Naufragio con escritor

Andrés Trapiello (2025): Próspero viento. Una vida política, Madrid, La Esfera de los Libros [336 pp., 23,90 €].

 

 

La crispación y el fetichismo político —que a estas alturas son, para nosotros, una suerte de costumbre mental o de segunda naturaleza— suelen producir, mayoritariamente, libros crispados y fetiches al uso, pero este no es el caso de la autobiografía política (y a la vez literaria y existencial) de Andrés Trapiello, la cual ha representado para mí un lúcido, cabal refugio de los desmanes de los regímenes populistas actuales y un inmejorable aliciente para la reflexión crítica en torno a los lugares comunes y a las ideas recibidas que conforman el tono y, en cierta perversa manera, el espíritu de nuestro tiempo: se trata de un libro valiente y hoy en día sumamente necesario (no lo escribo a la ligera), embebido en el canon personal —y, al fin y al cabo, felizmente universal, de Juan Ramón Jiménez a Manuel Chaves Nogales, de la generación del 98 a la «generación de los difíciles» (José Bergamín, Luis Cernuda, Rosa Chacel, Ramón Gaya, María Zambrano)— de su autor, que a menudo remite a los ejemplos más luminosos de esa «tercera España» tan denostada por los adalides del «guerracivilismo» y de la «superioridad moral de la izquierda» (según el título de un desafortunado panfleto de Ignacio Sánchez-Cuenca).

El problema, sin embargo, estriba en que, a mi parecer, Próspero viento será leído principalmente por quienes tienen o creen tener una afinidad profunda con la mirada afilada y a la vez ecuánime, con el pensamiento fructuosamente inactual, con la honestidad intelectual y con la actitud naturalmente «quijotesca» de Trapiello, mientras que los lectores más suspicaces, a los que en realidad debería estar destinado, difícilmente se acercarán a él —dado el insalvable encono de nuestra época— con ánimo libre de prejuicios; nos hallamos, pues, ante un libro que muy probablemente será rechazado por gran parte de sus potenciales destinatarios, obcecados en sus ideas engañosamente à la page, lo cual no deja de ser una ulterior paradoja dentro del cuadro francamente desalentador del mundo contemporáneo y de su demi-monde político y cultural, tan claustrofóbico y cerril, que el autor bosqueja con enjundia y maestría: quiebra fraudulenta de cualquier verdad y pacto compartido; desmedidas, ficticias plusvalías; vilezas acomodaticias; necedades más o menos interesadas; imperecederos servilismos.

«“Repensar los lugares comunes es el mejor modo —decía Unamuno— de librarse de su maleficio”. El escritor, como la carcoma, roe sin descanso una oscura materia, hasta que logra abrir esa pequeña tronera desde la cual se contempla la bóveda celeste. Seguimos, pues, en el sapere aude de Kant. Y más que atreverse a decir, hay que atreverse a pensar, y a quien sabe sentir ya no le cuesta decir». Estas palabras, aparecidas en el primer prólogo de Las armas y las letras (1993) y citadas nuevamente aquí (pp. 244-245), constituyen, además de una declaración de principios e intenciones, la brújula «bien temperada» de un moralista cervantino «liberal y discreto» que no teme enfrentarse a la tétrica bancarrota de todo ideal humanista, a fin de rescatar lo que queda de su contestada herencia, y que en su insobornable defensa de la libertad se ha encontrado militando por la causa de la democracia liberal (ese prerrequisito hoy día tan deslucido como esencial para la polis), dado que de vez en cuando los individuos decentes no tienen otra opción que echarse, literalmente, a la calle.

El escritor, en cambio, trabaja con materiales afines pero distintos; infatigable buscador de objetos perdidos, de historias enterradas y de pecios supervivientes a un naufragio que es de todos pero que pocos se atreven a reconocer como propio, Trapiello nos ofrece las preciosas trouvailles recogidas a lo largo de su inexhausta y apasionada búsqueda de un punto arquimédico entre las razones de la ética y las exigencias de la estética, en la senda de su admirado Savater, porque «la ética precede a la estética, pero sin estética la vida aún tendría menos sentido» (p. 369).

Gracias a su sugestivo recuento, repleto de inteligencia narrativa y de iluminadores hallazgos, tenemos la oportunidad de recorrer las vicisitudes políticas del autor, militante, en las postrimerías del franquismo, de la Joven Guardia Roja del PCE(I), votante del PCE en una ocasión, del PSOE durante un cuarto de siglo y luego de UPYD, de Ciudadanos y, finalmente, del PP, a través de un derrotero, debo confesar, bastante parecido, pese a la diferencia de edad, al mío.

Y, claro, al leer estas páginas, uno no puede sino reafirmarse en el aprecio por la templanza y los valores a los que se asieron la Transición y los subsiguientes Gobiernos socialistas (a pesar de su política cultural de cartón piedra, cosmética y derrochadora, que el autor critica con satírica sorna, en la estela de Rafael Sánchez Ferlosio); así pues, Trapiello nos devuelve la urdimbre razonada de sus (pocas) victorias y de sus (muchas) derrotas como ciudadano y como intelectual, ante la traición y la desidia de demasiados clérigos, la alevosía y la rapacería de los políticos, la inquina reaccionaria y la torpeza del populismo de izquierdas y las ya inaguantables tropelías del nacionalismo independentista y de los herederos de ETA que sujetan ese desastre anunciado llamado «sanchismo».

Bastaría con mencionar su forzada salida de El País —junto con Félix Ovejero y Antonio Elorza, y, tres años después, Fernando Savater, Félix de Azúa y José Luis Pardo, es decir, las cabezas mejor amuebladas de España— o el affaire Gil de Biedma, revelador del doble rasero de quienes, siendo dueños de una indiscutible «hegemonía cultural», se han asentado por decisión propia en el «lado correcto de la historia».

Mucho más se podría escribir acerca de una obra que no dudo en definir como fundamental e imprescindible para cualquier lector que desee reflexionar con auténtico espíritu crítico y osada amplitud de miras sobre el pasado, el presente y el precario porvenir de la sociedad española, pero prefiero concluir con una última observación: al repensar y reivindicar la historia de la Transición y de la democracia, Andrés Trapiello nos recuerda por medio de su ejemplo —forjado en la ética de la responsabilidad por encima de la ética de la convicción— la vital importancia del papel desempeñado por cada ciudadano capaz de tomar partido, minoritario pero profundamente civil, frente a las embestidas autoritarias padecidas por las perennemente imperfectas democracias liberales, sometidas por doquier a las sempiternas conspiraciones de los impresentables nacionalismos populistas, que siguen intentando, muy a menudo con éxito, socavarlas. «No queda otra que “la dura brega”» (p. 452).

Autor

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