Reflexiones sobre el libro de Diego Gracia, El animal deliberante
por Jesús Conill el
Dosier «De X. Zubiri a D. Gracia: La deliberación biográfica»
Ref.: Diego Gracia (2025): El animal deliberante. Teoría y práctica de la deliberación moral, Madrid, Triacastela. [680 pp., 36,00 €].
En estas reflexiones sobre el monumental libro de Diego Gracia, quisiera presentar sus principales aportaciones y hacer una serie de comentarios para suscitar y proseguir el diálogo filosófico entre quienes estamos interesados en argumentar «en serio», como proponía Karl Otto Apel.
Las principales aportaciones podrían resumirse muy sucintamente en tres ámbitos: 1) la historia del tema de la deliberación, desde sus orígenes en la cultura occidental, a partir de Sócrates, hasta la actualidad; 2) la decisiva interpretación del sentido de la deliberación en la filosofía práctica de Aristóteles y sus diferentes modulaciones en los más diversos contextos, y 3) la propuesta de una innovadora teoría de la deliberación en conexión con la noología zubiriana.
I. Propósitos iniciales del libro
El propósito inicial es desvelar la condición humana. El libro comienza manifestando su propósito de responder a la pregunta por «lo específicamente humano» y la respuesta dice que lo que nos diferencia de los animales es la capacidad de deliberar. La deliberación es ya una «necesidad biológica» para tomar decisiones en situaciones de incertidumbre, para ajustarse y ajustar el medio inteligentemente, transformándolo en función de las necesidades humanas, con lo que la condición biológica se completa con la cultural. La deliberación exige conocer los hechos y estimar los valores de los que están impregnados, a fin de tomar decisiones razonables y prudentes. Este proceso deliberante del animal humano, con base natural (biológica), tiene un carácter moral, que hay que aprender.
Al primer propósito fundamental, se añade el de esclarecer en qué consiste el método de la deliberación moral. Rememorando que la clínica y la ética comparten el mismo método desde el tiempo de los hipocráticos, cabe pensar que el método de la ética procede probablemente del método de la clínica hipocrática. Por su parte, Aristóteles describe la lógica del razonamiento práctico, la toma de decisiones en situaciones de incertidumbre, pensando también en la técnica, especialmente la técnica médica, no solo en la ética y la política. Con el desarrollo de la técnica moderna todavía se refuerza la necesidad de conectar ética y técnica. Pues la técnica moderna permite manipular la realidad de tal manera que «ya no hay límites naturales a la acción técnica del ser humano», por eso «se hacen aún más necesarios los límites morales». Si la barrera ética basada en la naturaleza «ha caído», «eso no significa que haya desaparecido todo control ético» (p. 26).
Otro propósito especial consiste en distinguir dos niveles o tipos de deberes. Puesto que el mundo humano está hecho de hechos, valores y deberes, el método de la ética consiste en deliberar sobre tales hechos, valores y deberes, así como sobre sus posibles conflictos. Aun cuando la «experiencia del deber es prácticamente universal» y «consustancial con la naturaleza humana», hay divergencias con respecto a los contenidos del deber. Entonces, «¿qué es lo que debemos?». La respuesta de Diego Gracia es rotunda: «realizar valores» (p. 36). Estamos obligados por «lo ideal»; por ejemplo, el valor justicia «nos obliga realmente», nos exige su realización, «tiene efectos reales» (p. 36). Lo ideal se impone a lo real, porque lo que falla es la realidad. El conflicto de valores consiste en un «conflicto en la realización de valores»; por consiguiente, los conflictos de valores son en realidad «conflictos de deberes», aunque esto se produce en un primer nivel, «el nivel ideal» (p. 37). Pero hay un segundo nivel, porque la realización de los valores ha de hacerse «siempre en condiciones concretas», en unas determinadas circunstancias, contando con unos medios u otros, y teniendo en cuenta las consecuencias de la decisión que se tome. Hay, pues, dos niveles de obligación: la que exigen los valores ideales y la obligación en cada situación concreta.
Poniendo algún ejemplo como el de que «no debe mentirse», Diego Gracia afirma que ambas obligaciones, la del primer nivel (el ideal) y la del segundo (el de la situación concreta) «son perfectamente compatibles». Sin embargo, a continuación, muestra que «también aquí» se producen «conflictos entre el debería y el debe, entre la exigencia ideal de los valores y las condiciones reales», al que denomina «conflicto de deberes». El conflicto no surge aquí porque los valores que están en juego sean incompatibles entre sí, sino porque «resultan incompatibles en una situación concreta» (p. 38). Se trata de dos niveles o tipos de deberes, los ideales y los efectivos.
II. Historia de la deliberación en la cultura occidental
1) Reconstrucción histórica desde los orígenes de la deliberación
Una aportación sustantiva es el estudio que a lo largo de todo el libro —ya en la Primera Parte y luego también en la Tercera, pero de modo especial en la Segunda— ofrece de los orígenes de la deliberación a partir de Sócrates y su desarrollo por diversas vías, de modo paradigmático a través de la filosofía platónica y la aristotélica.
La deliberación comenzó en Sócrates con la refutación o élenkhos de las opiniones, para diferenciar los argumentos dialécticos de los erísticos o sofísticos. Es éste el lado negativo de la deliberación, pero en Sócrates hay también un aspecto positivo, que consiste en ayudar a sacar desde el interior de cada cual lo mejor de sí mismo, a lo que se denominó «mayéutica».
Según la interpretación de Diego Gracia, la lógica de Aristóteles se divide en dialéctica (lógica del razonamiento probable) y analítica, comenzando por el análisis del razonamiento dialéctico en los Tópicos; y hasta la metafísica y la ética se elaboran con argumentos dialécticos, porque los primeros principios no se pueden demostrar. Sin embargo, la tradición invirtió el orden de la lógica aristotélica, lo cual fue conduciendo al declive de la deliberación.
Por otra parte, Gracia señala que el término «deliberación» tiene un origen político, explicitando la historia de la Boulé en la política ateniense y cómo los sofistas hicieron de la deliberación una técnica. Sin embargo, con el tiempo la deliberación como mera técnica entra en conflicto con su sentido filosófico, como ocurrió ya paradigmáticamente en el proceso a Sócrates. Pues la auténtica deliberación consiste en una «lógica» de carácter dialéctico, que transforma esa mera técnica en el paradigma del razonamiento práctico en Aristóteles. Esta lógica dialéctica se mueve en el mundo de la opinión o doxa. Aunque se advierte que «las opiniones que se pueden refutar no son objeto de deliberación» (p. 175). Así pues, el primer momento de la lógica deliberativa es la refutación y el segundo será defender las opiniones con razones, haciéndolas «razonables», a fin de elegir con prudencia.
En ese documentado recorrido histórico cabría destacar un sinnúmero de asuntos, pero es imposible prestar atención a todos. Conviene seleccionar algunos. Uno de ellos es la rehabilitación de la filosofía práctica y de la doxa. Tras la primacía de la filosofía teorética sobre la naturaleza como principio (arkhé), se destaca la historia del tema de la deliberación a partir de Sócrates en el contexto social de los sofistas. Es sumamente ilustrativo y esclarecedor el estudio de la deliberación en el círculo socrático y las dos principales variantes que surgen del mismo: la platónica y la aristotélica.
En este contexto adquiere un especial significado la rehabilitación de la doxa, corrigiendo la interpretación dicotómica entre la vía de la verdad y la de la opinión, que se convirtió en clásica a partir de la recuperación de los fragmentos del Poema de Parménides, como supieron apreciar algunos especialistas del pensamiento presocrático, también en el ámbito español (Fernando Cubells y Fernando Montero).[2]
Esta cuestión de base inicialmente filológica ha contribuido a tener una valoración diferente de las formas del conocimiento humano, es decir, adquiere un rango especial para la reflexión gnoseológica en la naciente filosofía griega y en la posterior tradición. En concreto, con ella adquiere un valor especial el conocimiento de lo probable. Es este punto uno de los que cabe destacar muy especialmente a lo largo de todo el libro (éndoxos y pithanós). Es extraordinaria la capacidad expositiva y la claridad con que se nos ofrece el estudio de esta cuestión a lo largo de toda la historia del pensamiento occidental, a partir de sus primeras formulaciones en la filosofía griega hasta las teorías modernas y contemporáneas de la probabilidad en sus diferentes concepciones.
2) El ocaso de la deliberación
La Tercera Parte del libro está dedicada a exponer el cambio de perspectiva con respecto a la deliberación en la historia del pensamiento, que Diego Gracia sitúa especialmente en el estoicismo (capítulo 5) y que califica como el «ocaso de la deliberación» en el mundo moderno, debido al creciente imperio de la razón instrumental y estratégica (capítulo 6).
Es muy destacable la interpretación del estoicismo como momento decisivo del cambio de perspectiva con respecto a la deliberación, que interpreta como el final de un periodo y el comienzo de otro nuevo caracterizado por el «dogmatismo» (p. 295), por el hecho de que el orden de la naturaleza, expresado por la «ley natural», no solo tiene carácter ontológico, sino también deontológico.
Según la interpretación de Gracia, el modo impropio de entender la deliberación y la prudencia del estoicismo se extendió en la cultura occidental e invadió la Edad Media y el mundo moderno en el racionalismo de Descartes, Spinoza o Leibniz, e incluso la ética de Kant y demás idealistas. Las éticas modernas se basaron en la idea del deber frente a la felicidad, por tanto, en el cumplimiento de la ley, más que en la perfección de la naturaleza (p. 304). Sin embargo, el método propio de la razón práctica es la deliberación (p. 338).
Lo que se ha producido en el mundo moderno es un cambio en las ideas de voluntad y de libertad (p. 344 y ss). Por ejemplo, en la filosofía kantiana, la libertad deja de ser concebida como libre albedrío (Willkür) o capacidad de elección de los medios, para entenderse como capacidad de autonomía, una propiedad de la voluntad racional (Wille). En este contexto de la exposición del nuevo concepto de la libertad y de la voluntad, Diego Gracia presenta una interpretación del pensamiento kantiano excesivamente ligada a la «vía fichteana», por lo que resulta problemática, ya que le hace concluir que «la deliberación no tiene lugar en la ética kantiana», ni «tiene cabida posible» en el sistema de Kant (p. 367), añadiendo que en él «es imposible la deliberación» (p. 368). Es éste un asunto importante que merece un tratamiento especial en otro momento, más tarde.
A esta historia del declive de la deliberación en la filosofía moderna, con el racionalismo y el idealismo, todavía se añade el positivismo, que ha impregnado la vida entera. No obstante, Diego Gracia expone los impulsos por los que la deliberación se ha abierto camino como alternativa en los dos últimos siglos hasta la actualidad, tanto a partir de la teoría política de la democracia deliberativa como del estudio de los valores como un ámbito en que se puede deliberar, mostrando así los hitos contemporáneos de la teoría de la deliberación.
Según Diego Gracia, la deliberación resurge en el ámbito anglosajón del empirismo y del emotivismo, con Hobbes y la teoría «liberal» hasta llegar a la teoría de la public choice; pero ha sido en la segunda parte del siglo XIX y en el siglo XX cuando se ha desarrollado como «deliberación democrática», por una parte, en Dewey y, por otra, en Rawls, Habermas y Gutmann. Un camino en el que ha tenido que superarse el positivismo y la primacía de la racionalidad instrumental y estratégica, en favor de la razón práctica y moral.
3) Dos enfoques en el contexto moderno
En este ámbito temático es magnífico el estudio histórico del probabilismo y de las luchas contra este. Gracia expone el tema de la probabilidad y la toma de decisiones en condiciones de incertidumbre mediante la distinción entre dos enfoques a lo largo de la historia occidental. El primero es el que comienza en Aristóteles y perdura hasta mediados del siglo XVII. Basado en la teoría aristotélica de los juicios dialécticos, considera que en el ámbito de las decisiones prácticas no puede buscarse la verdad sino la verosimilitud, la probabilidad, dependiendo del número y de la categoría de las personas que sustentan una determinada opinión. Es la «probabilidad subjetiva». Pero hay un segundo enfoque que es el de la probabilidad objetiva mediante la matematización.
De especial relevancia es la advertencia sobre el contexto cultural en el que se propuso la objetivación de la probabilidad mediante la estadística en Bernoulli, tras los precedentes de Pascal y Leibniz, como respuesta a la presunta relajación y laxismo del probabilismo defendido por los jesuitas. Según la sugerente interpretación de Diego Gracia, la concepción ética de fondo impulsó hacia una tendencia u otra en la gestión intelectual del conocimiento probable. El desarrollo de la teoría matemática de la probabilidad habría estado fomentado por motivos morales, tanto en Pascal como en Leibniz. La estadística habría funcionado como antídoto de la presunta relajación moral del probabilismo jesuítico. Por otra parte, la matematización de la probabilidad habría permitido corregir que la probabilidad dependiera de los argumentos de autoridad, según Diego Gracia, un «error» de la cultura europea. No obstante, además de la probabilidad hay que tener en cuenta los valores implicados y que están en juego en los diversos cursos de acción. No basta la cantidad en el orden de la probabilidad, sino que hace falta considerar las cualidades en el orden axiológico.
Ciertamente es admirable la exposición de los vericuetos por los que se ha ido elaborando la teoría de la elección racional (rational choice theory), entre economistas, filósofos y matemáticos, a través de nociones como el «valor esperado», la «esperanza matemática» (p. 83) y la «utilidad esperada» (p. 88). Pero no menos estimable es la exposición de las numerosas paradojas que ha provocado este modelo de racionalidad práctica, convertido para muchos en el paradigma de la racionalidad, pero que tiene el grave inconveniente de impedir que funcione la racionalidad deliberativa, que es la que tiene como base la cooperación y no el intento de vencer al adversario mediante el ejercicio de la racionalidad estratégica.
Algunas de estas paradojas han sido detectadas por estudios psicológicos, que han puesto de manifiesto que el comportamiento humano no se atiene a las condiciones ideales que presupone la teoría de la elección racional. Las decisiones humanas están motivadas por factores que dicha teoría no tiene en cuenta, como son los sesgos y los prejuicios, los valores y las creencias, que son componentes básicos de la vida humana y forman parte del modo humano de ejercer la racionalidad práctica. De hecho, ya las filosofías de Hume y Kant resaltaron la función intelectual de las creencias, sin las que es imposible vivir humanamente; un tema que fue cobrando fuerza desde finales del siglo XIX en el pragmatismo y en la psicología de William James. A mi juicio, estos factores forman parte de la «razón impura» a partir de Nietzsche, de la «razón vital» en la formulación de Ortega y Gasset, y de la «razón sentiente» en la concepción de Zubiri.
Como concluye Gracia, remitiéndose a Toulmin, más allá del modelo de la racionalidad que defiende la teoría de la elección racional, llena de sesgos y paradojas, lo que caracteriza propiamente la vida humana es una racionalidad «adaptativa» o «ecológica», a partir de la función primaria de la inteligencia humana, que es biológica, como mostró Zubiri. La racionalidad concierne a cuestiones de «función y adaptación» a las situaciones problemáticas de la vida humana en su conjunto. Ahí lo que funciona es un tipo de racionalidad que, ateniéndose a la terminología de Herbert A. Simon, se considera «limitada» (bounded), en la que entran también los valores y el intento de satisfacer las aspiraciones.
Es impresionante la capacidad de Gracia para exponer en su libro los principales hitos de la teoría de la racionalidad práctica a lo largo de toda la historia de la cultura occidental, tras la que concluye que «seguimos sin tener una teoría adecuada de la decisión racional» (p. 110). Por eso se propone presentar una nueva teoría que preste la debida atención a un elemento fundamental de la racionalidad práctica, como es la deliberación sobre hechos, valores y deberes, a partir muy especialmente de la concepción de ésta que proviene de Aristóteles y aprovechando de modo innovador la noología de Zubiri.





