La moderna literatura irlandesa: James Joyce (1926)
por Vicente Risco el
La Irlanda produjo —y quizás solo Irlanda podría producirlo— este caso que podríamos decir único en nuestro tiempo. De este hombre, de este escritor de quien todos hablan y que, tal vez, nadie leyó, si es que uno puede pensar —si es tal como nos lo describen— que tiene un pacto con el demonio. Este sí que está endiablado, y no Carducci o Leautréamont. Carducci no es más que un poeta de mitin, y de Leautréamont, Gómez de la Serna demostró que era un infeliz. Joyce parece ser que no lo es. Parece, porque aquí tenemos a un hombre del que todos tenemos que hablar por fuerza, sin ayuda posible, porque uno apenas pudo conseguir leer un trocito, traducido como a hurtadillas en alguna de esas revistas nuevas, sin que uno pueda conseguir, a menos que para ello se haga un viaje largo, no digo ya las obras completas, que es cosa de millonarios y de escogidos, sino ni siquiera unos fragmentos en inglés…
Existe mucho escrito sobre Joyce, y por lo que parece lo que más vale es lo que hizo Valery Larbaud, que sin duda es un hombre de verdadero espíritu, de inmensa lectura, y de un sentido seguro de modernidad.
A Joyce se le compara con Dante, con Shakespeare, con Rabelais, con Calderón, con Goethe y con Dostoievski. Y quienes lo hacen son hombres como Yeats, Valery Larbaud, T. S. Eliot, Havelock Ellis, Ezra Pound, etc.
Y este éxito fue cosa repentina y unánime.
Los retratos que conocemos lo presentan con barba alrededor del mentón, y dejando, a los lados del labio inferior, dos espacios sin pelos. Tiene nariz ordinaria, las cejas fruncidas con un pliegue en el entrecejo, como signo de obstinación, de concentración del pensamiento y mal humor. Otro pliegue horizontal, muy bajo, indica espíritu maligno. Los ojos tienen una mirada penetrante. Y sin duda un tipo cerebral, oscuro, lleno de misterio. Simone Tery, que habló con él, dice que aun teniendo un tinte rosáceo en toda su faz, con todo da la sensación de estar descolorido. Hay algo de engaño y de mentira en toda esta figura.
Dicen de Joyce que no se quiso arrodillar delante de su difunta madre. ¿Quién puede juzgar los sentimientos y los motivos de otro con seguridad? No obstante existen rencores que prueban que el Demonio no anda lejos.
James Joyce nació en Dublín, en 1882, de una antigua familia católica, genuinamente irlandesa. Se educó en el colegio de los jesuitas de Clongowes Wood, donde recibió una consistente cultura clásica: lengua y literatura latina y griega, filosofía griega y escolástica, teología, ciencias. Los jesuitas querían que entrase en la orden pero no lo consiguieron. Pasó a la Universidad de Dublín a estudiar medicina, y encontrándose su familia arruinada, tuvo que dar clases privadas para poder seguir con sus estudios. Por entonces empezaba el renacimiento irlandés mas Joyce rehusó seguirlo. Rechazó la religión, la lengua y el patriotismo irlandés. Escribió en contra del Teatro Nacional; atacó a un escritor a quien debía el pan: soberbio como el demonio, ni estuvo al lado de los renacentistas irlandeses, ni con sus enemigos. Terminó por hacerse odioso para todos, y tuvo que huir.
«Yo no quiero servir a lo que no creo —dice— por más que eso se llame mi hogar, mi patria o mi iglesia… Y no tengo miedo a caer en el error, aunque sea grave, un error para toda la vida, aunque se trate para toda la eternidad».
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