Ref.: Daniel Cohen (2025): Brevísima historia de la economía, Madrid, Bauplan. [161 pp., 19,00 €. Prólogo de Esther Duflo, traducción de Emilio Pérez-Manzuco].
Daniel Cohen (1953-2023) fue un economista francés caracterizado por su brillantez expositiva, su curiosidad intelectual y sus dotes pedagógicas. Entre sus discípulos se cuenta un notable grupo de jóvenes economistas franceses que han alcanzado reconocimiento internacional: se trata de nombres familiares en la profesión, como Thomas Picketty, Emmanuel Saez (nacido en España), Esther Duflo, o Gabriel Zucman, casi todos escorados hacia la izquierda, preocupados por temas de distribución, pobreza y atraso. Este selecto grupo tiene una marcada proyección internacional, como digo, y todos han rendido homenaje a Cohen como su director e inspirador.
El prólogo del libro es de su discípula Esther Duflo, premiada con el Nobel de Economía, por cierto. Duflo subraya la agudeza y la originalidad del pensamiento de su maestro, compara el libro con la Misa en sí menor de Bach, y lo define «como una versión condensada» del autor. Es muy francés, y muy de agradecer, hablar en el prólogo de un libro de economía de la música de Bach (y no citar a un gran economista, como haría un prologuista anglosajón). Lo mismo se aplica a que Cohen comience citando un texto de Proust, y no de Walras, por ejemplo.
El pequeño libro de Cohen, por desgracia póstumo, ofrece una lectura fascinante en muchos pasajes, pero el título no me parece totalmente apropiado. No se trata realmente ni de una historia económica (es decir, una historia de la economía mundial), ni de una historia del pensamiento económico, aunque tiene elementos tanto de una cosa como de la otra. Yo lo definiría más bien como una serie de ensayos muy originales sobre cuestiones económicas, ordenados cronológicamente. También es de señalar que —como sugiere Duflo— Cohen quería hacer un libro que, al tiempo que sintetizara su pensamiento, tuviera una gran aceptación popular, hasta el extremo que, como se indica en el prefacio del editor en la versión original francesa, e insinúa en el Epílogo el hermano del autor, estaba pensando en producir una versión en cómic o tebeo.
Un ejemplo claro de la naturaleza de la obra, nos lo ofrece el segundo capítulo, que se titula «Prometeo liberado» (sin duda una alusión al libro de David Landes, Progreso tecnológico y revolución industrial, cuya versión original lleva por título The Unbound Prometheus) y contiene tres epígrafes, el primero de los cuales, titulado «La revolución industrial lo cambia todo» ocupa cuatro páginas, el 2,5% del libro. Es demasiado poco. La revolución industrial que, como el autor dice muy acertadamente, lo cambió todo, es decir, fue realmente revolucionaria, no puede resumirse en cuatro páginas, por «brevísimo» que sea el libro. Es evidente que, cuando lo escribió, a Cohen, más que la revolución industrial, le interesaban otras cosas, como la cuestión del trabajo libre y el trabajo esclavo, a la que dedica el siguiente epígrafe (tres páginas). A los pensadores que han tratado el tema (Smith, Marx y Schumpeter, tercer epígrafe) les dedica siete páginas, lo cual también es poco, pero sin duda desproporcionado: y eso que se ha dejado en el tintero a Ricardo, y a Stuart Mill, por citar sólo a los muy grandes. De Malthus, que el lector probablemente estaba echando de menos, ha hablado antes al referirse a los aspectos demográficos del crecimiento.
Uno de los temas favoritos de Cohen, y sobre el que tiene pasajes muy brillantes, es el sustrato psicológico de la economía. Ya en la introducción se refiere al optimismo de Keynes cuando dijo (en el prefacio de sus Essays in Persuasion, libro publicado en 1931) que, en una generación o dos, el problema económico habría quedado resuelto; todas las necesidades quedarían cubiertas trabajando dos o tres horas al día y el resto del tiempo se dedicaría a los problemas realmente importantes, como «la creación, la conducta humana y la religión». Sin embargo, observa Cohen, aunque las necesidades básicas están ampliamente cubiertas en las sociedades adelantadas, que cada vez son más, «la cultura y los problemas metafísicos no se han convertido en los grandes temas de nuestro tiempo. La prosperidad material sigue siendo más que nunca el objetivo principal de las sociedades actuales, a pesar de ser seis veces más ricas que cuando Keynes escribía». ¿Por qué? «Este gran hombre [Keynes] previó perfectamente la prosperidad que se avecinaba, pero falló calamitosamente a la hora de predecir lo que haríamos con ella … no supo apreciar la extraordinaria ceguera del deseo humano … El crecimiento no es un medio para alcanzar un fin, sino que se ha convertido en un fin en sí mismo». A pesar de su modesto volumen, el libro de Cohen tiene como principal designio llevar al lector «a un largo viaje para comprender el deseo humano y las formas en que se ha expresado a lo largo de la historia». Es evidente que, al menos cuando escribía la Brevísima historia de la economía, estos problemas le interesaban más a Cohen que los de la revolución industrial.
Esto queda aún más claro cuando llegamos al último capítulo, ingeniosamente titulado «Felicidad interior bruta», y dedicado casi totalmente a plantear y conjeturar sobre una paradoja no por bien conocida menos merecedora de reflexión. Aunque el ser humano siga trabajando con ahínco, no ya para satisfacer sus necesidades básicas, sino para satisfacer sus otras necesidades, que no conocen límite, su felicidad no aumenta a largo plazo. Las encuestas muestran que un aumento de los ingresos, típicamente un aumento de sueldo, o un alza de los beneficios empresariales, producen un aumento de la felicidad, pero sólo a corto plazo. Al cabo de un par de años, el nivel de felicidad de los beneficiarios vuelve a situarse aproximadamente al nivel anterior a la mejora. Lo mismo ocurre a nivel colectivo: después de las trente glorieuses, las tres décadas de gran crecimiento que siguieron al fin de la segunda guerra mundial, los franceses se declaraban igual de felices que al principio. El autor sintetiza el problema con esta aguda expresión: «El humano está tan hambriento de riqueza material como antes lo estuvo de calorías. Pero esta hambre no se puede saciar». Podríamos obtener de todas estas reflexiones la siguiente máxima (ésta no es de Cohen, sino mía, inspirada en las reflexiones y planteamientos de Cohen): «el dinero no hace la felicidad, pero su falta sí causa la infelicidad».
A juicio del autor, para que la felicidad interior bruta se acreciente se necesitan reformas (muy difícil decir cuáles) que produzcan un equilibrio entre competencia y cooperación. No se trata de eliminar la competencia, sino de aumentar la cooperación. «Nos toca repensar nuestra idea de un mundo en armonía consigo mismo», dice para concluir. Como puede verse, Cohen estaba pensando más en humanizar la economía que en analizar los factores del fantástico crecimiento económico que ha «cambiado todo» en el mundo en dos últimos siglos y medio. Más que historia de la economía lo que Cohen nos ofrece es filosofía económica; más que respuestas nos plantea preguntas. Nos hace pensar. El libro es pequeño, pero su aportación es considerable.





