Julian Barnes (2026): Despedidas, Barcelona, Editorial Anagrama. Traducido al castellano por Jaime Zulaika. [216 pp., 19,90 €]. Comiats, Barcelona, Angle Editorial. Traducido al catalán por Alexandre Gombau. [208 pp., 19,90 €].
Edición original: Departure(s), Londres, Jonathan Cape (Penguin Random House), 2026. [176 pp., 24,25 €].
Este libro resulta recomendable para el entretenimiento, la reflexión, la ensoñación o la divagación diletante de un abanico muy amplio de lectores. En primer lugar, por su notable calidad literaria. En segundo, por los avatares básicamente vitales, amorosos, en los que se ven involucrados los dos protagonistas supuestamente ficticios, Jean y Stephen, así como el personaje central, supuestamente real, el propio Julian Barnes. En tercero, por los temas e ideas que aborda con sobriedad, calidez y sentido del humor: la enfermedad, la vejez, la cercanía de la muerte, las viejas amistades y las amistades recobradas, la memoria y lo que su pérdida representa, la literatura y los escritores que le han dado forma durante un periodo histórico que abarca desde los años sesenta hasta hoy. La traducción más fiel y elegante en castellano no sería «Despedidas» sino «Partida(s)», ya sea a la francesa o a la inglesa, como corresponde al «más francés de los escritores ingleses actuales».
Hasta aquí una reseña concisa. Suficiente.
Pero…, como a Hedónica le concierne el placer de la lectura, cabe preguntarse también para quién está deparado tal placer: ¿Puede el lector común, a la par que el crítico experto, diagnosticar la respuesta? En diversos foros me he cuestionado si el libro no me habrá gustado tanto por tener, como tengo, similitudes o coincidencias vitales con Barnes, aunque algunos de mis (des)amores y afanes, edades y dolencias sean menos gravosas que las suyas. O si no será porque estoy pasando por una de esas fases placenteras y afortunadas, incluso en la adversidad, que, a decir de Victor Hugo, tan convenientes resultan para alcanzar la felicidad. En Despedida(s), Julian Barnes utiliza caudalosa y eficazmente la primera persona para hablar sobre sí mismo: sobre su cáncer, sobre el gusto que le reporta el hecho de que sea un cáncer sanguíneo infrecuente, raro. Y añade: «¿Es eso esnobismo? Un poco».
También nos habla de su proceso de diagnóstico y terapéutico, de las estancias hospitalarias en plena pandemia de covid-19, del lenguaje y los códigos médicos (excelente libro para estudiantes y profesionales del sector), de las sorprendentes conversaciones con enfermeras y médicos. De cómo lo sobrelleva: con paciencia y resignación.
Del sufrimiento enorme que para Barnes supuso la rápida muerte de su anterior esposa por una agresiva neoplasia, de la llamada tardía en la noche de un amigo con un cáncer avanzado, desolado ante el sufrimiento que afligía a su esposa.
Es literatura verdadera: la reconocemos por el diálogo interno que emerge en cada frase.
Barnes, sobre Barnes, sin ocultaciones
Barnes restituye diálogos con sus amigos durante los funerales, dialoga con el lector sobre la vida y la muerte. Y la conversación del escritor con el lector constituye uno de los grandes ejes temáticos del libro. Con autoironía y lo que en inglés se denomina self-deprecation, Julian Barnes conversa a menudo con el lector, sutilmente, a través de las historias de sus amigos, sus (ex)mujeres, colegas, críticos; a través de pinceladas sobre su insegura, dolorosa juventud, y una madurez y vejez llevadas con más serenidad… Es benevolente consigo mismo y con los demás. No resulta trivial ni, por fortuna, solemne. También hay desolación. Y un inefable Jack Russell terrier, de nombre Jimmy, que envejece sin ser consciente de ello, ni tampoco siquiera de ser un perro.
Habla del hombre joven y del maduro, del joven hombre maduro que fue, de las identidades y horizontes de los hombres mayores, de personas que creyeron en la remota posibilidad de ser felices y se aplicaron con manos y alma a la tarea de alcanzarlo. Amaron todo cuanto pudieron. Y su amor les fue devuelto con creces, con generosidad, con eternos y fugaces instantes de ternura que, por siempre, llevarán impresos en sus huesos: también con insoportable dolor.
Un párrafo puede ilustrar el tono jocoso y a la vez comedido, exento de trivialidad, y también de solemnidad: «Tú, novelista, dijo Jean, y pude ver que realmente estaba bastante cabreada [hay que ser inglés para sentir que el “bastante” es necesario y apropiado ahí, en mitad de la frase]. Tú, jodido novelista, no pudiste resistirlo, ¿verdad?». Jean reprocha a Barnes que haya conspirado con Stephen para que este y ella vuelvan a encontrarse, al cabo de 40 años (!) tras haberse separado a los 20. Barnes, que intenta escabullirse, dice: «siempre he creído que la forma es tan importante como el tema». El párrafo puede carecer de gracia si no se ha leído antes la historia que los tres compartieron cuando estudiaban en Oxford. «Los dos en un banco bajo un árbol desconchado, repasando para los exámenes finales, profundamente juntos aunque inevitablemente aparte (deeply together yet inevitably apart), dado que ninguno de los dos podía entender las asignaturas del otro».
Barnes no solo escribe con humor, sino que también lo hace de buen humor y así se refleja en su texto, como añadiendo al guiso un condimento que inesperadamente aporta inexplicable dulzura a un sabroso sabor picante.
Barnes se cuestiona, corrige, interroga al lector siempre presente: «No, dale la vuelta a esa prioridad…». «Lo que acabo de decir, ¿tiene sentido?». «La vida y la memoria pueden ser tan… quijotescas».
Para el lector, el mérito de una novela no radica solo en sus «temas» o en «el argumento», sino que también tiene que ver con una magia inaprehensible, saboreable, que emana del qué y del cómo, de lo que se cuenta y del cómo se cuenta. Y que es sutil o invisible.
En el libro, esa magia no solo permea y perfuma las páginas más emotivas, sino también las aparentemente más racionales. Así, las vivencias que Barnes bosqueja al carboncillo sobre el buen funcionamiento del hospital público al que acude o sobre los parques por los que pasea resultan elocuentes: elemental sentido común y práctico en favor de la equidad, el sosiego, la amabilidad, el civismo, la eficiencia social… o el estado de bienestar. Y a continuación, sin trazos gruesos, sobre el papel refulge esta idea: «La felicidad puede ser social». Vale la pena pararse a considerar esta noción.
A preguntas de Rafa de Miguel, Barnes declaraba: «Me he vuelto más de izquierdas porque el centro se ha desplazado hacia la derecha». Y de qué manera. Según Mick Brown: «Barnes ha descrito la literatura como “un proceso de producción de mentiras grandiosas, hermosas y bien ordenadas que dicen más verdad que cualquier conjunto de hechos”». El epidemiólogo que hay en mí concuerda con ello, y agradece las sabias alusiones a la pandemia provocada por la covid-19, al confinamiento.
Barnes divaga, sonríe y logra provocar ensoñación. En muchos casos no es factible ni es necesario que el lector se identifique o coincida con el autor. Habla con tino y gusto de muchos temas, personales y sociales, lo cual no deja de resultar previsible en un viejo escritor que asegura que deja de escribir; lo curioso no es que condense tantos temas en tan solo 150 páginas; lo curioso es que apenas se nota esa profusión temática.
Modos de leer
Si en mi quedarán esquirlas del libro durante mucho tiempo, puedo citar el caso de una buena lectora (bibliotecaria), que me dice, como elogio, que el libro es de fácil lectura. Significa que le gustó y seguro que no dejó de encontrar en él muchas cosas. Otra conocida, esposa de escritor, coteja mis elogios a Despedidas con los biliosos reproches que un crítico ha formulado contra Barnes: que si su obra no necesitaba de esta «novela» supuestamente menor, etcétera. Recomendé Despedidas, toda vez que Barnes aborda la memoria involuntaria y la memoria autobiográfica involuntaria en varias secciones, al autor de un libro que articula sobre estos temas una de sus propuestas más atractivas. Veía posible que escribiera un buen ensayo sobre las arboledas comunes en ambas obras. Estos pocos ejemplos ilustran la pluralidad de lectores posibles.
Métodos de escribir: sobre ellos el libro es también sugerente. «The compost theory of writing»: «La ficción requiere el lento “composting” de la vida antes de que se convierta en material utilizable…». Diarios, notas, cuadernos, charlas con personas, recuerdos…
Barnes cuestiona las formas, los procesos y las falacias de la memoria: con aplomo que resulta terapéutico, útil, cuestiona cómo seleccionamos o no lo que recordamos, también el malestar cuando la memoria se queda en blanco. La vejez… Desde ahí Barnes traiciona a Stephen y Jean, que repetidamente le pidieron que nunca jamás volviese a escribir sobre ellos. «Y yo respondí, “Por supuesto que no” —y en todo caso, no es así como funciona (that`s not how it works)». Escribir. Vivir. Maravilla estilística de contenido y forma, de verdad y mentira.
La cordialidad de los diálogos es otro de los placeres que Barnes concita. Sobre Proust, nada menos, por ejemplo. «Me doy cuenta de que hay una buena dosis de Proust en este libro. Y ni siquiera soy proustiano. Pero quizá ello demuestre que lo cito principalmente para discrepar».
No quiero olvidar —quizá es muy importante— el nombre de un fármaco que tal vez quise eludir en mi primera lectura y que me llevó a plantearme si debía cambiar mi percepción sobre algunos de los tropos ya mencionados (contención, sosiego, etc): la «amitriptilina». Un antidepresivo tricíclico clásico (apropiadamente desarrollado en los años sesenta del siglo XX, tan presentes en la obra), y todavía hoy prescrito con frecuencia para la depresión mayor. En una página concreta, Barnes enumera su ingesta diaria de fármacos. Sobre alguno nos da la dosis («un gramo de quimio»), pero no lo hace en el caso de la amitriptilina, cuando hubiera sido útil para valorar la indicación o el posible grado de depresión que sufría; o si esta era preventiva.
Incurable pero manejable como la vida
Con cierta dosis de audacia, sinceridad o picardía, Barnes y sus editores han anunciado profusamente, ya desde el polisémico y travieso paréntesis de su título, Departure(s), que este sería su último libro, un poco a la manera de esos cantautores en los que, tras apagarse los focos, ya se advierte el deseo de volver a pisar el escenario. Pero por si este no fuese su último libro, y ya ha avisado que no lo será…, por si no fuese siquiera su última novela (tiene margen y crédito para decir que la próxima, cuando salga, será otra cosa, no una novela al uso).
Cabe mencionar que:
- a) El libro tiene cinco partes, o quizá capítulos, desde “1. EL GRAN I AM”, referido en realidad a la memoria autobiográfica involuntaria que, como ya anotamos, es uno de los principales temas del libro, hasta los especialmente reseñables «3. Tratable», y «5. A ninguna parte».
- b) Carece (en la edición original) de una mísera página para un índice con los títulos de dichas cinco partes y sus correspondientes páginas de inicio.
Y hablando de quimio: cuando Barnes pregunta a los médicos si su cáncer es curable, le dicen que no, pero que es manageable, cuya traducción por «tratable» no me parece una herejía, vistas sus acepciones oficiales. Pero lo mejor es cuando él reacciona al diagnóstico de «incurable, aunque sin embargo manejable» con: «ah, eso suena… como la vida misma, ¿no es cierto?».





