El envío a imprenta del tercer número de Hedónica es una buena ocasión para cumplir el compromiso adquirido de tener a los lectores informados sobre la marcha del proyecto.
Aunque el número de suscriptores es todavía insuficiente para garantizar la supervivencia de la revista, todo apunta a que el año 2025 se cerrará sin pérdidas económicas y se podrá continuar la publicación en 2026. La desinteresada y generosa colaboración del equipo editorial y los autores está siendo determinante para ello.
En la «Declaración de principios» del número inicial se lee: «Nosotros pensamos que cada texto ha de tener la extensión que necesite: estamos hartos de aburrirnos con artículos de dos folios y de acabar la relectura del Quijote lamentando que sea tan corto». El resultado de estas buenas intenciones ha sido la progresiva llegada de textos cada vez más largos. Los artículos del número 1 tenían 7,4 páginas de media, que en el número 2 subió a 9,8 y en el tres llegó a 11,2. Es evidente la necesidad de establecer una limitación de páginas para cada sección y tipo de artículo (diálogos, ensayos, reseñas…) y mantenerla salvo en casos excepcionales y muy justificados.
En ese mismo texto también se decía: «Nosotros estamos a favor del pensamiento libre, es decir, en contra de todas las ideologías. Como es inevitable que muchos colaboradores escriban con una cierta perspectiva ideológica, en cuanto lo detectemos, intentaremos ponerle al lado otro texto de diferente ideología». «Invitamos a que respondan en Hedónica los criticados, los criticones, los propios críticos y hasta la crítica de la razón pura, siempre que logre superar el filtro del Comité Editorial. Ejemplo: el respetuoso artículo crítico con el libro que demuestra “científicamente” la existencia de Dios va seguido por la respuesta de sus autores, que descalifican todas las objeciones recibidas». (Y a continuación se publicó la respuesta del crítico a los autores). «Sobre el filósofo coreano de moda, por ejemplo, damos cuatro opiniones: dos favorables y otras dos demoledoras».
Seguimos manteniendo esta actitud, pero a veces hemos encontrado dificultades para materializarla. Hay temas ideológicos en los que sus defensores descalifican con términos peyorativos a quienes los critican, pero se niegan a dialogar argumentalmente con ellos, lo que es muy significativo.
A la vez hemos constatado que nos llegan muchos más artículos favorables a los libros comentados que hostiles a ellos. Esto tiene, sin embargo, una explicación positiva: si nuestro objetivo es fomentar el placer de la lectura, resulta lógico que los colaboradores quieran escribir sobre temas que les gustan y no despotricar contra los que les desagradan. Al fin y al cabo, no somos el suplemento cultural de un periódico obligado a juzgar los principales libros que se publican.
Otra crítica que nos ha llegado es que secciones como «En ciernes», «Autopresentación» o los diálogos en que damos la palabra a los propios autores de los libros, son una invitación al autobombo. Esa indeseable posibilidad es cierta, pero las revisiones que realiza el Comité Editorial están especialmente atentas para detectarla y suprimirla.
Una cuestión análoga se ha planteado con las posibles relaciones amistosas o interesadas entre críticos y criticados. Recientemente la defensora del lector de un importante diario nacional detallaba las múltiples medidas que toman para evitar —por anticipado— artículos de ese tipo. Sin embargo, es muy frecuente que los mejores especialistas en la obra de un escritor vivo establezcan contactos y relaciones personales con él, que enriquecen sus estudios y algunas veces, como es lógico, dan lugar a una relación de amistad. Estamos totalmente abiertos a evaluar artículos con esas características, y de nuevo es responsabilidad de los revisores (siempre hay como mínimo dos de cada texto) detectar y neutralizar cualquier sesgo producido por el «amiguismo».
Otro problema que dio lugar a una larga deliberación en el Comité Editorial fue la dificultad de armonizar las necesidades de cada número (máximo nivel de calidad, diversidad de formatos, variedad temática, etc.) sin que se repitiese en él la firma de un mismo colaborador, a veces más de una vez. En cierto sentido, es un falso problema, pues si la revista en lugar de ser trimestral y tener 200 páginas fuese mensual y tuviese 65, desaparecería solo. Por otra parte, esa reiteración de algunas firmas es consecuencia de las dificultades para encontrar autores en una revista nueva y sin recursos económicos, así como de la tendencia a la grafomanía en los más habituales y entusiastas. Pero además refleja que se va formando de forma espontánea entre los colaboradores un «grupo Hedónica» que, junto con los nombres elegidos para formar el Consejo Asesor, ayudan a definir su línea. Sobre este tema hay antecedentes históricos muy curiosos, desde los 208 números de The Rambler escritos íntegramente por Samuel Johnson hasta los más de 900 de Die Fackel en que Karl Kraus asumió solo la redacción, edición y producción del periódico. O, en nuestro país, La Abeja Española, que en su principal etapa escribía exclusivamente Leandro Fernández de Moratín, o El Robinsón literario, del pintoresco Giménez Caballero, cuyo título ya lo dice todo. Y en la célebre revista Triunfo de la Transición, alguno de los colaboradores más prolíficos usaban tres o cuatro pseudónimos. En algunas publicaciones actuales la inteligencia artificial está facilitando aún más este fenómeno. En Hedónica no nos gustan los pseudónimos, pero tampoco nos importa que se repitan las firmas.
En conclusión: las dificultades son grandes, pero las satisfacciones intelectuales también. Los ajustes en función de la experiencia son siempre positivos. En Hedónica, por el momento, seguiremos cultivando el placer de la lectura. Y el de la escritura.





