José Teruel (2025): Carmen Martín Gaite: Una biografía, Barcelona, Tusquets. [520 pp., 24,90 €].
El 15 de noviembre de 2025, el suplemento Babelia del diario El País publicaba su lista de «Los cincuenta mejores libros españoles del último medio siglo», que pretendía recoger lo mejor que se ha publicado en España desde la muerte de Franco. La relación de obras, con algunas ausencias clamorosas, puede resultar discutible, como todas, pero en esta ocasión también era muy sintomática de algunos cambios de tendencias, y de manera muy particular en lo referente a la recepción de la obra de la autora de Entre visillos. La noticia ese sábado no fue tanto que El cuarto de atrás, ese libro inclasificable —«amalgama movediza de géneros literarios»,en palabras de su biógrafo—, se colara en el tercer puesto en la apreciación de casi un centenar de críticos, periodistas, libreros y catedráticos, solo por detrás de Corazón tan blanco de Javier Marías y de Crematorio de Rafael Chirbes; la noticia fue que con cuatro obras recogidas, Carmen Martín Gaite era la autora (o el autor, si lo queremos en genérico para evitar malentendidos) más y mejor representada. En la lista, además del libro con el que ganó el Premio Nacional de Narrativa en 1978, está en el número 20 su novela Nubosidad variable, en el número 34 otro libro raro y de difícil adscripción a alguno de los géneros tradicionales, El cuento de nunca acabar, y en el número 38 su ensayo Usos amorosos de la posguerra española. En esa lista de Babelia, solo media docena de autores tienen recogido más de un libro: Javier Marías tiene tres y Rafael Chirbes, Javier Cercas, Eduardo Mendoza y Juan Marsé tienen dos cada uno de ellos. Todos son novelas. Ninguna de las otras diez mujeres que aparecen en la lista cuenta con más de una obra. La primera que aparece en el puesto nueve es María Zambrano con Claros del bosque, seguida, en el puesto 10 y en las antípodas, de Cristina Morales con Lectura fácil. Detrás de ellas están, en este orden: Irene Vallejo con El infinito en un junco; Ana María Matute con Olvidado Rey Gudú; Alana S. Portero con La mala costumbre, publicada en 2023 y por tanto el libro más reciente de la lista; Sara Mesa con Un amor; Montserrat Roig con El temps de les cireres (uno de los tres únicos libros que no están originalmente escritos en castellano; los otros dos son Obabakoak de Bernardo Atxaga, en euskera, y Camí de sirga de Jesús Moncada, también en catalán); Almudena Grandes con El corazón helado; Belén Gopegui con La escala de los mapas y Remedios Zafra con El entusiasmo, uno de los pocos ensayos recogidos en la lista. Es llamativa la sobrerrepresentación de la narrativa frente a otros géneros: no hay ninguna obra de teatro, como más adelante se encargó de denunciar la Asociación de Autoras y Autores de Teatro, solo hay un cómic, Arrugas, de Paco Roca, y cuatro libros de poemas, los de Jaime Gil de Biedma, Francisco Brines, Luis García Montero y José Ángel Valente. El resto se puede incluir en un cajón de sastre al que podemos llamar obras de ensayo donde hay libros de historia, de crítica literaria y donde aparecen títulos tan emblemáticos como La edad de plata de Mainer, Las armas y las letras de Trapiello o Mater dolorosa de Álvarez Junco e Historias de las dos Españas de Santos Juliá. Si miramos la lista desde un punto de vista generacional, se observa un sesgo claramente favorable a las autoras y autores más jóvenes. Por eso es aún más de destacar lo presente que ha estado Carmen Martín Gaite en las respuestas de los encuestados, mucho más presente, sin duda, que quienes fueron sus compañeros de generación y de vida, y durante décadas los ases indiscutibles en este tipo de listas, Rafael Sánchez Ferlosio y, sobre todo, Juan Benet, que por los pelos aparece con Herrumbrosas lanzas en el puesto número 49.
Este cambio en la apreciación de su obra ha coincidido con la publicación de la más completa biografía hasta la fecha sobre Carmen Martín Gaite y con la que su autor, José Teruel, obtuvo el XXXVII Premio Comillas. Que hubiera escrito este libro no sorprendió a nadie: pocas personas tan autorizadas para emprender la tarea de escribir la biografía de Martín Gaite como quien fue el encargado, entre 2008 y 2019, de la edición de sus obras completas publicadas por Círculo de Lectores-Galaxia Gutenberg. Él mismo considera la biografía como la culminación de aquel trabajo. El conocimiento exhaustivo de la obra lo colocaba en una posición privilegiada para conocer también su vida, ya que, aunque ella apenas escribió textos autobiográficos —con la excepción de un bosquejo redactado en junio de 1980 para una universidad norteamericana y de la conferencia «Esperando el porvenir»—, y evitó hacerlo por su desconfianza hacia un género literario que consideraba plagado de falsedad y artificio, todas sus obras están, sin embargo, repletas de indicios sobre diversos aspectos de su experiencia vital. El biógrafo utiliza un tecnicismo («hipograma») para referirse a esta propiedad de la escritura de Carmen Martín Gaite: «Debajo de lo escrito, entre líneas o más allá de la linealidad, hay un texto anterior en el que consciente o inconscientemente está la persona, el acontecimiento, el detalle que lo motivó, proporcionando significantes huellas de su autora y claves referenciales».
En las primeras páginas del libro, José Teruel cuenta cómo conoció a Carmen Martín Gaite en 1986. Antes de publicarlo, le envió un artículo que había escrito sobre El cuarto de atrás. Ella le llamó por teléfono para decirle que le había gustado mucho y le invitó a tomar un té en su casa de la calle Doctor Esquerdo. Después mantuvieron una relación esporádica y cordial pero limitada a asuntos profesionales. «Mi trato con la escritora fue esencialmente con su obra. Quiero dejar esto claro —escribe— porque la relación entre el biógrafo y la biografiada es un aspecto que afecta también al procedimiento de esta biografía». A lo largo del libro se aprecia claramente la admiración por una autora cuya singularidad no se puede discutir, como tampoco son discutibles su talento ni la brillantez con la que cultivó tantos géneros literarios. Sin embargo, esa admiración está matizada por algunas críticas. Ya su primera impresión, cuando la conoció, fue la de que se trataba de una persona muy accesible, pero no siempre y no con todo el mundo. En otros momentos del libro, nos dice que Martín Gaite podía ser caprichosa en sus afectos: rechazaba y requería en función de sus apetencias y estados de ánimo, sin muchos miramientos y según su conveniencia. Muy al principio del libro podemos leer una especie de declaración de intenciones:
Rechazo la asunción indolente que lleva al biógrafo a replicar y glosar las mismas razones de la autora, de leer su vida necesariamente en la misma clave que ella propicia. Hay en algunas ocasiones una brecha, y para dar cuenta de esa fisura entra en escena mi voz, la del intérprete: ni hagiografía ni patografía, sino la exploración de una vida cuyo sentido último solo se puede conferir a través de la aceptación del claroscuro.
Veamos, pues.
De la dificultad de la tarea con la que se encuentra el biógrafo nos da idea una anécdota al principio del libro. El padre de Carmen y Ana María Martín Gaite se había casado con su madre en segundas nupcias, después de que su primera esposa, Ramona Bergasa Marrodán, falleciera con 26 años de tuberculosis. No es que fuera un secreto, pero sus hijas no se enteraron hasta después de la muerte del padre de esa circunstancia y lo hicieron al cumplimentar algún trámite testamentario. Lo curioso es que, de niñas, cuando visitaban el cementerio en la festividad de Todos los Santos, las llevaban a dejar flores sobre la tumba de Ramonita, sin tener ni idea de que se trataba de la primera esposa de su padre. La tumba estaba presidida por un ángel de gran tamaño que Carmen había descrito con precisión en un texto titulado «Cuenta pendiente». En abril de 2014 —cuenta José Teruel—, movido por la curiosidad, fue al cementerio de Salamanca esperando encontrar un ángel de Mariano Benlliure según le había contado en varias ocasiones Ana María Martín Gaite, pero allí no había ningún Benlliure sino un ángel que José Martín López había encargado a «Algueró e Hijo. Madrid», según consta en la parte trasera de la estatua. «Constaté algo que ya comenzaba a sospechar: la tendencia a magnificar que marcó la vida de las hermanas Martín Gaite».
José Teruel no pretende con su biografía buscar el secreto de su autora sino su complejidad. Una de las cosas más hermosas que ocurre al leerla es que, poco a poco, va emergiendo una figura poliédrica, muy atractiva y, sí, muy compleja, que contó con muchas cosas a favor desde el principio y las supo aprovechar. Por ejemplo, unos padres excepcionalmente cultos, que le dieron una esmerada educación y que, lejos de limitar su libertad, le animaron siempre en sus decisiones. O una tremenda capacidad para encontrar ambientes intelectualmente estimulantes allí donde estuviera, primero en la Universidad de Salamanca, donde en seguida contactó con Ignacio Aldecoa, Agustín García Calvo y otros estudiantes igual de brillantes, y después en Madrid. En la capital, tras haber perdido el contacto con Aldecoa, se reencuentra con él por casualidad y éste no tarda en presentarle a Alfonso Sastre, a Jesús Fernández Santos y a Rafael Sánchez Ferlosio, a quien conoce en 1949. Un año después, y siguiendo las costumbres de la época, inician un noviazgo formal. Finalmente, se casan en octubre de 1953, cuando él regresa del servicio militar. En apariencia todo muy convencional. Pero solo en apariencia.
Asegura el autor que algunas amigas íntimas de Carmen opinaban que la boda con Ferlosio fue el gran error de su vida, algo que no compartía la interesada. Recién separada, en una entrevista con la periodista y amiga Juby Bustamante, le decía: «No puedo imaginarme habiéndome casado con alguien que no me fuera afín. Si tengo una gran capacidad de elección en las amistades, ¿cómo no iba a tenerla para casarme? Para mí la relación dialéctica con la persona que más quiero, se me ha producido como con nadie». José Teruel escribe al respecto:
Carmen Martín Gaite sabía que se había casado con un hombre inteligente, magnífico escritor, auténtico, sincero, originalísimo y del que ella además estaba muy enamorada, pero con el que era dificultosa la convivencia matrimonial, porque sus rarezas y su corrosivo sentido de la crítica se iban transformando en inadaptación. Pero no fueron solo estas manías, cada vez más arraigadas y con escasas posibilidades de cambio, la causa última del deterioro en la relación del matrimonio.
No lo dice en este punto, pero lo que insinúa es que esa causa última, como ocurre tantas veces, tiene un nombre propio.
En una biografía que analiza en detalle multitud de aspectos de la vida de Carmen es difícil destacar unos pocos. Para alguien que fue traductora de varios idiomas, debió de ser una experiencia muy importante su temprana estancia en cursos de verano para los que obtuvo becas: primero en Coímbra, en 1946, y dos años más tarde en Cannes, donde estuvo apenas un mes, del 15 de agosto al 24 de septiembre, del que guardó un recuerdo imborrable. Allí leyó La náusea y descubrió a Proust, a Camus y a los existencialistas, pero no solo fue eso. En unas anotaciones que escribió mucho más tarde, nos damos cuenta de lo moderna que era para su época: «Conocí por primera vez, a mis 22 años, el sabor auténtico de la libertad. Asistí a bailes en boîtes, a batallas de flores, jugué a la ruleta. Me relacioné con estudiantes de otros países, exentos de prejuicios, me acosté a las tantas y decidí que no quería seguir viviendo en Salamanca». Ahí tomó la decisión de ir a Madrid, una ciudad que, sobre todo al principio, al menos hasta encontrarse con Aldecoa, le decepcionó.
Se lamenta José Teruel en varias ocasiones de la pérdida irreparable que supuso la destrucción de muchas de las cartas de Martín Gaite por parte de su hermana, responsable de su legado (por ejemplo, aunque no solo, toda la correspondencia con Rafael Sánchez Ferlosio durante los dos años de su servicio militar en Tetuán), una queja que no es de extrañar porque algunos de los momentos más conmovedores del libro los encontramos precisamente en la transcripción de fragmentos de cartas. Empezando por aquella, tremenda, dirigida por Joaquín Gaite a sus hermanos en vísperas de su fusilamiento a finales de agosto de 1936. Es el mensaje desgarrador de alguien que sabe que le quedan solo unas horas de vida y que las aprovecha para rogar a sus hermanos que no dejen desamparados a sus hijos pequeños y a su mujer. El hermano mayor de la madre de Carmen Martín Gaite tenía 45 años, era catedrático de instituto y había sido primero alumno y después amigo de Miguel de Unamuno, que redactó un telegrama pidiendo clemencia para él y los encartados en la cárcel de Ciudad Rodrigo. El delito por el que se le aplicó la pena capital fue haber estado afiliado al Partido Socialista. Este hecho convirtió a su familia en una «apestada» en la ciudad. Esta es una de las muchas paradojas de la vida de Carmen. Su familia en Salamanca ocupaba un lugar extraño: era acomodada (su padre era notario) y, al mismo tiempo, sospechosa.
Hay otras cartas que nos hacen entender las dificultades vitales que atravesó Carmen en algunos momentos de su vida. Por ejemplo, la que escribe a su cuñada Gabriela Sánchez Ferlosio:
Alguna tarde de calor vengo del parque empujando el coche de la niña y me siento absolutamente extraña en ese sitio, de pronto, en un lugar de la calle por donde he pasado muchas veces y miro las luces verdes de las tiendas o el escaparate de la mercería, o el puesto de horchata y siento una gran soledad… No es que esté triste. Ya sabes lo que pasa. Difícil de explicar, los primeros calores, la sensación de ahogo que siento con la niña a la que estoy unida angustiosamente sin poderme separar, el deseo de escribir sin poder conseguirlo, la vida independiente y segura de Rafael con su influencia absorbente; y luego eso, la soledad, el peso de ser una persona responsable que a veces da alegría, pero otras, ahoga. Esta niña es mucho más mía que Miguel, sé que tengo un deber inevitable y grave sobre los hombros, y el recuerdo del niño me aprieta el corazón.
Y con ser una carta ya bastante elocuente, aún lo es más el aviso que le hace en las dos últimas líneas: «Manda un papel aparte para que Rafael no lea que te he escrito en un tono triste. Él quiere que yo siempre esté alegre, que no me lamente de nada». La carta tiene fecha de 13 de julio de 1956, un momento particularmente importante en la trayectoria literaria de Carmen y de Rafael.
En la vida de Carmen hay épocas en las que parece que todo se precipita, que vienen juntas las buenas y las malas noticias, en las que el éxito se confunde con el duelo. En 1955, después de obtener el Premio Café Gijón, Carmen ve publicado su primer libro, la novela corta El balneario. En enero de 1955, retoma la redacción de La charca, que terminará titulándose Entre visillos y con el que obtendría el Premio Nadal en 1957. Dos años antes lo había ganado Rafael Sánchez Ferlosio con El Jarama. El 22 de octubre de 1954 nace su primer hijo, Miguel, que muere de meningitis el 3 de mayo de 1955. Aquel fue un golpe devastador para la pareja. Muchos años más tarde, con motivo de la muerte de su amigo Fernando Quiñones, Carmen recordaría lo siguiente:
Poca gente sabe que El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio, nunca habría visto la luz si Fernando Quiñones, que era un experto mecanógrafo, no se hubiera plantado en casa, pendiente de los humores del amanuense y disponible a cualquier hora para copiar aquel texto que se había vaciado de ilusión a raíz de la muerte del primer hijo del autor, Miguel, un niño de siete meses que yo traje al mundo. Solamente si con la razón nos arrancaran la memoria, podría olvidarse una cosa así.
Igualmente significativa es la carta que un año más tarde, el 24 de junio de 1957, le escribe a Asunción Carandell, la esposa de José Agustín Goytisolo. Es importante por varias razones. Primero, porque nos proporciona una clara idea, de nuevo, de la soledad de la escritora y de su dificultad para hacer compatible su carrera literaria con la crianza de una niña (algo que Rafael seguramente no vivió de la misma manera, por más que tuvieran repartidas las tareas domésticas) y también por su cautivadora capacidad para manipular que, en esas circunstancias, era su capacidad para sobrevivir:
Varias veces he tenido intención de escribirte durante este invierno y primavera, y otras tantas lo he ido dejando por culpa de mi pereza epistolar. Apenas te he visto dos veces y otras dos o tres te habré escrito, y sin embargo me acuerdo de ti como de una persona amiga, pienso muchas veces si estarás contenta, si crecerá con salud vuestra niña, cómo te las arreglarás… ¿Estás ya en la finca?… Me gustaría ir a veros este verano. No tenemos ningún proyecto concreto de veraneo todavía, pero cuando le he insinuado a Rafael lo de ir por ahí, ha dicho que con una niña que empieza a dar guerra no se puede ir a dar la pelma a una casa de amigos… A mí, si quieres que te diga la verdad, me aterra moverme por Madrid para ir a un sitio donde no conozco a nadie y donde esté yo sola con la niña y con sus quehaceres, igual que todo el invierno. Para ir a un hotel de cualquier lugar, prefiero no moverme de aquí. En cambio, caer unos días por vuestra casa me sería un grandísimo descanso. Los primeros calores me agotan mucho y se me hacen monótonos los trabajos cotidianos. A las ocho, cuando se duerme Marta, que es cuando empieza mi tiempo libre, hasta las 11 o las 12, que me acuesto, estoy tan deprimida que no logro escribir ni leer. No tengo criada ni la quiero tener y mi familia viene poco por casa. A veces me encuentro tan terriblemente sola y siento la necesidad de cambiar de sitio. ¿Serías tan buena de admitirnos unos días en tu casa? Para mí, estar con otra madre en mis mismas circunstancias sería un gran renuevo, y lo volvería a ver todo con la alegría que me es habitual, nos ayudaríamos mutuamente y nos haríamos compañía, ¿no lo crees tú?… Te pido una cosa. Si contestas, no lo hagas aludiendo a mi carta. Si no te resulta molesto que vayamos, escribir tú o José Agustín insistiéndole a Rafael para ver si se le quitan los prejuicios, y yo, con eso, ya entenderé que has recibido mi carta.
Al final, pasaron varias semanas del verano de 1957 en la casa que los Goytisolo tenían en Reus. Llegaron en el coche con la cuna de gran tamaño que había encargado Rafael para Marta y a la que José Agustín Goytisolo enseguida llamó «la cuna de matrimonio».
Un año más tarde, en el otoño de 1958, durante otro de esos paseos solitarios con Marta por Ciudad Lineal, el descubrimiento de un viejo chalé a punto de ser expropiado le dio la primera idea (o la primera visión, porque ella sostenía que lo primero que le llegaba a la mente cuando iba a escribir una novela era el sitio donde iba a transcurrir) para Ritmo lento, la novela con la que quedó finalista del Premio Biblioteca Breve en 1962, el año que lo obtendría Mario Vargas Llosa con La ciudad y los perros. Fue la novela con la que tuvo una relación más difícil: ese libro «es como una herida rara», solía decir la autora. En palabras del biógrafo: «Ritmo lento quizá sea su novela más truculenta y obsesiva a la hora de exorcizar sus demonios personales». Fue una novela que le encantó a Luis Martín-Santos y, efectivamente, son bastantes las cosas que tiene en común con Tiempo de silencio. Las dos novelas, decía Carmen Martín Gaite, supusieron las primeras reacciones contra el realismo imperante en la narrativa española de posguerra y eran un intento de centrar el relato en el análisis psicológico de un personaje, «yo influida por Italo Svevo y él por Joyce». La muerte de Martín-Santos en accidente de coche el 21 de enero de 1964 fue un mazazo para Carmen, posiblemente porque era consciente de que era su único valedor literario entre la joven literatura. Y aquí nos adentramos en un terreno pantanoso.
Hay un epígrafe en esta biografía titulado «Madame Ferlosio», un término acuñado por Juan Benet y que esconde, disfrazado de ironía, un cierto menosprecio. Ella fue siempre una mujer agradecida. Lo podemos ver en distintos momentos del libro. Lo hemos señalado ya en lo referente a Fernando Quiñones. O en la carta que le escribe a María Brey, viuda de Antonio Rodríguez Moñino (que hizo de mecenas de esa generación con aquella mítica Revista Española): «El recuerdo de su marido irá siempre unido a mis comienzos como escritora y guardo a su generosidad, inteligencia y honestidad una gratitud que nada podrá borrar. Considéreme a su disposición siempre». Y lo podemos ver igualmente en una carta a Miguel Delibes de abril de 1983, en la que recuerda el Coloquio Internacional de Novela que tuvo lugar en Formentor en mayo de 1959: «Tampoco olvido que tú nunca me trataste como la-mujer-de-Ferlosio, sino como a una chica de provincias que escribía desde los 15 años y que tenía muchas ganas de sonreír». Si antes dijimos que Carmen tuvo muchas cosas a favor, también tuvo algunas en contra, y ser la mujer de Ferlosio fue una de ellas. No lo culpaba a él, de quien aprendió a protegerse a partir de la escritura de El balneario, negándose a mostrarle nada antes de haberlo publicado porque se dio cuenta de que era tan enorme su sentido crítico y su exigencia (empezando por él mismo) que podía terminar por paralizarla. El problema, en realidad, eran los demás, que envolvieron a Ferlosio, después de que abandonara la novela en pleno éxito por El Jarama, en una aureola de intelectual puro. El papel que se le atribuía a Carmen Martín Gaite con relación a su marido puede intuirse en un rumor, del que se hizo eco Eduardo Haro Tecglen muchos años más tarde, según el cual Carmen había rechazado la propuesta de ingresar en la Real Academia Española porque su sentido de la justicia literaria no se lo permitía si antes no se lo proponían a su exmarido. Tuvo que salir ella misma a desmentirlo en un texto titulado «Extravagancia», en el que le decía a Haro que entre las razones de su negativa jamás había salido a relucir el nombre de Ferlosio, «con el que nunca he necesitado medirme», sino que se había vuelto muy avariciosa con su independencia y con su tiempo. Hay otros ejemplos que demuestran —o nos hacen intuir— que a pesar de que el tiempo ha terminado dándole la razón, no siempre gozó del favor de los escritores varones de su generación.
La década de los sesenta transcurrió para Carmen Martín Gaite como en sordina. Después del agotamiento psicológico que le supuso la escritura de Ritmo lento, no volvería a publicar una novela hasta doce años más tarde (aunque desde mitad de la década ya empezaría a escribir la que sería su siguiente novela: Retahílas). Fueron años dedicados a sus investigaciones históricas, que pasó visitando archivos en los que encontraba a veces un extraño consuelo. Hay una carta inédita, fechada en Teruel el día 6 de septiembre de 1964, que dirige a su hija y a su hermana: «Estoy descubriendo mi vocación de detective… se me pasan los días sin sentir y estoy de muy buen humor: ¡me divierte tanto esta magnífica misión!». Y apostilla su biógrafo: «Es evidente que la salida del domicilio conyugal y de las obligaciones domésticas tuvieron un efecto benéfico, como después ocurrirá con su visita al Archivo de Simancas en busca de misivas de Macanaz. Martín Gaite necesitaba también explorar su soledad. Recordemos que en Doctor Esquerdo no tuvo un cuarto propio hasta la separación de Ferlosio en septiembre de 1970».
A partir de que Rafael se fuera a vivir con Demetria Chamorro, da inicio una de las épocas más intensas de su vida, tanto en lo literario como en lo personal. No son solo las relaciones «afiebradas», como las califica José Teruel, con Gonzalo Torrente Malvido, las que tienen un final amargo, como se puede leer en un texto que ella escribe tras un viaje a Marruecos con su cuñado Chicho Sánchez Ferlosio en 1972. El texto, titulado «La verdad y la mentira», empieza así: «Te lo cargaste todo al querer hacer de ello un trofeo –por lo demás tergiversado– para los demás, lo banalizaste y lo traicionaste». Hubo otras muchas relaciones de diferente naturaleza:
La década de los setenta y los primeros ochenta, hasta la muerte de su hija —escribe su biógrafo— será la más arrebatada de Carmen Martín Gaite en sus enamoramientos. En sus cuadernos y agendas aparecen con frecuencia los nombres de José Luis Borau, Carlos Semprún, Amancio Prada, Gustavo Fabra, Ignacio Álvarez Vara, Mauro Armiño, Pablo Sorozábal, Raúl del Pozo, Philip Silver, Guillermo Delgado, entre otros, como esos interlocutores con los que la autora sueña o conversa… Nunca supe si fueron amistades amorosas o sobrepasaron esa concepción de la amistad, tampoco me parece importante: sí sé que fueron «amigos de ley» en recurrente expresión de la propia Carmiña.
También en su trayectoria literaria fue una década particularmente fructífera, con la publicación del ensayo Los usos amorosos del xviii, finalizado en marzo de 1972 y presentado como tesis doctoral en la Facultad de Filología Románica de la Universidad Complutense de Madrid, y de tres novelas: Retahílas (1974), Fragmentos de interior (1976) y El cuarto de atrás (1978). Además, empezaron sus críticas literarias en Diario 16, lo que le dio proyección pública y le sirvió para afianzar su amistad con unos cuantos periodistas de la redacción de aquel periódico. También colabora esporádicamente con Nostromo, una editorial con una línea alternativa en la que estaban algunos amigos a los que admiró, como Diego Lara, Mauricio d’Ors, Juan Antonio Molina Foix y María Nolla. El final de la década volvió a ser uno de esos periodos en los que parece que todo se precipita y queda a merced de una corriente en la que viene todo revuelto. Su madre muere el 9 de diciembre de 1978 (su padre había muerto apenas dos meses antes: ella siempre sostuvo que su madre se dejó morir); diez días más tarde, recibe el Premio Nacional de Literatura por El cuarto de atrás. Cuatro meses más tarde, en abril de 1979, hace la primera visita a Estados Unidos, un país que iba a ser importante para Carmen Martín Gaite en las dos últimas décadas de su vida.
También en el primer trimestre de 1980 aceptó el encargo de Esther Tusquets de publicar para la editorial Lumen dos cuentos para niños («El castillo de las tres murallas» y «El pastel del diablo»). No era un hecho aislado. Quizás por la reciente muerte de sus padres sintió la necesidad de adentrarse en este mundo de los cuentos de hadas que veía, según el autor, como fuente de placer estético y de apoyo emocional: «Los cuentos de hadas le proporcionaron amparo frente a la zarpa de la realidad y le sirvieron para formular literariamente sus grandes incógnitas: el miedo a la libertad, las relaciones interpersonales de dominio y dependencia y el castillo de la incomunicación». Por esa época traduce el libro Bruno Bettelheim presenta los cuentos de Perrault, o colabora en la antología Cuentos de hadas victorianos o traduce La princesa y los trasgos de George MacDonald, a quien consideraba el mayor visionario de la literatura infantil. También en 1983 pudo por fin terminar El cuento de nunca acabar (notas sobre la narración, el amor y la mentira), para algunos críticos su obra cumbre y donde también está muy presente la magia. El origen del libro se explica en otro pasaje de la biografía. De nuevo, surge durante un paseo con su hija, que entonces tenía ocho años, una tarde al anochecer. Mientras caminan, ese momento se entrelaza con los recuerdos de otros veranos de su infancia en la aldea orensana de Piñor. «El resultado —escribe José Teruel—, es una experiencia extática de simultaneidad espacial y temporal, donde lo inabarcable parece que fugazmente pudiera ser abarcado, junto a lo visible y lo invisible». Y añade, poco después, que El cuento de nunca acabar responde «a la imposibilidad de narrar en los raíles consabidos del género novela la contemplación de una tarde con su hija —la del 31 de julio de 1964— la picadura de lo eterno junto a lo efímero».
Este es otro de los malentendidos que ha habido durante muchos años con Carmen Martín Gaite, a quien, por libros como Entre visillos, se ha considerado una exponente de la literatura realista. Y es cierto, pero solo en parte, porque desde el principio, desde El libro de la fiebre, hay en ella también una veta fantástica igual de importante. En parte porque su concepción de lo real, como apunta José Teruel, no excluye lo sobrenatural. Cuando en 2007 se publicó aquel relato que permanecía inédito, su hermana Ana María escribió:
Ha salido su primer relato, de aquella época, y demuestra algo que siempre he defendido. A ella la incluyen en el realismo costumbrista cuando, en realidad, ha ido hacia la literatura fantástica. Como gallega. Se titula El libro de la fiebre (…). Yo tenía interés en publicarlo para que se viera la trayectoria de una escritora. Una trayectoria que empieza y termina igual. Empezó con El libro de la fiebre y acabó con Los parentescos.
La fantasía y la magia le ayudaron a sobrellevar el duelo. Cuando murió Luis Martín-Santos, escribe: «Es tu muerte la que te vuelve mi interlocutor». También cuando murieron sus padres y, con mucha mayor intensidad, le ayudarían a partir de la noche del 8 de abril de 1985, cuando su hija Marta, a los 28 años, muere en el Hospital Puerta de Hierro de Madrid de una neumopatía asociada al sida que había contraído por compartir jeringuillas usadas.
No debió de ser fácil sobrellevar una experiencia tan devastadora, por más que le ayudara «estar en comunicación con los muertos», como ella solía decir. En una carta que le escribe a Juan Gil-Albert el 18 de marzo de 1977 le dice: «Tengo un ramalazo de bruja, todos mis amigos lo saben». Cuenta José Teruel que sus amigas Reme Casamar y Olga Fadón le confesaron con una mezcla de perplejidad y pavor que, después de muertas, Carmen veía a su hija y a su madre como si estuvieran vivas.
Poco después de la muerte de Marta, Carmen Martín Gaite es invitada a dar un curso durante el otoño de 1985 en Vassar College. En septiembre decide adelantar el viaje una semana para estar en Nueva York con su amigo Juan Carlos Eguillor. Lo contará poco después en un texto precioso titulado «El otoño de Poughkeepsie», que el autor califica como el primer intento de recuperar la escritura literaria tras la muerte de su hija. Allí cuenta también cómo surgió la idea de Caperucita en Manhattan, el libro que, junto con Usos amorosos de la posguerra española —con el que obtendría el Premio Anagrama de Ensayo y que también terminó en esa estancia norteamericana— abriría la última década de su vida, seguramente la más agridulce, que le dio gran popularidad con la publicación de su último ciclo narrativo. En el otoño de 1985 en Vassar College también tradujo el libro Una pena en observación, de C. S. Lewis, que le ayudó a atravesar su propio duelo.
Pero dejemos que sea la propia Carmen Martín Gaite quien cuente cómo se sentía durante aquel mes de septiembre de 1985. La celebración del centenario ha traído, además de esta espléndida biografía, otras buenas noticias para la recepción de su obra, como la reedición en bolsillo de sus principales novelas —algunas hasta ahora difíciles de encontrar—, las adaptaciones a teatro y a cómic de Caperucita en Manhattan o la publicación como libros independientes de textos perdidos en otras publicaciones, como Macanaz y Aldecoa. Dos interlocutores (editorial Debate) o De hija a madre, de madre a hija, editado también por José Teruel para la editorial Siruela, donde se incluye «El otoño de Poughkeepsie»:
En el apartamento de Juan Carlos se estaba muy a gusto, se respiraba una mezcla muy grata de orden y desorden, de calor humano, de cobijo y provisionalidad, lo más neoyorquino que pueda imaginarse. Está en la calle 51, East Side, entre las 2.ª y la 3.ª Avenida, un barrio que yo conocía poco.
Aquella tarde, sábado, hoy hace exactamente una semana, después de dejar el equipaje en su casa, nos fuimos caminando hasta East River cruzando un puentecillo metálico sobre la autopista. Estaba atardeciendo y corría un viento húmedo. Nos acodamos en una barandilla que hay allí a mirar al río, y Juan Carlos dijo que él viene mucho porque le recuerda la ría de Bilbao. Yo no podía ni hablar, hacía tantos meses que no respiraba así, sin pensar en nada, sin angustia, dejándome invadir por el presente (…) Se puso a lloviznar y cogimos el ferry que lleva a Long Island, bordeando la Estatua de la Libertad. Ahora la están arreglando y la tienen recubierta por unas mallas de alambre con andamios. La libertad en jaula. Vaya por Dios.
Pero Manhattan era, más que ninguna cosa, volver al apartamento de Juan Carlos y comprobar que mis maletas seguían en el pasillo, entrar, tumbarse en la cama, sacar una naranjada de la nevera, darse una ducha, mirar la televisión, cambiando de canal con el mando a distancia, bajar a comprar una ensalada de espinacas, tomate y remolacha, sentir que se puede estar sin pensar en nada, dormir. La habitación tenía tres espejos y daba a una especie de callejón con árboles. Era bastante oscura y calurosa, porque no refrescó nada en aquellos tres días, a pesar de la lluvia; a veces, poníamos el aire acondicionado, pero hacía mucho ruido.
Juan Carlos se ponía a dibujar, de espaldas, en el pupitre inclinado, y hablaba conmigo. Ha inventado una historia de una niña de Brooklyn con impermeable rojo, que los viernes va con su madre a llevarle una tarta de fresa a su abuelita que vive en Manhattan. Una noche se atreve a ir ella sola y desde ese momento se convierte en una especie de Caperucita Roja perdida en Nueva York y se encuentra al rey de las tartas que es el lobo. Me enseñó algunos de los dibujos que tiene, que son preciosos, pero la historia no la sabe escribir.
La terminó escribiendo ella, aunque no lo hizo inmediatamente. Cuando volvió de su estancia en Estados Unidos estuvo ocupada con la promoción de sus Usos amorosos y muy centrada también en el encargo recibido de TVE, junto a su amigo José Luis Borau, para la redacción de los guiones de las aventuras de Celia. Seguramente fue la voz del personaje de Elena Fortún la que le dio el impulso para terminar de dar forma al de Sara Allen, con la que tiene puntos en común, quizá porque las dos parecen niñas reales: «No se instalaban en el ámbito de la quimera ni de lo irrealizable sino de lo cotidiano».
La crítica en seguida supo ver en esta historia inagotable de la niña de Brooklyn un equilibrio muy medido entre el ámbito de lo real (con más peso en la primera parte) y el de lo maravilloso (con más peso en la segunda). Ella misma reconocía que no existía en toda su bibliografía una obra donde se combinaran de forma tan intrincada los elementos reales y los fantásticos como en ese libro. Pero son interesantes también las claves y los símbolos. Sara Allen, su protagonista, no tiene miedo ni sentido del peligro, y sí unas ganas tremendas de disfrutar de una libertad que a veces da miedo (como ya nos advirtió Erich Fromm). Para Carmen Martín Gaite, escribe José Teruel, todo el problema de Marta, como el de Caperucita, como el de Sara Allen, e incluso como el suyo propio, tenía que ver con la libertad: «Por eso —decía Carmiña— a mi Caperucita no se la come el lobo, la sorbe el túnel incógnito y sombrío que la lleva a la libertad». Así quiso contarse ella la muerte de su hija.
En todo caso, con este libro parece que se hubiera abierto una presa. Si le preguntaban cuándo pensaba volver a escribir una novela, solía decir que no volvería a la ficción hasta que dejaran de dolerle los recuerdos y, en ese sentido, con este libro pudo recuperar, como dice Miss Lunatic en algún momento, la fe en el amor, en la vida y en el azar. Después vendría ese ciclo final de novelas que cada dos años fue publicando puntualmente la editorial Anagrama: Nubosidad variable (1992), La reina de las nieves (1994), Lo raro es vivir (1996), Irse de casa (1998), y que se cerró con Los parentescos, que quedó inconclusa pero que se terminó publicando en 2001. Cuando ya estaba muy mal y se dio cuenta de que no iba a poder terminarla, cuenta su hermana Ana María que le preguntó: «“¿Hacia dónde vas, Carmiña?”, porque en familia siempre la llamábamos Carmiña. Y ella me respondió: “Hacia la magia”».
La biografía viene enmarcada por dos fotografías: una la podemos ver al principio (que es la que se reproduce en la cubierta del libro) y otra al final. Las dos la presentan en su espacio de trabajo, aquel que había ocupado antes Ferlosio y al que él y sus amigos llamaban «El submarino»; ahora lo ocupaba ella misma y su hija Marta lo había bautizado como «La celda del Carmelo», por las muchas horas que pasó allí escribiendo los diálogos para la serie sobre Teresa de Jesús. En la fotografía de la cubierta la vemos rodeada de pequeñas imágenes, de objetos, de citas llenas de significado que el biógrafo describe y explica. La segunda fotografía es más sobria pero más juguetona porque aparece asomada al ventanuco que comunicaba esta especie de celda con la cocina de la casa. Tiene un marco tan ostentoso que realmente, si no fuera por la mano que se sale de él, podría parecer un cuadro. La fotografía tiene su simbolismo porque nos damos cuenta de que las ventanas, que tanta importancia tienen en la obra de Carmen Martín Gaite, sirven obviamente para mirar al exterior, para asomarse al mundo, pero en ocasiones como esta también sirven para mirar hacia adentro, y esa es justamente la sensación que transmite la lectura del libro de José Teruel, la de que ha abierto una ventana desde la que podemos observar y conocer un poco mejor el interior de un mundo, de una vida y una obra fascinantes.





