Jean-François Braunstein (2024): La religión woke, Madrid, La Esfera de los Libros. [288 pp., 21,90 €. Traducción de Isabel García Olmos].
Se presentan aquí las conclusiones extraídas de la lectura de una serie de libros y artículos críticos con el discurso woke. La referencia central es la reciente publicación de La religión woke, de Jean-François Braunstein (2024), aunque la reflexión se extiende a muchos otros escritos sobre el tema.
¿A qué se llama woke? Se entiende por woke ese extraño conjunto de «teorías» (si calcamos el rótulo inglés) acerca del género, la raza, lo queer, la interseccionalidad y otras ideas acerca del mundo —más bien: consignas— que hoy en día caracterizan el «pensamiento» que se dice progresista en nuestro país, en general en Occidente.
Más que una teoría, el discurso woke consiste en una mezcla, con frecuencia incongruente, de ocurrencias o conjeturas. Podría decirse de entrada que es una ideología; yo diría, una doctrina; Braunstein (La religión…) y McWhorter (Woke Racism) lo consideran una religión en sentido estricto. Otros ven en ella un parásito infeccioso (Saad) o una locura (Murray).
Subrayando lo peculiar de que sea un discurso nacido en las universidades estadounidenses, Braunstein hace hincapié en lo que tiene de creencia —y no de ciencia—: «Si tales académicos siguen tales teorías no es a pesar de que sean absurdas, sino justamente porque son absurdas» (subrayado mío; p. 25).
McWhorter, además de señalar la creencia fundamental en hechos no empíricos, nos hace ver cómo el racismo woke —o teoría crítica de la raza— tiene sus propias supersticiones, su clero, su pecado original, su afán evangelizador, su apocalipsis, sus herejes… y su pretensión de sustituir a las religiones existentes (pp. 23-60).
¿Es de izquierdas? — Soto Ivars catalogaría la moralidad woke de reaccionaria (La trinchera…); Albiac lo considera el «movimiento más reaccionario desde la Segunda Guerra Mundial»; y Applebaum entiende que se asemeja, como mucho, a los regímenes totalitarios pretendidos de izquierdas, pero dado el gran parecido de la cancelación —su modus operandi— con la atmósfera de La letra escarlata, los considera unos «nuevos puritanos».
En fin, Neiman, si algo deja claro en su magnífico Izquierda no es woke, es hasta qué punto, partiendo, eso sí, de una preocupación que tradicionalmente ha sido de izquierdas —la empatía con los marginados, los oprimidos—, la doctrina woke presenta unos supuestos teóricos que la alejan de «los marcos epistemológicos y supuestos políticos heredados de la Ilustración» (Left is Not Woke, pp. 5-6).
Ya la política de identidades (esa insistencia dogmática en distinguir e identificar a las personas en hombres/mujeres, blancos/negros, cristianos/musulmanes, etc.) es por principio contraria a un pensamiento de izquierdas universalista, cuya creencia básica es que todos los seres humanos, con independencia del grupo al que pertenezcan, importan por igual, por lo que, haciendo causa común entre todos, se trataría de ir extendiendo todo lo posible la igualdad y la justicia. Cuánto más los presupuestos ontológicos o metafísicos que luego veremos.
Buenas intenciones. Antes de entrar en la crítica, quiero insistir en que la intención primera, lo que mantiene a la mayoría de la gente vinculada y aun atada a la doctrina woke, sin plantearles cuestiones ni dudas, es una buena intención. Por decirlo en términos concretos, bien actuales: las personas trans sufren, está bien que se haga algo por ellas —esta es la dimensión emocional del asunto, clave de su éxito—. El problema es que quien se queda ahí no se plantea qué se está haciendo por ellas, qué consecuencias trae eso que se está haciendo. Aquí es donde incide la crítica: el discurso que dice defender a las personas trans es puro voluntarismo, idealismo puritano que pone patas arriba todo lo que podría haberse llegado a pensar y articular para dar respuesta al mundo actual, sin por ello mejorar un ápice la situación de las personas trans.
En concreto, negar la centralidad del sexo y del cuerpo para poner el acento en la conciencia que se tenga de la propia sexualidad es una operación intelectual cuando menos retorcida; en el fondo, imposible, ya que toma como instancia última aquello que se pretende negar, el sexo.
En cuanto religión, pretende tener acceso a una verdad transcendente, situada más allá de la realidad, imposible de mostrar. Es Verdad lo que ellos creen, sea que los negros no pueden ser racistas, sea que los cuerpos —nuestros cuerpos— en cuanto tales no importan; sea, en el fondo, que la realidad no existe y todo es un constructo social, que todo es lenguaje y el lenguaje es el vehículo primero del poder ubicuo que nos configura. Etc., etc.
Lo que se ha entendido siempre por «verdad» —que ahora es de día y el cielo está azul, que hay gente racista y gente que no lo es, con diversos grados de racismo entre medio, que la ciencia va descubriendo cosas que se pueden considerar verdaderas en todo el mundo, incluso en ámbitos como el psicológico y el sociológico, que parecen más «subjetivos»…—, eso ya no existe —dicen—, solo existe la verdad particular, lo que cada uno cree, lo que para mí es verdad.
Nociones en su discurso comunes, como «cultura de la violación», «privilegio blanco» o «masculinidad tóxica», nociones que obviamente no han surgido de ninguna investigación científica ni permiten hacer distinciones ni explicar los fenómenos particulares, porque, con su supuesta universalidad todo lo embarran, se tratan como si fueran verdades ostentativas que revelan el fondo simbólico-material de la realidad, la matriz omnideterminante de lo que hay (Kreimer, Pluckrose). Es decir, esquemas elementales, abstractos, maniqueos se transustancian en La Verdad.
Una prueba clara de que «la verdad» sí les interesa, sí debe de existir, aunque afirmen lo contrario, es su empeño en blanquear sus ideas por medio de títulos académicos: «estudios de género» (Patai & Koertge) o «estudios de raza» (véase McWhorter, 2021), etc., que no consisten más que en adoctrinamiento dogmático y, si acaso, en niveles más elevados, en la revisión de obras de la filosofía, la literatura o el cine a la busca de herejías y transgresiones de su doctrina. Así, sabemos que Hume «era» racista y Kant colonialista, lo que —no cabe duda— nos exime de tener que leer la Crítica de la razón pura y el Tratado de la naturaleza humana, duros tochos.
Otrosí, la creación de epistemologías alternativas, que quieren gozar del prestigioso marchamo de la filosofía y de la ciencia sin la necesidad de someterse al rigor de estas.
En definitiva, la Fe se transmuta en Verdad. Y parece que también exige su dosis de crueldad. No hay separación posible de la Verdad, del Pueblo Elegido si no es por medio del señalamiento y el castigo —el ostracismo— de quien no comulga con el Dogma (Dickey, Eady).
El asunto del género. En el discurso transgenerista más radical, así la «Ley Trans», el género —la conciencia de qué somos al respecto, incluso de qué queremos ser— acaba teniendo primacía frente al sexo, hasta el punto de negarlo: el sexo y, por ende, el cuerpo. Ambos serían efecto de una construcción social. Por ello, una buena educación del género implica no darle importancia a lo que hay «entre las piernas». Al parecer, la última iniciativa de Sumar —de Yolanda Díaz— es «impedir que en las escuelas se enseñe como “verdad científica” que solo existen dos sexos» (Giménez-Barbat).
Y aun cuando no llegue a tal radicalidad, la noción de «género» introduce en niños y adolescentes una confusión y una conflictividad psíquica muy perjudiciales, al abrir la falsa vía del idealismo: lo fundamental es la conciencia, no el cuerpo, aun cuando la conciencia contravenga al cuerpo.
La intención primera, la que encontramos en las buenas personas que apoyan esta política «progresista», es tratar de evitar el sufrimiento a quienes no están satisfechos con el sexo que les ha tocado en suerte (Errasti y Pérez Álvarez). Algunas hacen lo posible para cambiar su cuerpo: se operan, se hormonan, etc.; otras se conforman con declararse lo que no aparentan ser.
La manera tradicional de afrontar este problema —como lo fue antes el de la homosexualidad— podría haber sido la de ampliar la tolerancia, y que se pudiera llegar a aceptar como «normal» o «natural» la transexualidad o la transgenericidad.
La homosexualidad logró el reconocimiento social al hacer entender que no era un capricho personal contra la moral dominante, sino en cierto modo algo que formaba parte de la «naturaleza» del ser humano. Podría haberse seguido esa línea, «pero no lo hicieron. En lugar de ello, optaron por la línea dura (“Yo soy lo que digo que soy y no puedes demostrar lo contrario”) y huyeron hacia delante: …» (Murray, p. 330), embarcándose en una lucha feroz que en poco o nada palía «la discriminación y las situaciones de abuso» —suelen decir— que la falta de reconocimiento administrativo de una opción de sexo o de género no binaria conlleva.
Creer que por negar el sexo, sancionando únicamente el género, va a dejar de haber el rechazo social que pueda haber ante los transexuales o la falta de reconocimiento de los transgénero que conserven su aspecto exterior es de una candidez soberana. De ahí el que deba ir acompañada de una persecución «cancelatoria» sin igual. Los ejemplos son legión.
El último es el artículo de mi querida y admirada (sin sarcasmo alguno) Nuria Labari, quien con una hirviente mala leche (o mala intención) denomina «mujeres que odian a mujeres» a las mujeres biológicas que no están dispuestas a aceptar que sean mujeres los hombres que dicen ser mujeres. Hipérbole cruel, que de «no aceptar» perpetra «odiar»; anfibología con el término «mujeres», que da por hecho el milagro —supongo que administrativo— de haber transustanciado a un hombre en mujer.
Tal pretensión —la más general de negar el cuerpo, el sexo— resulta ridícula. Tras siglos de idealismo, el siglo XX nos trajo por fin el reconocimiento de que no hace falta contraponer cuerpo y alma (o psique), que se puede entender perfectamente que somos —los seres humanos— un cuerpo cuyo funcionamiento —cuya vida— produce psique. Dicho al contrario, que la psique es un modo de expresión del cuerpo. En cualquier caso, ambos son esenciales en el ser humano. Cabe en este esquema perfectamente el deseo de ser de otro sexo que el que tengo; sería cosa de que dicho deseo y los actos derivados de él se aceptaran socialmente. Es innecesario el ataque al sentido común y al saber común, incluida la ciencia. Más bien, es contraproducente. Eso sí, arraiga bien en una época de resentimiento como la nuestra.
Bien mirado, si reflexionamos, el género remite siempre en última instancia al sexo; no por casualidad coinciden en su formulación: «me siento hombre/mujer», siendo ese «hombre/mujer» obviamente el del sexo. Y, pensando, sabemos también que sin sexo no habría género humano. Es decir, negar el sexo, negar el cuerpo es negar la humanidad. En realidad, no lo niegan: lo dan por supuesto, mas lo convierten en tabú, lo hacen innombrable.
Algo de eso propone también el transhumanismo. Una utopía correctora de nuestra realidad, para ellos groseramente carnal: convertirnos en espíritus puros, superar la muerte, si atendemos al manifiesto de M. Rothblatt. El transgenerismo viene a ser una fantasía… impuesta por ley.
No está de más recordar que la cuestión trans saltó a la palestra cuando se logró en Reino Unido el reconocimiento del matrimonio homosexual y Stonewall (organización de defensa de los homosexuales) se quedó sin causa por la que luchar, y muchos medios sin cruzada por los derechos civiles.
La irrelevancia del sexo derivada de la imposición de la identidad de género por sobre la identidad sexual (Stock), además del disparate recién señalado, tiene efectos graves, sobre todo para las mujeres (biológicas), fundamentalmente en el ámbito médico; e incluso la borradura de la mujer: «ampliar radicalmente la definición jurídica del término “mujer”, con el objetivo de que pueda incluir a hombres y a mujeres, lo convierte en un concepto vacío de significado y socava los derechos y la seguridad de las mujeres» (Braunstein, p. 123).[2]
«La eliminación del sexo» (Braunstein) o el «delirio de la abolición del sexo» (Roudi-nesco) tienen consecuencias prácticas drásticas, revolucionarias: no solo implica negar un rasgo esencial del ser humano —su cuerpo, su reproducción sexual—, conlleva también el rechazo de la percepción en cuanto modo de conexión con la realidad, y fuente o matriz de creación y recreación del lenguaje. Si contra toda evidencia empírica, uno o una es solo lo que íntimamente pretende, tendremos que dejar de fiarnos de lo que vemos en lo que hace al género. Pero esa desconfianza se extiende como una mancha de aceite, como la pólvora; más cuando se enseña desde la infancia.
En fin, la facción más radical de la teoría del género se ha embarcado en una auténtica guerra contra la realidad en la que nos piden que participemos. El mundo se convierte así en una ilusión, y en un caos para quien permanece en la realidad. Lo que hasta hace poco se consideraba un delirio, un trastorno de la personalidad, hoy se llama «identidad fluida». El mundo virtual de Internet ha provisto de realidad a la «identidad de género».
El asunto de la raza. Tiene sus semejanzas con la teoría del género —su pretensión justiciera, su carácter dogmático, su sello religioso…— pero, a diferencia de la teoría del género, más retorcida, muestra a las claras su índole paradójica: su aireado antirracismo consiste simplemente en un racismo opuesto al tradicional. Si hasta ahora los negros eran los malos, ahora lo son los blancos; obviamente, por haberlos tratado mal.
Su «antirracismo» lleva el racismo a su apogeo, es decir, la consideración de la existencia indiscutible de razas. Frente al antirracismo clásico, la teoría crítica de la raza propone tratar a cada uno según su raza, y ahora toca que la discriminación favorezca a los negros (o a quienes hasta ahora hayan sido discriminados).
Para ello se postulan algunos axiomas más que discutibles: a) el racismo es «sistémico», ya que ser blanco es ser racista: hay racismo en todas partes. Bueno…, pero no es lo mismo que el racismo esté sancionado por ley o que sea el fruto de una mala educación. Y quizá también los negros sean racistas…, aunque ellos lo nieguen; y b) Los blancos son incapaces de reconocer su racismo; y en cualquier caso, son incapaces de erradicarlo. Así, la teoría crítica de la raza resulta irrefutable.
Obviamente, por muy atractiva que pueda resultar dicha teoría racista antirracista al reducir el mundo a categorías duales —blanco/negro, malo/bueno, no hay individuos solo razas— que nos ofrecen una visión relativamente simple de la realidad, en nada contribuye a mejorar la situación de los oprimidos o discriminados. Si acaso, alimenta su rencor ante la injusticia y contribuye de ese modo a perpetuar la situación. Encaramada sobre el auge del victimismo, lo que la teoría crítica de la raza propone es la gran venganza: «los woke reducen a los negros al simple hecho de ser “víctimas de racismo”» (Braunstein, p. 158).
Al centrarse en la raza, que solo existe como constructo social, no hacen más que dar pábulo a los estereotipos raciales, negando a los particulares, que en muchos casos serán ajenos a dichos estereotipos. Si esa es la manera de acabar con el racismo… En realidad, como tampoco están muy convencidos de poder hacerlo, lo que de hecho les interesa es sacar tajada de la lucha «contra el racismo».
Acerca de las epistemologías situadas (o epistemologías del punto de vista). Apelando a la subjetividad de la experiencia, niegan la objetividad y, por ende, la verdad.
Si bien es cierto que la experiencia, como a ellos les gusta plantear, del oprimido es distinta que la del opresor, no todas las experiencias posibles son asimilables. La física, por ejemplo, de materiales posee una universalidad indiscutible que propicia el logro de cierta objetividad. La propia biología —que consideran «una ciencia falsa, totalmente politizada, “patriarcal”, “virilista” e, incluso, “colonialista”» (Braunstein, p. 174)—, en la medida en que se ocupa de especies, esto es, conjuntos de individuos que poseen una serie de características compartidas, podemos imaginar que logrará también extraer conocimientos más o menos válidos —probabilísticos— para dichos conjuntos de individuos. Más en concreto, sabemos que la medicina ha avanzado mucho en los últimos años y que en buena medida funciona. Y eso significa que se ha logrado acceder a cierta objetividad.
No será posible acceder a la Verdad pero se van descubriendo ciertas verdades de suma utilidad, como, por ejemplo, que mediante un cateterismo te desobstruyan las arterias coronarias, regalándote unos cuantos años más de vida.
Mas los woke no atienden a la realidad de las ciencias. Arguyen —disparatadamente— que, como nacieron en Occidente, las ciencias modernas forman parte de una historia sangrienta de racismo, colonialismo y destrucción de culturas indígenas, por lo que hay que rechazarlas. Están contaminadas.
Por ello, es mejor volver a lo local; a las tradiciones y a los mitos de la tribu. Es decir, a un universal más pequeño, que, sin embargo, parece conferir verdad. Dicho en plata: «No existe más verdad que la mía».
Hasta aquí las ideas sacadas de Braunstein. Intentaré ahora situar tales ideas sobre el fondo de un contexto filosófico más general.
Diría que en los presupuestos de la doctrina woke hay dos o tres cuestiones mal entendidas: 1) la cuestión del conocimiento, 2) una nueva concepción de la verdad, y, entremedio, 3) la cuestión del lenguaje.
Conocimiento. En los últimos siglos se ha dado en el pensamiento una revolución acerca de lo que sea el conocimiento, revolución que aún no ha llegado a calar adecuadamente en una mayoría de las gentes, en muchos casos ni siquiera entre los profesores de filosofía.
Si antes se confiaba en que la ciencia y el lenguaje lograran descubrir y decir lo que la realidad en sí era, ahora sabemos bien que entre ser humano y realidad se sitúa un filtro transformador ineludible: la constitución psicofísica de dicho ser humano. Me refiero con ello a dos elementos que constituyen lo que el ser humano es y, por ello, no pueden obviarse a la hora de producir el conocimiento: los sentidos de la percepción y su aparato conceptual.
Todo nos llega a través de los sentidos, y, para convertirse en conocimiento, debe conformarse conceptualmente, sea en palabras, sea con funciones matemáticas. Dicho de otro modo, de la realidad solo nos llega lo que sea visible, audible, etc., o lo que afecte a algunos de los alargamientos o extensiones de los sentidos que son los instrumentos de medición, más sensibles y más ricos que los sentidos naturales.
Por ello, el conocimiento ya no pretende decir lo que la realidad es, sino solo lo que la realidad es para el ser humano.
Esto ha traído —tras un gesto paradójico de aparente aceptación y de rechazo— el predominio de una categorización que hoy pasa por ser determinante, aunque sea confusa y torticera. La distinción subjetivo/objetivo. En el momento del cambio —con razón— se hizo hincapié en lo subjetivo, esto es, en lo humano del conocimiento.
Hoy en día, sin embargo, siguiendo sugerencias —nada empíricas— del empirismo lockeano, mayoritariamente se considera objetivo lo que se supone tiene lugar en la realidad; por el contrario, subjetivo es lo que tiene lugar en la mera conciencia del sujeto, entendiéndose ahora por sujeto el particular.
Pero esto no se compadece con la revolución del conocimiento que apuntaba líneas arriba: lo que la realidad es en sí, lo que tiene lugar propio en la realidad, no hay manera de descubrirlo; de donde se sigue que esa noción de «objetivo» que hoy día se sostiene no puede ser sino falsa, engañosa, embaucadora.
Es cierto que de los descubrimientos de las ciencias —sobre todo, las más duras— se dice que son objetivos, sí, pero no lo son porque saquen a la luz la realidad tal cual. Lo que sacan a la luz sigue siendo lo mediado por los instrumentos de medición y el aparato matemático empleados; es decir, son objetivos porque entre realidad e individuo conocedor se han interpuesto unos «objetos» reproducibles universalmente. En el caso más elemental, si las medidas del tablero de una mesa son objetivas no es porque estén en la mesa —como se suele decir— sino porque los metros (de medición) son todos iguales y al tomar las medidas de una mesa nos atenemos a ellos, un objeto compartible.
Así pues, objetividad no es igual a realidad sino a subjetividad compartida. Es decir, todo conocimiento es subjetivo, lo que quiere decir humano; en algunos casos hay instrumentos que nos permiten salvar la particularidad del sujeto cognoscente y hablamos entonces de objetividad.
En los casos en que no haya instrumentos o estos no sean lo suficientemente objetivos, queda, sin embargo, la posibilidad de llegar a compartir las percepciones y conceptualizaciones particulares.
Verdad. Al cambiar la noción, el sentido de lo que sea conocer, inevitablemente cambia lo que sea «verdad». Ya no va a significar realidad inconmovible, realidad tal cual.
Y esto es lo que significa, por ejemplo, la crítica nietzscheana (una de las referencias favoritas de los relativistas absolutos) de la verdad: no existe verdad en cuanto fotografía de la realidad. Lo que no quita para que exista verdad distinta de la anterior, como distinto es el conocimiento que la devela.
La verdad incluye ahora todo el recorrido de su descubrimiento, desde el instrumentario con que se avista hasta las pruebas con que trata de corroborarse, pasando por el aparato conceptual empleado y el contexto pertinente. Dicho de otro modo: la verdad pasa a ser perspectivista. Con lo que pueden ser ciertas a la vez afirmaciones diversas que en una supuesta visión totalizadora serían incongruentes, por haberse percibido desde puntos de vista diferentes. Así, para uno una persona puede ser simpática, mientras que para otro es antipática; no tanto, como se suele decir, porque sea una cuestión subjetiva, sino fundamentalmente porque la perspectiva puede ser bien distinta: el momento, la ocasión en que uno y otro hacen su juicio de dicha persona, siendo ambos juicios perfectamente razonables y bien sentados.
Hasta aquí he estado empleando un lenguaje dualista para dar el paso a lo que propiamente significa una superación del dualismo. He hablado de «objetivo» y «subjetivo», aunque sea para corregirlos; he hablado de «individuo» y «realidad»… Mas, como se intuirá, no es posible separarlos: el individuo es parte de la realidad, y no hay realidad sin individuos. Como diría un fenomenólogo: «estoy en las cosas y las cosas están en mí».
El hecho de señalar los filtros o mediaciones que hay entre la realidad y yo nos hace caer en la cuenta de que no hay propiamente separación entre yo y la realidad. La distinción analítica entre sujeto y realidad puede tener su utilidad práctica pero no es una buena visión de conjunto de lo que sea el mundo, el mundo humano. No pueden fundar ni una epistemología ni mucho menos una ontología.
Así pues, el dualismo no logra dar cuenta de esa revolución en las nociones de «conocimiento» y «verdad» que más arriba señalaba. Parece, desde esa perspectiva, que conocimiento y verdad valieran ahora menos, fueran menos conocimiento y menos verdad. De ahí la rápida deriva nihilista al «no es posible el conocimiento», «no hay verdad», «todo es subjetivo».
Y, sin embargo, ese gesto de aparente aceptación del cambio nocional viene a ser un rechazo. Los presupuestos de este relativismo absolutista y nihilista del «todo es subjetivo» son los mismos de antes, a los que se ha sumado la decepción por el reconocimiento de que «no hay verdad», «no hay conocimiento verdadero».
Y es que ahí se sigue entendiendo la verdad como correspondencia con la realidad: el lenguaje, las fórmulas de la física o de la química reflejan, copian la realidad. Pero eso es lo que nunca ha sido, por más que así pudiera creerse. Eso es la confianza o la fe en que el pensamiento reproduce la realidad con la que se confronta. Se parte de la oposición pensamiento/realidad, y esta queda subordinada a aquel. Se cree, se confía en que la realidad tiene esencia lingüística, simbólica. Es lo que se llama idealismo: el pensamiento constituye la realidad, solo lo pensable es realidad.
Pero los cambios habidos en la cultura, la filosofía y la ciencia a lo largo de estos siglos no corroboran precisamente esa imagen del mundo. La realidad va siempre, está siempre más allá del pensamiento, sin que por ello esté separada de él. El pensamiento es inmanente a la realidad, pero no logra nunca agotarla, decirla plenamente. No hay razón para contraponer el uno a la otra, sino todo lo contrario: se trata de intentar pensarlos juntos, y el perspectivismo es una manera de hacerlo.
La verdad, si se me permite citar a Heidegger, es ahora más cosa de descubrimiento o desvelamiento que de correspondencia o adecuación. Es cierto que una expresión seguirá siendo verdadera si se adecúa a la realidad, pero antes de eso, la verdad es algo que se descubre, que se inventa, si se quiere… Siempre que no caigamos en exceso en la subjetivación solipsista del inventor, pues el descubridor, el inventor de una verdad no está aislado del mundo, no es un cerebro en una cuba, sino un elemento sentiente, pensante, creador de ese mundo.
Con ello parece —repito— que la verdad es menos que antes, ya que no refleja o copia la realidad… Pero la realidad es muchísimo más rica de lo que antes en puridad podíamos permitirnos. No es que se aleje de nosotros, es que estamos en ella, somos ella. Podríamos hablar, entonces, para poner el rótulo correspondiente, de realismo, bien entendido que la realidad ahora es el mundo humano, el mundo para el humano, el mundo en que el humano habita, y ¡no el rótulo!
Lenguaje. Ciertamente, es el lenguaje entendido en cuanto medio de comunicación el que sigue sosteniendo esa visión dualista y, por ende, idealista de nuestro mundo. Por un lado, el lenguaje está conformado por parejas de opuestos que nos llevan a suponer que así es la realidad: blanco/negro, cuerpo/alma, sentimiento/pensamiento, bueno/malo, etc., etc. Pero sobre todo, implícita en dicha suposición, hay una suerte de tendencia al idealismo en el hecho de que cuando las palabras resultan logradas, nos da la sensación de que el lenguaje se borra a sí mismo y nos deja en presencia de lo dicho, de las cosas, o, mejor, de las ideas puras, siempre existentes y significantes, dándose por bueno que las cosas están conformadas de ideas.
Mas no es así. Si el lenguaje puede decir verdades nuevas es porque en el habla creativa el mundo me invade y me invita a convertirme en espectador. Y con «creativa» nos referimos no solo a la palabra del poeta, del escritor o del filósofo, sino también a la del buen lector o a la del buen conversador: cuando la lectura o el diálogo enganchan, las palabras comunes nos van arrastrando a un mundo nuevo…
Merleau-Ponty llama expresión a esa «adquisición de significados que sólo secretamente nos son presentes» (Signos, p. 108). Concebido desde la expresión, el lenguaje es un hacer, un operar. Con nuestro lenguaje nos instalamos en cierta situación a la que él es sensible, y lo que decimos es el balance final de esos intercambios.
El lenguaje es, por lo tanto, elemento, medio y materia de nuestra vida. Estamos inmersos en el lenguaje y el lenguaje nos atraviesa, forma parte de nosotros. Tan es así, que en nuestra vida toda empresa espera un relato, tiene el deseo de manifestarse. Y la expresión no es privativa del lenguaje, sino propia del cuerpo. La percepción es ya expresión primordial. Por eso el mundo está también entreverado de lenguaje. No se trata de que el mundo sea en el fondo lenguaje, sea racional en esencia —eso es lo que el idealismo quiere creer—, sino de que el lenguaje es algo que arraiga en el mundo; hay, diríamos, una posible racionalidad emergente.
Crítica de la doctrina woke. Esta manera de entender lenguaje, verdad y conocimiento nos permite ver las fallas de la doctrina woke, cuyos presupuestos de fondo son la construcción social del conocimiento y de las identidades, construcción llevada a cabo por un lenguaje totalizador y omnipresente, vehículo a su vez de un poder asimismo omnipotente y omnímodo.
Veámoslo en concreto. Las ideas clave de la teoría del género son 1) que no hay una división natural del sexo, y 2) que «macho» y «hembra» no son más que una codificación social contingente y arbitraria.
La proposición 1 proviene de un par de ideas «filosóficas» sacadas de quicio, exageradas, pero insostenibles:
- A) Que el lenguaje no refleja lo existente, no se refiere a una realidad previa, sino que «produce» o «construye» la realidad. Ya hemos apuntado cómo efectivamente hoy se entiende que el lenguaje no refleja la realidad, una realidad previa dada. Y en la medida en que el lenguaje atraviesa el mundo, de alguna manera lo constituye. Pero una cosa es constituirlo, y otra bien distinta, crearlo. Dicho en términos más prosaicos: por medio del discurso, por medio de las creencias que el discurso parasita en nosotros se le da, no cabe duda, cierta forma a la realidad, mas la realidad material, la realidad corporal ni son creadas por el lenguaje ni se transforman mágicamente al son de las palabras.
De ahí que la división natural de los sexos sea incontestable; si hay en la naturaleza algún dualismo que no provenga del lenguaje, es ese. Y los seres humanos actualmente existentes son prueba irrefutable de ello. Por eso, «macho» y «hembra» no son un constructo social. Lo serán, sí, «hombre» y «mujer», pero no de manera independiente de «macho» y «hembra».
Es cierto, pues, que la realidad simbólica —lo social, lo político— está en buena medida elaborada mediante el lenguaje, pero si algo es referente ineludible del lenguaje lo es el cuerpo, y los cuerpos humanos son sexuados. Si no fuera así, no existiría, por ejemplo, la medicina, que funciona, incluso en quienes no creen en ella.
- B) Que cualquier teoría binaria de los sexos ha de ser inevitablemente «normativa» y, por lo tanto, «excluyente». Los conceptos de «macho» y «hembra» no tienen por qué contener o conllevar normas; es más probable que estas tengan que ver con las nociones de género, de «hombre» y «mujer». Que haya habido, y siga habiendo, exclusión o discriminación no tiene nada que ver con los conceptos que dan cuenta de la diversidad hallada en la naturaleza, sino con el mal uso, esto es, con el uso prejuicioso que de ellos se haga. Dicho de otro modo: los conceptos de sexo —y de género— pueden ser expurgados de prejuicios discriminatorios, sin necesidad de borrarlos.
El constructivismo social o cultural radical es el reverso de la confianza antigua en que el lenguaje reflejaba toda la realidad: ahora no refleja nada, pero como hay que dar cuenta de que, mal que bien, nos las vemos con la realidad, entonces tendrá que ser que el lenguaje la determina, y, en el caso extremo de ingenuidad, la crea.
Como se entenderá, en este planteamiento sigue conservándose el dualismo lenguaje/realidad, por más que pretenda negarse anteponiendo lenguaje a realidad. Su lema sigue siendo: «En el principio era la palabra», entendido literalmente en sentido cronológico y ontológico.
Por otro lado, el otro de los axiomas que el discurso woke toma del pensamiento posmoderno, que todo es poder, y es el poder omnímodo el que nos hace ser lo que somos, viene a darle la vuelta a lo anterior, complementándolo. Poder sería la concepción más actual de la realidad: el poder empuja, el poder resiste, el poder destruye, el poder crea, etc. Poder dice la dinámica de la realidad.
Pero eso no significa que tal poder sea el de un tirano o el de un grupo criminal organizado, etc., ni que tal poder sea omnipresente y ubicuo, como nos dan a entender quienes lo denuncian y se valen de tal imagen para justificar su propio ejercicio violento del poder que, a lo que parece, curiosa y paradójicamente, ellos también tienen.
Que todo sea poder no quiere decir que haya un poder que todo lo puede. Quiere decir que si queremos entender el mundo es importante observarlo en términos de relaciones dinámicas, justamente, y no en términos de esencias e identidades.
Por eso, además de emplear mal el término de «poder», confundiéndolo con agencia de abuso, queda claro que no se sabe qué se está diciendo al vincularlo a la noción de identidad. El poder nos impone identidades, las identidades nos dan poder… Es un juego determinista del que no hay salida, salvo para ellos, que ejercen su poder —la venganza— con toda la justicia del mundo.
Las categorías duales básicas clásicas —cuerpo/alma, inconsciente/conciencia, forma/materia, individuo/sociedad, etc.— han devenido en Lenguaje/Poder. Dos de los descubrimientos metafísicos más importantes de la contemporaneidad —que el lenguaje es parte configuradora de la realidad y que la realidad es dinámica, comprensible en términos de poder— han caído bajo la férula del dualismo, por muchas protestas de no-binarismo y fluidez que, sobre todo, en el ámbito de la teoría del género se hagan.
Una estrecha comprensión de lo que sea «poder» —solo el del tirano, como si en la generosidad o en el amor no hubiera poder—, un desprecio puritano de dicha variante de la materialidad, unido a la espiritualización omnidominante del lenguaje: es el lenguaje el que impone el poder, en teoría; es el lenguaje el que de hecho dicta esta comprensión idealista de la realidad, a través de su dualismo constituyente, a través de la figura del universal… Tales son los ingredientes de la metafísica que sustenta la doctrina woke.
Dicho en términos escolares: en el origen de todo está una mala comprensión del universal.
Ni el Poder ni el Lenguaje —en el discurso woke— son finitos, múltiples o variopintos, tienen grietas: no admiten signo algebraico; no son ventanas, sino muros; son totales, de una pieza, al fin y al cabo: son Universales.
Y ese es el gran problema —de fondo— de la doctrina woke: su creencia, confusa, en el universal. La doctrina woke cree en los universales, cree que existen en la realidad —Lenguaje, Poder—, y que la conforman y nos conforman. El particular —yo, tú, él, ella— no importa, sino las identidades, o universales encarnados psicofísicamente en cada uno de nosotros. Creen que existe el hombre y la mujer, el heterosexual y el homosexual, el negro y el blanco, el vasco y el catalán, y que dichos universales están encarnados en cada uno de nosotros, que solo estamos en este mundo para dar expresión y cuenta de dichas identidades.
Han entendido el universal de manera literal: es lo que está en todas partes, lo omnipresente y lo omnímodo, hasta el punto de que solo somos —cada uno de nosotros— asilo de universales. Por eso que hoy el cielo esté azul no puede ser verdad: hay lugares en la Tierra en que el cielo no está azul. Con dicha comprensión pedestre de lo que sea el universal y, por ende, la verdad, efectivamente, el conocimiento más o menos objetivo se hace muy difícil.
El dios ignoto de la religión woke es el universal: Lenguaje y Poder. Detrás de mi indigencia y vulnerabilidad solo puede haber un Poder que todo lo puede y que me somete por medio del Lenguaje, que se instala en mí instilándome sometimiento. Al individuo se atiende solo para descomponerlo en identidades, creyendo que son estas las que lo configuran.
Bastaría que se observaran a sí mismos, no solo en cuanto víctimas de un sometimiento, bastaría que pensaran la finitud en su plenitud. Somos seres corpóreos y lingüísticos, a la vez: cuerpos atravesados de lenguaje, no cuerpos que se dicen y se agotan en un lenguaje que les es ajeno e intrusivo. Y en cuanto cuerpos lingüísticos, intervenimos no solo en la realidad material sino también en la simbólica, tejida sobre el lenguaje. Y la del lenguaje es una de las redes que nos sitúa en el mundo, un mundo en continuo devenir en que somos hombre y no lo somos, o mujer y no, blanco y…, es decir, somos —podemos ser— siempre otra cosa, otras cosas que meras identidades, que no pasan de ser aspectos, rótulos. Y en la mayoría de las situaciones apenas somos lenguaje, porque simplemente ser —sin palabras, como en el dolor o en el amor—también es ser humano. Dicho de otro modo: cuerpo y lenguaje vienen a ser lo mismo, dos aspectos aparentemente diferentes de lo mismo. Que soy yo, que eres tú…, que son —también— ellos.
Apéndice: Origen de la noción de género
La historia de la noción de género, su genealogía, es un disparate que va desde la tragedia gore hasta el esperpento, sustentados siempre en la necedad cuando no en la mala fe.
En La filosofía… consigna Braunstein cuatro fases: 1) Money, 2) Fausto-Sterling, 3) Butler, 4) el género fluido. Kathleen Stock, en su Material Girls, concreta ocho momentos: 1) Simone de Beauvoir, 2) John Money y Robert Stoller, 3) Anne Fausto-Sterling, 4) Judith Butler, 5) Julia Serano, 6) los principios de Yogyakarta, 7) el concepto de TERF, 8) una explosión de identidades.
1) Simone de Beauvoir es el referente ineludible —y sagrado—, así como una buena muestra de la mala fe con que se lee. Simone de Beauvoir dijo que «no se nace mujer, se llega a serlo» (on ne naît pas femme, on le devient), significando con ello que el papel que la sociedad atribuía como natural a las mujeres era algo histórico, para nada natural. Lo que no quería decir, como se ha llegado a pretender, es que ser mujer no tenga nada que ver con el sexo biológico.
2) La filosofía… dedica más de 20 páginas a John Money, el mentiroso —y perverso— inventor de la noción de género.
John Money, psicólogo y sexólogo, propuso el concepto de «género» en 1955: había dedicado un estudio, su tesis doctoral de 1952, al hermafroditismo, en el que pretendía dilucidar «las relaciones entre naturaleza y cultura», rechazando «la moral conservadora de su época para proponer un proyecto libertario en el terreno de las costumbres» (p. 25).
Al hermafroditismo o intersexualidad dedica los años siguientes, encontrando en ese fenómeno relativamente marginal «una fuente para comprender todos los aspectos del género» (p. 26). Toda la investigación de Money se basaba en un caso que le había llamado poderosamente la atención: «un niño que había sido educado como un niño “a pesar de que naciera con un órgano de la talla y de la forma de un clítoris en lugar de con un pene”» (pp. 24-25). Aunque en la pubertad se había feminizado, psicológicamente siguió siendo un chico; es decir, «el sexo en que había sido educado prevalecía sobre su sexo de nacimiento: esta observación fue lo que orientó toda la investigación de Money» (p. 25).
Money da por supuesto que la distinción entre lo masculino y lo femenino no está demasiado clara, así que conviene acabar con las distinciones binarias. Es partidario de una «teoría del continuum»: «es imposible distinguir en ella lo que es normal de lo que es patológico, no hay por un lado el bien y por el otro el mal» (p. 26). Esa negación de los dualismos se hará endémica en la teoría de género. Además del gracioso salto lógico que pasa de «no está clara la distinción» —suponiendo que sea cierto— a «no existe la distinción», conviene subrayar el interés —moral más que científico— en liquidar la diferencia entre el bien y el mal.
De un estudio con 105 intersexuales concluyó Money que lo que prima en la identidad es el «sexo de socialización» o de «educación» (p. 27). Tampoco es muy chocante la conclusión si se tiene en cuenta que se trataba de casos en que el sexo biológico no estaba bien definido. Así, las conclusiones que Money saca son un tanto atrevidas, descaradas: «El comportamiento y la orientación sexuales macho o hembra no tienen base innata, instintiva» (citado, p. 28).
Money define el rol de género como «todo aquello que una persona dice o hace para manifestar que tiene el estatus de muchacho u hombre, o de chica o mujer» (citado, p. 29). Tal noción se popularizó en 1972 con el libro que Money escribió en colaboración con la también psicóloga y sexóloga Anke Ehrhardt, Man & Woman, Boy & Girl. En él distinguían, además, la «identidad de género»: «la identidad de género es la experiencia privada del rol de género, y el rol de género es la expresión pública de la identidad de género» (citado, p. 30). Como resumió Anne Fausto-Sterling en su libro Cuerpos sexuados: «El sexo designa según ellos los atributos físicos […]. El género en cambio es una transformación psicológica del yo» (citado, p. 30).
El libro se basa en los experimentos llevados a cabo con un niño llamado David Reimer, al que una operación de fimosis fallida le había destrozado el pene cuando tenía 19 meses. Los padres acudieron a Money y este propuso que se le educara como niña. Si el experimento funcionaba quedaría demostrado, ahora sí, que la educación puede imponerse a la naturaleza, en este caso claramente masculina.
Le extirparon lo que quedaba de su sexo, lo hormonaron, le cambiaron el nombre y le pusieron a jugar con muñecas. Al principio parece que funcionó: se convirtió en una «niñita modelo», dicen en el libro (p. 32). «En realidad fue un fracaso total que además terminó en tragedia» (p. 36).
En 1977, el psiquiatra John Colapinto publicó un artículo, y en 2000 un libro, en el que se cuenta la verdadera historia de David Reimer: «siguió jugando a juegos de niño, comportándose como un chico, sintiéndose un niño. En la adolescencia le atrajeron las chicas y no aceptó todas esas tentativas de sus padres para hacer que se comportara como una niña. […] A la edad de trece años David se negó en redondo a volver a la consulta de Money y amenazó a sus padres con suicidarse si lo obligaban a ir. Logró que el tratamiento se detuviera y a ello le siguió un nuevo tratamiento a base de testosterona; también hizo que le quitaran los senos que se le habían desarrollado por el tratamiento hormonal y se hizo hacer una faloplastia. A la edad de catorce años decidió volver a llamarse David» (p. 38).
Money nunca reconoció que había falseado los datos a la hora de escribir Man & Woman, Boy & Girl. No solo fue insensible al sufrimiento de David, sino que a las críticas respondió diciendo que eran «una conspiración de la extrema derecha y de los movimientos antifeministas» (p. 39). — David se suicidó en 2004; el hermano gemelo de David, Brian, parece que había muerto en 2002 a causa de una sobredosis; el padre de ambos se suicidaría también más tarde.
En este caso inventado y mentiroso se apoya la manida tesis de que la identidad de género se impone al sexo, que las normas siempre son culturales, y podrían ser otras… Money fue educado en un ambiente puritano, del cual tenía verdadera necesidad de escapar, prueba de lo cual se halla no solo en sus «descubrimientos» teóricos sino, sobre todo, en su «entusiasmo por la sexualidad de grupo», como hizo notar un colaborador suyo en la necrológica que le dedicó.
Probablemente más grave que su afición a las orgías sea, sin embargo, su posición respecto de la pedofilia y el incesto, otros dos grandes tabúes de nuestras sociedades contra los que arremete: «la pedofilia es un comportamiento como cualquier otro, como ser zurdo o daltónico» (citado, p. 44), «lo dañino no es el incesto en sí, sino la reprobación que lo rodea» (citado, p. 45). Por eso da la sensación de que sus «descubrimientos» son algo que responde a un interés demasiado personal por su parte: «si las normas son todas caprichosas, ¿por qué no voy a darme yo mis caprichos?».
Como apuntaba Milton Diamond, el primero en exponer la verdad del caso: «Si todos estos esfuerzos médicos, quirúrgicos y sociales combinados no tuvieron éxito en hacer que este niño aceptara una identidad de género femenina entonces, tal vez, tengamos que pensar que hay algo importante en la constitución biológica del individuo» (Miranda). Tal vez…, aunque tal vez pensar sea demasiado.
3) Anne Fausto-Sterling. Tras el «descubrimiento» del género —nos dice Braunstein en La filosofía…— vendrá la idea de que «el género es autosuficiente y que el sexo no existe independientemente del género» (p. 47). El primer paso lo dará Anne Fausto-Sterling.
Para esta bióloga, dos sexos son pocos, existen al menos cinco sexos, incluso un continuo infinito de sexos. Por supuesto, esto no es algo que haya podido comprobar observando la realidad: es una especulación puramente intelectual, más bien una conjetura sin demasiado fundamento. De hecho, parece que fue una provocación que tuvo éxito y en la que se afincó con ahínco.
Una provocación que ha encantado a los subversivos de salón: «no hay nada que nos autorice a pensar que los géneros deberían limitarse al número de dos», dice Butler (citada, p. 50). Claro, por qué no, continúa Braunstein con la ironía de Hegel en la Fenomenología del espíritu: «Nos podemos imaginar eso igual que nos podemos imaginar la vaca voladora acariciada por un cangrejo que salta por encima de un asno y luego, etc.» (p. 50).
En realidad, para Anne Fausto-Sterling el ideal es acabar con las distinciones binarias; mejor dicho, acabar con los sexos, habitar la indistinción, la intersexualidad. En un mundo ideal no habría identidades sexuales fijas: «El abanico de posibilidades ya no se limitaría a “macho” o “hembra”; los sexos “se habrían multiplicado hasta el extremo, sin límite alguno para la imaginación”. “Sería un mundo de poderes compartidos. Paciente y médico, padre e hijo, macho y hembra, heterosexual y homosexual: todas esas oposiciones y muchas más deberían quedar disueltas por ser fuentes de división”» (p. 53). Las citas provienen de su artículo «The Five Sexes», de 1993.
¿Hablaba en serio? ¡Quién sabe! ¿Se le tomó en serio? Por supuesto; ahí tenemos ¡el género «fluido»!, ¿acaso también el sexo «fluido»?
Insisten en que Anne Fausto-Sterling era bióloga. Lo que suelen ocultar es que su especialidad eran los platelmintos, unos gusanos hermafroditas.
4) Judith Butler. Si bien se ha convertido en la papisa del género, Butler parte de una de las ideas centrales de Anne Fausto-Sterling: «la sexualidad es un hecho somático creado por un efecto cultural» (citado de Cuerpos sexuados, p. 55). «Para Butler —continúa Braunstein— no solamente el sexo no existe, sino que el cuerpo tampoco existe» (p. 55).
«No puede afirmarse que los cuerpos posean una existencia significable antes de la marca de su género» (El género en disputa, p. 58). «Como no existe diferencia sexual en los cuerpos —sigue Braunstein—, lo único que cuenta son los “actos” para definir el masculino y el femenino» (p. 58). Ni existe el sexo ni existen los cuerpos: para Butler «todo acaba siendo efecto de discurso, incluyendo los propios cuerpos […]. Como si la palabra pudiera envolver nuestra vida y, de alguna manera, ir por delante de ella», dice Sylviane Agacinski en su libro de 2012 Femmes entre sexe et genre (citado, p. 58).
El cuerpo es el resultado, nos dirán, de una conjunción histórica de poderes y discursos; por eso no existe el cuerpo en cuanto dato bruto, en cuanto naturaleza. La subversión que propone consiste en complicar las normas sexuales para jugar mejor con ellas. «Solo existen conciencias, no cuerpos» (p. 63), es el resumen de la posición de Butler.
Hay una repugnancia del cuerpo en ella, y no solo en ella, también en el transhumanismo contemporáneo, un desprecio enfermizo, patológico que desean solventar con el recurso a la sacralización del alma, en moderno: de la conciencia. Braunstein nos remite a una conferencia radiofónica de Foucault que bien podría haber inspirado dicha posición; en cualquier caso, está en la misma onda. Allí, revisando las utopías nacidas del desagrado del propio cuerpo acababa celebrando su alma: «¡Viva mi alma! Es mi cuerpo luminoso, purificado, virtuoso, ágil, móvil, tibio, fresco: es mi cuerpo liso, castrado, redondeado como una pompa de jabón» (citado, p. 65).[3]
Para «los teóricos del género y los transhumanistas […] solo cuentan la voluntad y la consciencia; el cuerpo lo que tiene que hacer es seguir a ambas» (p. 66). — ¡Cuánta ignorancia en esa pretensión de separar el alma del cuerpo!
La transexualidad, la teoría del género, es una de las manifestaciones más claras de que los cuerpos deben plegarse a la voluntad, a la conciencia. Lo que late en el fondo es la negativa a aceptar la corporalidad, la contingencia y finitud de ser cuerpo: «no se acepta el hecho de haber sido creado por una pareja humana, no se acepta no ser más que hombre o mujer, o incluso cuando consigue ser intersexuado, se desespera por no ser capaz de autofecundarse» (p. 68). — ¡Cuánta soberbia!: «Lo que cuenta no es lo que se es, es lo que se cree ser» (cursiva mía; p. 75).
5) Julia Serano. Bióloga y mujer trans estadounidense, es la forjadora de otra idea, un paso más en la teoría de la identidad de género, que ha tenido un éxito desbordante. Es el presupuesto de que lo que nos hace hombre o mujer es nuestra identidad de género; no nuestro sexo ni nuestro papel social, sino nuestra íntima experiencia o decisión de ser hombre o mujer.
Así, tanto las mujeres trans como las mujeres a secas (a las que Serano calificará de cisgénero) son mujeres; tanto los hombres trans como los hombres cis son hombres. ¿Cómo es posible? Porque lo determinante es la identidad de género.
Se intuía en las ideas de Butler, mas faltaba la terminología, y Serano la aportó en su libro Whipping Girl, de 2007.
6) Los Principios de Yogyakarta. Publicados en 2007, son fruto de una reunión en 2006 de expertos y activistas en derechos humanos con la intención de especificarlos en relación con las personas LGBTI o, como señala el título completo, «Principios sobre la aplicación de la legislación internacional de derechos humanos con relación a la orientación sexual y la identidad de género».
Si bien no constituyen un instrumento vinculante, sus redactores pretenden que los Principios de Yogyakarta se adopten como una norma universal. Y lo cierto es que están teniendo su influencia; la propia «Ley Trans» española es buen ejemplo de ello.
La mayoría de los principios son la simple aplicación de los derechos humanos a los colectivos en cuestión. El enfoque presente en el título y en el principio tercero, sin embargo, sanciona y universaliza el discurso de la teoría de género que venimos presentando.
El principio 3 se titula: «El derecho al reconocimiento de la personalidad jurídica», y dice: «La orientación sexual o identidad de género que cada persona defina para sí es esencial para su personalidad y constituye uno de los aspectos fundamentales de su autodeterminación, su dignidad y su libertad». Y a continuación insinúa que ese «definir para sí» bastará «como requisito para el reconocimiento legal de su identidad de género»: de tal manera que «todos los documentos de identidad emitidos por el Estado que indican el género o el sexo de una persona […] reflejen la identidad de género profunda que la persona define por y para sí». Sin comentarios.
7) La invención del concepto de TERF. Como la intención última de K. Stock es distinguir el feminismo que se ocupa de las féminas y el llamado feminismo transgénero, que vendría a desocuparse de las mujeres, resultando en definitiva ser contra las mujeres, uno de los momentos clave para ella es el de la aparición del despectivo término TERF (Trans Exclusionary Radical Feminist, «feminista radical que excluye a las trans») con que las activistas trans se refieren a las feministas que no aceptan que las trans sean mujeres de verdad.
Si en un principio el término, acuñado en 2008, hacía referencia a esas feministas radicales, luego pasó a emplearse para cualquiera que no aceptara que es la identidad de género la que nos define.
8) Una explosión de identidades. Decir «trans» es decir poco, no todos los trans son iguales: «Una persona trans puede ser marimacho o afeminado, transgénero o transexual, mujer trans u hombre trans o travestida; en algunas partes del mundo puede considerarse lady boy, katoey o incluso las identidades maoríes whakawahine o whakatane» (citado, Material Girls, p. 33).
Facebook admite 58 identidades de género; en algún momento fueron 71 (Material Girls, p. 51). Una de las más vendidas es «no-binario», es decir, ni hombre ni mujer o algo de los dos, que rechaza ambos o fluye de uno a otro; todo queda a la elección del sujeto. Se confunde una idea, que puede ser importante y crítica —no nos aferremos a las distinciones duales como si tuvieran que ser reales— con su realización, quedándose en nada más que en un flatus vocis, declaración de infantil orgullo: «¡pues yo no quiero ser, no soy, ni hombre ni mujer / las dos cosas a la vez!».
Se acabó la transexualidad […] a partir de ahora se preferirá hablar de «transgenerismo». La noción de transexualidad hacía referencia a una definición anatómica del sexo; pasar por una intervención quirúrgica irreversible era costoso, laborioso y más bien desagradable. La transexualidad era en cierto sentido algo totalmente arcaico, demasiado «materialista». A partir de ahora hay que afirmar que el género tiene que estar completamente desligado de la anatomía; el término «transgénero» busca marcar ese cambio. Lo que cuenta ya no es el sexo, lo que cuenta es el género, el sentimiento que cada uno pueda tener de ser masculino o femenino o cualquier otra cosa entre los dos o más allá de los dos (La filosofía… pp. 77-78).
«La identidad se hace voluble e indeterminada. Es posible […] cambiar simplemente de género en vez de cambiar de sexo. Pero la dificultad principal cuando se separa la identidad de todo sustrato corporal estriba en que dicha identidad se convierte en algo puramente “declarativo” y pasa a depender del reconocimiento y la aceptación por el entorno de la elección adoptada» (p. 78). De ahí el empeño de imponer a todos los demás un lenguaje que articule ese supuesto reconocimiento, una de las razones de que se multiplique hasta la irrisión el vocabulario de las identidades LGBTQI+.
Una de las consecuencias, a lo que se ve, es que se acaba con el sexo; la identidad de género puede ser otra que la delimitada por los sexos masculino y femenino: «La fluidificación universal de las identidades sexuales encuentra inevitablemente su apogeo en la abolición del sexo como tal», nos dice Žižek (citado, p. 80). Para Butler, «el género —al igual que el sexo— no es ni estable ni fijo ni necesario. Ya ni siquiera es, hablando con propiedad, fruto de una decisión: “No hay que concebir el género como una identidad estable”.[4] Debe ser considerado como esencialmente flotante, “fluido”, según la terminología de moda» (p. 80).
No sabemos lo que es el género para Butler, no sabemos lo que es el género fluido, no podemos, por lo tanto, saber qué sea la identidad de género, no entendemos, entonces, a qué viene la Ley Trans… Y, sin embargo, hay mucha gente que hace uso de estas palabras confiando en que signifiquen algo: es la encarnación —mejor dicho: la espiritualización o la fraseología sin referente— contemporánea del credo quia absurdum que funda el cristianismo. Se reúnen ahí las dos tesis principales de Braunstein: la teoría del género es el núcleo de la doctrina woke entendida en cuanto religión.
Conclusiones críticas
- Implica dejar de lado el cuerpo; solo importa la conciencia y la voluntad: Prescindir de todo lo que pueda vincular lo corporal a la conciencia, a lo mental, quitarle importancia a la influencia del cuerpo sobre la mente y desestimar lo que haga el cuerpo. No parece muy sabio: pretender a estas alturas que nuestro cuerpo no importa, que lo fundamental es el lenguaje y la conciencia, que poseemos una identidad determinada por nuestra pertenencia a un colectivo es de una superficialidad y de una simpleza disparatadas, un desvarío y una atrocidad. Pretender que sea eso lo que se enseñe en la escuela y la universidad… no tiene nombre. ¡Y se está haciendo!
- Que el género dependa de la autodeterminación, es decir, de la decisión o declaración —«yo soy mujer / yo soy hombre»—, puesto que no hay manera de comprobar si existe en la intimidad un sentimiento correspondiente o no, implica que todo quede en el ámbito de la fantasía o la imaginación, pero al venir refrendado por la sanción judicial y obligar a los demás a tratar de «señor» o «señora», y como tales, a quien ha rectificado su género, introduce un factor distorsionador de consecuencias imprevisibles.
- Para Bruno Chaouat, el movimiento transgénero retoma la utopía gnóstica: «Un cuerpo que hay que negar, superar o reemplazar». Élisabeth Roudinesco realza el rasgo puritano de quien «no quiere saber nada de la sexualidad» (p. 98). Encaja, además, a la perfección con la tendencia transhumanista y con el gran proyecto de autonomía americano: la construcción de uno mismo.
- La mal llamada «teoría de género» es, pues, más un sueño, una ilusión, una utopía —si se quiere— que un análisis de la realidad. En cuanto utopía, acomete contra la realidad que pretende cambiar. De primeras, contra las determinaciones sociales relativas al género, esto es, a los roles de género; en el fondo, contra la determinación biológica —o antropológica u ontológica— de ser corporales, y, en cuanto cuerpos, de uno u otro sexo, o de las variantes intermedias entre uno y otro, que si se suelen obviar es por su escasa incidencia.
- La frivolidad con la que se ha tomado —y se toma— la transición física al otro sexo. «Para proteger a una minoría vulnerable —el colectivo trans— se ha puesto en peligro a otra minoría [¡no tan minoría!] vulnerable: los menores. […] se defienden medidas irreversibles para gente que no puede comprender su alcance ni puede tomar decisiones mucho menos determinantes» (Gascón). Niños y jóvenes que se ven sometidos al proselitismo del discurso «de género» ya desde la escuela y a través de las redes sociales.
- El engaño que implica el presentarse como teoría, como conocimiento, con sus referencias a supuestos estudios científicos o a sus «filósofas» de cabecera. El término theory, en inglés, del que sin precaución alguna se pasa a «teoría», en castellano, es mucho más lato y, por lo tanto, menos riguroso, incluyendo ocurrencias, suposiciones y especulaciones, ideas, sin más.
- Se remite a la «construcción social» del género. La «teoría» que esgrimen a todas horas los defensores de esta y otras construcciones es una concepción parcial que, si tiene sentido como elemento de la formación de la identidad —«no se nace mujer, se llega a serlo»—, carece por completo de él, resulta disparatada cuando se eleva a factor único. Sin entrar ahora en el asunto concreto del género, parece bastante obvio que, si bien nuestro cuerpo viene a verse impregnado y moldeado por la cultura, eso no significa que la cultura lo ponga todo, sustituyendo al cuerpo, escamoteándolo. El extremo de esta idea es la fantasía, el delirio de conservarnos en un chip de silicio (u otro material) después de muertos: ¡Hombre, no es eso lo que normalmente se entiende por «conservarse»!
- La cancelación: K. Stock fue acusada, por el simple hecho de constatar que los cuerpos (también) cuentan, de transfobia y acosada hasta que abandonó su puesto de trabajo. Es un buen ejemplo de las habituales cazas de brujas de los grupos woke. Lo que para cualquier persona razonable son argumentos de peso —el cuerpo cuenta—, para los activistas trans, queer… y cía. son fobia, esto es, odio, aversión y, se sobreentiende, mala voluntad y mala intencionalidad que ponen en juego la existencia y la vida de las personas trans. Todo esto lo sobreentienden sin más; mejor, prefieren subentenderlo para poder dar rienda suelta a su furia de narcisistas heridos.
- No hay cambio de sexo: operarse, hormonarse llevan a cambiar la apariencia. ¡Que eso sea cambiar de sexo es, cuando menos, dudoso!: «no existe tal “transición”, sólo unos tratamientos hormonales y quirúrgicos que pueden convertir a una niña sana en una enferma de por vida» (Giménez-Barbat, «Elvira Lindo…»).
- Y, sobre todo, que con esa doctrina se ayude a los trans es más que dudoso; por lo visto hasta aquí, es un delirio.
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[1] Profesor de Estética de la Facultad de Filosofía de la Universidad del País Vasco.
[2] Tras unos cuantos años en que quienes señalaban que «mujeres» eran las que poseían el sexo biológico de mujer eran perseguidas con ánimo cancelador, el Tribunal Supremo del Reino Unido ha sentenciado que así es, que la Ley de Igualdad de 2010 entiende que mujer y sexo significan «mujer biológica» y «sexo biológico». R. de Miguel, El País, 16 de abril de 2025.
[3] Michel Foucault (2010): El cuerpo utópico. Las heterotopías, Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión, p. 10. [Traducción de Víctor Goldstein, 2010]. Si bien Braunstein parece presentar a Foucault también como un gnóstico contemporáneo, lo cierto es que, tras presentar las utopías negadoras del cuerpo, Foucault subraya que dichas utopías son obra del cuerpo.
[4] Cf. El género en disputa, 273.





