Piedad Solans (2025): Ojos como cenizas, Barcelona, Temporal. [336 pp., 19,90 €].
Olvidar, sí, pero ¿cómo conciliarse con los crímenes?
Piedad Solans (p. 117)
I
Las grandes ciudades ejercen una atracción seductora. A primera vista, esta parece residir en la multitud de rostros y en la promesa de posibilidades que allí convergen. Pero su atractivo es más profundo: en ellas, la modernidad —con su vértigo, su diversidad, su incesante mutación— se vuelve visible, casi táctil. En el espacio público urbano, la transformación epocal del tiempo y del espacio adquiere una textura sensorial. En las luces de la metrópoli, la modernidad se eleva a lo sublime; en la vida laboral cotidiana, en cambio, revela su envés: una productividad que avanza acompañada de explotación y destrucción.
Sin embargo, al pasear por calles y plazas, con el flujo de vehículos y transeúntes, puede intuirse como fascinación aquello que la historia nos cuenta como proceso revolucionario y como apertura aventurera del desarrollo social desde la época de la Revolución francesa. Fue también la era de la mecanización. Desde entonces, la industrialización, el progreso social y el proceso político se entrelazan de manera indisoluble.
Desde el siglo XIX, artistas e intelectuales europeos han cartografiado poéticamente esta experiencia urbana. En 1857, Las flores del mal, de Baudelaire, captó la embriaguez de la multitud, ese choque en el que se constituye la subjetividad moderna. Ochenta años más tarde, aquella fascinación estética ha perdido su inocencia. La Primera Guerra Mundial, los fascismos italiano y alemán y la Guerra Civil española convirtieron los desafíos culturales de la vida urbana en una experiencia política brutal, aunque también lo hicieron en el campo y en la vida de los pueblos.
En 1938, Walter Benjamin publica en su exilio francés París, capital del siglo xix. Su mirada lee en las superficies de la ciudad —en el trazado de avenidas y bulevares, en los escaparates y pasajes, en la arquitectura de las fachadas— el espíritu capitalista de la época como un movimiento de transformación permanente. En el París decimonónico, la modernidad aparece estéticamente enmascarada. Sin embargo, desde 1933 reina en Alemania el nacionalsocialismo, que primero cubre de miedo y miseria su propio país y luego casi toda Europa. Durante la Segunda Guerra Mundial, se levanta un paisaje de ruinas hasta entonces inimaginable. La confrontación con sus consecuencias nos ocupa hasta hoy.
Desde el polvo de aquella catástrofe, Berlín se convierte, a finales del siglo XX, en una metrópoli donde las revoluciones, guerras y fracturas del siglo pueden leerse en su propio tejido urbano: en sus monumentos, en sus espacios vacíos, en sus museos y exposiciones.
La historiadora española Piedad Solans acaba de publicar un libro que aborda esta experiencia de un modo particularmente singular. Su ensayo, Ojos como cenizas, toma Berlín como ejemplo de una gran ciudad donde la memoria de una violencia inimaginable parece aflorar en cada esquina. Veamos cómo comienza:
En Friedrichstraße, el fuerte viento agita un polvo que penetra en los ojos como minúsculos cristales. No es vulgar polvo cósmico formado por la desintegración de estrellas y planetas. El polvo de Berlín contiene escombros pulverizados, removidos por las palas de las excavadoras que escarban la tierra.
Los escombros de los que se habla aquí no son unos escombros cualesquiera. Como muestra el libro, constituyen el sustrato finamente molido de nuestra memoria de las catástrofes sociales y políticas del siglo XX en Berlín, y de los crímenes desmesurados del nacionalsocialismo. La ciudad reúne innumerables estratos de esta catástrofe. Viajeros de todo el mundo visitan allí la historia del siglo XX: su violencia, sus capas y oleadas de modernización, sus rupturas y la caída de imperios —del Imperio alemán, del régimen nazi, de la Unión Soviética—.
Durante casi veinte años, Piedad Solans ha recorrido los lugares donde ocurrieron estos hechos, ha visitado museos, memoriales, monumentos conmemorativos, hospitales, cementerios históricos, escenarios de los crímenes nazis. Allí se ha encontrado con voces inquietas y profundamente vivas del pasado, en diálogo con un presente que sigue siendo, una y otra vez, de una violencia insólita. Sus textos trazan un diálogo denso y polifónico con la cultura de la memoria centroeuropea del siglo XX. Los lectores reciben un libro que cita voces de poetas y escritores, historiadores y filósofos, así como obras de artistas, pero que, sobre todo, da la palabra a testigos y supervivientes de la catástrofe, junto a documentos históricos entre los que se cuentan testimonios de perpetradores nazis.
II
¿Cómo puede la memoria hacer justicia a estos acontecimientos? Esa es la pregunta central de su extenso ensayo. Solans desarrolla su respuesta mediante una forma de escritura inspirada en las vanguardias del siglo XXi y en la posmodernidad: assemblage, analepsis, interrupción del sentido, asociación de fragmentos y cronotopía. Sus observaciones, los testimonios históricos y la interrogación insistente sobre el sentido de la memoria se entrelazan en una fuga que expone el tema, lo varía, lo repite y lo recorre en registros distintos. El libro rehúye la explicación y la cronología; despliega, en cambio, su propia temporalidad. Durante la lectura, pasado y presente se interfieren mutuamente.
La autora deja claro que no se trata solo de mostrar la solidaridad con las víctimas de una violencia desmesurada. Con gran intensidad poética, su ensayo interroga el sentido mismo de la memoria de esa violencia. Señala que, en última instancia, en esta pregunta está en juego la capacidad de futuro de toda civilización. La cultura comienza allí donde los seres humanos encuentran formas y leyes para su convivencia, y se quiebra cuando la arbitrariedad del poder moderno destruye esos marcos.
«No hay más ley que la voluntad del Führer», sentenció Hitler. Cancelada la ley, el terror cuyo goce había sido ensalzado por Sade, Sacher-Masoch y la guillotina en el período jacobino de la Revolución francesa se extendió incontrolable en la Europa del nazismo, rompiendo los diques simbólicos de la nación y de la raza. Que la razón bur-guesa e ilustrada no tuviera capacidad para encauzar la «irracionalidad asesina» y el dominio destructivo de las ideologías totalitarias supuso la quiebra de siglos de su-blimación de la cultura europea y su naufragio en la angustia existencialista y en las derivas de una posmodernidad incapaz de recuperar la confianza en el pensamiento (p. 31).
Esto provoca una inquietud que no se disipa: «A partir del Lager se abrieron las compuertas de un inframundo donde ley y cultura eran destrozadas, reducidas a cenizas, a nubes de humo, a nada» (p. 31).
Mediante referencias históricas, citas de supervivientes, evocaciones literarias y encuentros con obras de arte, Solans entrelaza los años 1933-1945 con una genealogía europea de la violencia que se remonta hasta la guerra de Troya. La autora toma partido y se sitúa del lado de quienes sobrevivieron. Lo hace de un modo notable, superponiendo voces cuyas perspectivas chocan entre sí hasta hacer palpable lo inimaginable de la experiencia. Esta dificultad no es solo lógica, sino que nace de la continuidad de una violencia que innumerables autores han intentado pensar desde la voz de Casandra. Son sobre todo voces de mujeres —lúcidas, resistentes— las que confieren al libro un timbre particular.
Una voz especialmente significativa es la de las deportadas españolas prisioneras del campo de concentración de Ravensbrück, como Mercedes Núñez Targa, quien describió con palabras sencillas y gran precisión el proceso de deshumanización al ingresar en el campo. Muchas de ellas, apenas sobrevivientes, transformaron más tarde sus experiencias en un gesto creativo y testimonial. El libro está en deuda con su fuerza de resistencia. Piedad Solans escribe:
No se cierran las heridas. Se anestesian. Pierden densidad. Se hacen menos descarnadas. Sin embargo, el recuerdo se vuelve más retráctil, más profundo. Las miradas, más ausentes. Enterrados o incinerados, los cuerpos nunca mueren del todo, son palabra, polvo, nubes de humo en la invisibilidad de la memoria. Tatuajes en la piel de un cuerpo colectivo que no pueden borrarse (p. 35).
El diálogo con esta fuerza de resistencia sostiene el libro. La continuidad de la violencia que allí se registra no es meramente cronológica. Se prolonga en la violencia persistente contra los cuerpos de las mujeres. Piedad Solans recuerda que incluso los liberadores del nacionalsocialismo, los soldados aliados, cometieron cientos de miles de violaciones. Su obra rechaza historiar la violencia pasada como si fuera un capítulo cerrado. La violencia sexualizada sigue empleándose de manera masiva en guerras y conflictos contemporáneos. Con numerosas referencias al presente, la autora teje un diálogo que superpone voces y tiempos.
III
Al final de su larga reflexión sobre aquello que, desde la ceniza y el polvo de catástrofes recurrentes, nos devuelve la mirada interrogante, Piedad Solans formula explícitamente las preguntas sobre el sentido y la posibilidad de la memoria:
¿Cómo abordar una fenomenología del olvido? ¿Cómo urdir el conocimiento de una memoria borrada, alterada, silenciada o destruida? ¿Cómo acceder a la violencia de lugares abandonados o transformados por la erosión del tiempo y las acciones humanas? (p. 289).
La respuesta es indirecta. Reside en la escritura misma: en el assemblage de testimonios diversos, en el diálogo que la autora establece con quienes leen, en la manera en que sus propios movimientos se corresponden con la polifonía de voces dispares que convoca el texto… «Se trata (…) de conferir lenguaje a los restos y a los espacios por donde transitamos hoy, transmutándolos en lugares de iluminación donde acceder a sus silencios y a los borrosos significados de la violencia perpetrada» (p. 289).
Nosotros, quienes leemos este libro, vivimos —estemos donde estemos— en horizontes globales y leemos con la conciencia de las interconexiones globales: culturales, económicas, ecológicas. Tras muchas décadas de confrontación con la herencia catastrófica del nacionalsocialismo, surge la pregunta por el significado de la cultura de la memoria ante los desafíos actuales. Piedad Solans insiste en que son las personas individuales, por sí mismas y en defensa de su propia humanidad, quienes deben responder a esta pregunta, no solo las escuelas, universidades o museos. La respuesta a la cuestión de la herencia del siglo XX no puede delegarse.
La forma en que Solans responde a esta pregunta constituye lo singular de su reflexión sobre la gran ciudad de Berlín y los crímenes allí cometidos en nombre del pueblo alemán. Lo que ocurrió entonces ha sido iluminado con detalle por varias generaciones de investigadores. La política ha intentado extraer conclusiones: primero, la división de Alemania; luego, su integración en un orden europeo de posguerra, quizá su consecuencia más importante. Pero ¿cómo puede cada persona relacionarse con esta historia? Para ello, Solans ofrece una propuesta fascinante y seductora. Su escritura, que sigue las huellas de sus propios pasos, muestra cómo el conocimiento de aquella época y de sus acontecimientos inauditos puede tomar forma en el interior de cada ser humano. Concibe un saber resistente como un diálogo de voces. Sus vivencias, búsquedas y preguntas animan a enfrentarse a la historia y a hacer perceptible su persistencia. El propósito central del texto consiste en abrir, una y otra vez, los ojos de quienes lo leen. Quien se deja llevar por ello no solo encuentra polvo, sino también el diamante que brilla entre la ceniza.





