El grado de aproximación (el triunfo de la farsa)

Uwe Wittstock (2025): Febrero de 1933. El invierno de la literatura. Madrid, Ladera Norte. [304 pp., 23,90 €. Traducción de Berta Vias Mahou].

 

 

Lo peor empieza muchas veces por la aparición de un farsante. Por un individuo sin escrúpulos, narcisista y marrullero, que, movido por una pulsión desmedida de poder y echando mano de una cobertura ideológica cualquiera (vale una lo mismo que su presuntamente contraria), logra poner en marcha como sea una poderosa y eficaz maquinaria política al servicio de su cínica vanidad y su redomada y megalómana trapacería. La naturaleza de esa maquinaria es tanto mental como material, y comprende en primer lugar la puesta en funcionamiento de un concienzudo y enérgico dispositivo de fabricación y comunicación de relatos, de ideología y propaganda, que no solo no haga ascos a la mentira, sino que la utilice de una forma tan sistemática como la atribución simultánea de la misma a sus enemigos, que es lo que son todos aquellos que no le apoyan de una u otra manera. También comprende la consecución de un entramado de fuentes lícitas o ilícitas de financiación acorde con la megalomanía del proyecto, y con la codicia propia y de los propios, y la articulación de una trama funcional organizativa cada vez más amedrentadora y delictiva que penetre en el mayor número posible de estratos e instituciones de la sociedad, haciendo rentable y atractivo el reclutamiento progresivo de recuas de activistas dispuestos a todo menos a dudar de nada. Las tres des: discurso, dinero y disuasión de la divergencia por medio de las distintas formas de violencia y los distintos alicientes del estar encuadrado en una poderosa maquinaria política.

Su primera eficacia, anterior incluso a la que produce el amedrentamiento y la violencia, reposa en las capacidades de sugestión del farsante y de la maquinaria de la farsa, en su poder de simulación y engatusamiento, de hacer que nada sea lo que realmente es y que lo que no es sin embargo sea, por lo que farsa y farsante se eximen siempre de entrada de cualquier responsabilidad ante la realidad. Para el farsante, la realidad es solo una coartada con vistas al relato; no tiene entidad como tal, sólo como palanca para un ejercicio comunicativo, a poder ser arrollador de toda realidad. Donde hay comunicación a todo trance, que se quite toda realidad.

Pero su éxito, el logro de llevarse el gato de la realidad al agua del relato comunicado, depende tanto de esa eficacia en la marrullería y el engaño, eficacia ideativa e impositiva —las astucias de la inteligencia y la potencia de los medios y procedimientos de comunicación—, como de la incapacidad de juicio e insolvencia crítica de la población, tanto en la trama de ardides y simulaciones talentosa y metódicamente tejida como en las tragaderas morales, la indiferencia o el necio desarme y seguidismo intelectual de las gentes.

El libro Febrero de 1933. El invierno de la literatura, de Uwe Wittstock, es el libro del triunfo fulminante de un farsante y de la devastación a todos los niveles que produce una farsa compartida. En este caso el farsante se llama Hitler y el fraude nazismo, ese idealismo; pero puede recibir también otros nombres más hermosos, por ejemplo comunismo, y entonces el embaucador recibe por ejemplo el nombre de Lenin o Stalin, de Mao. Eso en lo tocante a los modelos más perfectos en la maquinaria de la impostura y en las terroríficas consecuencias de esta, porque imitadores en uno u otro grado de aproximación a esos modelos hay muchos más y mucho más cercanos, tan cercanos como que son de ahora mismo.

Wittstock, a lo largo de un diario de espléndida factura en que pasa revista a las vicisitudes cotidianas, cada día que pasaba más penosas, de la plana mayor de los intelectuales alemanes del momento durante el fatídico mes de febrero del año 1933, realiza una magnífica reconstrucción de ese poquísimo más de un mes que medió entre el nombramiento provisional de Hitler como canciller del Reich alemán y su definitivo encumbramiento tras el triunfo en las elecciones del cinco de marzo de 1933. Un mes, en poco más de un mes, como un relámpago, una democracia, con las debilidades y defectos que se quiera, pero una democracia al fin y al cabo, se vino estrepitosamente abajo. Pocos se lo podían creer mientras ocurría y, aun entre los intelectuales, entre los en principio más dados a pensar e imaginar, a partir de los cuales se trenzan en el libro los días de ese fatídico febrero, no muchos fueron los que lo vieron o imaginaron en toda su crudeza.

El libro empieza por un brillante ejercicio de marrullería de Hitler, cómo convenció al viejo presidente del Reich, Hindenburg, y a los jefes de los partidos centristas, para que lo eligieran provisionalmente, y termina con otro magistral ejercicio de birlibirloque comunicativo. En vísperas de su triunfo en las elecciones del 5 de marzo, y como broche final de su campaña electoral, Hitler pronunció en Königsberg un discurso, profusamente retransmitido por las radios y divulgado por los periódicos, en el que sus inmensas dotes para la farsa y el embuste salieron cínicamente a relucir como por encanto. Con voz trémula y como compungida —una de las voces más socorridas de todo prestidigitador que se precie—, rechazó de plano el militarismo (mientras sus organizaciones paramilitares, que contaban a la sazón con medio millón de afiliados, campaban a sus anchas cometiendo toda suerte de allanamientos y crímenes), afirmó que el Partido Socialdemócrata (cuyos militantes y actividades había perseguido y anulado en la práctica durante las semanas precedentes) era necesario para la democracia, y ensalzó el pacifismo y la vida en paz y armonía con los pueblos. El lobo es lobo ante los corderos no solo porque lo es, sino porque astutamente se cubre una y otra vez de capas de piel de cordero.

Mediante destacadísimas artes de actor y comunicador, eficaces en su época por mucho que nos parezcan ahora ridículas —a toro pasado muchas cosas parecen siempre ridículas—, Hitler logró engatusar a esa parte de la población más incauta o crédula que le era necesaria para alzarse con la victoria en las elecciones que le dieron el poder definitivo y, de esa forma, los votantes más ingenuos y engañadizos, los más proclives siempre a pasar por el aro de los brillos y ruidos más fatuos, aportaron su decisivo granito de arena a la ignominia. Con sus votos, el ya canciller alemán desde hacía un mes tuvo ya todo el campo libre para el desencadenamiento del terror con el que completó la obra de su farsa. Los fanáticos, por muchos o determinados que sean, nunca son suficientes; siempre tienen menester de los indiferentes, de los crédulos e incautos, de los confiados papanatas y los comodones espectadores que se dejan llevar tan campantes por la corriente que sea. Los esquemas se repiten, los nombres y las coberturas ideológicas cambian, pero los mecanismos de fondo funcionan y vuelven a funcionar más o menos acelerada y contundentemente.

 

 

La manipulación del lenguaje

 

La fuerza de manipulación de los grandes manipuladores aumenta según decrece la resistencia a ser manipulados de los manipulables; no hay fuerza de manipulador que valga sin la disposición a ser manipulados de los manipulables, de cuyas pequeñas debilidades se valen y desfondan. Así, con el flamante velamen de la mentira, la simulación y la instrumentalización de todo a todo trapo, fue como Hitler convenció al viejo Hindenburg y a los incautos y débiles líderes de los partidos centristas, a cada uno según sus debilidades de carácter y sus flaquezas afectivas. Mientras estos, ninguno de los cuales quería perder comba y apearse por nada del mundo de su cargo institucional rompiendo la baraja, confiaban en domar políticamente a Hitler y en que su paso por el poder fuera meramente circunstancial —también confiaban en que las reglas continuarían aún vigentes—, Hitler volvió a mostrarse «como un actor capaz de improvisar y reaccionar con rapidez». Hablaba con voz pacata y sumisa cuando convenía y con patetismo y de manera solemne cuando había que hacerlo; daba su palabra de honor de lo que hiciera falta, «no puede usted dudar de la palabra de honor de un hombre alemán», afirmaba, y encadenaba una mentira tras otra con la misma naturalidad con que se enlaza un paso a otro al caminar.

Hay afirmaciones y significaciones, conjuntos de afirmaciones y significaciones y juegos de tonos y dicciones, que solo son válidos sobre un suelo institucional, significativo, veridictivo y moral, que esas mismas afirmaciones y tonos, al ser despojados arteramente de toda veracidad, socavan por completo ya para el futuro de un plumazo en el mismo momento de ser pronunciadas. Sin ese suelo, más o menos firme pero siempre de la suficiente firmeza como para ser depositario de la necesaria confianza común, ya todo es posible luego.

A las doce de esa misma fatídica mañana del lunes 30 de enero de 1933, Hitler había acabado de pronunciar su juramento solemne: «Emplearé mi fuerza en bien del pueblo alemán, velaré por la Constitución y las leyes del Reich, cumpliré escrupulosamente con los deberes que me correspondan y dirigiré mis asuntos con imparcialidad y justicia hacia todos». Concluido el juramento, pronunció además de propina un discurso que no estaba previsto en el protocolo donde subrayó su intención de volver, tras un periodo de decretos de excepción, a la democracia parlamentaria. Por supuesto, incumplió todas y cada una de las promesas que hizo o los juramentos que pronunció; las reglas de la democracia, de igual manera que las reglas del lenguaje —¿tendrán una íntima vinculación?—, fueron utilizadas como utiliza el farsante todo aquello que toca: para vaciarlas, para invertirlas a conveniencia, para dejarlas inutilizadas porque solo él es el que todo lo llena, el que todo lo prescribe e impone cuál ha de ser la rectitud, la norma y el uso de todo, en primer lugar del lenguaje, el sistema sanguíneo por el que circula la farsa.

Toda devastación va precedida por una devastación del lenguaje. La inversión de los significados, la destrucción misma de la significación, el gato por liebre permanente, la puesta en circulación de un neoléxico sustitutivo, una adjetivación mangoneadora, unos tonos, unos lugares comunes, unas repeticiones machaconas, el triunfo de la comunicación —erigida en nueva diosa— sobre la significación o el portazo violento a cualquier forma de duda y de búsqueda de verdad campan a sus anchas en todo afán totalitario, como se echa de ver ya en la misma denominación de los inaugurales decretos de emergencia que dieron paso a la instauración extensiva del terror nacionalsocialista. Se llamaron precisamente «Decreto para la Protección del Pueblo y del Estado Alemán» y «Decreto contra la Traición al Pueblo Alemán y contra Actividades de Alta Traición». A la desprotección real de los ciudadanos se le llama protección, a la lealtad a las leyes, traición. El farsante tiende a decir siempre lo contrario de lo que en efecto hace y, asimismo, su lenguaje dice lo contrario de lo que quería decir el lenguaje antes de él.

El farsante también hace y dice siempre en nombre de algo, socorridamente del Pueblo, o de un Fin cualquiera pero siempre que sea colosal y maravilloso y para el que desde luego valen todos los medios, sobre todo los más opuestos a ese fin: si el fin es la felicidad y justicia de la Humanidad, pues los medios empleados para alcanzarlo se basarán en la más total injusticia e inhumanidad; si es la Libertad, se emplearán como medios los que impliquen una mayor opresión, y si es el Progreso, el más craso y efectivo retroceso. Por descontado, la farsa acaba perjudicando siempre gravemente a ese Algo en nombre del cual se cometen, sin culpa, todas las atrocidades.

Es su lenguaje, su lucha lingüística, su cuerpo a cuerpo con las palabras, el previo derramamiento de significación anterior al derramamiento de sangre, y consiste en la doble acción de engatusar a unos y de forzar a otros al plegado de los hablantes a ese lenguaje, en la consecución de una uniformización en torno a él, en la implantación de una unificación exhaustiva en él. El lenguaje del Tercer Reich la llamó Gleichschaltung, «sincronización», «uniformización», «coordinación», término que hoy podemos traducir también por «normalización», es decir, la maquinaria lingüística e imaginativa sincronizada, unificada y normalizada para eliminar todo tipo de discrepancia, de alternativa, de duda o matiz, todo rasgo o elemento susceptible de dificultar el establecimiento progresivo de un control totalitario.

 

 

El mundo, el mundillo, la mundanidad

 

Hay libros que, además del buen hacer y entender de su autor, de su inteligencia y amenidad narrativa, contienen un ramillete de lecciones, avisos e indicaciones sobre la historia, sobre la naturaleza de las sociedades humanas y de sus individuos que, si son siempre relevantes para quien no se ha vuelto de espaldas a la posibilidad de tomar lecciones o ser avisado, en ciertos momentos y circunstancias no pueden ser más pertinentes e indispensables. Nuestro momento es sin duda uno de ellos, lo que hace que la lectura atenta y reflexiva de libros como el de Uwe Wittstock sea sobremodo necesaria. Febrero de 1933 va desgranando, jornada tras jornada, fundamentalmente a través de la vida cotidiana de los intelectuales alemanes de la época, las vertiginosas cuatro semanas y dos días que separaron el artero enjuague de Hitler para conseguir una coalición aritmética de investidura que lo llevara a hacerse con la Cancillería al objeto de convocar unas elecciones más clarificadoras y su peliaguda, y por supuesto también artera, victoria del cinco de marzo en estas, para la que fue crucial la utilización de todos los resortes legales e ilegales que le permitía un poder conseguido de esa forma con carácter provisional. Da comienzo, tras un prólogo que invita a leer el libro no solo como documento histórico sino como clarividente espejo del presente, el sábado 28 de enero con el rutilante Baile de la Prensa, «el último baile de la República», como lo denomina el capítulo consagrado a ese día. Se trata de una fascinante crónica del último resplandor de la mundanidad intelectual de la República de Weimar, la celebración a la que asistió la flor y nata de la intelectualidad del momento —la flor y nata que asiste a esas cosas—, cada uno con su conciencia o inconsciencia de la realidad que iba a trastornar por completo sus vidas, cada uno con sus ínfulas y sus poses o sus preocupaciones y estrategias personales.

Transcurrida la fiesta y transcurrido el domingo siguiente, el último intervalo por hormigueante de maniobras que fuera antes del derrumbe, asistimos a la mañana frenética del lunes de un actor consumado, de un mentiroso compulsivo como Hitler que utilizó todas las bazas de la simulación y la persuasión a su alcance para hacerse con un poder interino que le suministró los instrumentos necesarios para auparse, por medio de todas las añagazas y violencias posibles, antes que nada comunicativas, a la jefatura definitiva del Estado y absolutizarla.

Toda la mundanidad del mundillo literario se viene abajo en el remolino de esos días de febrero, y de ella sólo va quedando poco a poco la preocupación por ponerse a salvo cada uno. No hay cuestión que se pueda tratar en público con los mínimos matices, con alguna complejidad, con libertad sobre todo, sin miedo; todo es unidireccional, obediente, cínico. De eso se van dando cuenta poco a poco todos los intelectuales de valía, incluido el más grande, Thomas Mann, que no era por cierto el más avispado ni alerta. Sus mamotréticas Consideraciones de un apolítico, escritas no hacía tanto, son un mar de arenas movedizas nacionalistas que, sobre la base del idealismo y el romanticismo alemanes —bases que alguna vez habría que dragar a conciencia—, no constituyen el mejor asidero previo para defenderse de cuanto está aconteciendo. Pero acaba dándose cuenta, sobre todo a partir de su gira de charlas sobre Wagner, si bien más tarde que sus hijos Klaus y Erika Mann y desde luego que su hermano Heinrich Mann, cabeza visible de la izquierda intelectual alemana como Brecht o Döblin, a cuyos movimientos y penalidades durante esos días, como a los de muchos otros escritores, periodistas y actores o editores, asistimos con estupor a lo largo de las páginas de un libro que se ha compuesto tras la lectura de un sinfín de diarios, crónicas y biografías.

 

 

Tiempos verbales (de la dificultad de darse cuenta)

 

Muchos creyeron, y les satisfizo creer, que la pesadilla de Hitler no podía durar mucho, que no tenía ninguna lógica, la menor sensatez. Nosotros leemos todas esas creencias desde lugares por el momento cómodos de la historia desde los que sabemos ya lo mucho que duró y las consecuencias que acarreó lo que, lógicamente, no podía durar mucho; si bien lo que no sabemos quizá es lo poco que pueden durar esos lugares cómodos de la historia ante los embates de nuevos tiempos de farsantes y de encandilables por las farsas.

Hay una cuestión en la redacción del libro de Wittstock que, por lo menos a quien esto escribe, por algún momento le ha chirriado. Se trata de los tiempos verbales, de la decisión de escribirlo preponderantemente en presente, como si lo que ocurrió entonces estuviera pasando en el momento en que leemos. Es una opción narrativamente lícita, qué duda cabe, aunque de entrada quepa esperar una narración en pasado. Pero si bien se piensa, no es solo que sea lícita o correcta; es lo más pertinente para el propósito de fondo del libro: las grandes devastaciones, en lo que tienen de modelo y paradigma, están siempre ahí, en presente, acechando con su potencialidad, pasando de algún modo, con alguna aproximación, en alguna medida, en nuestro presente, por muy espléndidas que sean las construcciones que los idealismos y romanticismos levanten ante nuestros ojos demasiado hechos por ellos.

Una tarde, el crítico teatral más influyente recibe el soplo de que al día siguiente le van a retirar el pasaporte; con 39 de fiebre, coge lo más necesario y toma el primer tren que sale de Berlín hacia el extranjero. Lo deja todo, vivienda, trabajo, mujer e hijos; lo importante es salvar el pellejo. Otro escritor llega a casa una noche y la vecina sube a decirle asustada y escurridiza que unos hombres han venido a buscarle; hace lo mismo. A un autor teatral, a una actriz, por ser judíos, los retiran de las carteleras; a otros escritores dejan de publicarles sus obras, las retiran de los catálogos, queman sus libros, se quedan sin ingresos, sin público, sin la menor libertad para realizar su trabajo de pensar y escribir o editar o representar o programar unas obras. Un autor da una conferencia y dos hombres de negro anotan en primera fila todo lo que dice; al acabar de pronunciarla, sin volver siquiera a su casa, coge el primer tren para escapar a Francia. En todos los puestos y cargos de prestigio y buena remuneración, se produce una sustitución drástica de quienes los desempeñaban anteriormente por parte de militantes nacionalsocialistas o sus hombres de confianza.

La situación en la Academia Prusiana de Escritores es paradigmática: expulsiones manipuladas como la de Heinrich Mann, apartamiento de los menos dóciles, sensación total de impotencia, del pisoteamiento de toda libertad, del medro de quienes mejor prestan la aquiescencia debida: Johst, por convicción; Benn, por la complejidad de sus despechos. Página a página, asistimos a una gran panorámica de la resistencia o la huida de unos y el provecho de otros, del derrumbe de unas vidas que se habían significado como distintas u opuestas y el ascenso de los incondicionales, de los seguros servidores, a las múltiples vicisitudes y vacilaciones de los destinos truncados de los intelectuales de un país en representación de la totalidad de una población entregada en proporciones crecientes a las escenificaciones de masa, a las grandes teatralizaciones propagandísticas, al encarnizamiento de la estupidez en una atmósfera cada vez más cargada ideológicamente. Fue el triunfo de lo acérrimo, de lo empedernido, de lo recalcitrante y extremo, de la «brecha que divide y polariza a la población», de la patente de corso frente al cumplimiento de las leyes, de la mentira generalizada y permanente y no percibida como tal, del disparadero que empieza por el silenciamiento de unos, por su apartamiento y en seguida su exclusión efectiva, sigue con su intimidación por parte de organizaciones paramilitares, con el allanamiento de su hogar y la detención oficial o extraoficial, y acaba por su eliminación definitiva en ese goteo diario de víctimas que aparece al final de cada día en cada capítulo.

El decreto Göring —el decreto por sistema es la forma de actuación de los dictadores— da carta de naturaleza legal a todo ello. Y ese es el modelo: la división a ultranza del país en posiciones irreconciliables, la destrucción de la noción misma de reconciliación, de acuerdo, de negociación real, el ahondamiento de la brecha frente al trabajo del compromiso, la exacerbación de la propaganda, la utilización de las instituciones y mecanismos democráticos para vaciarlos y, literalmente, tumbarlos, la debilitación de lo intermedio, del centro, sus errores, flaquezas o indecisiones, la dificultad de darse cuenta de cuándo la «normalidad» de una vida ya es solo obediencia, adhesión incondicional, vidas de recua, miedo. Ahí está el espejo, para quien quiera mirarse en él y mirar su momento y su país y su época. No tiene que arrojar una imagen exacta, puede ser hasta invertida; basta distinguir los distintos grados de aproximación.

 

 

Autor

  • J. A. González Sainz, escritor, ensayista, profesor universitario y traductor. Fue profesor de la Universidad Ca’ Foscari de Venecia. Es fundador y profesor del Centro Internacional Antonio Machado de Soria (CIAM). Premio Herralde de Novela (1995) y Premio Castilla y León de las Letras Españolas (2006).

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