Paolo Dordoni (2025): Pratiche del confilosofare. Deliberazione, dialogo socratico e pensiero metaforico, Milán, Mimesis Edizioni.
Hace ya casi un siglo escribía Xavier Zubiri:
La filosofía no es algo hecho, que esté ahí y de lo que baste echar mano para servirse a discreción. En todo hombre, la filosofía es cosa que ha de fabricarse por un esfuerzo personal. No se trata de que cada cual haya de comenzar en cero o inventar un sistema propio. Todo lo contrario. Precisamente por tratarse de un saber radical y último, la filosofía se halla montada, más que otro saber alguno, sobre una tradición. De lo que se trata es de que, aun admitiendo filosofías ya hechas, esta adscripción sea resultado de un esfuerzo personal, de una auténtica vida intelectual. Lo demás es brillante “aprendizaje” de libros o espléndida confección de lecciones magistrales. Se pueden, en efecto, escribir toneladas de papel y consumir una larga vida en una cátedra de filosofía, y no haber rozado, ni tan siquiera de lejos, el más leve vestigio de vida filosófica. Recíprocamente, se puede carecer en absoluto de originalidad, y poseer, en lo más recóndito de sí mismo, el interno y callado movimiento del filosofar. (Naturaleza, Historia, Dios, pp. 52-53).
La filosofía, antes que verla como algo sustantivo, y por tanto fijo y ya logrado, hay que entenderla como verbo activo que va conjugándose en sus diversos tiempos. «No se aprende filosofía; se aprende a filosofar», decía Kant. Los sustantivos son estáticos, en tanto que los verbos son dinámicos, como la propia vida. El poeta Antonio Machado escribió: «El adjetivo y el nombre, / remansos del agua limpia, / son accidentes del verbo / en la gramática lírica, / del Hoy que será Mañana, / y el Ayer que es Todavía».
Así nació la filosofía en Grecia, como algo profundamente activo y dinámico. Aristóteles la llama, al comienzo de la Ética a Nicómaco, un bíos o modo de vida. Es la consagración de la vida a la búsqueda de la verdad. El ejemplo paradigmático de ello fue Sócrates. Y cuando en la historia los filósofos han perdido total o parcialmente el rumbo y desviado su atención, cosa que ha sucedido con harta frecuencia, siempre ha surgido el movimiento de retorno a Sócrates. Zurück zu Sokrates. Uno de esos retornos fue el que promovió Leonard Nelson a comienzos del siglo XX. Y otro, el que se ha producido a partir de los años setenta del mismo siglo, en lo que dio en llamarse die Rehabilitierung der praktischen Philosophie.
Paolo Dordoni es un filósofo ya en plena madurez. Lo conocí muy joven aún, cuando apareció por mi despacho de la Universidad Complutense de Madrid, atraído por la actividad que entonces estábamos llevando a cabo en ese tipo de filosofía práctica, en aquellas fechas aún naciente, que es la Bioética. El contacto se convirtió pronto en amistad, surgida de la comunidad de ideas, intereses y preocupaciones. A pesar de los años y de la distancia, continúa hasta el día de hoy. Hay cosas que el tiempo no desgasta, sino que agranda y profundiza. Yo he continuado trabajando en el camino que abrió Aristóteles, intentando hacer de la «deliberación» el método de la filosofía práctica, y más en concreto de la bioética. Y Paolo Dordoni ha buscado ampliar y enriquecer ese legado desde la tradición del «diálogo socrático», iniciada por Leonard Nelson a comienzos del siglo XX. Los frutos de esa doble y complementaria perspectiva son, en mi caso, el libro El animal deliberante: Teoría y práctica de la deliberación moral (Madrid, Triacastela, 2024), y en el de Paolo Dordoni, el libro aparecido en 2009, Il dialogo socratico, una sfida per un pluralismo sostenibile (Apogeo Editore, Milán, 2009), en el que enseñó al público italiano la teoría y la práctica del «diálogo socrático» que convirtieron en método filosófico el malogrado L. Nelson y sus discípulos indirectos G. Heckmann y M. Specht. Ahora, en este nuevo libro, va más allá, siguiendo las huellas de lo que fue el método iniciado por Sócrates y practicado por algunos de sus discípulos, y que cristalizó en procedimientos técnicamente tan precisos como la dialéctica platónica y la deliberación aristotélica.
Y es que al principio y al final de la filosofía práctica está siempre, quiérase o no, la imponente figura de Sócrates. Como Paolo Dordoni dice ya al comienzo de este libro, el método del confilosofare que propone es una especificación de la «práctica socrática». Esto conviene decirlo con un cierto énfasis, porque a la filosofía ha llegado también el marketing, y por diálogo filosófico puede entenderse casi cualquier cosa, la mayoría de las veces completamente banal. No todo lo que se hace pasar por filosofía realmente lo es. Como hemos oído decir a Zubiri, llamarse filósofo no es lo mismo que serlo. Ya lo advierte Paolo Dordoni en la «Prefazione» del libro:
¿No es, en el fondo, ilusorio pensar que puede extenderse el diálogo filosófico, el filosofar con otros, más allá de los ámbitos de un intercambio meramente disciplinar entre especialistas, entre filósofos de profesión? ¿Acaso el hecho de haber pasado unas horas, o, en el mejor de los casos, unos días, reflexionando en compañía nos convierte en filósofos? Plantear el problema en estos términos es, una vez más, plantearlo desde fuera, sin una experiencia previa de aquello de lo que se habla. No nos convierte en filósofos, del mismo modo que tampoco una tesis de licenciatura nos convierte en tales, pero sí nos permite vivir una experiencia filosófica intensa y significativa que no nos dejará indiferentes.
Vivir una experiencia filosófica densa, significativa, a nadie deja indiferente. De hecho, tiene la capacidad de transformar la vida humana. Eso es lo que los diálogos filosóficos tienen la capacidad de hacer cuando son verdaderamente filosóficos y no la mera concatenación de frases más o menos ingeniosas. Es lo que el lector encuentra en los diálogos platónicos, bajo la sabia dirección de Sócrates.
Pero eso, que al leer los textos platónicos parece tan sencillo, en realidad no lo es, y el propio Platón puso en guardia contra ello. Es preciso andar con precaución al contemplar la verdad, dice, «para no sufrir lo que los que observan el sol durante un eclipse sufren en su observación». (Fedón 99 d). Platón refiere de sí mismo que «sintió temor de quedarse completamente ciego». No es fácil mirar de frente a la verdad. Y aun menos aceptar que los demás puedan echarte a la cara que estás en el error. Cuando dialogamos con otras personas, a todos nos pide el cuerpo tener razón. Incluso más, tener toda la razón y, si podemos, anular al otro, dejarle sin argumento, sin palabra. La incertidumbre de lo que pueda decir el otro frente o contra el argumento que nosotros hemos formulado genera en nosotros siempre angustia, y esta dispara los que Freud denominó «mecanismos de defensa del yo», el primero de los cuales es la «negación». Y eso impide confilosofar, dialogar, deliberar. De ahí que el aprender a deliberar sea una tarea no fácil, necesitada de tiempo y, sobre todo, de práctica, de entrenamiento. No delibera quien quiere sino quien puede. Deliberar requiere un aprendizaje, que deberíamos haber practicado desde la escuela primaria. De hecho, debería ser el primer y más importante objetivo de cualquier programa educacional. Desdichadamente, se nos educa para «triunfar» en la vida, no para «deliberar». De ahí que la deliberación tenga su contrafigura en la «erística» o, si se prefiere, en la «sofística». Bien lo sabía Sócrates.
Basta lo dicho para concluir que estamos ante un libro importante, de esos pocos que están llamados a dejar huella en la vida del lector, y quizá a transformarla de modo duradero. Hic Rhodus, hic salta. Esa es la gracia y también el peligro de ponerse a filosofar, que a partir de ese momento las cosas puede que ya no vuelvan a ser nunca lo que antes fueron. Incipit vita nova.




