Gabriel Albiac (2025): El eclipse del padre. Una crítica de la razón woke, Madrid, La Esfera de los Libros. [232 pp., 18,90 €].
El último libro del filósofo, novelista e historiador Gabriel Albiac es, si se me permite decirlo así, un laberinto. Un laberinto en el que uno se topa con numerosos lugares que captan la atención del lector. Dicho de otra manera, se trata de una ciudad —¿qué gran ciudad no es un laberinto?— en cuyos barrios nos atienden Freud y Lacan, Gide y Baudelaire, Kafka y Cernuda, Verlaine y Rimbaud, y otros muchos autores. Nos atienden bajo un cielo azul en el que se leen las letras que forman la palabra «Padre». Esa es la cuestión. La pregunta que se hace Gabriel Albiac. Una pregunta que ofrece a los ojos del lector un nimbo formado por los numerosos libros de los que Albiac es autor. Sus títulos pueden servir para acercarnos a El eclipse del padre. Mencionemos algunos: Sin miedo, sin esperanza, En tierra de nadie, Dormir con vuestros ojos, Alá en París, Diccionario de adioses, Palacios de invierno, Últimas voluntades… Y así llegamos al Elogio de la filosofía, obra en la que el autor se ha introducido tan a fondo gracias, en buena medida, a sus memorables estudios sobre Spinoza y Pascal. Obra en la que Gabriel Albiac ve la filosofía como juego y compañía. Y en la que se nos dice que «saber morir es la lección primera de la filosofía. O saber vivir. Vida y muerte son lo mismo: caídas circulares de una en otra» (p. 21). Por eso, Albiac ve la filosofía como una tragedia. Tragedia que se trasluce, con profundas sombras, en El eclipse del padre.
Dado que esta obra se nos presenta como una ciudad laberíntica, procederemos, para no extraviarnos, a recorrerla citando frases —a veces, diríase que oraculares— que reflejan lo que Albiac quiere decir en su libro. Solo al término de ese recorrido nos permitiremos hacer algunas consideraciones de carácter más personal.
El Padre se nos empieza mostrando, en El eclipse del padre, como una figura que suscita miedo, que nos contempla como un verdugo, que, por el simple hecho de traernos al mundo, nos ha condenado a la pena de muerte. Es una figura que nos hace sentir el terror que Hermann Kafka suscitaba en el espíritu de su hijo Franz. Y en la que puede llegar a darse tan extraña relación como la que tuvo el adolescente Rimbaud con el avejentado Verlaine. Diríase que la de estos dos poetas fue una relación incestuosa. La relación de un hijo con su padre. Y también una relación sadomasoquista, por las palizas que se daban hasta llegar a convertirlas en rutina.
Una de las características del libro de Albiac es que, a menudo, puede ser visto como políticamente incorrecto. Por ejemplo, cuando leemos: «La regresión puritana, de la cual las iletradas neofeministas identitarias se han erigido en vestales, descalifica todas las iniciativas liberatorias que marcaron la vida de las mujeres en la segunda mitad del siglo XX, cuando el feminismo era sexualmente emancipatorio. Sexualmente; no genéricamente» (p. 16). De este modo, Albiac pone en evidencia el puritanismo de esa nueva izquierda que trata de sustituir la palabra sexo por la palabra género, o sea, un rasgo físico extraordinariamente importante del cuerpo humano por un rasgo puramente verbal de los nombres que se dan a las cosas. Quienes emplean la palabra «género» en lugar de «sexo» parecen no darse cuenta de que ven al ser humano no como un ser físico, corporal, sino como un nombre, como las líneas de un diccionario.
Esa cuestión la trata ampliamente Albiac en el capítulo «Paternidad sin padre», fijándose en sus aspectos legales, como cuando señala que «en el caso español, un menor de edad puede, sin ningún filtro, hacerse castrar por simple comparecencia ante el oficinista del registro civil» (p. 75). Lo que le lleva a exclamar: «Que los legisladores españoles están enfermos, moralmente enfermos —de mezquindad, de vanidad, de orgullo, casi siempre de ignorancia—, lo sabemos» (p. 75).
El eclipse del padre es también un libro que somete a escrutinio el régimen que ordena y manda en España, un régimen que es un digno heredero de la dictadura de Franco, aunque trate de disimularlo gracias, sobre todo, a los medios de comunicación que, de una u otra forma, le están sometidos. Esto nos hace temer que la democracia orgánica del régimen de Franco acabe siendo una democracia oligárquico-partitocrática. La que se fundó en 1978.
«No hubo nunca verdugo que no se soñase víctima. Ni hijo al abrigo de suplantar al padre» (p. 27). Con esa afirmación, que podríamos aplicar a las llamadas «democracias» (particularmente, a la española), Albiac destaca, sobre todo, la competitiva relación que suele tener el hijo con su padre; lo que le lleva a la sentencia que hace Sartre al afirmar que el «lazo de la paternidad está podrido» (p. 28). El autor de la Odisea percibió hace casi 3.000 años algo semejante cuando estampó en su épico poema (I, 217): «(…) Pues nunca ha sabido un hombre reconocer al padre que lo engendró» (p. 29). ¿No vio Heráclito a la Guerra como «padre de todos, rey de todos»? También podríamos decir, a fin de ensamblar el género de la palabra con el sentido de la sentencia: «Combate, padre de todos, rey de todos…». Expresándose menos épicamente, Gabriel Albiac afirma: «El padre es la ley. Eso descubre Atenea a Telémaco» (p. 34). Y cita también —lo que hace a menudo en su libro— a Sigmund Freud, que vio en el héroe a «aquel que se alzó violentamente contra su padre y acabó por vencerlo» (p. 36).
Dado que el padre, al llevar al hijo a la existencia, lo condena a la pena de muerte, se entiende que con razón el hijo se lo reproche. Lo que conduce a Gabriel Albiac a hacer una afirmación pesimista, pero también realista, como son las que se dejan ver a menudo en las calles de El eclipse del padre: «La vida es muerte» (p. 51). Franz Kafka da la razón a nuestro filósofo, pues el autor de El castillo dijo de su padre: «Tú revestiste ante mis ojos ese carácter enigmático que tienen los tiranos, cuyo derecho se asienta, no sobre la reflexión, sino sobre su propia persona» (p. 45). En buena medida, la originalidad tremendista de la obra literaria de Kafka deriva de la dura relación que tuvo con su padre, lo que le llevó a ver la vida como un terrorífico proceso.
Los tonos sombríos con los que pinta Albiac la figura del padre son parecidos a los que le sirven para pintar al escritor, sobre cuya condición evoca una frase que Philip Roth escribió en 2009: «(…) cuando un escritor nace en una familia, esa familia está jodida» (p. 57).
Al tratar el problema de que un adolescente pueda elegir el «género» que se le antoje, Albiac se pregunta: «¿En qué identidad viviré?» y acaba concluyendo: «Abracemos el día del universal exilio. Ese día en el cual identificarse con un Estado, una nación, un pueblo o un gusto o un disgusto libidinal será tan solo signo de amor a la servidumbre» (p. 76). ¿No es eso lo que pasa con las tan cacareadas libertades que el Estado nos regala? ¿No son a menudo formas de sometimiento y servidumbre? Obviamente, revestidas de hipocresía. Una hipocresía que bulle sin parar en el fondo anímico de políticos e intelectuales.
La figura de la mujer es de gran importancia en El eclipse del padre. En ese barrio de la ciudad-laberinto en el que nos encontramos, Albiac recurre, como a menudo hace, a la literatura griega (Homero, Sófocles, Eurípides, Platón, Aristóteles, etc.) y señala «el poder escalofriante de las mujeres en la tragedia griega», que ejemplifican bien Medea o Andrómaca. Al introducirse en la mitología, observa que «la madre, en el mito fundante griego, pone al padre. Su primacía sobre él es absoluta, y solo ella fundamenta el origen del cosmos ordenado: sin varón alguno» (p. 92). Y tiene mucha razón Albiac cuando afirma que «los más bellos caracteres del teatro griego son femeninos. Y mujeres son sus más perennes heroínas literarias. También las más duras, las más imponentes en ese mundo guerrero, hecho de fuerza, astucia e inteligencia» (p. 98).
En el capítulo titulado «Complejidades y paradojas freudianas», comienza citando al sirviente de Medea, que se pregunta: «¿Qué es un mortal? Nada más que sombra… No se hizo la felicidad para nosotros los mortales. La fortuna tiene flujos, reflujos y favorece a este o a aquel. Pero, ¿quién es feliz? Nadie» (p. 101). Y, más adelante, cita de nuevo a un autor griego, en este caso al Homero de la Ilíada: «Nada se gana con las quejas que hielan nuestros corazones, puesto que tal es la muerte que los dioses reservaron a los pobres mortales: vivir en la tristeza, mientras que ellos moran exentos de preocupación alguna» (p. 115).
Un poco más adelante, en nuestras visitas a los portales de las calles de la ciudad El eclipse del padre, Albiac nos confiesa que, en su vida, solo los relatos de Guillermo Brown los ha leído con la frescura con que ha leído la Ilíada. Lo que le lleva a trazar en pocas palabras algo así como un resumen de su propia vida: «Esa vida que fue, de la blindada soledad en los libros a la anarquía, de la anarquía al sueño de la revolución; de su fracaso a la blindada soledad que solo restituyen los libros» (p. 126). Eso es El eclipse del padre: soledad-libros, anarquía, sueño de la revolución, soledad-libros. En el prólogo de su Elogio de la filosofía anticipó esas ideas cuando escribió: «Contemplo ahora mi vida. En la cual no hubo más que filosofía. La contemplo con el sosiego que Lucrecio dicta».
Albiac señala que la Gran Guerra, que tuvo lugar de 1914 a 1918, representó una auténtica conquista social para las mujeres, pues, como en esos años asumieron las tareas de las que hasta entonces se habían ocupado solo los varones (oficinas, comercios, centros de enseñanza y otras muchas profesiones), se vieron liberadas de su condición meramente doméstica y ancilar. Acabada la contienda, siguieron asumiendo las tareas que la Gran Guerra les había proporcionado. En ese contexto, Albiac se entretiene contándonos, en primer lugar, la vida de Kiki de Montparnasse, para la que no existían lazos patriarcales, sino conexión con artistas de la vanguardia dadaísta y surrealista; en segundo lugar, la de Elsa Triolet, que, hechizada por el comunismo soviético, fascinó al conocido poeta Louis Aragon; en tercer lugar, la de Nusch, que se une a la vida del gran poeta Paul Éluard, que acababa de ser abandonado por Gala, al unirse esta a Salvador Dalí; y, en cuarto y último lugar, la de Violette Nozière, que, con 18 años, envenenó a sus progenitores, lo que tuvo como consecuencia la muerte de su padre. Esta última mujer la ve Albiac como «arquetipo de la podredumbre patriarcal sobre la que se asienta un mundo, el nuestro, particularmente hipócrita» (p. 160). Así se entienden estos versos de Paul Éluard: «Un día no habrá ya padres / en los jardines de la juventud. / Habrá desconocidos. / (…) / el espantoso nudo de serpientes de los lazos de sangre» (p. 161).
Y ahí, en ese nudo de serpientes, de víboras, en esa madriguera familiar, surge Narciso, bella criatura carente de identidad paterna, que solo sabe mirarse a sí mismo y querer poseerse como el amante al amado, sin darse cuenta de que esa es una empresa imposible. Seguidamente, vienen en El eclipse del padre las decapitaciones de varones ordenadas a veces por mujeres: Judit y Holofernes, Salomé y Juan el Bautista…
«El último tercio del siglo XX y lo que va del XXI ha dado en ser el novedoso territorio de las madres fálicas: función simbólica que suplió ventajosamente al vaciamiento de la autoridad patria que sigue al terremoto del 68», terremoto importante en la obra y la personalidad de Gabriel Albiac.
Cerca del final del libro, el autor nos confiesa que el mundo siempre ha sido «soledad y abismo» (p. 206). «El espanto es nacer: lo sin remedio» (p. 208). No obstante, al ver que el Epílogo de El eclipse del padre se titula «Padre nuestro», uno empieza a intuir cambios o sesgos importantes en la obra. Ya en el capítulo anterior se nos presentó a un joven sacerdote que «invoca al Dios padre de todo y pronuncia las palabras de bautismo» (p. 201). Y, al final del libro, se nos declara que la religión «dice toda la verdad —toda— del medroso animal que se sabe destinado por sus genitores a estrellarse contra la muerte. Y que lo dice, y que alza su voz: “¡Padre, aparta de mí este cáliz!”» (pp. 212 y 213). Se menciona seguidamente el Concilio de Trento, y se citan dos frases de san Agustín: «“Hablamos nosotros, pero instruye Dios; hablamos nosotros, pero Dios enseña”. Y, donde Dios, pongamos cualquiera de sus sinécdoques: Padre y Maestro, ante todo» (p. 215).
Después de decirnos el autor que «somos los hijos bastardos de un monoteísmo despiezado: engranajes dispersos de la que fuera memorable máquina escénica tridentina» (p. 216), El eclipse del padre termina con estos versos de Dylan Thomas: «(…) Padre, allá en las tristes alturas, / maldíceme, bendíceme, te imploro, con tus fieras lágrimas» (p. 216).
Aquí concluye el laberinto en el que nos habíamos introducido al iniciar la lectura del libro de Gabriel Albiac. Tras el rápido recorrido que acabamos de hacer, lo que uno deduce es la pasión que ha llevado al autor a tratar de comprender el mundo en el que vivimos. El mundo de nuestro tiempo. Y, también, el mundo de todos los tiempos. El mundo del individuo y el de la sociedad. El pesimismo que, a menudo, rezuman sus páginas no es incompatible con una cierta visión optimista, como se insinúa en las páginas finales. Creo que está en la línea, por un lado, del estoicismo de Lucio Anneo Séneca y, por otro, aunque no lo declare, pero que se infiere de su libro Elogio de la filosofía, de la filosofía que se enseñaba en la Academia Media de Arcesilao y la Nueva de Carnéades, que conocemos bien por Cicerón. Una filosofía que linda con el escepticismo pirrónico ampliamente expuesto por Sexto Empírico.
A menudo, las declaraciones de Gabriel Albiac son no menos oraculares que filosóficas. Con ellas el autor pretende revelar, no solo razonar. Su objeto principal es aclarar qué debemos entender por nuestra vida, por la vida humana, por este ser que solo por el hecho de nacer, de haber venido al mundo, está condenado a la pena de muerte. Se trata de un conocimiento que nos revela la tragedia que es la vida y que es, también, la filosofía.
Miremos las cosas sin pretensiones, siendo conscientes de nuestra condición de ser seres finitos, débiles, sufrientes. Y, sobre todo, enigmáticos, pues seguimos residiendo en el «solo sé que no sé nada» de Sócrates. Ay, ni siquiera sabemos que no sabemos nada.





