En Zúrich, con una venda negra sobre los ojos muertos, ha rendido su alma el irlandés James Joyce. «¡Soñemos como Andrómeda amarrada a su roca!», había escrito. Oyendo la Divina Comedia recitada por voces amigas, Joyce que con Dante creía que el hombre es el horizonte entre la Naturaleza y Dios, y como Dante era «un humanista estético» — utilicemos la expresión del jesuita Walsh—, vivía como el ave y el pez de la Escritura, cuyos caminos se ignoran. Nos hallamos ante un largo monólogo, y si todo alquimista me despierta la idea de una gran fiebre constructora, este alquimista irlandés, las desnudas raíces de su cuerpo en la isla legendaria, une a la fiebre la desesperación y la angustia. De su Irlanda natal arrastra las lentas fábulas, cuya pormenorizada e imprecisa geografía transforma en laberinto cada paso, y la esperanza, más fabulosa todavía, que las fábulas, de que el misterio se eternice en el hombre. Este amigo de los muelles, de las estaciones, de los fríos andenes, de las largas avenidas, de las ruinas y las nieblas, monologaba, intentando atraer a la caverna de su sueño las palabras y las estrofas de este confuso, hermoso y aterrador poema que llamamos vida. Eternizando el sueño y el misterio, Joyce eternizaba el hombre, el hombre temporal, las veinticuatro horas del hombre o, simplemente, la oscura noche. Earwicker, en su sueño simbólico, rehace la historia de la Humanidad. ¿Avanza o retrocede? ¿sabe alguien dónde la idea y el sueño son humo y el humo certeza y vigilia? Con sabiduría enseñó Ser Bruneto Latino a Dante: «m’insegnarete como l’uom s’etterna». Sabiduría, esto es, concordia de belleza y gracia, orden e impulso, lo nuevo y lo viejo.
El antiguo alumno de los jesuitas, lector de Dante, enamorado de Florencia y Roma se planteaba a sí mismo los problemas del hombre desnudo. Y en Finnegans Wake habrá de responderse que, cual nuevo Adán, no consigue vencer el dolor que le revuelve las entrañas: Como Stendhal en la Santa Croce florentina gusta de las Sibilas que pintó Volterrano. En el canto del Dies Irae, como en la Divina Comedia, en las pinturas del Volterrano, los monstruos herméticos y abisales asoman al alma de Joyce. Stendhal confiesa haber salido embriagado de Santa Croce: la vie était épuisée chez moi, je marchais avec la crainte de tomber. Joyce las reconoció. También en el Donegal, ese paraíso perdido de las leyendas, una mano huesuda y pálida alza la piedra escrita de los misterios, «runa, número y adivinanza», que Arnold explica en su Celtic Literature. Amargo y luminoso, limón del Norte, infantil y antiguo, Joyce se muere sin haberse explicado nada importante a sí mismo, habiendo escrito lo que Dante, su amigo, «la ventana abierta», «questa moderna favella», llamando jerga a esta literatura.
¿Y para el futuro de la novela? Digamos que las novelas de Joyce —que intentó el primero entre los modernos, conciliar idealismo y realismo— no son novelas, ateniéndonos estrictamente a clasificar géneros literarios. La mística tampoco es un género literario. Joyce ha ido ahora a montar su campanario en el mundo cuyas puertas golpeó, alucinado, desde la angustia profunda de su residencia en la tierra, con esas oraciones, sueños y relatos que fueron publicados en volúmenes con el subtítulo de «novela».





