Erich Mielke. El rostro despiadado de la Alemania comunista

Francisco Sosa Wagner (2026): Erich Mielke. El rostro despiadado de la Alemania comunista, Madrid, Funambulista.

 

 

Quienes conocemos la obra del profesor Francisco Sosa Wagner, catedrático de Derecho Administrativo nacido en el Marruecos español hace ochenta años, sabemos del interés del iuspublicista hispano por la llamada República Democrática Alemana (RDA). Como relata en su última obra —que aún no ha sido publicada en el momento de este diálogo con el autor— Erich Mielke. El rostro despiadado de la Alemania comunista, Sosa Wagner conoce el paraíso alemán del Este durante sus años doctorales en la República Federal Alemana (RFA). Alguien tan curioso como él no podía dejar de interesarse por lo que ocurría al otro lado del muro. Estamos a finales de los años 60 del pasado siglo.

Mas la curiosidad mató al ratón. Tras caminar por sus calles, visitar sus librerías, charlar con sus gentes y conocer las bondades y libertades socialistas de cuño soviético, Sosa Wagner se convertirá en un convencido anticomunista.

El desolador panorama intelectual y existencial que vive en primera persona hará que, con los años, Sosa Wagner dedique algunas páginas a la gris y triste RDA tanto en Juristas y enseñanzas alemanas (I): 1945-1975. Con lecciones para la España actual (Madrid, Marcial Pons, 2013) como, más recientemente, en Carlo Schmid. Padre de la Ley Fundamental de Bonn. Profesor, político socialdemócrata, escritor (Madrid, Marcial Pons, 2025).

Ahora, en Erich Mielke. El rostro despiadado de la Alemania comunista, vuelve sobre el tema y se ocupa in extenso de la RDA, al tiempo que narra las peripecias vitales del fundador de la Stasi: Erich Mielke.

A juicio del autor de la obra, Mielke fue un «narcisista maligno, imantado por un ideal que encontró en su pertenencia identitaria a la esfera del poder y al ejercicio del mando».

Pero ¿quién fue Erich Mielke?

Procedente de una modesta familia, Mielke nace en Berlín en 1907. Posee grandes dotes intelectuales desde su más tierna infancia. Concienzudo y revolucionario a partes iguales, se vincula al comunismo en 1921. Primero a las Juventudes Comunistas (1921) y, poco después, al Partido Comunista (1924). En 1931, hiere a un teniente y mata a dos capitanes prusianos. Consecuentemente, debe huir a Moscú. Su atinado olfato político lo ubica siempre al lado del caballo ganador y empieza, así, a gozar de buena reputación en la URSS de Stalin, a quien siempre admirará. En 1936 llega a España de mano de las Brigadas Internacionales; mas se desconoce su desempeño en la guerra. Entre 1940 y 1945 hay lagunas en su biografía. En 1945, empero, sí se tiene constancia de él en Berlín. Allí pronto hará carrera a la sombra de Walter Ulbricht (1893-1973), mandamás de la RDA durante dos décadas. Cuando ve que la estrella de Ulbricht se apaga, el «obediente y obsequioso» Mielke da la espalda a su jefe y apoya a Honecker, que estará al frente de la RDA desde 1971 hasta 1989. En diciembre de este último año —tras traicionar a Honecker—, Mielke, el todopoderoso Mielke, es detenido por sus camaradas comunistas y, poco después, resulta condenado a seis años de prisión por delitos cometidos a lo largo de más de medio siglo. Liberado —por razones de edad y salud— al cabo de dos años, Mielke fallece en Berlín el 21 de mayo del 2000.

Erich Mielke pasa a la historia por haber fundado la Stasi, esto es, «un siniestro imperio represivo-burocrático que llegó a tener 90.000 colaboradores oficiales y unos 200.000 no oficiales, los ojos y los oídos del horror». Desde 1957, cuando es nombrado ministro, Mielke rige con mano de hierro esa organización que tenía por finalidad fiscalizar y, no pocas veces, eliminar a los enemigos de la RDA, del partido y del socialismo, «los amores de su vida».

Dedicaremos las siguientes páginas a comentar con el profesor Francisco Sosa Wagner su Erich Mielke. El rostro despiadado de la Alemania comunista. Se trata de una obra ineludible para historiar el comunismo europeo, pero es igualmente una valiosa herramienta para entender la realidad jurídico-política europea actual.

 

*

 

Francisco Vila (FV): Estimado profesor, su interés por el comunismo viene de largo. Pero las filias o fobias de uno no bastan para escribir un libro tan minucioso y revelador como su Erich Mielke. El rostro despiadado de la Alemania comunista. Es necesario documentarse. Por tanto, la primera pregunta es obligada: ¿cómo fue su trabajo de campo?

 

Francisco Sosa Wagner (FSW): Para escribir el libro, me he documentado en las publicaciones que se citan en la bibliografía. Las relativas a la RDA son muy abundantes y he debido seleccionar mucho; menos son las específicas destinadas a la figura de Mielke. En Internet, YouTube, etc., se encuentran muchos testimonios elocuentes de los acontecimientos que narro. Y he estado pendiente de las últimas novelas que se han publicado sobre la RDA, como Das Narrenschiff, de Christoph Hein. Por último, he viajado a Berlín y a Leipzig para ver in situ los escenarios de la Stasi, sus cárceles y el Ministerio para la Seguridad del Estado. Incluso tengo una foto hecha en lo que fue el despacho de Mielke. En estos lugares, las librerías que se han abierto recogen mucho material que no se encuentra en los circuitos normales. Lo único que se negó a ver Mercedes, mi mujer, fue el lugar donde se ejecutaban las penas de muerte en Leipzig, primero con la guillotina y, al final, con el «tiro de cercanía», una modalidad que, por lo visto, inventaron los simpáticos camaradas de la URSS.

 

FV: El libro arranca con afirmaciones de Mielke ante el Parlamento de la RDA en las que manifiesta: «Todo lo que he hecho hasta ahora ha sido en defensa de la República y en defensa del socialismo», «he trabajado con fidelidad y luchado por lo nuestro», «he servido al Partido, al Estado y al mundo socialista», por lo que no puede ser un traidor, etc. Estas palabras me recuerdan a las de un ministro español caído en desgracia —e incluso en prisión— que aseguraba haber sido un mero mandado del partido. ¿A usted no?

 

FSW: Sí, en general, se trata de una respuesta bastante utilizada por quienes disfrazan sus fechorías con el servicio a una causa justa y benéfica para la humanidad.

 

FV: A diferencia del ministro mencionado, Mielke era un fiel creyente en el socialismo. De hecho, el último jefe de la KGB lo describe como «un comunista convencido, que creía en el socialismo como el orden perfecto de la sociedad y el futuro del pueblo alemán. Era un hombre extremadamente disciplinado, gustoso de cultivar la puntualidad y la exactitud». Así pues, Mielke fue un fiel devoto de la causa socialista: no se enriqueció, empleó todos los medios —legales e ilegales— para implantar el socialismo, etc. ¿No cree que la biografía de Mielke nos alecciona sobre que esta gente, que cree de verdad en la causa socialista, es a la postre peor —es decir, hace infinitamente más daño— que aquellos socialistas de boquilla que emplean el socialismo tan solo para enriquecerse?

 

FSW: Es difícil medir el grado de maldad y depravación de las personas que utilizan un ideario para desarrollar sus vicios en su vida personal: unas veces es el ejercicio despiadado y constante del poder y otras es el disfrute de unas vacaciones en compañía seductora. En todo caso, se trata de sujetos despreciables.

 

FV: Me llama la atención que Mielke se presente como un gran paladín de la humanidad. Ante el Parlamento de la RDA asegura: «Yo os quiero a todos, quiero a todas las personas». Este humanitarismo, que también estaba presente en los nazis (especialmente, en Hitler), parece un rasgo común a todo tirano que se precie. ¿Tenía Carl Schmitt razón con aquello de «quien dice humanidad quiere engañar»?

 

FSW: Carl Schmitt tiene razón. De todos modos, yo no daría importancia a la afirmación de Mielke ante el pseudoparlamento alemán cuando dijo eso de «os quiero a todos», porque con ella Mielke pasó de la tragedia a la farsa; por ello, provocó la gran carcajada entre quienes le oyeron. Por cierto, por primera vez en toda su historia política, pues nunca había comparecido ante aquella cámara quien era el responsable de la seguridad del Estado.

 

FV: Encargado de la desnazificación de Berlín, Mielke revela en ella su rostro más brutal. Usted ilustra que «se desempeña con un celo y un rigor incomparables», amén de que es partidario de imponer «castigos ejemplares» a todos los enemigos del socialismo, esto es, a todos los que no comulgasen con todas y cada una de las líneas del Partido. ¿Mantuvo esta política represiva durante los 40 años en el poder?

 

FSW: Exactamente, durante los 40 años de ejercicio de un poder que él fue ampliando con astucia a lo largo del tiempo. La persecución de los nazis enorgullece a los alemanes que vivieron bajo el yugo comunista. Aún hoy y entre personas que fueron disidentes. Cuando visité —con mi mujer, Mercedes— el verano pasado las cárceles de la Stasi en Berlín y Leipzig, los guías —personas mayores que no fueron comunistas— recordaban esta característica de la RDA que no se dio en la República Federal, donde los viejos nazis fueron incorporados pronto a sus puestos, aunque fueran delicados, como los de profesores o jueces. Adenauer lo explicaba con su habitual desparpajo: «Solo tiro el agua sucia cuando dispongo de agua limpia». Pues bien, cuando cayó el muro, resultó que la persecución sufrida por los esbirros de la Stasi y por sus dirigentes también fue mínima. Y esa lenidad parecía satisfacer a nuestros interlocutores que nos explicaban las torturas en aquellas cárceles que visitábamos.

 

FV: Mielke creó un imperio del terror que vigilaba, secuestraba, torturaba e incluso mataba. Para ello, contaba con «círculos infernales de pérfidos topos». Tenía decenas de miles de colaboradores no oficiales, entre los que había profesores, artistas, novios y novias, mujeres y maridos, hermanos y hermanas, todos dispuestos a delatarse entre sí. ¿Podría sintetizarnos qué fue la Stasi?

 

FSW: Una máquina de terror cuyo aceite, como señala, era la delación mutua. Los padres no podían fiarse de sus hijos, ni los hijos de los padres. Los muchachos en los colegios recelaban mutuamente. Los testimonios que han salido a la luz (a partir de la consulta de las actas de la Stasi desde enero de 1992), y los que saldrán, son escalofriantes. El de Susanne Schädlich en su libro Immer wieder Dezember. Der Westen, die Stasi, der Onkel und ich es demoledor. La autora descubre que su tío, al que había querido mucho y con el que había mantenido una relación constante, era quien proporcionaba información a la Stasi sobre toda la familia, reuniones de Navidad, comidas en el campo, excursiones, etc. Estamos hablando de una familia de intelectuales relevantes.

 

FV: En 1957, el creador de la Stasi llega a ser ministro. Usted lo define como dictatorial, áspero y arbitrario. ¿Por qué?

 

FSW: No podía ser de otra manera quien levantó ese imperio. Hay que tener en cuenta que, como explico en el libro detenidamente, Mielke fue ministro desde 1957, pero había sido viceministro con anterioridad. Y siempre, desde la primera hora, en 1945, el siniestro Ulbricht le encargó las tareas policiales más oscuras. La de quitar de en medio a quien era el jefe de la minoría comunista en la República Federal, una vez celebradas las elecciones de 1949, es de nota, pero no la voy a contar para que el interesado lea mi libro.

 

FV: Stalin se oponía a la creación de la RDA. Solo autorizó su instauración como reacción a la fundación de la RFA. Stalin abogaba por una Alemania unida y en paz. Quería que Alemania fuese el escaparate para difundir la buena nueva comunista entre los europeos. A finales de los años sesenta, usted tuvo la oportunidad de viajar a aquel paraíso. ¿Cómo era?

 

FSW: Sí, Stalin no se fiaba de los alemanes y yo creo que menos aún de los alemanes comunistas. Nunca tuvo especial aprecio a Ulbricht y a Beria aún menos. Quisieron, en efecto, crear un escaparate comunista, pero los escaparates se encuentran en sitios visibles y aquel engendro de República era todo menos visible. Yo, como becario del Ministerio Federal de Asuntos Exteriores alemán (DAAD), tuve la oportunidad de viajar varias veces a Berlín a finales de los años 60 del siglo pasado. Con mi pasaporte español no podía viajar a los países situados «detrás del telón de acero», ni tampoco por las ciudades de la Alemania comunista, excepto el Berlín Oriental. ¿Por qué? Siempre he pensado que Franco, que era tan ignorante como astuto, autorizaba a sus súbditos a pasar el muro para que vieran lo que había detrás. Yo no me hice franquista, pero sí abiertamente anticomunista. El golpe psicológico que suponía ver la sociedad alemana en una ciudad como Tubinga (donde yo vivía) y comparar la prensa, las librerías y la Mensa, donde los estudiantes discutían de todo, con lo que ofrecía el Berlín Oriental era demasiado grande. Cuando digo que en la Mensa se discutía de todo, añado: ¡incluso de asuntos teológicos! Así lo pude comprobar personalmente en muchas ocasiones.

 

FV: En 1961 se erigió el muro de la vergüenza con la excusa de luchar contra el fascismo occidental (para los soviéticos y sovietizantes, todos, salvo ellos, eran nazis, fascistas y socialfascistas). Lo más curioso de este muro «defensivo» es que impedía salir a sus propios ciudadanos. Se trataba de una cárcel para los alemanes del este. La RDA —y, detrás de ella, la URSS— justificó su construcción alegando la necesidad de garantizar «seguridad, limpieza, normalidad y orden en la RDA, frente a la criminalidad y la inmoralidad de Occidente, donde “se robaban niños para traficar con ellos y mujeres para conducirlas a los burdeles”». Bajo estas palabras que usted cita, resuena el «mito del Occidente podrido», originado en la Cuarta Cruzada (1202), cuando los bizantinos temieron que Constantinopla fuese conquistada por los occidentales. Este mito sigue presente actualmente en los discursos del presidente Putin.

 

FSW: El muro era terrible. Yo solía cruzar la frontera por la estación de metro de la Friedrichstrasse y recuerdo que, al salir del vagón, se me acercaban inmediatamente dos policías de verde con un perro que me olía mis zonas pudendas a la búsqueda de material contaminante. En el viaje que hacía en autobús salíamos de Stuttgart y, al cruzar la frontera de la RDA, solo se podía bajar una vez para orinar, momento en que la policía desplegaba unos enormes espejos que pasaban por debajo del autobús y registraban todas las maletas y pertenencias de los viajeros que éramos jóvenes estudiantes. La intoxicación de Occidente debía evitarse a toda costa.

 

FV: Otra cuestión soviética que parece perdurar hasta nuestros días es el puritanismo. Usted menciona que el comunista perfecto era un hombre escrupulosamente mesurado y comedido en todo lo relacionado con el sexo femenino. Algo similar se podría añadir sobre el uso político de la ecología en la RDA. A saber, los comunistas alemanes fijaron la defensa del medio ambiente como un fin del Estado en la reforma constitucional de 1974. Así pues, en los tiempos actuales de corrección política, ¿puede decirse que se han sovietizado un poco nuestras vidas?

 

FSW: Las relaciones con el sexo femenino en la zona occidental en la que yo vivía eran libres, aunque no especialmente promiscuas. En la facultad, los chicos y las chicas tenían su pareja, que solía ser estable hasta que la relación se rompía. En la zona comunista, este asunto cambió a lo largo de la vida de la RDA, como yo cuento en mi libro. Lo que siempre mantuvo en guardia a Mielke y a los Mielke eran los atuendos de hippies y los aspectos rebeldes. En mi experiencia personal, recuerdo que trabé cierta amistad con un grupo de jóvenes de Berlín Oriental que me sirvió para conocer mejor la ciudad. Pues bien, en una ocasión intentamos entrar en una discoteca y tuvimos que desistir porque a uno de aquellos jóvenes le prohibieron la entrada por llevar el pelo largo (un vicio del capitalismo más abyecto).

 

FV: Llegamos a 1989. En menos de un año, todo se desmorona. Empieza a resquebrajarse el 7 de octubre de 1989, día en el que se celebra el 40.º aniversario de la fundación de la RDA. Ante el mismísimo Gorbachov, los alemanes dicen «hasta aquí» y braman en favor de la libertad. El Gobierno dimite el 7 de noviembre, por lo que Mielke pierde su ministerio. Un mes después, el 7 de diciembre, el fundador de la Stasi es encarcelado por sus propios camaradas. Lo acusan de corrupto, torturador o asesino. Aquellos camaradas que siempre lo habían tratado con una mezcla de miedo, adulación y respeto van ahora contra él. Poco después, Mielke es condenado a seis años de prisión, de los que apenas cumple dos. ¿Cree que Mielke fue tratado mezquinamente por el socialismo que tanto defendió?

 

FSW: A Mielke le sobraron los últimos diez años de su vida. Su salud, fortificada por el deporte y sus costumbres morigeradas, le jugó una mala pasada. Le condenaron a seis años por un asesinato cometido en el Berlín de la República de Weimar.

 

FV: El 18 de marzo de 1990 se convocaron elecciones libres. Los democristianos obtuvieron el 40,8% de los votos, los socialdemócratas el 21,9% y los comunistas que habían capitaneado el Estado durante más de 40 años quedaron en tercer lugar con el 16,4% de los sufragios. Esta elección, celebrada en libertad, demostró que se trataba de un sistema de cartón piedra. Entonces, ¿por qué duró tanto?

 

FSW: En efecto, todo el sistema era de cartón piedra. Pero siempre tuvo detrás a la URSS. Cuando la URSS se tambalea, la RDA desaparece como una pesadilla. Todo el juego de relaciones con la URSS y sus servicios secretos, de espionaje y demás, los cuento por lo menudo en el libro.

 

FV: Descendiendo a la realidad política de aquellos países que, en pleno siglo XXI, han tratado de realizar nuevamente el socialismo, una última pregunta me viene a la cabeza. A saber, usted señala en la conclusión que «de una dictadura gestionada por unos personajes tan aviesos, tan tortuosos, mediocres y crueles solo podía salir un sistema chabacano, ineficaz y, claro está, sangriento». ¡Y eso que eran alemanes! ¿Cómo calificaría entonces a los socialismos iberoamericanos del siglo XXI?, ¿qué diría que podemos aprender los españoles y los hispanoamericanos del caso alemán para que no se repita?

 

FSW: Nunca entenderé la supervivencia de partidos comunistas en los países libres. ¿Cómo es posible ver la hoz y el martillo en las universidades del continente americano o en España? Nosotros tenemos ministros que son dirigentes comunistas y lo proclaman sin bochorno. ¿Alguien se imagina a un ministro que se autocalificara de nazi o de fascista?

 

FV: Gracias, profesor. Ha sido un placer.

 

 

 

Autores

  • Escritor. Catedrático de Derecho Administrativo en la Universidad de León y diputado por UPyD en el Parlamento Europeo. Ha escrito textos jurídicos e históricos, dos novelas satíricas e infinidad de ensayos periodísticosFue miembro de la Comisión de Expertos que diseñó el modelo autonómico español y participó en la redacción, a propuesta del PSOE, del Estatuto de Autonomía de Asturias.  En 2008 fue elegido miembro de la Academia Internacional de Derecho Comparado. 

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  • Francisco Vila Conde

    Investigador posdoctoral-Xunta de Galicia (ED481B-2025/098) en el área de Filosofía del Derecho y en el grupo AGAF —financiado por las ayudas de consolidación a GPC de la Xunta de Galicia (ED431B 2024/39)— de la Universidade de Vigo. Este trabajo forma parte del proyecto de investigación «El sistema de partidos en Andalucía (1868-1936): un análisis dinámico de sus transformaciones a través de las elecciones y las élites políticas» (PRY 190/25)».

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Comentarios y respuestas: revista@hedonica.es

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