Medicina del alma, ni más, ni menos

Guillermo Lahera (2024): Las palabras de la bestia hermosa. Breve manual de psiquiatría con alma, Barcelona, Debate. [248 pp., 17,95 €].

 

 

La psiquiatría ha sido una disciplina controvertida desde que se bautizó en la transición al siglo XIX.[1]l neologismo psiquiatría incluía la terminación «-iatría» (del griego iatros, «médico»), para significar que la nueva disciplina debería entenderse —según Reil— como una tercera provincia de la medicina, complementaria a la farmacología y a la cirugía aliada con la medicina interna.[2] Pocos años antes, en la vecina Francia, el optimismo antropológico de Rousseau había llevado a Philippe Pinel a proponer un tratamiento moral para la locura, cuya expresión nosográfica describiera posteriormente su discípulo Jean-Étienne Dominique Esquirol.[3] Se gesta así, en las primeras décadas del siglo XIX, el campo conceptual de la psiquiatría con la doble vocación de ser una nueva forma de tratamiento para las enfermedades —el tratamiento mental o cura psíquica—, pero también un nuevo territorio nosológico —el de las enfermedades mentales—. Han transcurrido desde entonces más de dos siglos durante los que la psiquiatría no ha dejado de afrontar el reto de integrar los dos polos de su territorio competencial: la psicopatología y la psicoterapia.[4] Un territorio que esta especialidad médica transita entre los riesgos de un deshumanizante reduccionismo biológico y de un imprudente e injusto negacionismo de las enfermedades mentales.

En el año 2021, un editorial de la prestigiosa revista American Journal of Psychiatry llamaba la atención sobre un hecho: solo el 50% de los psiquiatras estadounidenses practicaban la psicoterapia, la mayoría de ellos en la práctica privada en combinación con tratamiento psicofarmacológico.[5] Probablemente en España esta proporción sea aún menor. En la actualidad, la mitad de los psiquiatras ha abandonado la psicoterapia y se ha desentendido de la mente para centrarse en una supuesta terapia del cerebro. Tampoco escasean los renegados de la condición médica, nostálgicos del tratamiento moral ahora disfrazado de acción política. Hace tiempo que llamo «psiquiatras a la pata coja» al creciente conjunto de colegas de uno y otro grupo. Por eso el manual de psiquiatría con alma de Guillermo Lahera ha sido recibido con tanto entusiasmo por quienes, como quien esto escribe, consideramos que la psiquiatría es, ni más ni menos, que medicina del alma.

No se trata aquí de glosar los méritos profesionales del autor de Las palabras de la bestia hermosa, pues la amistad y la admiración que tengo hacia Guillermo me delatarían. Para quienes sientan curiosidad, recomiendo consultar los más de 80 artículos que ha publicado en las revistas científicas más prestigiosas que aparecen en su identificación como investigador, principalmente en el campo de los trastornos afectivos, la cognición social y los trastornos psicóticos.[6] Una labor investigadora que, al modo de los mejores clásicos de nuestra psiquiatría, Lahera complementa con una fructífera producción divulgativa y crítica desde sus colaboraciones habituales en El País. Pero centrémonos en el libro.

Las palabras de la bestia hermosa se presenta como un breve manual de psiquiatría con alma. Se trata de un libro en formato de bolsillo que se lee con agilidad y disfrute en dos o tres tardes. Su estilo es ameno, ya que combina cuidadosamente la divulgación científica con una cierta tensión narrativa en los personajes. A mi modo de ver, esta integración de ciencia, divulgación y narrativa es uno de los aspectos más valiosos del libro que presenta a Guillermo Lahera como un psiquiatra emergente en la medicina narrativa en español. La medicina narrativa es una disciplina ya consolidada con pleno derecho entre las humanidades médicas desde que Rita Charon la impulsara en el mundo anglosajón. Autores como el psiquiatra y novelista Irvin Yalom conjugan de manera muy satisfactoria la ilustración de procesos psicoterapéuticos con relatos novelados. Un ejemplo es la psicoterapia individual narrada en su novela El día que Nietzsche lloró, o la psicoterapia grupal que leemos en La cura de Schopenhauer. El libro de Lahera se enmarca en la tradición de la psiquiatría narrativa española en la que se pueden recordar obras como el Concierto para instrumentos desafinados de Juan Antonio Vallejo-Nágera o Una alacena tapiada de Carlos Castilla del Pino, novela breve, esta última, que sigue siendo una de las mejores aproximaciones de ficción para comprender el mundo paranoide. ¿No es acaso Tiempo de silencio, también, una ejemplificación del automatismo mental?[7]

En la introducción del libro, Lahera explica que su intención al escribirlo ha sido doble. Por una parte, ilustrar casos clínicos reales de una consulta psiquiátrica dando cuenta de las palabras que expresan lo inefable, «la última vida del lenguaje», dice nuestro autor. Por otra, aproximarse a la mente humana a través de la enfermedad mental. ¿Son acaso las palabras de la bestia hermosa aquellas «lejanas simientes de palabras / que prenden en el pecho dulcemente» de las que Leopoldo Panero da cuenta en su Cándida puerta? Sin duda, es una estrategia fructífera la de observar la subjetividad humana desde el ventajoso escorzo posibilitado por el contacto estrecho con la enfermedad mental, donde pueden capturarse brillos de genialidad.[8]

El libro relata la historia de siete personas, cada una ilustrativa de alguno de los principales trastornos mentales, y termina con un acertado capítulo reflexivo sobre el pasado, el presente y el futuro de la asistencia en salud mental. En cada uno de ellos se entrelazan biografías, patologías, evidencia científica, cine y literatura, lugares y anécdotas, descripciones, impresiones y reflexiones. Todo ello da lugar a un texto que atrapa al lector, ya sea por la historia que cuenta, por la información científica con que se ilustra o por las reflexiones de nuestro psiquiatra narrador, que también comparte con el lector algún pedacito de su alma.

El manual de psiquiatría con alma de Guillermo Lahera es un libro para disfrutar, recomendable para todo tipo de lectores, especialmente para psiquiatras, tanto en formación como en ejercicio. Es una excelente introducción práctica a la psiquiatría narrativa, la cual añade una necesaria perspectiva cualitativa y de cuidado a la fría, aunque bienvenida, psiquiatría basada en la evidencia. Tal complementariedad de evidencia cuantitativa y de cualitativa creación de sentido es especialmente deseable en psiquiatría de acuerdo con el pluralismo normativo que Jaspers ya propusiera para nuestra especialidad en las primeras décadas del siglo XX. En virtud de este pluralismo, la tarea del psiquiatra consiste en explicar la patología del organismo, así como en comprender el padecimiento de la persona en un marco de concordia terapéutica que capacite al paciente para apropiarse mejor de su vulnerabilidad y para construir una actitud saludable. Solo en este marco de concordia terapéutica se pueden practicar una medicina y una psiquiatría capaces de construir —conjuntamente entre médico y paciente— metáforas terapéuticas eficaces que aúnen los sistemas hermenéuticos de la racionalidad científico-positiva del médico, del padecimiento del enfermo y de las creencias socioculturales del entorno respecto a la salud y la enfermedad. Solo en este marco de una psiquiatría con alma, la persona que sufre una enfermedad psiquiátrica puede apropiarse de una biografía dañada por la patología mental.

Es necesario defender la psiquiatría. Es cierto que la psiquiatría como institución ha cometido errores muy graves. Basta con mencionar a los psiquiatras nazis. Sin embargo, es injusto generalizar esta imagen, u otras promovidas por el morbo cinematográfico, en detrimento de la especialidad médica más delicada, donde lo que está en juego es la identidad y la dignidad de las personas. La psiquiatría no es coerción social, ni es política, ni es revolución. Es simplemente medicina, ni más ni menos, medicina del alma. El libro que invito a disfrutar a todos los lectores de Hedónica es un regalo para quienes convivimos con el sufrimiento humano, con su miseria. Tras su lectura poco he echado en falta y casi nada me ha parecido excesivo, incluso tras tomar distancia de la lectura de un amigo.

Leo en la página web del Consejo General de la Psicología de España una noticia del 28 de noviembre de 2025 con el siguiente titular: «Parlamentarios británicos piden abandonar el modelo biomédico en salud mental». En ella se comienza afirmando: «Es necesaria una reforma profunda en el ámbito de la salud mental, abandonando definitivamente el modelo biomédico imperante y su énfasis en la prescripción de fármacos psiquiátricos».[9] Son muchos los estudios que llaman la atención sobre el uso excesivo de psicofármacos en España. No es de extrañar que se hipertrofie la importancia de los psicofármacos en psiquiatría cuando la formación continuada de los profesionales de nuestro sistema público de salud y la financiación de gran parte de nuestras sociedades científicas dependen de los fondos de la industria farmacéutica. Ahora bien, el modelo biomédico no es más que una de las tres dimensiones de una psiquiatría integrada: una psiquiatría antropológica que atienda por igual a la dimensión biológica, biográfica y sociocultural de la persona. Pero no nos equivoquemos, sin biomedicina no hay psiquiatría posible y sin psiquiatría es imposible hablar de salud mental. No se trata de abandonar, sino de integrar, tal y como ha propuesto con demasiada timidez la psiquiatría antropológica en el último siglo. Lahera lo explica muy bien en la página 98 de su libro:

Sin embargo, la historia de la psiquiatría está plagada de momentos en los que se ha contemplado solo uno de los aspectos, demonizando a aquellos que tenían la postura contraria. Aún quedan coletazos en la opinión pública de esa idea en la que los psiquiatras (los malos) se dedican exclusivamente a medicar y creen que todo se debe a subidas y bajadas de neurotransmisores, y los psicólogos (los buenos) escuchan a los pacientes y tienen en cuenta los factores personales y sociales. Esta dicotomía tergiversada ha confundido a mucha gente y en ocasiones ha desacreditado nuestro campo de conocimiento. Pero quizá tiene sentido ampliar el foco y preguntarnos a qué viene esta tendencia histórica a desarrollar visiones reduccionistas y sectarias.

Confiemos en que este libro no sea sino el exitoso inicio de una larga trayectoria de Guillermo Lahera en psiquiatría narrativa. Una trayectoria marcada por el rigor científico, la cercanía comunicativa y una valentía expositiva respaldada por la evidencia científica. Las personas que padecen enfermedades mentales lo necesitan. Y también los psiquiatras de habla hispana.

 

 

[1] Suele fecharse tal bautizo en 1808, de la mano de dos profesores de la Universidad de Halle, el médico Johann Christian Reil y el filósofo Johann Christoph Hoffbauer. No obstante, el término «psiquiatría» (Psychiatrie) se acuñó en 1800, en los trabajos iniciales de Karl Friedrich Burdach, filósofo naturalista del Romanticismo y neuroanatomista de Leipzig, para aludir al animismo médico [Cf. Burdach, K.F. (1800): Propädeutik zum Studium der gesammten Heilkunst. Ein Leitfaden akademischer Vorlesungen, Leipzig, Breitkopf & Härtel; Janssen, D. F. (2023): «Naming psychiatry: apropos earliest use of the term by Karl Friedrich Burdach (1800)», History of Psychiatry, (34), pp. 231-248]. Sin embargo, durante la mayor parte del siglo XIX la actividad profesional se llamó «alienismo» en Francia y «medicina psicológica» en Gran Bretaña y Alemania. El término «psicopatología», acuñado en alemán en 1845, terminaría designando al naciente lenguaje del alienismo. Originariamente, las formas de alienación mental se definieron en términos psicológicos y sociales. La medicalización de la locura ocurrida durante el siglo XIX provocó que se consideraran meras expresiones de un cerebro enfermo [Berrios, G. E. y Luque, R. (2024): Epistemología de la psiquiatría, Madrid, Triacastela].

[2] Esta cuestión ha sido tratada en detalle por Juan Carlos Stagnaro (2015): «Los aportes de Johann Christian Reil al nacimiento de la psiquiatría», Asclepio, 67 (2), p. 108.

[3] Debe señalarse que el primero en aplicar el tratamiento moral fue William Tuke —filántropo cuáquero, no médico—, en Inglaterra, cuando en 1796 fundó The York Retreat. El tratamiento moral se considera precursor de la psicoterapia moderna, la rehabilitación psicosocial y el enfoque humanista en psiquiatría.

[4] Desde su nacimiento, el alienismo (ahora la psiquiatría) nombra una disciplina y un gremio dirigidos a la comprensión y tratamiento general (no solo psicoterapéutico) de la locura.

[5] A. John Rush (2021): «Making Therapy Widely Available: Clinical Research Triumph or Existential Catastrophe?», American Journal of Psychiatry, 179 (2), pp. 79-82.

[6] https://orcid.org/0000-0002-6152-3564

[7] El automatismo mental es un fenómeno psicopatológico descrito en las fases iniciales de las psicosis [Cf. Clérambault, G. G. de. (1995): El automatismo mental, Madrid, Dor]. Se caracteriza, entre otras experiencias anormales, por la desorganización del campo de la consciencia debido a la intrusión de contenidos mentales de distinto tipo: intuiciones, recuerdos, argumentos, percepciones… El automatismo mental puede caracterizarse como un flujo turbulento de la conciencia en el que contenidos de un rango cognitivo inferior irrumpen en los superiores, dando lugar con ello a interferencias de contenidos mentales irrelevantes. Invito al lector a revisar el largo primer párrafo de la genial novela de Luis Martín-Santos y a deslindar los distintos niveles discursivos que allí se imbrican. El turbulento flujo de conciencia plasmado en el inicio de la novela es un ejemplo excelente del estado mental previo a la psicosis, que tan bien conocía nuestro psiquiatra novelista por excelencia.

[8] Para una aproximación al debate de la relación entre locura y genialidad, véase Shelley Carson (2014): «Leveraging the “Mad Genius” Debate: Why We Need a Neuroscience of Creativity and Psychopathology», Frontiers in Human Neuroscience, 8 de septiembre.

[9] https://www.infocop.es/parlamentarios-britanicos-piden-abandonar-el-modelo-biomedico-en-salud-mental/ [consultado el 3 de diciembre de 2025]

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Comentarios y respuestas: revista@hedonica.es

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