A los cuarenta y cinco años del Ulises (1967) 

La última y más amarga estructura de un pétalo de rosa no es menos repugnante, tampoco más bella, que el inicial impulso que late, informe aún y sin nombre, en el testículo de un animal baboso: el carnero de cuernos de sebo, el caracol parapetado de estupor, el lobo militar y solitario. La imagen que desvela el sagacísimo ojo del artista, suele ofender a las conciencias encargadas de la administración del procomún. En la censura de los estamentos a los dinamentos —la informe y purísima circunstancia lastrada de fuerza— no hoy odio ni, probablemente, tampoco arbitrariedad; ni el odio ni la arbitrariedad son inertes sino violentamente maduradores (no importa señalar ahora en qué sentido). La censura de los estamentos a los dinamentos o, dicho de otra manera, de los derechos administrativo y procesal a la biología, tiene su íntima razón de ser en el instinto de conservación; es una causa perdida la que defienden pero, con frecuencia, su agonía, no siempre dolorosa, pueden prolongarla durante siglos y guerras, durante falsas bonanzas y otros portentos mágicos y religiosos. Leopold Bloom ardió en la plaza pública —como Lady Chatterley, seis o siete años más tarde— pero sus llamas no alumbraron suerte alguna de libertad (aunque sí delataron muy densos y negros nubarrones de obscurantismo).

El ojo de Joyce alcanzó a ver no ya lo invisible —aquella estructura, aquel otro impulso—sino lo inexistente en el habitual comercio de las humanas convenciones: el ángel y el demonio, con sus incoercibles y caprichosos comportamientos y sus peculiares aromas.

El mundo del Ulises de Joyce existía antes del Ulises de Joyce, como la tierra giraba en torno al sol antes de Galileo; Joyce y Galileo no fueron sino los instrumentos de una evidencia. También puede decirse al revés: el mundo del Ulises de Joyce nace con el Ulises de Joyce y la tierra no giró alrededor del sol hasta Galileo; Joyce y Galileo crearon el mito, lo describieron y le pusieron nombre. A ambos les tocó pagar, en sus carnes y con no poco dolor, la osadía de desvelar la evidencia.

Los novelistas pautan su pensamiento sobre una superficie plana (una falsilla con sus rayitas paralelas, por ejemplo), mientras que el ángel y el demonio —y el artista que tiene plena conciencia del papel que le toca representar— objetivan su idea en una compleja forma geométrica espacial (probablemente regular, aunque no de modo obligatorio y rígido). Los elementos del poliedro Ulises, de la estrella con vida propia Ulises, hablan, cantan, sueñan, silban, se pintan, padecen, huyen y se detienen en seco, sacando chispas del adoquinado de Dublín, sin pararse a pensar hasta qué punto su conducta desborda a la literatura y a las normas en uso. La diferencia entre el genio y el habilidoso ha de buscarse en el buen aire con que aquél se salta las preceptivas (se cisca en las preceptivas ensanchándolas y vivificándolas). La íntima humildad de los gobernantes del mundo, sólo tiene parangón posible en su difícil y estúpida soberbia. Ulises nació en París —hace ahora cuarenta y cinco años— y El amante de Lady Chatterley, en Roma, para mayor escarnio de Irlanda e Inglaterra (España, Francia, Italia, Alemania, Rusia, etc., también tienen sus vergüenzas) y de la farsa de los principios que quieren mantenerse por sí mismos, montados al aire —como los brillantes históricos— y jamás conducentes a un fin (que, por esencia, ha de estar siempre lejos del principio).

Joyce no es Dublín, aunque a veces lo parezca, como Cervantes no es La Mancha con la que suele confundirse. Joyce es mucho más Dublín que Dublín (Cervantes es mucho más La Mancha que La Mancha) y su carne tiñe de color Dublín todo lo que toca. Joyce es el alcaloide de Dublín (Cervantes es el ánima cautelosa de La Mancha) visto a los rayos X y con los ojos empañados de cruelísima humildad. El Ulises es un libro hermético —también diáfano— porque procede sobre valores entendidos: la inteligencia no se adquiere, se hereda; la cultura no se suplica, se cobra como una pieza de montería; la belleza no se adivina, se digiere; el amor salta, en libertad, de acera a acera, rebota en los faroles, se agazapa detrás de las cortinas y las tazas de té. Dublín es misterioso (no más misterioso de lo necesario) pero su espíritu cabe en un hueso de cereza: prieto, casi insoluble, cuidadosamente esférico. Los espíritus no tienen dimensión: sí intensidad, sonido, gusto, aroma.

 

 

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