El pregonero de Joyce en Inglaterra fue Wells. El elogio de Wells vino a la zaga de la publicación de El adolescente; elogio mensurado, aunque cálido; en rigor, un toque de atención hacia los méritos indudables y la originalidad más indudable todavía, de esta obra; pero todo ello muy lejos del alarido histérico y espasmódico de adoración ciega. Wells era un buen cornetín de órdenes. Como decía Arnold Bennett: «Wells ejerce gran influencia sobre la juventud británica, pues aunque los severos jóvenes malgastan mucho tiempo, sentados en el suelo, demostrándose unos a otros que Wells es y debe ser un escritor ya pasado, es lo cierto que él hace con ellos lo que le da la gana».
Sherman, el notable crítico norteamericano, nos informa de que Wells disfruta asimismo de despótica y dogmática autoridad sobre la mocedad de los Estados Unidos. En Inglaterra comenzó la boga de Joyce entre los jóvenes (buen principio) y los círculos snobs, singularmente de damas estropeadas por el abuso de la literatura, ya platónica, ya activa (malísimo principio).
Marichalar escribe en su ya citado prólogo: «Es preciso reconocer que en el nacimiento del renombre de Joyce concurrieron de consuno Crítica, Moda y Escándalo». Para quienes no conozcan la obra de Joyce diré que el escándalo se debe a que Ulysses (posterior al Artista adolescente) es el libro más valiente, en materia de expresión oral. Las cosas más íntimas y vergonzantes (vergonzosas también), así de los sótanos fuliginosos de la conciencia como de las necesidades, actos y prácticas del organismo, son sacadas a luz y expresadas natural, paladinamente; no por perífrasis, anfibología, alusión, ni metáfora literaria; antes bien, con aquellos clandestinos, disgustantes o canallas que ni siquiera figuran en el diccionario. Imagínese la impresión que esto produciría en Inglaterra, donde hasta hace poco, oír llamar por su nombre a las prendas interiores, verbi gratia los calzoncillos, era razón sobrada para que una dama que se estimase se cubriese con las exquisitas manos la amojamada faz, lastimada en su pudor.
Un inglés amigo mío, luego de multiplicar gestos de abominación y visajes para insinuar la sensación de lo nauseabundo, me decía, hablando de Ulysses: «Le juro que leer ese libro me ha hecho el mismo efecto que caer en una alcantarilla». Yo se lo creí; pero a pesar de todo lo había leído. Hasta donde hechos de tal naturaleza pueden conocerse de manera cierta, parece ser que el mayor número de lectores de Ulysses pertenecía al género femenino y de clase distinguida. Que Ulysses tenga más lectoras que lectores se explica porque la curiosidad, y más si es curiosidad malsana, es cualidad consustantiva con la naturaleza de la mujer, ya desde el paraíso terrenal. Cierto que para leer Ulysses se requiere mayor paciencia, perseverancia y abnegación que curiosidad; y la paciencia junto con la perseverancia no son las virtudes características de la mujer; pero en el caso de Ulysses suplen la paciencia con el instinto, que las conduce en derechura, como por adivinación, hasta aquello que particularmente les interesa. La mujer aventaja en instinto adivinatorio al hombre. Las religiones antiguas tenían sibilas y pitonisas, mas no pitonisos ni sibilos. Sólo en el pueblo de Israel hubo profetas. El don profético, a la inversa del instinto adivinatorio, conviene mejor al hombre. Distínguese uno y otro en que la profecía se proyecta sobre los remotos horizontes de lo venidero, en tanto la adivinación, de más menguado radio, actúa tan sólo sobre el futuro muy próximo, el pasado inmediato y el presente oculto. Que las lectoras de Ulysses (especialmente en Inglaterra) hayan sido señoras distinguidas y ricas se explica porque los ejemplares de este libro costaron un ojo de la cara, debido a que estaba (y está) prohibida su publicación y perseguida severamente su venta por las autoridades inglesas. En reciprocidad y represalia, The Times, de Nueva York, debió hacer mofa de la escasa, aunque tan proclamada libertad británica. Los ejemplares de Ulysses que circularon en la Gran Bretaña estaban impresos en París y fueron introducidos allende la Mancha, de matute, derrengados en pliegos sueltos metidos entre el cuero y la ropa, a modo de almilla o camiseta; contrabando insólito, como en otro tiempo las biblias protestantes en España.
Quiero hacer unas breves insignificantes observaciones acerca del prólogo escrito por Marichalar en la edición española de El artista adolescente. No me cansaré en repetir que Marichalar es un crítico concienzudo, escrupuloso. Sus referencias y citas son de fiar, tanto en este prólogo como en todos sus escritos. Sin embargo, en lo que atañe a este prólogo, pienso que no huelga alguna leve aclaración. Pero como esto se va extendiendo por demás lo aplazo para otro artículo.





