Stefano Micali (2026): Cómo tener éxito en filosofía. Estilos y estrategias para convertirse en un pensador influyente, Barcelona, Herder. [184 pp., 14,90 €].
Karl Popper tuvo siempre como bandera la claridad de sus textos. En un libro osado —quizá también valiente—, En busca de un mundo mejor,1 escribía lo siguiente:
Considero deber de todo intelectual ser consciente de la posición privilegiada en que se encuentra. El intelectual tiene el deber de escribir de la forma más simple y clara que pueda, y de la forma más civilizada; y no olvidar nunca ni los grandes problemas que azotan a la humanidad y exigen un pensamiento nuevo y osado, pero paciente, ni la modestia socrática del hombre que sabe lo poco que sabe. Frente a los filósofos minuciosos y sus minúsculos problemas, creo que la principal tarea de la filosofía es especular críticamente sobre el universo y sobre nuestro lugar en él, incluidas nuestras facultades de conocer y nuestra capacidad de hacer el bien y el mal (p. 239).
En este mismo libro cita párrafos enteros de Habermas para traducirlos a un lenguaje comprensible y así mostrar la vacuidad de cierta retórica hiperbólica (pp. 126-128). Como botón de muestra:
Habermas: «Estas teorías resultan útiles en un ámbito particular de objetos si satisfacen su diversidad real».
Simplificación de esta frase (Popper): «Pueden aplicarse a un campo específico si son aplicables».
En filosofía, esta hipérbole constituye en realidad una exhibición de poder. Cito de nuevo a Popper:
Desgraciadamente, muchos sociólogos, filósofos y otros, tradicionalmente, consideran su tarea legítima el espantoso juego de hacer que lo simple parezca complejo y lo trivial parezca difícil. Esto es lo que han aprendido a hacer y enseñan a otros a hacer lo mismo. No se puede hacer absolutamente nada para evitarlo. Ni siquiera Fausto pudo cambiar las cosas. Nuestros mismos oídos se han deformado ya tanto que solo pueden oír palabras grandilocuentes (p. 128).
A primera vista, el libro de Micali despierta la secreta esperanza de que siga la estela de Popper. Y, en efecto, la primera mitad del libro puede considerarse una crítica a los intelectuales vociferantes —filósofos incluidos— que someten a tortura a los sufridos lectores con argumentos seductores, exagerados, ambiguos y casi siempre apostillados como muy «profundos» (al leer «análisis profundo», uno respira hondo y se prepara para lo ampuloso, ambivalente, trivial, especulativo e incluso incomprensible).
Micali no analiza tanto la verdad de las propuestas filosóficas, sino sus estrategias argumentativas y su atractivo en el contexto tardocapitalista. Adopta para ello la perspectiva de un editor neutral que solo se fija en la eficacia del estilo a efectos de ventas. Sin embargo, el filósofo sugiere que denuncia la «ventriloquía» y la «voluntad de soberanía» de tantos escritores que sustituyen una búsqueda lenta y rigurosa de la verdad por entretenimiento y seducción. Tres son las vías que propone para alcanzar el éxito de ventas, bajo la premisa general de que este no depende tanto de la calidad del discurso como de la capacidad de generar una iluminación repentina o una simple diversión. Son las siguientes.
- El profeta de la distopía pasada
Esta vía consiste en describir la realidad actual como la realización de una catástrofe que ya ha sucedido, pero que solo el filósofo «elegido» es capaz de advertir. El pensador asume un tono oracular y profético para revelar que el desastre no está ante nosotros, sino que ya se encuentra a nuestras espaldas. Como ejemplo, propone la idea de Giorgio Agamben de que el espacio político moderno es similar a un campo de concentración. Agamben presenta el «estado de excepción» no como una anomalía, sino como la matriz oculta en la que aún vivimos. Hipérbole, y mucha. Pero es innegable que tiene su público.
Esta estrategia crea lectores «iniciados» que se embriagan con sensaciones escatológicas triviales. En artículos míos publicados en esta misma revista hablaba de los «neognósticos», buscadores de luz, para referirme a algunos seguidores de Byung-Chul Han.2,3 Lectores que repentinamente se percatan de que su cómoda vida —si la comparamos con la de los cazadores-recolectores— es, en realidad, una cárcel inaparente de extorsión que les impide ser «lo que de veras son». Y estos neoprofetas les señalan un culpable inapelable: el sistema tardocapitalista. ¡Qué alivio! Porque resulta obvio: nadie va a defender el tardocapitalismo. Y, si aderezo mis escritos con críticas radicales a este sistema tan horrible que nos aliena, puedo tener asegurado el aplauso de un determinado público, en la confianza de que no habrá contraataques.
El límite del argumento reside en su marmórea certeza: si la catástrofe es total y ya ha ocurrido, el pensamiento se vuelve impotente para la acción real, convirtiéndose en una mera estética crepuscular. Contradice la máxima de Wittgenstein, quien sostenía que en filosofía gana quien corre más despacio; el profeta, en cambio, compite por ser el primero en anunciar el fin de algo (por ejemplo, el fin de la democracia, de nuestro libre albedrío o de la amabilidad).
- La performance dromoespectacular
En la sociedad del espectáculo, la filosofía debe ser «chispeante e imprevisible». Esta vía privilegia la velocidad (dromología), el uso de paradojas que desafían el sentido común y la mezcla de alta cultura con productos de consumo masivo. En este punto me vino a la mente Slavoj Žižek y sus libros, a menudo insustanciales. Micali lo describe también como la autoridad indiscutible en este arte, capaz de alternar conceptos de Lacan o Schelling con chistes, películas de Batman o referencias a Matrix, y todo ello con una rapidez que quita el aliento al espectador. Lo ensimisma. El armiño, un pequeño mamífero, hipnotiza a los conejos con sus saltos antes de abalanzarse sobre ellos. Žižek revolotea en la mente del lector y, por fortuna, se conforma con que le compres el siguiente libro de ocurrencias y excesos retóricos. Los editores, agradecidos, le rendirán tributo y le concederán premios, lo que facilitará su estatus de celebridad y aumentará aún más las ventas. Las altas esferas académicas no se atreverán a ponerle zancadillas, no sea que una trifulca erosione su propio prestigio. Prefieren rendirle homenaje mediante alguna cita espuria, demostrativa de que están al día. Y el pobre lector se quedará con una ensalada de conceptos tardomarxistas, aderezados con cuatro citas de Lacan, Kant o Marx, en una suerte de espiral confusa de frases altisonantes que a menudo esconden argumentos que, expresados de otra manera, quizá merecerían nuestra atención. ¡O quizá sonreiríamos ante su ingenuidad!
Micali nos aconseja leer este tipo de textos como si fueran obra de un joven que se inicia en la escritura. ¿Qué pensaríamos entonces de determinados libros de autores consagrados por una mercadotecnia insaciable y especulativa? Llamaré a esta sugerencia «la prueba de Micali», a saber: analizar cualquier texto ignorando quién lo ha escrito o dicho, es decir, desvistiéndolo de autoridad. Juzgarlo por lo que estrictamente afirma, sin añadirle el aura de «filósofo reconocido».
- Convertirse en una marca
El pensador tiene éxito cuando su nombre se asocia naturalmente a un problema social de considerable relevancia. El filósofo deja de ser un intelectual tradicional para convertirse en una marca identificable con un mantra o eslogan adaptable a las lógicas del mercado digital. Micali pone como ejemplo a Judith Butler y el problema de la diferencia de género, funcionando de manera análoga a como Nike se asocia al deporte. Esta vía, nos dice Micali, utiliza dinámicas de marketing como el Net Promoter Score, donde la polarización —tener detractores y seguidores apasionados— constituye un activo para la visibilidad. El límite es la hipersimplificación: aunque el argumento sea denso, el resultado suele ser una división caricaturesca entre «buenos y malos», digna de una película de Disney. Entra en contradicción con el rigor académico cuando el autor repite su mantra mecánicamente, como un anuncio publicitario, para crear adicción en su audiencia. Y, en todo caso, la nube de seguidores incondicionales de la marca previene críticas aisladas. Para dañar la marca hay que crear otra marca —esto no lo dice Micali; lo digo yo— y levantar otro ejército de seguidores dispuesto a jugarse el prestigio, porque sin duda serán tildados de retrógrados.
El libro de Micali distingue con claridad estas tres vías como tres grandes estrategias, cada una de las cuales puede auxiliarse de diferentes técnicas u operaciones retóricas. Todo ello está orientado a la seducción y al entretenimiento del lector. A vender más libros, digámoslo claramente, y a posicionar a nuestro escritor en la lista de los «pensadores profundos». Veamos cuatro de estas técnicas o recursos retóricos (en el libro se encuentran algunos más).
- La inversión
Consiste en identificar una tesis sólida y evidente para invertirla mediante un acto soberano, presentándola como un cliché engañoso. Es más eficaz si la nueva tesis posee una simplicidad extrema, capaz de producir un sentimiento de alivio en el lector frente a la complejidad anterior. Conviene, en primer lugar, mostrarse ante el lector como un auténtico experto en la materia; luego, revelar la complejidad de la tesis que se combate y, finalmente, oponerle la simplicidad de la tesis defendida.
Micali pone como ejemplo la lectura que hace Deleuze de Proust: creíamos que En busca del tiempo perdido era una indagación sobre el pasado, ¿verdad? Pues resulta que no: es una indagación sobre el futuro.
La inversión busca «cegar seduciendo», pero a menudo no constituye más que un nuevo ángulo de análisis, una perspectiva más o menos novedosa, que carece de la entidad que se le quiere atribuir y no resiste una confrontación rigurosa con las obras clásicas.
- Ser el primero
Este recurso retórico se basa en acusar a toda la tradición anterior de «negligencia» o «descuido» y afirmar que uno es el primero en captar lo esencial o en descubrir que otro autor fue el primero. Por ejemplo, Giorgio Agamben, en Homo sacer, utiliza constantemente fórmulas como: «Hegel fue el primero en comprender hasta el final…» o «Píndaro, primer gran pensador de la soberanía».
Derrida critica esta actitud en su seminario La bestia y el soberano, calificándola como un gesto de «soberanía» destinado a que los demás crean que el autor es el príncipe del principio (arché). El límite es ético y de pura cortesía, advierte Micali. Usar esta estrategia contradice el principio levinasiano del «después de usted», que constituye el comienzo de la ética. Presentarse como el primero en ver algo es, para Micali, una falta de modales filosóficos.
- Presentar la propia palabra como expresión de la cosa misma
Esta es la técnica más sutil: articular el discurso de forma que parezca que la Verdad misma irrumpe a través del lenguaje del autor, como si este fuera un mero ventrílocuo de la realidad. Micali pone como ejemplo a Heidegger en su lección ¿Qué es la metafísica?
En esta conferencia, Heidegger utiliza la fórmula «y nada más» (und sonst nichts) para definir la ciencia, haciendo que parezca que es la propia ciencia la que, al tratar de expresar su esencia, recurre a la nada. Pero, aun aceptando el juego conceptual heideggeriano, podría sostenerse que la ciencia siempre trata de algo positivo y determinado.
La verdad es que, si tras leer esta crítica a Heidegger, se acude a su célebre conferencia,4 es fácil tener la impresión de no entender absolutamente nada. He aquí uno de los pasajes más citados de la conferencia (pp. 16-17):
Estas tres cosas, relación con el mundo, actitud e irrupción, en su radical unidad, le otorgan a la existencia científica una simplicidad y una nitidez del ser-ahí apasionantes. Si nos apoderamos expresamente del ser-ahí científico, así esclarecido, tendremos que decir: adonde se encamina la relación mundana es a lo ente mismo… y nada más. De donde toda actitud toma su carácter de guía es de lo ente mismo… y más allá, de nada más. Aquello con lo que tiene lugar la confrontación y el debate investigador en la irrupción es con el ente mismo… y, por encima de eso, con nada más. Pero lo extraño es que precisamente al asegurarse de lo que le resulta más propio, el hombre científico habla, expresamente o no, de otra cosa. Lo que hay que investigar es solo lo ente… y nada más; solo lo ente… y más allá, nada más; únicamente lo ente… y, por encima de eso, nada más. ¿Qué pasa con esa nada? ¿Es fruto de la casualidad que hablemos así de modo tan espontáneo? ¿Es solo una manera de hablar… y nada más? La ciencia no quiere saber nada de la nada. Pero una cosa es cierta: cuando trata de expresar su propia esencia, recaba en su ayuda a la nada.
Bien: el científico investiga y descubre propiedades del mundo, pero no quiere investigar la nada; sin embargo, cuando explica sus hallazgos, echa mano del concepto de «nada». No hay que desesperar. Aplicando el principio de caridad hermenéutica, es posible reformular la frase anterior: «El científico averigua propiedades de un mundo que existe, pero que podría no existir o podría ser diferente». De acuerdo; pero ¿dice solo esto?
Intentemos de nuevo reformular el párrafo: «El científico no debería creer a pies juntillas que sus hallazgos constituyen “la verdad” sobre el mundo; a menudo existen otras posibilidades e incluso el universo podría no existir: podríamos no ser nada».
¿No capturó ya Leibniz el núcleo de esta conferencia mediante una pregunta extraordinariamente sencilla? Fue esta: «¿Por qué hay algo en lugar de nada?».
Micali no aplica tanta caridad hermenéutica y califica el discurso como una forma de prestidigitación. Pero, tras el ejercicio de caridad hermenéutica que se ha descrito —esto es, tratar un texto con el ánimo de encontrar su mejor significado—, es inevitable concluir que, simplemente por el hecho de interpretar un párrafo rocambolesco, se experimenta una sensación de alivio e incluso de alegría.
Es como convertirse en una persona privilegiada: «Yo soy capaz de entender este profundo argumento sobre la ciencia, y tú, pobre ignorante, posiblemente no lo entenderás nunca». Seguramente un rabino experimenta un sentimiento semejante tras años de fatigosa lectura de la Torá.
Pero todo cambia al preguntarse: ¿aporta a un científico algo verdaderamente importante, práctico o enriquecedor desde el punto de vista intelectual entender este párrafo de Heidegger? Nada de nada. Y con esta nada desaparece el encanto (¡perdón por el juego de palabras!). Este párrafo no superaría la prueba de Micali ya mencionada.
En fin, este análisis se limita a la primera mitad del libro. La segunda es completamente distinta: aplica la metodología hermenéutica al análisis de textos filosóficos y ofrece diversos consejos de escritura.
En conjunto, el libro parece compuesto a partir de varios textos que el autor posiblemente escribió con finalidades distintas, pero que, reunidos, no poseen suficiente consistencia interna. Quizá tenía prisa por publicarlo; quizá lo necesitaba para progresar académicamente. Ese es el problema de criticar a colegas filósofos: podemos caer en sus mismas debilidades.
Con algo más de paciencia habría podido escribir un texto de referencia para orientarnos en este mercado de las ideas, inundado por tanta charlatanería dromoespectacular.
Bibliografía
Popper, K. (1995): En busca de un mundo mejor, Barcelona, Paidós.
Borrell i Carrió, F. (2025): «Palabrería tramposa», Hedónica, (1), pp. 71-75.
Borrell i Carrió, F. (2025): «Byung-Chul Han: un error del Premio Princesa de Asturias», Hedónica, (3), pp. 123-139.
Heidegger, M. (2014): ¿Qué es la metafísica?, Madrid, Alianza Editorial.





