España en la obra de Joyce (1991)

Nunca estuvo, Joyce, en España y su conocimiento de la cultura española no iba más allá del que pudiera tener un irlandés culto de la primera mitad de este siglo. Se sabe, sin embargo, que en el otoño de 1928, y a causa de un descanso forzoso provocado por sus problemas con la vista, recibió clases particulares de español, lengua que jamás llegó a dominar. Por otra parte, durante la Guerra Civil Española, en la que la mayoría de los intelectuales occidentales tomó partido por uno u otro bando, Joyce mantuvo una estricta neutralidad, rehusando incluso contestar la encuesta que sobre la contienda le envió Nancy Cunard. Las alusiones en su obra a la literatura española se reducen a tres o cuatro autores: San Juan de la Cruz, Santa Teresa, Cervantes y Valera, a los que habría que añadir algunos nombres de entre las figuras egregias de la «España católica», que debió oír de los labios de sus tutores jesuitas. De todos ellos solo San Juan de la Cruz y Cervantes parecen haber dejado huella en Joyce, ya que el primero se encarna en una de las muchas personalidades de uno de los protagonistas de Finnegans Wake, mientras que Don Quijote influyó en su peculiar manera de entender el realismo.

La cultura española, sin embargo, tiene una importancia considerable en la obra de Joyce, no tanto por la abundancia de citas, alusiones o vocabulario español, que no es escasa, sino porque en más de una ocasión España entra en la maraña simbólica de su ficción. En Retrato del artista adolescente, por ejemplo, España aparece envuelta en resonancias católicas y jesuíticas, formando parte del mundo opresor y paralizante del que el autor pretende liberarse.

En este contexto se menciona al teólogo español Suárez y en dos ocasiones a San Francisco Javier, como hijo distinguido de la «catholic Spain», y entre la chiquillería de Clongowes Wood College corretea un españolito, compañero del pequeño Stephen, al niño no se le da nombre alguno y lo único que se dice de él es [que] se le permitía fumar puros. Joyce recoge con esta pincelada la costumbre entre las familias católicas españolas de enviar sus hijos a Irlanda para aprender inglés, en lugar de a la Inglaterra protestante. Lo más interesante es que España en esta obra queda involucrada en la ideología, modos de vida y religiosidad que el artista adolescente habrá de rechazar para alcanzar la cima de su carrera literaria. El «non serviam» de Stephen incluye también a la España de la Contrarreforma y de los jesuitas melosos y diplomáticos.

En Ulises la presencia de España es más amplia y optimista, y constituye uno de los subtemas que cimentan la narración, ya que la cultura española está estrechamente ligada a los orígenes de la protagonista, Molly, que en muchos aspectos era una réplica de Nora Barnacle, mujer de Joyce. Probablemente sea en Nora Barnacle y en su biografía donde arranque el valor simbólico de España en Ulises. La compañera de Joyce nació en la ciudad irlandesa de Galway, puerto en la bahía del mismo nombre, en la costa occidental de Irlanda, defendido por las islas Aran, que forman una especie de espigón avanzado resguardando la entrada a la bahía. Esta ciudad tuvo desde antiguo estrechas relaciones con Andalucía, algunos viajeros llegaron a compararla con Sevilla. En su historia y en sus monumentos han quedado vestigios de una larga relación comercial y cultural con el sur de España, incluso su población debió de verse enriquecida con sangre española, a raíz del naufragio de dos galeones, el Falcón Blanco y el Concepción, de la Armada Invencible frente a sus costas en 1588, sobreviviendo la mayoría de sus tripulantes y jubilosamente recibidos en la ciudad, según ciertos relatos. Fue seguramente por esta razón por la que Joyce hizo a Molly Bloom natural de Gibraltar, que para la función que desempeña en Ulises viene a ser lo mismo que Andalucía.

La españolidad de Molly impregna toda la novela. En el monólogo final rememora su juventud en Gibraltar mezclando vivencias amorosas con recuerdos de criadas españolas, corridas de toros y andanzas diversas por los pueblos de la bahía de Algeciras. En el parloteo seminconsciente de la madrugada brotan frases en español, llegando incluso a españolizar el nombre de su marido, al que llama Don Poldo de la Flora.

Molly y España no son sólo fogosidad y alegría, sino que entroncan con una corriente de civilización aún más antigua, hasta llegar a las migraciones procedentes del Mediterráneo oriental, en su camino a través de las columnas de Hércules hacia el norte de Europa. De este modo España se convierte en el caladero ineludible de civilizaciones avanzadas, que trascienden la personalidad de Molly y abarcan indirectamente a Leopold Bloom, el judío errante del Dublín inhóspito y hostil del 16 de junio de 1904. En los años que Joyce hace vivir a Molly en Gibraltar, desde 1870 hasta 1886 aproximadamente en que los Tweedy cambian su residencia a Dublín, los judíos sefardíes detentan un verdadero poder económico en la colonia.

Otro aspecto en el que se manifiesta que no sólo Molly configura el simbolismo de España en Ulises, y que también su marido contribuye a perfilar sus contornos referenciales, está relacionado con la situación legal de los judíos en Gibraltar. Bloom, judío de raza, vagabundo y desenraizado, según una cláusula del tratado de Utrecht, legalmente no podía alcanzar su paraíso perdido en Gibraltar. En efecto, en el artículo X de este tratado se dice: «El Rey Católico cede a la Corona de la Gran Bretaña, la propiedad de la ciudad y castillo de Gibraltar, pero que esto es sin jurisdicción alguna territorial y sin comunicación alguna abierta con la región circunvecina de tierra, conviniendo su Majestad británica, en que no se permita por motivo alguno, que judíos, ni moros habiten, ni tengan dominio en la dicha ciudad de Gibraltar». Por esta cláusula Bloom se convertiría en «persona non grata» en Gibraltar. Molly, por tanto, tuvo desde su nacimiento un cocimiento directo de los correligionarios de su marido, de ellos habla en su ensueño final, rodeándolos de un halo fantástico y lejano.

De este modo. España actúa como punto de confluencia entre Molly y Leopold Bloom, cristianismo y judaísmo, cultura mediterránea y pueblos del norte. Todo este conglomerado da lugar a la explosión vital que encarna Molly, quizás también Nora Barnacle, y por extensión el judío Bloom.

En Finnegans Wake se puede hallar casi todo aquello que uno busque, desde alusiones a mitos y leyendas dispares y contradictorias hasta teorías sobre los temas más peregrinos. Aunque la obra evidentemente está escrita en inglés, el vocabulario y la sintaxis han sido de tal modo manipulados y distorsionados que en muchas ocasiones resulta difícil discernir cuándo una palabra es inglesa, alemana o rusa y cuándo es italiana, griega o española. No obstante, sí se puede afirmar sin lugar a duda que el español es una de las más de cuarenta lenguas que Joyce introdujo en Finnegans Wake, como lo atestigua un buen número de palabras que salpican por todas partes el texto: esto, duro, hastaluego, míos, blanco, mundo, brisa, etc.

Con ciertas reservas se puede aventurar que lo español no juega solo un papel complementario en la universalidad de la obra, sino que caracteriza a ciertos personajes y configura y delimita algunas vías de narración. Por ejemplo, al igual que Molly en Ulises Anna Livia aglutina gran parte de lo hispánico en Finnegans Wake. En el capítulo VIII del libro I, aparece un buen número de vocabulario y topónimos españoles, como si Joyce quisiera convertir a Anna Livia en una prolongación de Molly. De la misma manera en la sección final de Finnegans Wake, vuelve a incrementarse el elemento hispánico. Esto no significa que sea posible trazar ni siquiera un esbozo biográfico de Anna Livia, en el que pudieran encontrarse antepasados españoles, ya que lo más que el lector es capaz de deducir de la vida de Anna Livia es que comparte sus ilusiones y frustraciones con Earwicker, que tiene tres hijos y que regenta con su marido un pub en las inmediaciones de Phoenix Park, y ni siquiera de estos exiguos datos está uno del todo seguro.

Lo que sí se atrevería uno a afirmar, con las consiguientes precauciones, es que Anna Livia personifica las mismas esencias que Molly, en un plano más universal, es cierto, y que al mismo tiempo acumula en su personalidad diluyente todos y cada uno de los rasgos distintivos de Molly-Nora. Existen razones para pensar que esto es así, principalmente si se sabe interpretar correctamente el vocabulario español que aparece en los pasajes donde la presencia de Anna Livia es indiscutible y se compara con el que emplea Molly, por ejemplo, en su monólogo.

El español, lo mismo que las otras lenguas de las que se compone el texto de Finnegans Wake, es violentado por Joyce con el propósito de alcanzar una universalidad intemporal. Este hecho dificulta con frecuencia la identificación del elemento español en la obra, pero, por otra parte, eleva el alcance de su significado a alturas raramente conseguido por escritores españoles, si exceptuamos algunas obras experimentales publicadas en los últimos años y que reflejan claramente la influencia de Finnegans Wake.

En líneas generales habría que decir a modo de conclusión que Joyce aprendió con gran provecho cuantas enseñanzas pudo recibir de los jesuitas en su juventud. La patria del fundador de la Orden debía ser tema frecuente en los seguidores de San Ignacio, y en la mente del joven Joyce quedó impresa la imagen de una España, que como todas las demás experiencias de su juventud, intentaría borrar, para reconstruirla después en su mundo de ficción. En su obra España se funde con vivencias personales, que al ser trascendidas por el arte adquieren nuevas dimensiones, casi irreconocibles en ocasiones.

 

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