La excentricidad como imagen de la voluntad 

Ref.: Geminello Alvi (2025): Excéntricos, Barcelona, Acantilado [192 pp., 18.00 €. Traducción de José Moreno]. 

 

 

 La excentricidad es un «concepto complejo o denso» (thick concept), ya que combina una descripción fáctica (lo que el concepto es) con una dimensión evaluativa o normativa (un juicio de valor sobre el mismo). Es decir, no solo describe cómo es algo, sino que también lo valora desde una perspectiva ética («cruel» o «valiente»), estética («elegante» o «ridículo») o epistémica («sabio» o «dogmático»). La palabra «excéntrico» proviene del latín medieval excentricus, «fuera del centro» (del griego ek-kentron), y aparece por primera vez en un diccionario técnico francés de astronomía y geometría publicado en 1375. El término «excentricidad» se acuñó dos siglos más tarde, en 1562. En sus orígenes, la excentricidad se asociaba a la astronomía, como el parámetro que determinaba el grado de desviación de la órbita de un objeto celeste respecto a una circunferencia perfecta. El Primer diccionario general etimológico de la lengua española de Roque Barcia, define la excentricidad como la «distancia del centro de la elipse a uno de sus dos focos; y así se llama excentricidad de un planeta o cometa la distancia que hay desde el centro de su órbita elíptica al sol, el cual ocupa uno de sus focos» (p. 617). En el siglo XIX, su campo semántico se amplió y el significado literal de la excentricidad como desviación de un centro se convirtió en una metáfora espacial de la conducta que se desvía de la norma, es decir, una desviación de la conducta general de la sociedad, lo que supuso una ruptura con las convenciones que sustentan la vida social. Como la metáfora se había convertido en una expresión común, ya no era necesario explicar sus orígenes astronómicos. Este cambio puede observarse, por ejemplo, en el Diccionario de Samuel Johnson (1785), que señala que los comportamientos irregulares y anómalos están «desviados del centro, por lo tanto, son excéntricos», y que esta es la imagen más fidedigna del ser humano: «Un hombre de virtud excéntrica es la imagen más exacta de la vida humana, ya que no está completamente exento de flaquezas». La transición también se observa en el poema de 1743 The Fanciad. An Heroic Poem, de Aaron Hill, que compara a las personas «excéntricas» con cometas, como objetos que «espantan los cielos». Asimismo, la excentricidad había adquirido paulatinamente un extenso conjunto de significados culturales, como el comportamiento extraño, inusual, estrafalario o extravagante de un individuo. La excentricidad pasó a definirse mediante sinónimos pertenecientes a una red semántica interreferencial: originalidad, rareza, peculiaridad, singularidad, extravagancia. Por tanto, la excentricidad es un concepto especialmente flexible y cambiante, ya que las normas y la percepción de la desviación, varían considerablemente en función del contexto. La comprensión de la excentricidad está determinada por el enfoque cultural. En algunas culturas, ciertas excentricidades pueden ser toleradas o incluso alabadas, mientras que en otras son claramente rechazadas. Las normas culturales condicionan las actitudes hacia los comportamientos que se apartan de las expectativas sociales. 

En el siglo XIX, la excentricidad se asociaba principalmente con personajes célebres, generalmente hombres, que aparentemente desafiaban las leyes naturales que normalmente limitan las capacidades humanas. Los hombres «excéntricos» se caracterizaban por su audacia, originalidad y capacidad creativa. Destacaban significativamente entre sus contemporáneos y alcanzaban notables éxitos profesionales. En este sentido, el origen astronómico de la metáfora era evidente. 

Algunos estudios, desde las compilaciones prosopográficas de las biografías de personajes excéntricos, que se remontan a principios del siglo XIX, hasta trabajos psicológicos más recientes, como el libro Eccentrics (1995), de David Weeks y Jamie James, han considerado la excentricidad como un fenómeno humano universal, algo que ha estado presente «en todas las épocas y países». Sin embargo, Victoria Carroll opina que el análisis de la excentricidad en el Reino Unido, que a veces incluía figuras históricas, no se estableció hasta principios del siglo XIX, en un contexto social, cultural y educativo específico. En este sentido, la historia de la ciencia británica del siglo XIX está repleta de anécdotas sobre conductas excéntricas. Por ejemplo, la del matemático y científico británico Charles Babbage, que saboreaba tranquilamente whisky irlandés y galletas unos instantes después de haber sido rescatado del cráter ardiente del Vesubio, con las botas destrozadas por el intenso calor y el bastón consumido por las llamas. O la del joven Charles Darwin explorando las orillas del río Cam en busca de escarabajos raros, metiéndose uno en la boca con avidez para poder atrapar otro, pero que tuvo que escupir cuando le echó un líquido tóxico por la garganta. 

En el siglo XIX, los libros que reunían breves biografías de personajes excéntricos tuvieron un gran éxito en Gran Bretaña. La semblanza de cada personaje se realizaba agrupando episodios y anécdotas sobre su vida procedentes de múltiples fuentes. Parece que los autores seguían el consejo de Elizabeth Gaskell, que, cuando se disponía a escribir la biografía de Charlotte Brontë en 1856, anotó en su manuscrito una cita del Quarterly Review: «Reúna el mayor número posible de anécdotas. Si quieres interesar al lector, obtén anécdotas». En estas biografías no solo aparecían personas con rasgos psíquicos singulares, sino también con características físicas extraordinarias como gigantes, enanos o personas con deformidades que se exhibían en los llamados «freak shows», espectáculos que, como los circos y las ferias, fueron muy populares en Londres en el siglo XIX. La brevedad y ligereza del formato las convertían en una opción ideal para personas con poco tiempo o con escasas competencias lectoras. Además, permitían la lectura ocasional sin que se perdiera la unidad de la obra. En aquella época, la literatura se estaba mercantilizando rápidamente, y las biografías sobre personajes excéntricos se convirtieron en el centro de los debates sobre la destreza literaria y el plagio. También suscitaron una preocupación creciente por la calidad, sobre todo moral, de la literatura que consumía el nuevo público lector masivo. Sus detractores afirmaban que sus autores eran más compiladores que escritores y que sus obras no merecían ser consideradas «literatura», ya que se trataba de una serie de anécdotas inconexas y mal contadas. Esta corriente editorial ha continuado en el siglo XX, especialmente desde la década de 1980, con la publicación de innumerables biografías sobre excéntricos en la literatura en inglés, que en la mayoría de los casos recurren a la técnica de «copiar y pegar». 

La excentricidad también se ha asociado a la enfermedad mental. Durante el siglo XIX, se estableció una relación entre excentricidad y locura, aunque no existía consenso entre los alienistas. La naturaleza de esta relación es compleja y, básicamente, se dieron tres enfoques teóricos: la excentricidad como una forma de enfermedad, como síntoma de enfermedad y como estigma de la degeneración. El primero fue defendido por Paul Moreau, alienista e hijo del también, y más célebre, alienista Jacques-Joseph Moreau de Tours, que en 1894 publicó una breve obra titulada Les Excentriques. En ella, reproduciendo en gran medida la literatura médica existente, en particular el análisis de la excentricidad realizado por su padre en 1859, se describen diversos comportamientos, generalmente inofensivos e incomprensibles, como viajes, matrimonios, duelos y testamentos excéntricos. Para Moreau, la excentricidad es un «estado patológico equivalente a una locura incompleta» de origen hereditario que, en periodos de estabilidad política, carece de relevancia social. Sin embargo, en épocas de inestabilidad, se produce una escalada de violencia que puede llegar a ser incontrolable. En estas circunstancias, los individuos considerados «excéntricos pacíficos» se transforman en «animales salvajes, bestias sedientas de sangre y violencia». La segunda teoría, defendida por los alienistas británicos John Conolly y Henry Maudsley, intentaba distinguir la excentricidad de la locura, explicaba que la excentricidad se solapaba parcialmente con esta y que se debía a un fallo de la «facultad reflexiva» de la mente. El tercer enfoque lo representaban los defensores de la teoría de la degeneración, como el alienista y sacerdote francés nacido en Viena Bénédict Augustin Morel, que fue muy popular en Europa a partir de la década de 1860. Según esta teoría, la excentricidad no era un síntoma de locura, sino un «estigma de la degeneración», es decir, se pensaba que la persona excéntrica era portadora de una «mácula» que se manifestaría en generaciones posteriores en forma de locura y demencia. La teoría de la superposición entre excentricidad y enfermedad mental ha perdurado en la psiquiatría actual como una «faceta» de los trastornos mentales, como se aprecia en la última edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5), que define la excentricidad como: «Comportamiento, apariencia y/o lenguaje raros, inusuales o extraños, con pensamientos inverosímiles e impredecibles; y la expresión de cosas extrañas e inapropiadas. La excentricidad es una faceta del dominio de rasgos de la personalidad de PSICOTICISMO» (p. 822). Por tanto, en la actualidad, la psicopatología considera la excentricidad como un rasgo de conducta o de la personalidad. Esta perspectiva es limitada, ya que ignora que, como «concepto complejo denso», requiere un análisis del contexto normativo, histórico y cultural. Además, como rasgo de la personalidad en sí mismo, tiene un poder explicativo: una persona muestra un comportamiento excéntrico porque posee dicho rasgo. Como afirmó el psiquiatra suizo Ludwig Binswanger, pionero de la psicología existencial, la palabra excentricidad designa tanto la forma de ser total de una persona determinada como un comportamiento concreto de esta. No obstante, es crucial establecer una distinción entre la excentricidad como conducta atípica y la excentricidad como síntoma de un trastorno mental. El factor cultural contribuye a una mejor comprensión del fenómeno. En algunas culturas, algunas excentricidades se aceptan mejor o incluso se aplauden, mientras que en otras están mal vistas. Las normas culturales influyen en las actitudes hacia los comportamientos que se apartan de las expectativas sociales. Por último, la temprana asociación entre la excentricidad y la locura también contribuyó a su relación con la genialidad y la creatividad. 

Otros autores han rechazado la idea de que la excentricidad se considere una forma de locura. La escritora británica Edith Sitwell fue una figura célebre por su excentricidad, tanto en su vida personal como en su obra. Destacaba por su estatura (1,80 m), su nariz aguileña, sus ojos con párpados pesados, así como por sus elaborados sombreros y vestidos, a menudo de colores llamativos o estampados chocantes. Su libro más famoso, Excéntricos ingleses, es un catálogo de personajes extravagantes de la historia británica. Para ella, la excentricidad no es una forma de locura, sino «solo una forma de orgullo inocente. Tanto los genios como los aristócratas suelen ser recordados como excéntricos porque ambos actúan sin temor y no se dejan influir por las opiniones ni los caprichos de la muchedumbre». 

La mejor defensa de la excentricidad como conducta «normal» se halla en el ensayo Sobre la libertad (1859), de John Stuart Mill. Para Mill, el problema principal radicaba en la forma en que se ejercía el poder sobre los individuos en una sociedad civilizada. La desaparición de la excentricidad constituía un signo de la tiranía de la opinión pública, que interfería injustificadamente en la libertad de las personas: «La excentricidad ha abundado siempre cuando y donde ha abundado la fuerza de carácter; y la suma de excentricidad en una sociedad ha sido generalmente proporcional a la suma de genio, vigor mental y valentía moral que ella contiene. El mayor peligro de nuestro tiempo se muestra bien en el escaso número de personas que se deciden a ser excéntricas […]. «Precisamente porque la tiranía de la opinión es tal que hace de la excentricidad un reproche, es deseable, a fin de quebrar esa tiranía, que haya gente excéntrica» (p. 126). 

 

Los «excéntricos» de Geminello Alvi 

 

Geminello Alvi (Ancona, 1955), es economista y escritor. Se graduó en la Universidad La Sapienza de Roma y, en la actualidad dirige el Istituto Kaspar Hauser per gli Studi Economici. Ha sido columnista de Il Giornale, La Repubblica y el Corriere della Sera, y a lo largo de los años, ha trabajado como asesor financiero de bancos, instituciones y multinacionales, así como experto en política monetaria en el Ministerio de Economía y Finanzas y en el Banco de Italia. No obstante, es en su faceta de escritor y columnista donde ha desplegado su personalidad más libre y su vocación humanística. Aunque no es muy conocido en el ámbito hispano, Geminello Alvi ha construido en Italia una obra tan singular como difícil de encasillar, que ha transitado por la economía, la crítica cultural, la historia de las ideas y el ensayo literario, forjando una voz cada vez más personal. Su crítica hacia algunas de las grandes figuras del panorama cultural italiano, así como hacia el capitalismo, al que acusa de tener una visión del mundo que se ha vuelto irracional e insensible, ha generado controversia y rechazo hacia su persona en su país. 

En todas sus obras, Alvi despliega un pensamiento a contracorriente, una mezcla de erudición humanista y rechazo de la conformidad contemporánea. Su escritura, inclinada hacia lo profético y lo simbólico, convierte cada libro en un intento de rescatar lo olvidado, lo no expresado y aquello que no tiene cabida en el discurso dominante. Destacan Le seduzioni economiche di Faust (1996), que ofrece una lectura simbólica y filosófica del capitalismo moderno, que presenta como una encarnación de las tentaciones fáusticas: el dinero como promesa de dominio y poder absolutos, pero también como condena del alma. En Uomini del Novecento (2004), traza una serie de perfiles de destacados personajes del siglo XX, como Spengler, Céline, Pound y Mishima, subrayando sus aspectos menos conocidos y su visión innovadora y proponiendo una alternativa a la modernidad dominante. En el ensayo Il Secolo americano (2002), analiza el poder y el imaginario de Estados Unidos no desde la geopolítica habitual, sino como un fenómeno cultural que ha colonizado la sensibilidad europea. Alvi también ha estudiado durante décadas el Apocalipsis y en La necessità degli apocalittici (2021), recorre la vida de eruditos, santos, espiritualistas, estudiosos de la geometría, la mineralogía, el hebreo, el griego, el arameo, la astronomía, la retórica y la fisiología. Robert Henry Charles, Henry Barclay Swete, Pierre Teilhard de Chardin, Albert Schweitzer, Urs von Balthasar, Rudolf Steiner, Giacinto Scelsi o John Bright son algunas de las figuras que aborda, cuyas «existencias constituyen un mejor comentario sobre el Apocalipsis que cualquier otro jamás escrito». Su último libro Io Virgilio (2023) es un viaje imaginativo de la vida de Virgilio desde el término final hasta la infancia, hasta «antes de nacer».  

Su libro Excéntricos, publicado en Italia en 2015, reúne en 170 páginas una colección de breves semblanzas y retratos literarios de cuarenta y dos personajes iconoclastas, algunos muy conocidos y otros menos. La lista de protagonistas que figura en el índice al principio del libro no sigue ningún orden, ni alfabético ni cronológico, y abarca diferentes lugares y épocas. No se trata de héroes —entre los cuarenta y dos personajes hay un alquimista, un general polígamo, un psiquiatra, un corredor, un temerario, un biodinámico, etc.—, sino de personas atraídas por una visión atípica de la vida; excéntricos no por ligereza o irreflexión, sino por determinación y voluntad. Todos tienen algo en común: transmiten con claridad la infinita diversidad y el poder de las propias convicciones.  

Alvi señala que «a los italianos se les podrían atribuir (y con sobrados motivos) todos los males y quizá también algunos bienes, pero lo que más sorprende a todo el mundo es la cerrazón y el genio con que algunos de ellos se dedican a ser estrafalarios». Aunque nos advierte del error que comete el lector cuando cree adivinar la personalidad del autor en un libro, es posible que su heterodoxia le haya servido para entender el carácter extravagante de las personas que describe. El interés y la empatía que muestra por los personajes cuyas vidas narra es evidente: tipos extraños, caprichosos, «excéntricos», alejados no tanto del centro como de cualquier aura de mediocridad o conformismo con lo establecido. El autor italiano nos conduce por un repertorio de prodigios vitales, presentándonos figuras tan dispares como Archibald Alexander Leach, «tan viril que parecía frágil», quien cigarrillo tras cigarrillo se convirtió en Cary Grant; el indio Gerónimo, el jefe guerrero de los apaches chiricahua que «ya sexagenario era un adicto jugador de cartas siempre entrampado para agenciarse tabaco y mujeres»; el pionero de la aeronáutica Otto Lilienthal, que el 9 de agosto de 1896 se lanzó en su biplano desde una colina y tras realizar cabriolas y caídas en picado, se precipitó a tierra. Lo encontraron «jadeando a duras penas, lleno de sangre, con la columna vertebral rota, en una maraña de cuerdas, arena y telas desgarradas, exhaló cándidamente el último suspiro mientras dedicaba una meticulosa mirada al todo universal»; el ciclista Giovanni Gerbi, «un hombretón robusto, testarudo y obstinado», que «tenía la frente escasa, el pelo rapado como un galeote, casi rozando unos ojos pequeños y sin cejas siempre listos para la inquina»; el imperturbable Buster Keaton, que «se formó en la ancestral escuela de quienes observan en silencio y se deleitan observando todo con la cabeza inclinada» y que «acabó por convencerse que no había motivos para la risa y dejó de reír»; Jean-Julien Champagne, alquimista, nacido en un tranquilo pueblo, en un lugar apacible donde «florecen los auténticos extravagantes, aquellos que prefieren no exhibirse, que esquivan las glorias de este mundo». A los 16 años, descubrió en una librería un polvoriento volumen de alquimia que hablaba de los metales como seres conscientes. A partir de ese momento quedó fascinado y convencido de que los metales poseían alma, y de que la transmutación del plomo en oro otorgaría al espíritu del alquimista un «sol de eternidad sanadora». También creyó que podría hallar la piedra filosofal y conceder la inmortalidad.  

También destacan otros personajes insólitos como Raffaele Bandandi, «telúrico», convencido de que la causa de los terremotos debía buscarse en las altura, no en las «honduras de la Tierra»; John E. Worrell Keely, «etéreo», que siendo un muchacho estudió todo tipo de resonancias, así como las figuras generadas por las vibraciones de un violín y que estaba convencido de que el sonido era la fuerza creadora originaria de la materia, su íntimo impulso vital y que había descubierto una «vibración consonante capaz de extraer del agua una misteriosa energía a la que llamaba vapor etéreo». 

Algunos de estos retratos son excepcionales. Por ejemplo, Oliver Hardy, «espíritu perezoso, soñador y tímido», cuesta entender cómo su madre pudo inscribirlo en el Georgia Military College para que se hiciera soldado. Si Stan Laurel era «inocente, confiado y torpe», Oliver era «su enfático maestro en incapacidades [..] inepto como un niño para la vida». Cuando, en 1956, para tratar una dolencia cardiaca el médico le prescribió un régimen para adelgazar, logró perder cincuenta kilos, tanto que, «sin papada» y «con las orejas caídas», terminó pareciéndose a Stan. «Para sellar la tragicómica paradoja, Oliver murió el 7 de agosto de 1957, a las siete de la mañana, de un derrame cerebral seguramente ocasionado por aquel adelgazamiento salvaje». O la descripción del luchador Giovanni Raicevich, extraordinario y sereno, «Ostentando su tórax desnudo y rosáceo, ciento veintiocho centímetros de diámetro cuya inmensidad acentuaban los brazotes brevilíneos, el culo bajo y las ligas que le adornaban las tibias bajo la rodilla: de esta guisa posaba Giovanni Raicevich, apenas un metro y setenta y dos centímetros de estatura, mientras aguardaba el humeante fogonazo del fotógrafo en el Teatro dal Verme de Milán aquel año de 1909». Las descripciones del entorno también pueden ser magníficas, como cuando al retratar a Carlo Collodi, Alvi escribe: «El cielo añil se iba esfumando en ondas como si lo inflamara el tornasol del crepúsculo que teñía de un violeta lapidario los adoquines de las calzadas y las lentas aguas del Arno, mientras la cháchara infantil se fundía con el chirrido de los pájaro: el mundo era remoto y mudo».  

Geminello Alvi combina en sus descripciones aforismos, confesiones, digresiones espirituales y observaciones agudas. Su estilo rehúye la linealidad y maneja una prosa elegante, sobria y clara, salpicada de observaciones filosóficas, referencias históricas, e imágenes plásticas. Hay una armonía en su forma de combinar ideas y personajes, sin jerarquías evidentes ni moraleja. Cada pieza de Excéntricos es un resplandor, una miniatura que sugiere más de lo que explica. Quizá porque subyace una melancolía, una especie de compasión estoica que le impide caer en la suficiencia o el desdén. Alvi escribe como si quisiera preservar la memoria de los extraños, de quienes vivieron a contracorriente, con un irresistible afán de vivir una vida que los haría inmortales. 

La crítica italiana ha reconocido en Geminello Alvi una de las voces más singulares —y más inasibles— del pensamiento contemporáneo. El filólogo y sociólogo Gianfranco Morra lo definió como «un moralista a la manera antigua, que no cree en el progreso, pero sí en la dignidad del pensamiento», y Claudio Magris lo ha elogiado por «devolverle al ensayo la categoría de arte literario». En Il Foglio se ha dicho que su obra «es una forma de resistencia frente a la vulgaridad del presente», y en Il Sole 24 Ore se ha subrayado que Eccentrici es «un mapa íntimo y cultísimo de las almas que vivieron fuera del rebaño». También se le ha comparado con Stefan Zweig ya que sus retratos recuerdan a las elegantes miniaturas históricas del escritor austriaco. Aunque su figura ha sido marginal en términos mediáticos, muchos críticos coinciden en que Alvi ha construido una obra profundamente original e incómoda para las etiquetas, y destinada a perdurar como una rara avis en el panorama intelectual europeo. Excéntricos podría ser su obra más accesible, pero también una puerta de entrada a un pensamiento singular que se niega a seguir las sendas trilladas y que, en conclusión, afirma que «la vida no es más que una representación improbable». 

 

Bibliografía 

 

American Psychiatric Association (APA) (2013): Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, 5a ed. (DSM-5), Washington, APA. [Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5), Madrid, Panamericana, 2014] 

Barcia, Roque (1881): Primer diccionario general etimológico de la lengua española, tomo segundo, Madrid, Álvarez Hermanos.  

Conolly, John (1830): An Inquiry Concerning the Indications of Insanity, Londres, John Taylor. 

Hill, Aaron (1743): The Fanciad. An Heroic Poem. In six Cantos. To His Grace the Duke of Marlborough, on the Turn of his Genius to Arms, Londres, J. Osborn. 

Johnson, Samuel (1785): A Dictionary of the English Language, Londres, J.F. and C. Rivington. 

Maudsley, Henry (1871): The Physiology and Pathology of Mind, Nueva York, D. Appleton & Company. 

Mill, John Stuart (2013): Sobre la libertad, Madrid, Alianza. [Traducción de Pablo de Azcárate]. 

Moreau, Paul (1894): Les excentriques: Étude psychologique et anecdoctique, París, Société d’éditions scientifiques. 

Richelet, Pierre (1694): Nouveau dictionnaire François, Colonia, J.F. Gaillard. 

Sitwell, Edith (1933): The English Eccentrics, Londres, Faber & Faber. 

Weeks, David y James, Jamie (1995): Eccentrics, Londres, Weidenfeld & Nicolson. 

 

 

Autor

  • Rogelio Luque. Doctor en Medicina. Profesor titular de psiquiatría de la Universidad de Córdoba y psiquiatra del Hospital Universitario Reina Sofía de Córdoba. Ha sido Visiting Scholar, Departamento de Psiquiatría, Universidad de Cambridge, Reino Unidoy Bye-fellow del Robinson College de Cambridge.

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