Joyce (1946)

Joyce (1946)

Cuando solté, en esta misma serie, haber sido Galsworthy el único entre los novelistas ingleses contemporáneos con quien me acaeciera personal encuentro, no atinaba, así al pronto —quizá por lo de irlandés— en James Joyce. A este le traté unas horas en la librería de Adrienne Monnier. Allí se le tenía encerrado en la trastienda: el fenómeno me parecía, en efecto, hombre de mucha trastienda; no llegué a adivinar si por culpa suya o del negociete que en torno suyo se había montado. J’ai ma combine, parecía ir diciendo por lo bajo Joyce, tras de las gafas negras montadas en trapos a que le condenaba una afección de la vista. Con lo cual, oftalmópata él y yo, escamón, no hubo manera de que nada cordial ni tampoco intelectual quedará anudado entre nosotros; a pesar de los esfuerzos previos que a tal fin había prodigado el bueno de Valery Larbaud.

 

Caricatura de Joyce de Eugenio d’Ors. Colección particular de Mauricio d’Ors.

 

Ocurrió, por otra parte, que, a propósito de Valery Larbaud justamente, una oblicua rivalidad nos contrapuntara. Y fue que, habiéndose comprometido este amigo admirable, a traducir, de una parte, el Ulises para Adrienne Monnier y de otra parte para la «Eneref» mi Vida de Goya —de cuya redacción tenía la culpa— hubo de proponernos al uno y al otro el plan de llevar paralelamente entrambas tareas; no sin perjuicio previsible para la urgencia de cada uno. A poco, me vino un día Larbaud con la nueva de que el médico le había prohibido continuar con Joyce, cuyo galimatías presentaba para el traductor fatigas agotadoras; de lo cual yo, de momento, tuve la impiedad de alegrarme. Imprudente impiedad, sin duda, porque luego de unos días, el mismo médico prescribió al mismo paciente el dejar también mi traducción. Y esta vez fue sin aviso y como en fuga. De lo cual salió un enredo editorial de mil diablos con que al fin se arregló; pero no sin que rencorosos relentes me transmitiera contra quien, tras haberme estropeado literalmente a Homero con su Ulises me acababa, sanitariamente de estropear al mejor de los traductores y al más delicioso de los amigos.

 

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