Samanta Schweblin (2025): El buen mal, Barcelona, Seix Barral. [208 pp., 19,90 €].
La locura te asusta, te distrae, pero hay que mirarla con atención.
Samanta Schweblin: «William en la ventana», El buen mal.
¿Por qué algunas historias dejan una huella indeleble en la mente del lector, por qué perduran? Es una pregunta incómoda, no siempre sabemos qué ha dejado esa impronta. Según Cortázar, lo que hace a un cuento memorable no solo es la persistencia de su recuerdo, sino ese significado subjetivo, ese sentido personal no siempre consciente que le otorgamos y así llega hasta zonas profundas de nuestra mente, la abre y provoca una expansión.[1]
Puede que eso me ocurriera cuando leí por primera vez un cuento de Samanta Schweblin: «Nada de todo esto», de su libro Siete casas vacías. La historia aparentemente sencilla de una mujer que entra en casas ajenas y se lleva objetos, sin otra motivación que apropiarse de ellos; son objetos domésticos que no va a utilizar, ni siquiera disfrutar. Narrada por su hija, que la acompaña para minimizar los daños y consecuencias, que la vigila y protege sin juzgar, no esconde, sin embargo, su cansancio y la desesperación de su impotencia. Esa mirada de la hija, tan limpia y a la vez exasperada cuando contempla el desequilibrio de su madre, fue quizá lo que provocó una pequeña explosión, una detonación muda en mi mente, que me ha acompañado desde entonces.[2]
En su último libro, El buen mal, los cuentos hablan de personajes excéntricos y situaciones insólitas, de sufrimiento psíquico y desequilibrio mental y, de nuevo, la mirada del narrador —y la mirada de la autora— ha provocado en mí el mismo impacto que la primera vez, por lo que he decidido observarla más de cerca para intentar descubrir, si tengo suerte, cómo lo consigue.
Cuando Samanta Schweblin tenía siete años, su abuelo materno, Ricardo de Vicenzo, uno de los más importantes grabadores argentinos, pidió permiso a los padres de la niña para llevársela de paseo cada quince días. Esa rutina se prolongó durante diez años. Desde el primer día le dijo a Samanta que las salidas no iban a consistir en visitas al zoo o «en calesita» y, en su lugar, le proponía otro tipo de experiencias, como aprender a colarse sin billete en el suburbano de Buenos Aires, asistir a apuestas de carreras de caballos o visitar bares nocturnos, actividades desconocidas por los padres, ante los que ambos debían guardar secreto. Pero también la llevaba a museos, teatros y conciertos y, cuando creció un poco más, le regaló un cuaderno donde debería anotar sus reflexiones sobre lo que había visto. Esos comentarios debían ser precisos, argumentados, huyendo de expresiones como «me gusta» o «no me gusta». Un día, después de ver una representación de Esperando a Godot, la niña no se veía capaz de explicar aquello y su abuelo, notando su desazón, recurrió a leer y declamar —mal, pero embebido de emoción— poemas de Alfonsina Storni. Allí, la niña Schweblin descubrió que «la magia se producía en la combinación de las palabras» y que «de pronto, el horror de la puesta de Godot tomó una forma distinta, se llenó de significado propio, y me entregó un descubrimiento vital: la literatura podía ayudar a entender lo inexplicable».[3]
Samanta Schweblin nació en Buenos Aires, en 1978. Se crio en Hurlingham, un suburbio situado entonces entre el campo y la ciudad. En la universidad estudió Imagen y Sonido y se especializó en Guion cinematográfico. Desde la adolescencia asistió a cursos de escritura creativa. Ha vivido en México, China e Italia que, junto a Buenos Aires, serán el escenario de algunos de sus cuentos y, desde 2012, reside en Berlín. Imparte talleres de escritura y participa en el máster de Creación Literaria en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.
Aunque el aprendizaje recibido de su abuelo puede considerarse esencial en su formación, la autora reconoce influencias tempranas a través de sus lecturas de Julio Cortázar, Franz Kafka y Ray Bradbury y, ya de adulta, de los grandes escritores de relatos americanos, los que denomina maestros del cuento, entre ellos, Raymond Carver, John Cheever, Eudora Welty, Flannery O’Connor y autoras más cercanas como Amy Hempel y Kelly Link. Entre los europeos, cita la influencia de escritores italianos, especialmente Antonio Tabucchi, Giovanni Papini, Gesualdo Bufalino, Dino Buzzati e Italo Calvino.[4]
Ha publicado cuatro libros de cuentos: El núcleo del disturbio (2002), Pájaros en la boca (2009), Siete casas vacías (2015) y El buen mal (2025) y dos novelas: Distancia de rescate (2014) y Kentukis (2018). Su obra ha sido traducida a numerosos idiomas y ha obtenido numerosos premios, entre los que destacan el Premio del Fondo Nacional de las Artes (2001), el Premio Juan Rulfo (2012), el Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero (2015), el Premio O. Henry (2022) y el National Book Award (2022) y, el más reciente, el Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana (2026).
El último libro, El buen mal, publicado en 2025, contiene seis relatos cuyas tramas y personajes giran en torno a los temas que ya aparecen en su obra anterior: la muerte, la locura y la pérdida, enfocados desde un ángulo peculiar: lo extraño, lo insólito en el ámbito de lo cotidiano que constituye la marca de su estilo. Para estudiarlos propongo seguir a Cortázar. No solo por su proximidad geográfica y cultural, sino por haber sido una de las primeras influencias reconocidas por la autora y ser patente su huella al leer su obra. Para Cortázar, lo que caracteriza al cuento no es el tema, sino la estructura. Mientras la novela es, en palabras de Umberto Eco, una obra abierta, el cuento es un sistema cerrado en sí mismo. En tanto la novela adopta la forma de un poliedro, el cuento es una esfera, y si podemos contemplar la novela como una película, el cuento es una fotografía.
Siguiendo este símil, ¿qué caracteriza a la fotografía? El elemento nuclear es la captura de un instante que se convierte en permanente; pero, además de plasmar ese momento, se lanzan detalles, indicaciones, que el lector/espectador puede recoger y transformar para enriquecer la imagen.
¿Qué instantes captura, qué temas encontramos en El buen mal? ¿Qué fotos de la locura nos presenta en sus cuentos? No vamos a encontrar la de los cuadros clínicos graves, las de las personas agitadas, los delirios llamativos o extravagantes. En los relatos de este libro, como en los anteriores, aparecen personajes atormentados: el deseo ambivalente de una mujer por morir en el curso de un estado depresivo, cuyo origen no se nos desvelará; el dolor por la muerte de un hijo; la culpa por no haber sido un padre lo bastante cuidadoso que evitara el terrible accidente que dejó a su hijo sin voz; el temor a no poder sobrevivir al fallecimiento de un ser querido, sea la pareja o una mascota; el alcoholismo de una mujer solitaria; el miedo a estar enloqueciendo y el temor a morir a manos de un psicópata que utiliza a su madre como reclamo para robar a la gente que se presta a ayudarla. Siempre están presentes los vínculos entre los padres y los hijos, las relaciones de pareja, la infancia, la vejez y sus cuidados. Y cómo la locura, entendida como el sufrimiento mental y el miedo, ya sea latente o manifiesto, se refleja en esos vínculos.
Samanta Schweblin saca la locura del ámbito sanitario y la observa en la vida cotidiana: de qué forma es experimentada por quien la padece y cómo es considerada por el entorno. En este libro no aparecen profesionales de la salud mental como en cuentos anteriores: en «Agujeros negros», dos psiquiatras serán abducidos por el aparente delirio de una paciente, y en «La pesada valija de Benavides», un médico pretende mercantilizar el homicidio perpetrado por su paciente haciendo pasar el cadáver por una obra de arte. En ambos relatos, publicados en el libro Pájaros en la boca, los psiquiatras son representados de forma irónica, caricaturesca, mientras que en El buen mal son figuras del entorno las que asumirán ese papel de forma natural, realista, desde la experiencia vital o desde la ingenuidad bienintencionada. Así, encontraremos a un vecino aparentemente siniestro que moviliza a la protagonista suicida para provocar un cambio en su estado mental («Bienvenida a la comunidad») y a dos niñas, hermanas, que deciden curar a una desconocida poeta que ya no escribe, deprimida y alcoholizada, reencarnándose en su inspiración, ya que consideran que haberla perdido es el origen de su estado («La mujer de la Atlántida»).
Un tema que atraviesa el libro desde su título es que el intento de ayudar, de hacer el bien, puede terminar dañando al otro o a nosotros mismos. Considera que, dado que nuestra visión del mundo no es el mundo, que nuestra percepción de la realidad, y cómo la enjuiciamos, puede estar limitada o equivocada, al actuar podemos desencadenar lo indeseado. Vivimos en una continua incertidumbre, ni siquiera el medio más seguro en nuestra infancia, la familia, lo es. Las relaciones que parecen sólidas, seguras, pueden fracturarse. Ante todo ello, solo podemos actuar estando atentos, prestando atención. Para Schweblin, focalizar la atención es fundamental, porque solo mirando lo que nos aterra de la realidad, de frente y de forma mantenida, descubriremos que no todo es como pensábamos que era y ese descubrimiento transformará al que lo experimenta, incluso al lector.
Una vez focalizado el tema, dirigida la atención, se trata de mantenerla en el tiempo, de conseguir una mayor exposición. Para ello cuidará cada palabra, cada frase, dejando solo lo esencial, lo que aumentará su intensidad. La distancia focal de la cámara Schweblin se caracteriza por utilizar el tiempo presente y desde allí evocar los acontecimientos pertinentes del pasado, encuadrando los fundamentales. Es una distancia corta, plasmada también en su uso de la primera persona, que solo cederá a la tercera en el último cuento, «El superior hace una visita». Es como si pretendiera que así, sin perder el punto de vista de la mujer raptada por un psicópata, podamos observarla con una distancia que nos proteja del terror. El resultado es que las fotografías que logra, los cuentos que narra, no quedan solo en la memoria, sino que abren la mente y nos proyectan fuera de nosotros. El efecto que propugna Cortázar.
Como ella misma dice en la entrevista mencionada: «Para mí, la locura está encendida todo el tiempo, pero no es la del loco desquiciado, es una cosa muy sutil. De hecho, para mí, la locura no es lo que llamas locura». Considera que su origen podría estar en la forma de mirar la realidad, de observarla un poco más allá de lo habitual, de lo normal. Es decir, la locura no estaría en lo que se observa, sino en el observador. Consistiría en contemplar lo que nos aterra y no salir huyendo, sacarlo a relucir. Mostrar lo que existe a nuestro lado, o dentro de nosotros mismos y no lo tenemos en cuenta, hasta que algo nos obliga a examinarlo.[5]
Según Michel Foucault, la literatura ha abordado la locura al compás de la sociedad. Hasta el Renacimiento, los locos —la locura— podían tener cierta integración en la vida cotidiana que se reflejaba en las figuras del bufón y del loco del teatro. Ambos poseían una voz con la que podían decir verdades prohibidas y ser escuchados, aunque no fueran tenidos en cuenta. Pero, a partir del siglo XVII, con el auge del racionalismo, la literatura mostrará la locura como una sinrazón, un desorden que debe ser apartado y silenciado por el bien de la sociedad. A partir del siglo XIX, la literatura deja de estar al servicio del poder, deja de ser un discurso enfocado a halagar a las clases dominantes y empieza a explorar lo raro, lo excéntrico, lo que no siempre es comprensible y se une al discurso de la locura. Pensemos en cómo el flujo de la conciencia y el monólogo interior ponen de manifiesto que la mente «normal» no es tan ordenada, previsible y lógica como la división entre la razón y la locura que el racionalismo nos quería demostrar.[6]
Samanta Schweblin va más allá. La locura no solo está en lo raro, lo excéntrico, lo extravagante, improductivo o anormal, también está escondida en grietas de esa sociedad, de ese entorno estable, y, de repente, tras sufrir turbulencias, fuerzas que surgen sin previo aviso, asomará. Esa locura, que también alcanzará al observador, no tiene por qué ser tributaria de diagnósticos ni necesariamente ser un mal: si se la observa con la suficiente atención puede ser útil, incluso necesaria.
Foucault decía: «La locura no puede encontrarse en estado salvaje. La locura solo existe en una sociedad, no existe fuera de las formas de sensibilidad que la aíslan y de las formas de repulsión que la excluyen o capturan».[7] Samanta Schweblin decide capturarla, la despoja hasta dejar solo lo esencial y se la ofrece al lector para que disponga qué hacer con ella. ¿Aprendería ya de pequeña los fundamentos de este proceso en el taller de su abuelo?
[1] Cortázar, J. (2013): Clases de literatura. Berkeley, 1980, Madrid, Alfaguara.
[2] Schweblin, S. (2015): Siete casas vacías, Madrid, Páginas de Espuma.
[3] Schweblin, S. (2021): «En el taller de mi abuelo», El País, 13 de noviembre.
[4] Pitella, F. (2025): El universo de Samanta Schweblin. Entrevista en cuatro episodios (6-9 junio), Podcast, Penguin Argentina. https://www.youtube.com/watch?v=OU3tHwlNAAw
[5] Ibídem.
[6] Véase Foucault, M. (1970): La locura y la sociedad. Conferencia pronunciada en la facultad de artes liberales de la Universidad de Tokio, octubre de 1970, y, del mismo autor, Historia de la locura en la época clásica (1967), México, Fondo de Cultura Económica.
[7] Foucault, M. (1961): «La folie n’existe que dans une société», entrevista con J.P. Weber, Le Monde, 22 de julio.





