce quería que reflejara su verdadero estado de ánimo y mantuvo con el artista varios encuentros y conversaciones hasta que se logró el resultado apetecido por el irlandés. Un amigo le decía que asomado en una esquina para cruzar una calle parecía una interrogación y Joyce pidió que le pintara con esa forma. Otro amigo le llamaba payaso con la nariz azul y quiso que se le añadiera una estrella en la punta de la nariz para iluminarla. Debía notarse que estaba de luto y abatido —por la muerte de su padre— y sugirió el hongo negro y el número 13 inscrito en él. Las telarañas y los remiendos en las rodillas del pantalón habrían de mostrar su abandono y asomaría en un bolsillo un papel con la canción Let Me Like a Soldier Fall. El punto de la interrogación en la que iba a convertirse Joyce tenía que ser una bola del mundo donde solo se distinguieran Irlanda y Dublín.

Todo el proceso creativo se dio a conocer en la exposición Joyce en España, que se inauguró en junio de 2004 en el Círculo de Bellas Artes de Madrid —viajó luego a Santiago de Compostela y a Dublín— para conmemorar el centenario de una fecha que, por su parte, remite a un día que solo existe en la ficción: el 16 de junio de 1904. La reacción de Joyce cuando vio el resultado, que recordó Abín, merece destacarse: «He enseñado esta caricatura al dueño del bistró donde acostumbro a comer. No ignorará usted que los dueños de los bistrós son los mejores críticos de arte que existen en el mundo, y puedo decirle que la caricatura le ha satisfecho mucho».

En 2026 se conmemoran dos fechas cruciales en la recepción española de Joyce. Por un lado, el centenario de la primera traducción de una obra del irlandés, Retrato del artista adolescente, que tanta influencia tuvo en las letras españolas y de la que hablaremos más adelante; por otro, los cincuenta años de la primera traducción en España —que no en español— de Ulises, lo que supuso la normalización en nuestras letras de un legado literario que tantas y tan enconadas pasiones había levantado. En estas páginas ofrecemos muy diversos testimonios de distintas épocas y actitudes, por lo general de autores y no de críticos o académicos, textos que ponen de manifiesto la importancia y el interés suscitado por una obra que con demasiada frecuencia se despacha con un par de lugares comunes. Conviene siempre tener en cuenta la reflexión de Ricardo Gullón, uno de los principales estudiosos de la influencia de Joyce en las letras españolas:

«Si no hubiera tanta y tan abismada verdad en el monólogo final de Molly Bloom en Ulises, o en las escenas de Retrato, parecería Joyce empecinado en obtener la perfección de lo artificial, pero esas páginas y otras semejantes aconsejan rehuir cualquier precipitado juicio y examinar cautelosamente el caso».[1]

Siguiendo el consejo de su amigo y valedor Ezra Pound, Joyce se instaló en París a mediados de 1920 dispuesto a dar el impulso definitivo a una obra que hasta entonces no había salido del ámbito anglosajón. Un año más tarde se quejó de que la prensa francesa no había publicado ni una palabra sobre él, pero el lanzamiento definitivo estaba a punto de llegar de la mano de Valery Larbaud, que se ofreció a dictar una conferencia que luego sería publicada en la Nouvelle Revue Française. Había conocido a Joyce a finales de 1920 y leído los capítulos de Ulises publicados en The Little Review. Las interminables correcciones del irlandés en su obra retrasaron los planes hasta que a comienzos de diciembre de 1921 tuvo lugar la conferencia, que fue publicada en abril de 1922 por la prestigiosa revista francesa. Larbaud tenía gran predicamento en España, de donde acababa de regresar después de una larga estancia en la que tradujo a Baroja, Miró y Gómez de la Serna, fue traducido por Enrique Díez-Canedo y se relacionó con el grupo de Ortega. El entusiasmo con el que Larbaud —«ese gran humanista europeo» y «corredor de bolsa literario» que aconseja sobre los valores en alza, como le calificó la prensa española— anunció la llegada de Joyce, fue rápidamente advertido en nuestro país.

No fue la primera mención a Joyce en España, podemos rastrear su nombre en un artículo de Ezra Pound que publicó la revista bilbaína Hermes en 1920 o, posteriormente y de más entidad, en las informaciones de Douglas Goldring, corresponsal en Londres de la revista La Pluma que dirigían Manuel Azaña y Cipriano Rivas Cherif, ambos, por lo demás, nada proclives a la revolución joyceana. El colaborador londinense da noticia de la inminente publicación de Ulises y de su «significación histórica». También sabemos que Enrique Díez-Canedo tenía entre sus papeles varios números de The Little Review con capítulos de Ulises, pero no consta que despertaran su interés. El aldabonazo de Joyce en España llegó a través de Larbaud, que en su artículo iniciático consagró la lectura hermenéutica de Ulises en clave clásica y estableció la significación del orden del mito en el desorden contemporáneo, interpretación ampliada y mejorada posteriormente por T. S. Eliot. Antonio Marichalar, marqués de Montesa, iba a ser quien tomara a su cargo trasladar al lector español el fenómeno literario que conmocionaba Francia. En dos artículos publicados en Los lunes de El Imparcial en 1922 —uno de ellos dedicado precisamente a Larbaud— ya señala, si bien al paso, la relevancia de Joyce. Para ilustrar el ensayo sobre el irlandés que se proponía abordar, escribió a la editora y librera Sylvia Beach solicitándole un retrato del escritor, que fue la primera imagen de Joyce publicada en España.

El trabajo de Marichalar, «James Joyce en su laberinto»,* se publicó en el número de noviembre de 1924 de la Revista de Occidente, un extenso artículo de 26 páginas que constituye una pieza esencial en la recepción de la literatura moderna en nuestro país.[2] Parte de las leyendas sobre los potentados que paraban su Rolls en la librería parisina Shakespeare & Company para adquirir en secreto un ejemplar de Ulises, traza un detallado esbozo biográfico sin ahorrar polémica alguna y describe las técnicas literarias innovadoras, como la manipulación del ritmo y el tiempo y, sobre todo, el monólogo interior. Un laberinto que constituye una arquitectura perfecta, afirma Marichalar, que traduce algunos pasajes de Ulises para mostrar la escritura del irlandés. En carta que le escribe Sylvia Beach para agradecerle la publicación del artículo, le anuncia que le va a enviar una copia de Ulises firmada por el autor —que se guarda entre los papeles del marqués de Montesa en la Academia de la Historia—. Se trataba de la primera aproximación a Joyce en nuestras letras, aunque a miles de kilómetros, en Buenos Aires, Jorge Luis Borges se declara, precipitadamente, «el primer aventurero hispánico que ha arribado al libro de Joyce» en un artículo publicado en enero de 1925 en la revista Proa con la traducción de la última página de Ulises, un trabajo memorable en la recepción de Joyce. Confiesa no haberlo «desbrozado» en su totalidad, como se dice que conocemos una ciudad aunque no se hayan recorrido todas sus calles y barrios, y escribe:

Su tesonero examen de las minucias más irreductibles que forman la conciencia, obliga a Joyce a restañar la fugacidad temporal y a diferir el movimiento del tiempo con un gesto apaciguador, adverso a la impaciencia de picana que hubo en el drama inglés y que encerró la vida de sus héroes en la atropellada estrechura de algunas horas populosas.

Ortega bautiza a la nueva criatura literaria en La deshumanización del arte (1925), cuando cita a Proust, Gómez de la Serna y Joyce como ejemplos de superación del realismo a base de extremarlo. Desarrolla los casos del francés y el español y solo menciona al irlandés, al que muy probablemente no había leído, pero el nombre queda registrado en un ensayo de enorme transcendencia. Marichalar había anunciado a Sylvia Beach que, tras el artículo de Revista de Occidente, estaba en marcha una traducción de A Portrait of the Artist as a Young Man y que su artículo en la revista sería el prólogo, lo que celebra la editora en su respuesta. Le comenta Beach, en febrero de 1925, que Joyce estaba encantado con el artículo y quería agradecérselo personalmente, pero se lo impedían las operaciones oculares a las que se estaba sometiendo. Solo un día más tarde, sin embargo, el 4 de febrero de 1925, está fechada la carta que Joyce dirigió al crítico español —en francés y manuscrita— y encontramos en 2004 en el legado de Antonio Marichalar que custodia la Real Academia de la Historia y se reproduce íntegra en la página 34. Joyce se queja de sus problemas oculares, le agradece su trabajo, que ha podido descifrar gracias a su conocimiento del italiano, y se muestra dispuesto a remitirle las correcciones oportunas que le solicita del artículo para el prólogo de la edición española de A Portrait…, aunque su salud finalmente se lo impidió. Larbaud, por su parte, sí que matizó algunos detalles menores del artículo de Revista de Occidente que fueron corregidos por el marqués de Montesa. Una inquietante diferencia entre ambos textos es que en el artículo original se afirmaba que Joyce había residido en varias ciudades europeas, entre ellas «acciden-talmente» en Madrid, dato que desaparece del prólogo en el que, sin embargo, se añade una descripción del autor irlandés que permite deducir un encuentro de am-bos, probablemente en París:

El propio James Joyce, envuelto en su pueril chaquetilla cebrada de azul, tiene, personalmente, un indudable aspecto protervo y luciferino: ojos vidriados y que se dirían polifacéticos, barbilla encendida, sonrisa circunfleja —a la vez retenida y atrayente— cordial…

Más allá de estas curiosidades metaliterarias, lo importante es destacar que solo dos años después del germinal artículo de la Revista de Occidente se publica en la editorial Biblioteca Nueva la primera traducción al español de A portrait… en este caso con el título El artista adolescente y con el prólogo de Marichalar. Así se refiere un joven lector y futuro gran joyceano, Gonzalo Torrente Ballester, al acontecimiento:

El prólogo, además, escrito por Marichalar, hombre que tanto sabía y que tan bien conocía las literaturas anglosajonas, me descubrió un mundo y un personaje de quien no tenía idea, y unos hechos estéticos y humanos que, entre nosotros, conocía poca gente, unos pocos iniciados, como si dijéramos.*

Rosa Chacel, otra devota joyceana, recogió este recuerdo en un artículo que se publicó tras su muerte (El País, 30-7-1994), un repaso sobre su trayectoria artística:

Yo, al casarme, en el veintidós, me había ido a Roma; sólo en Ultra había publicado un relato brevísimo y durante casi seis años no volví ni puse siquiera una postal a mis amigos. Fue exactamente en el momento de mi marcha, cuando me aventuré en la bifurcación del camino. Poco antes de marchar cayó en mis manos el Retrato del artista adolescente de Joyce que significó para mí el descubrimiento de la poesía en la prosa. Esto no está claro porque no existe una sola línea de lo que se ha llamado prosa poética: todo lo contrario, su prosa es escueta y dura, precisa, ceñida a lo necesario, pero un clima de libertad —concepto tan peligroso, tan confuso que casi nadie sabe lo que quiere decir— era originado por la visión selectiva del autor. No hay, en lo que la obra tiene de relato, nada fuera de los hechos más comunes, pero sobre ellos y, más aún, dentro de ellos, porque la visión no es nunca externa, sino ahincada en lo más entrañable, el ojo que los enfoca, los señala, valorando breves zonas inexploradas. Aparecen allí novedades, esas novedades que luego, producidas a toneladas, hoy están revenidas y exhaustas, entonces eran virginales y solo admitían un denominar común, poesía, esto es quintaesencia de la realidad libre, y secreto proceso de vivir cotidiano. La amplitud de su radio de acción era inmensa, en su ámbito todo estaba permitido. Tengo que recalcar la fecha, 1920 o 1921, entonces todo está permitido todavía no era un eslogan ni un lamento de escándalo: era, simplemente, un hecho positivo.

Cuando se trata de resumir en pocas palabras casos complejísimos —seguramente hay quien lo hace muy bien, pero yo confieso que no sé sintetizar—, cuando trato de hablar de mil cosas en dos palabras, siempre temo que queden bruscamente destacadas como si saltasen unas a otras sin transición. Los fenómenos que nos importan de veras nunca proceden así. Si ahora marco con esta obra que apareció —para nosotros aquí en España— en el veinte, representó la novedad, la innovación eficientísima […].

Aunque probablemente le bailan las cifras —la edición definitiva de Jonathan Cape de A Portrait… es de 1924, así como la traducción francesa; la española es dos años posterior— la militancia joyceana de la autora ha sido reiteradamente puesta de manifiesto. En una entrevista en 1971, tras su regreso, declaró: «El padre de todo fue Joyce», y en 1977 dictó dos conferencias, «Sendas perdidas de la generación del 27»,* en las que profundiza en la influencia del irlandés en su obra.

La traducción fue llevada a cabo por un joven Dámaso Alonso, que había obtenido en 1921 la licenciatura de Filosofía y Letras y realizaba entonces una estancia como lector en la Universidad de Cambridge (Inglaterra), que duró de 1924 a 1926. Para no herir la sensibilidad católica de su entorno, sobre todo de doña Petra, su madre, firmó con una trasposición de su nombre, Alfonso Donado, lo que no encerraba gran secreto ya que en varias notas de la época se le cita abiertamente con su nombre. Alonso se dirigió al autor para pedirle que le aclarara algunos términos, aunque en varias ocasiones optó por seguir su criterio en vez de ceñirse a las indicaciones. Joyce le remitió una carta —escrita a máquina y con firma autógrafa— fechada el 31 de octubre de 1925 en la que aclara dudas, acepta la traducción de «adolescente» en vez de «joven» para el título y remite, con carácter general, a la versión francesa para cualquier duda.

La carta, que se conserva en el legado de Dámaso Alonso que custodia la Real Academia Española, se dio a conocer en los volúmenes de correspondencia de Joyce publicados por Richard Ellmann, a diferencia de la que dirigió a Marichalar unos meses antes, de la que no se tuvo noticia hasta 2004. Parece una respuesta a Dámaso Alonso correcta, pero de compromiso —le dice, por ejemplo: «Eso tradúzcalo palabra por palabra. Ni significa ni se pretende que signifique nada»— mientras al marqués de Montesa le trata con camaradería. Un par de años después, Marichalar será el encargado de recabar las firmas de los autores españoles más eminentes en protesta por la edición pirata de Ulises en Estados Unidos (que hemos enumerado más arriba).

Joyce, en España, tuvo una temprana y atenta recepción como hemos visto, con una de las primeras traducciones de su obra, pero la reacción que suscitó entre los grandes escritores de la época fue de indiferencia si no de abierto rechazo. El primer ejemplo está en la nota que en la Revista de Occidente (septiembre de 1926) escribió Benjamín Jarnés, destacado exponente de la literatura deshumanizada, a propósito de la traducción de Dámaso Alonso. «Es como recorrer un Museo para anotar el duro gesto de los guardias o la angostura del pasillo», escribe Jarnés. «En el largo pleito del Arte», sentencia, «entre el afán por cristalizar la materia para hacerla entrar en morada de eternidad, o el de dejarla vibrar libremente, aunque rompa sus fanales, Joyce prefiere lo segundo». El irlandés no encajaba en los presupuestos estéticos imperantes de sus coetáneos españoles. Hay autores, como Valle-Inclán, con el que se estableció un paralelismo sugerente (Leopold Bloom por las calles de Dublín y Max Estrella por las de Madrid), hábilmente desarrollado por Darío Villanueva («Valle Inclán y James Joyce», Universidade da Coruña, 1994), aunque sin evidencia alguna de que el gallego conociera o se interesara por la obra del irlandés, además de que no figura en la lista de firmantes hispanos de la protesta internacional por la edición pirata de Ulises. Sí la firmaron Unamuno, Azorín y Gabriel Miró, que se interesaban y experimentaron en mayor o menor medida con el monólogo interior que el irlandés puso de moda. Con Joyce compartió Pío Baroja una preocupación por el estilo y un uso también de diversas fórmulas para la voz interior, pero, como escribió el crítico Domingo Pérez Minik, mientras el vasco «se paró, repitió o conservó», el irlandés se lanzó «a la más extraordinaria hazaña narrativa que ha conocido el mundo después de Cervantes». En sus memorias, Baroja dedica a Joyce los siguientes apelativos: dislocado, absurdo, incomprensible y disparatado. Bergamín, por su parte, escribe en Cruz y Raya que Ulises es ejemplo del «último empeño» de una generación «del más inhumano individualismo». No hay constancia de que Gómez de la Serna, acaso el más afín, se sintiera concernido. Sylvia Beach, cuando pide ayuda a Marichalar para recabar firmas de apoyo a la protesta internacional, insiste: «especialmente Ramón». Francisco Umbral escribió en Ramón y las vanguardias (1978) que tal vez no leyera a tiempo a Joyce y a Proust.

El único autor de entidad que se interesó por Joyce fue Ramón Pérez de Ayala. Aunque su reflexión es posterior a la Guerra Civil —varios artículos publicados en ABC en los años cincuenta—,* confiesa que leyó al irlandés tempranamente y redobló su atención a partir del artículo de Marichalar. Las semejanzas entre A.M.D.G. (1910), donde narra su infancia en un internado jesuita, y Retrato… son evidentes, incluso recoge en esta novela el mismo cuento infantil que Joyce en El gato y el diablo (1964). Confiesa Pérez de Ayala que, en una estancia en Estados Unidos en 1919, por recomendación de un amigo leyó fragmentos de Ulises publicados en The Little Review. Despertaron en él «cierta preocupación estética y literaria», pero le pareció difícil que llegaran a ser tomados en serio. Si alguien le hubiera dicho que, pasados los años, Joyce habría de devenir «en el más descomunal genio literario que vieron los siglos» le habría tratado de imbécil, lo que demostraba que el imbécil, a la sazón, era él: «Pero lo más grave es que continúo imbécil contumaz, puesto que sigo opinando de la propia suerte que entonces». Pérez de Ayala es un espíritu clásico al que irritan especialmente la ruptura del lenguaje y las corrupciones léxicas que ya usara Marichalar para ilustrar la prosa joyceana.

 

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