Los amigos (¿o admiradores?) del artista (1991)

James Joyce exige a sus lectores que dediquen su vida entera a leer sus obras. O eso decía él, que también aseguró que mantendría ocupados a los profesores durante siglos.

Sin embargo, siempre afirmó que carecía de fantasía, y se veía obligado a recurrir a la realidad. Una realidad que constituye la materia de la que están hechos sus libros. Pues consideraba a los seres humanos fundamentales para el artista. Así que sus escritos están llenos de hombres y mujeres de la vida real, y sus temas siempre son sucesos cotidianos elevados por el arte a dignidad dramática.

Y como es natural, hombres y mujeres de la vida real fueron sus amigos. Unos amigos fidelísimos que lo admiraron y apreciaron profundamente durante toda su vida. Pues lo cierto es que pocos escritores fueron tan apoyados, animados y sostenidos como él.

Aunque jugaba el papel de víctima, de perseguido, ya en su infancia y adolescencia en Dublín, contó con el apoyo de su familia y profesores. Y a los 18 años, después de publicar un artículo sobre Ibsen, pasó a ser respetado en los medios universitarios. También por entonces impresionó al poeta W. B. Yeats, con el que mantuvo una entrevista.

El 16 de junio de 1904 tuvo la aventura más agradable de su vida: sale por primera vez con Nora Barnacle. Una mujer con la que viviría el resto de su vida y con la que no se casaría hasta 1931, después de 27 años de vida en común, dos hijos, uno de ellos casado, y un nieto en camino. Joyce pidió a Nora amor, protección y ayuda. Y, como las demás mujeres, fue para él una fuerza vital fundamental y primigenia, que sabe superar todas las dificultades, que sabe comprender, consolar y perdonar.

En compañía de Nora, y desafiando las críticas de la sociedad católica biempensante de Dublín, escapa a Trieste. Allí, mientras sobrevive dando clases de inglés, y escribe sin cesar, entabla relación con el escritor italiano Italo Svevo, autor de La conciencia de Zeno, al que admiraba y con el que mantendrá una amistad durante toda su vida. Svevo escribirá con cariño de Joyce dando muestras de que comprendía lo que se estaba proponiendo. Por su parte, Joyce consiguió generosamente que se reconociera el talento de Svevo.

Pero si se habla de generosidad, hay que referirse a Ezra Pound, ejemplar en este aspecto con relación a tantos escritores. De hecho, mientras Joyce vivía en Trieste, Pound le ofrece ayuda para publicar. Y gracias a él Joyce entrará en contacto con Harriet Weaver, que serializará Ulises en su revista londinense, y le apoyará económicamente y de modo anónimo. Algo que también harán otras personas, pues Joyce muchas veces, vivió como un rico, merced a la ayuda desinteresada de lectores que admiraban su obra y le enviaban dinero.

Al comenzar la Gran Guerra, se traslada con su familia a Zúrich, un lugar neutral. Allí trata mucho a Frank Budgen, un inglés interesado por el psicoanálisis, que se consideraba pintor aunque era funcionario. Joyce se veía casi diariamente con él y, mientras bebían vino blanco (Joyce opinaba que era como la electricidad, mientras que el tinto parecía y sabía a filete licuado), comentaban los problemas que le planteaba la escritura de Ulises. Luego, Budgen publicaría un importante libro al respecto.

Siguiendo el consejo de Pound, Joyce se traslada a París en 1919, donde residirá los siguientes veinte años. Entra en contacto con los intelectuales, que le recibirían muy bien. Inserto en el tumultuoso ambiente mundano-cultural de aquellos años, conoce a Sylvia Beach, dueña de la librería Shakespeare and Company. Por medio de ella se relaciona con los escritores norteamericanos exiliados de la «generación perdida», que le consideraban un genio. Así Hemingway, compañero de copas, al cual desarmó con su simpatía, y llegó a arremangarse el pantalón para enseñarle sus cicatrices de guerra. Scott Fitzgerald se ofreció a tirarse por la ventana para expresarle su admiración. Y John Dos Passos, entre otros muchos. Sin embargo, a la inventora de la etiqueta «generación perdida», Gertrude Stein, nunca le gustó. Hemingway dijo que si en el famoso salón de Miss Stein alguien mencionaba a Joyce, no lo volvía a invitar.

En París, donde escribía de noche y dedicaba parte del día a pedir prestados libros, ropa de cama, muebles y dinero que gastaba más deprisa de lo que podía obtener, también trata a escritores franceses que harán conocida su obra. Uno de ellos, Valery Larbaud, pronunció una conferencia sobre Ulises. Entre los asistentes se repartieron fragmentos del libro traducidos al francés por Benoist-Méchin. Este, amigo de Proust, tradujo el «I will» del final del libro por «je veux bien». Pero le pareció poco eficaz y añadió «oui». Joyce dudó, pero también añadió ese «sí» al texto en inglés.

Y hablando de Proust. Él y Joyce cenaron juntos. Al parecer, desconocían sus libros respectivos, y los dos se fueron pronto. Proust porque dijo que le dolía el estómago. A Joyce, según dijo, lo que le dolía era la cabeza.

Por entonces, 1922, Sylvia Beach edita Ulises. Para ello solicita dinero y busca suscriptores, entre los que se cuentan Winston Churchill, T. E. Lawrence, Wallace Stevens, William Carlos Williams y otras luminarias de la época. Miss Beach, que actuaba como la representante de Joyce, también solicitó apoyo cuando el libro fue sometido a proceso en los Estados Unidos, acusado de inmoral.

Consagrado como el escritor que había matado el siglo XIX —según T. S. Eliot—, el gran poeta de una nueva fase de la conciencia humana —en expresión de Edmund Wilson—, Joyce había emprendido la escritura del futuro Finnegans Wake, que iría apareciendo en la revista transition editada por dos personajes que iban a ser fundamentales en sus años siguientes: María y Eugéne Jolas. También mantiene una estrecha amistad con otro irlandés exiliado, el joven Samuel Beckett. Amistad que se rompe porque Lucia, la hija de Joyce, que daba muestras de desequilibrios psíquicos, creía que Beckett estaba enamorado de ella. Y la familia Joyce decidió que el futuro autor de Molloy le había dado pie para ello.

En 1939, se publica Finnegans Wake, ha estallado la Segunda Guerra Mundial, y Joyce regresa a Zúrich. Sigue sometiéndose a operaciones oculares —tenía glaucoma—, y ya no escribe, dedicándose a atender a su hija, a la que terminan por internar.

Estos últimos años, siguió rodeado de amigos que le prestaban casas de campo o en la Costa Azul. Y es reconocido en vida como uno de los más importantes escritores del siglo.

Cuando la demente Lucia se enteró de su muerte dijo: «¿Qué hace ese idiota bajo tierra? ¿Cuándo se decidirá a salir? Nos está mirando todo el tiempo».

 

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Comentarios y respuestas: revista@hedonica.es

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