Nota editorial: Editorial Triacastela publica el 8 de abril la segunda edición del libro Vidas y muertes de Luis Martín-Santos, de José Lázaro, en versión actualizada y ampliada con todas las partes que su familia «canceló» en la primera (Tusquets, 2009).
A la vez se propone un debate público sobre los abusos que cometen los herederos de los autores célebres y el daño que hacen a lectores, editoriales, investigadores e incluso a los propios autores que representan.
Se publica a continuación el nuevo prólogo que incluye un detallado informe sobre este tema y aporta la documentación y argumentos con los que se propone iniciar el debate.
La hija de la amante del amigo de Kafka: inéditos, biógrafos y además familias
La hija de la amante del amigo al que Kafka encargó al morir la destrucción de sus manuscritos inéditos, Eva Hoffe, acabó su vida pleiteando contra el Estado de Israel por el tesoro que custodiaba en su apartamento. Eran varias cajas que contenían dos tipos de documentos: borradores, escritos y cartas de Max Brod, mezclados con los últimos textos originales de Kafka que aún no habían visto la luz. La historia es conocida, pero su significación es polémica. La traición de Max Brod a la última voluntad de su amigo fue lo que enriqueció la literatura universal con las obras más importantes de Kafka. Los vericuetos del derecho a la propiedad hicieron que los papeles salvados de la hoguera por Brod se dividiesen entre los que él mismo publicó (por ejemplo, El proceso y El castillo, que hicieron famoso a su autor) y los que conservó como inéditos. Estos últimos pasaron, al morir Brod, a ser propiedad de su ayudante de toda confianza, con la que tuvo una relación íntima, Esther Hoffe, a la que él encargó que los entregase en su día a la Biblioteca Nacional de Israel (entonces en proyecto). Traicionando al traidor, Hoffe vendió el manuscrito original de El proceso al Archivo Alemán de Literatura de Marbach am Neckar por una cantidad muy sustanciosa y legó el resto de los papeles a sus dos hijas. Fallecida una de ellas, Eva se encontró envuelta en un largo proceso (kafkiano, por supuesto) entre el Archivo Alemán de Literatura de Marbach, que deseaba comprarle los demás documentos por considerar al autor patrimonio de su lengua, y el Estado Israelí, que se negaba a autorizar la salida del país y reclamaba el depósito en la Biblioteca Nacional de Tel Aviv, argumentando, entre otras cosas, que la figura de Kafka es patrimonio de la cultura judía. Fue a éste al que acabaron dando la razón los jueces.1
Son muchos y muy variados los casos de herederos de grandes escritores que tienen que decidir sobre textos inéditos. En ocasiones el autor deja instrucciones claras sobre lo que desea que se publique de forma póstuma, pero otras veces no es así. Como en el caso de Kafka, no es raro que los herederos hagan caso omiso a la voluntad del muerto, por razones muy diversas: éticas, económicas, familiares, piadosas, interesadas, altruistas, discretas, indiscretas, acertadas, disparatadas…
La propia idea de heredar derechos de autor y controlarlos durante setenta u ochenta años ha sido objeto de polémicas, pues unos argumentan que las obras literarias y artísticas deberían pasar al dominio público desde que el creador fallece, mientras que otros (los descendientes en especial) sostienen que es un patrimonio familiar que ha de heredarse como cualquier otro. El problema es que en el debate se mezclan cuestiones económicas y artísticas, pues los derechos no son solo pecuniarios, sino que abarcan todo tipo de decisiones editoriales y puramente literarias, incluidas las traducciones y adaptaciones.
Los descendientes de Valle-Inclán son un buen ejemplo de la cara y cruz que esto implica. El lado negativo fue consecuencia de la herencia: los derechos correspondientes a cada obra fueron repartidos entre los descendientes. Durante setenta años, cada uno de los hijos y nietos negoció los que poseía con las editoriales que quiso. El resultado fue la imposibilidad de hacer una edición sistemática y rigurosa de las obras completas hasta que los derechos caducaron. El lado positivo, en cambio, se mostró en 2005, cuando el gobierno de la Xunta de Galicia, formado por el PSOE y el Bloque Nacionalista Galego, tuvo la brillante idea de traducir al gallego las obras de Valle y llevar a escena sus piezas teatrales en el Centro Dramático Galego. Los herederos se negaron para defender la obra original, con todos los matices, la riqueza y la musicalidad de la prosa valleinclanesca, probablemente la más cuidada y perfecta de su época. Al margen de la ofuscación nacionalista, desde el punto de vista literario, leer una traducción de Valle cuando se puede disfrutar del original tiene tanto sentido como organizar en Granada una lectura de García Lorca traducido al alemán. Como los derechos de Valle-Inclán caducaron en 2006, ahora ya pueden mis paisanos disfrutar en Villanueva de Arosa la obra de Valle Inclán traducida al gallego.
Cuando estaba empezando a escribir este libro, Anna Caballé me advirtió que solo hay dos formas de hacer una investigación biográfica. La primera consiste en beneficiarse de toda la documentación que te puede proporcionar la familia del personaje estudiado y resignarse a escribir un texto controlado (y censurado, o, si prefiere, cancelado) por ella. La segunda, en renunciar a toda esa documentación y trabajar con plena libertad. Pese a reconocer la autoridad y la experiencia con que ella hablaba, no quise resignarme a esa única alternativa y decidí intentar la vía intermedia: una colaboración limpia y transparente con las familias que fuese beneficiosa para todos. Así lo planteé en mis dos únicas incursiones en el género biográfico: Luis Martín-Santos y Gonzalo Torrente Ballester. Ninguna de las dos resultó ser un camino de rosas.
En los años noventa y la primera década de este siglo, Rocío Martín-Santos Laffon y yo tuvimos cierta amistad, reforzada por nuestra coincidencia profesional. Ella ejercía como psiquiatra y yo como investigador académico sobre historia y teoría de la psiquiatría. Cuando el profesor Berrios, de Cambridge, le pidió una semblanza sobre la obra psiquiátrica de su padre para la revista History of Psychiatry, ella no quiso rechazarla y me pidió que se la revisase, pues era la primera vez que leía esa obra (v. en bibliografía: Martín-Santos, Rocío, 1995).
Cuando yo estaba preparando la edición del libro El análisis existencial (Martín-Santos, 2004a) me invitó a pasar unos días en la casa en que vivía con su marido, donde me ayudó en la selección y preparación de los textos. En el año 2004 ambos hicimos estancias de investigación en Londres, y cenamos varias veces en un restaurante de Slone Square próximo a su domicilio. Fue allí donde le pregunté si podría surgir algún problema o cuestión conflictiva en caso de que yo decidiese escribir una biografía de su padre. Me respondió que absolutamente ninguno.
Tras concluir la primera versión de este libro en 2008 y antes de presentarlo a Editorial Tusquets (que le concedería el Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias) facilité el original mecanoscrito a Rocío y Luis Martín-Santos Laffon, hijos del biografiado. Rocío me ofreció una hermosa selección de fotografías familiares para ilustrar el libro y me indicó (sin necesidad de lápiz rojo) cuáles eran las páginas y párrafos del original que yo tenía que «cancelar» (aún no se utilizaba ese eufemismo) para que ella me autorizase el resto de las citas y documentos incluidos en la obra que en aquel momento eran inéditos y tenían, por tanto, derechos de autor. Sin ellos no había libro posible. La situación me recordó a la que le planteó la censura franquista a Carlos Barral sobre el original de Tiempo de silencio: o se cortaban numerosos pasajes o el libro no se autorizaba. Como a mí me ocurrió en 2008, Barral y Martín-Santos no tuvieron en 1962 otra alternativa: los párrafos cortados por la censura con que se publicó la primera edición de la novela —de los que su autor hizo copias para enviarlas a sus amigos indicando la página y línea en que debían insertarse— ocupaban 16 folios.
Todos los pasajes «cancelados» por los hermanos Martín-Santos en la edición de Tusquets, autorizada por ellos, han sido incorporados a esta segunda, tras comprobar con varios abogados especialistas en el tema que esta nueva versión se ajusta con el mayor rigor al derecho de cita legalmente vigente. Pero el asunto merece unas cuantas precisiones, pues plantea la necesidad de una reflexión pública acerca de las consecuencias literarias que tienen los derechos legales de los herederos. Va siendo hora de proponer un diálogo riguroso y abierto sobre los usos y abusos de las herencias literarias que, como veremos con datos concretos, pueden ser muy dañinas para el conocimiento y estudio de autores perjudicados por decisiones absurdas de sus descendientes. Si legalmente no se pueden impedir, si se puede someterlas al conocimiento público de forma documentada y crítica. Invitando, por supuesto, a esos «derechohabientes» para que defiendan en público con argumentos sus decisiones. Salvo que prefieran, como es habitual, el silencio; o, en algunos casos, la denuncia al juzgado, donde suele salirles el tiro por la culata.
No es difícil comprender la tragedia de unos niños huérfanos de padre y madre en el plazo de diez meses. Rocío Laffon falleció el 3 de marzo de 1963 en circunstancias confusas que se relatan con detalle en el apartado discretamente titulado «El accidente doméstico», capítulo 6 de este libro. Su marido lo hizo el 20 de enero de 1964 en circunstancias que han sido aclaradas por los capítulos 1 y 7 del mismo. Su hija, Rocío Martín-Santos Laffon, tenía 8 años en enero del 64; su hermano Luis, 5; el pequeño, Juan Pablo, 3. A partir de ese momento cayó sobre ellos el hermetismo familiar, mientras toda la ciudad, y luego el mundo literario español, se llenaba de rumores oscuros sobre la doble muerte, que es la consecuencia habitual de las tragedias que se intentan ocultar bajo el silencio.
El dolor desgarrador con que tuvieron que crecer aquellos niños explica en parte que ellos mismos se refugiaran también en el silencio durante largo tiempo, igual que explica la larga «terapia» que Luis fue a buscar en la comunidad californiana del «movimiento espiritual» dirigido por Osho. Desde el punto de vista personal, nada se les puede reprochar, y el apoyo emocional a su tragedia biográfica nunca será suficiente. Pero el silencio lo extendieron sobre las obras inéditas de su padre durante sesenta años, los que han tardado en iniciar su publicación en la editorial Galaxia Gutenberg. Y eso, con las diversas «cancelaciones» que decidieron realizar, es otro tema.
Desde el punto de vista biográfico y académico, las décadas de espera para poder acceder a todo ese material han supuesto daños adicionales para la investigación que son irremediables, estrictamente legales y literariamente lamentables. Los afectados por esos daños no pudimos evitarlos en su momento, pero tenemos ahora el derecho y la obligación ética de comentarlos, documentarlos y analizarlos con el fin de contrarrestarlos, en la medida de lo posible. Ese, y no otro, es el sentido de este prólogo.
Los cortes y cambios impuestos a mi libro por Rocío Martín-Santos, con el oscilante apoyo de su hermano Luis, fueron de varios tipos, que merecen algunos comentarios:
La polémica sobre Osho
El inquiridor (nombre que se da a sí mismo el que es a la vez autor y narrador de este libro, pero en sentido estricto ninguna de las dos cosas, al menos en exclusiva) tuvo que suprimir en el capítulo 6, «La familia» (apartado «El hijo pródigo», págs. 329-334 de esta edición) varias páginas en que relata sus primeras indagaciones sobre Osho y, lo más importante y sorprendente, una larga cita de Peter Sloterdijk en la que el célebre filósofo alemán explica las razones de su interés por aquel líder espiritual. Esos pasajes, que aquí se restituyen, dan una imagen más completa del polémico maestro de Luis. Su eliminación —que resultaba paradójica, pues el testimonio de Sloterdijk es uno de los pocos argumentos de cierto peso a favor de Osho— provocó un desacuerdo entre los dos canceladores, que en aquel momento (diciembre de 2008) ya discutían abiertamente entre ellos, conmigo y con el editor de Tusquets, los párrafos que habían decidido suprimir. En un mensaje del 18 de diciembre, Luis me comunicó que había cambiado de opinión, que los cortes de su hermana a su testimonio sobre Osho le parecían intolerables y quería reinsertar el párrafo en que yo le planteaba la analogía entre la psicoterapia existencial que su padre había defendido en un libro póstumo y el proceso psicológico del que él se había beneficiado dentro de la organización de Osho. Rocío me había dicho dijo que eso era un disparate, que Osho era un estafador que había sugestionado a su hermano para sacarle dinero y que todos sus avances personales se habían realizado a pesar de Osho y no gracias a él; añadió que su padre nunca había hecho psicoterapia analítica, porque la psicoterapia no vale para nada y sólo cura la psiquiatría biológica. La diferencia entre los textos publicados en 2009 y los que ahora se reintegran al apartado «El hijo pródigo» son el resultado de aquel desacuerdo.
La teoría del realismo dialéctico
También hubo que prescindir de resumir un texto inédito en el que Martín-Santos expuso, con más detalle y rigor que en ningún otro que conozcamos sobre teoría literaria, sus ideas sobre el realismo dialéctico aplicado a la creación novelística. La posterior publicación de ese resumen en la revista Cuadernos Hispanoamericanos, despojado de citas literales, facilita ahora su reinserción legal en este libro (apartado «La teoría literaria» del capítulo 5, págs. 260-269).2
Las obras inéditas
Una de las principales amputaciones afectó a la descripción y comentarios de la novela juvenil, El vientre hinchado, y tres obras de teatro (de los años cincuenta) desconocidas cuando se elaboró este libro. Como se relata en el apartado «El destino de los inéditos» del capítulo 5 («El escritor»), una copia de esas obras fue facilitada al autor por Josefa Rezola, la última pareja de Martín-Santos, que en aquel momento simpatizaba con la pasión del biógrafo por él y decidió colaborar para el mejor conocimiento de su obra. Logró paliar así el largo obstruccionismo de Rocío Martin-Santos, que por entonces reconocía tener todas esas obras en su poder y manifestaba la intención de depositarlas en alguna institución cuando ella tuviese una edad muy avanzada. Cambió de opinión posteriormente, y todas esas obras (que su hermano Luis desconocía la primera vez que le hablé de ellas) están siendo publicadas ahora por Galaxia Gutenberg en las denominadas Obras completas de Luis Martín-Santos, al cuidado del profesor Domingo Ródenas de Moya. Los tres primeros volúmenes, publicados en 2024, y el cuarto, de 2025, contienen:
I. Narrativa breve.
II. Libertad, temporalidad y transferencia en el psicoanálisis existencial.
III. Novelas inéditas (El vientre hinchado y El Saco).
IV. Teatro.
En el momento de enviar este prólogo a imprenta, se anuncia para abril de 2026 el volumen V, dedicado a la casi desconocida obra poética, que ocupará 736 páginas. El profesor Ródenas ha coordinado también un número monográfico de la revista Ínsula (936, diciembre de 2024), que se titula «Luis Martín-Santos: un nuevo escritor» y en el que presenta el proyecto en marcha de esas obras completas, sin especificar todavía el número total de volúmenes previstos y el contenido concreto que tendrá los que faltan, quizá porque se trata de un proyecto de investigación abierto. Expone con claridad la situación de su proyecto en esa fecha y señala alguno de los problemas pendientes de aclarar, habituales cuando se usa el comprometido sintagma «obras completas» en lugar del más prudente «obras escogidas». Menciona dos largas novelas juveniles, Yo quiero (al parecer escrita a los 18 años) y Alegrémonos, un poco posterior, cuya publicación parece haber sido descartada, pues «la primera no pasa del ejercicio juvenil tentativo», aunque la segunda la califica de «muy interesante». (Por el contrario, anuncian para el volumen V la recuperación del poemario juvenil Grana gris, repudiado por su propio autor). Rodenas afirma que se recuperará la tesis doctoral Dilthey, Jaspers y la comprensión del enfermo mental, cuya única edición, de 1955, nunca ha sido reeditada. En cambio, el otro libro psiquiátrico, Libertad, temporalidad y transferencia en el psicoanálisis existencial, que ocupa el tomo II de estas Obras completas, es ya la cuarta vez que se publica. No queda claro lo que se va a hacer con los artículos académicos publicados e inéditos (algunos bastante extensos) que, como bien dice Ródenas, «tienen un carácter técnico o profesional», o con las memorias redactadas para oposiciones, sobre las que Castilla del Pino publicó en diferentes fechas opiniones contrapuestas.3
Los artículos, ensayos y conferencias sobre temas literarios, algunos publicados de forma dispersa y los más importantes inéditos, tienen un claro valor para conocer sus planteamientos teóricos. Del eventual epistolario pueden esperarse gratas sorpresas, a juzgar por el gran interés del puñado de cartas hasta ahora conocidas.
Esta reciente publicación de dos novelas y tres obras de teatro completas (más algunos fragmentos) que Martín-Santos dejó inéditas permite ya comentarlas y citarlas. Se recuperan, por tanto, aquí, las páginas sobre las mismas canceladas en 2008, respetando estrictamente el artículo 32 de la Ley de Propiedad Intelectual (págs. 290-304).
Otra cuestión es la referente a El Saco, la más importante de las obras inéditas, hecha pública en el sustancioso tomo III de las Obras completas. En una carta a Vicente Urcola (el 28 de enero, 1968), dice literalmente Carlos Barral que hay «una novela inmediatamente anterior a Tiempo de silencio, probablemente titulada El Saco, y que Luis estaba dispuesto a publicar con ciertos retoques de los que hace abundantes menciones nuestra correspondencia». No he podido acceder a esa correspondencia, salvo las cartas incluidas en este volumen…
Una primera lectura de El Saco confirma lo que era de sospechar: se trata de una novela corta muy superior a El vientre hinchado, pero bastante inferior a Tiempo de silencio. El relato ya no es lineal, sino que alterna lugares y tiempos, saltando entre la trama carcelaria y la vida de uno de sus guardianes, López, que es el principal protagonista. Ambas líneas narrativas, que se integran pronto, son cortadas por tres monólogos en que el director de la prisión (cuyo mote da título a la obra) desarrolla reflexiones teóricas sobre el papel de la cárcel y el castigo.
Con la publicación de estos cuatro volúmenes de las Obras completas, se conoce ya la mayor parte de la trayectoria literaria del autor. Pueden, en este momento, distinguirse tres etapas bastante claras en su evolución literaria:
—Aprendizaje, años cuarenta y principios de los cincuenta: Grana gris, El amanecer podrido, Apólogos, primeros esbozos teatrales… Podría considerarse El vientre hinchado como una obra de transición al segundo período.
—Maduración, años cincuenta: Obras teatrales: Irma, Claudia, Viaje al límite. En este caso, El Saco podría ser la obra de transición al tercero.
—Plenitud, años sesenta: Tiempo de silencio, Condenada belleza del mundo, Tiempo de destrucción.
Esta clasificación es, por supuesto, muy provisional. Empieza ahora un período de recepción y análisis sobre todos los inéditos liberados en 2024 y 2025, más los que puedan añadirse. Estamos ante un volumen de novedades mayor (por su extensión, aunque no por su nivel) a las obras publicadas anteriormente. Hay que esperar a que estudien y valoren todo este nuevo corpus los profesionales del análisis literario, entre los que no me cuento, por mi condición de simple aficionado víctima de lo que podríamos llamar el «síndrome de dispersión de las pasiones».
Las ediciones de Tiempo de silencio
Rocío Martín-Santos me hizo suprimir también todas las referencias a la edición que yo citaba de Tiempo de silencio (la presentada y anotada por Alfonso Rey para Editorial Crítica en 2005, que el profesor Ródenas considera «la edición más solvente») e impuso la sustitución por la edición de Seix Barral. Podría parecer una cuestión menor, pero en mi opinión es una de las que más claramente demuestran el daño que hace la situación legal aquí analizada. La edición de Rey es, por varias razones, la mejor que hasta la fecha se ha publicado, y su proscripción por parte de los herederos ha tenido las consecuencias que se detallarán a continuación.
En primer lugar, el profesor Alfonso Rey —catedrático de Filología Española en la Universidad compostelana, ahora jubilado— fue el primero en hacer un análisis textual riguroso y detallado de las tres ediciones más significativas de Tiempo de silencio, las de 1962, 1965 y 1980.4 En aquel momento no había acceso a ningún original mecanoscrito de la obra, pero entre esas tres ediciones diferentes Rey localizó ya una lista de variantes cuya mera enumeración le ocupa cuatro páginas a dos columnas.5
Los archivos públicos suelen abrir sus expedientes cuando transcurren 50 años. Eso explica que el profesor Andrea Bresadola, de la universidad de Udine, pudiese acceder por primera vez a un original mecanoscrito de Tiempo de silencio —el presentado para censura— y publicar un detallado estudio sobre él en 2014.6 Su trabajo confirmó básicamente (matizándolos y completándolos) los análisis textuales de Rey, quien diez años después ha sintetizado la situación así:
«La feliz iniciativa de difundir unos textos largo tiempo ocultos [en las Obras completas de Galaxia Gutenberg] ha quedado parcialmente deslucida por una “edición conmemorativa” de Tiempo de silencio (Seix Barral, 2024) que es una reedición de la defectuosa “edición definitiva” de 1980, cuyos errores siguen sin ser enmendados pese a que fueron detallados en la edición crítica y anotada de Tiempo de silencio publicada en 2001 (décima reimpresión, 2010) por la barcelonesa editorial Crítica. (…) La consulta de dicho manuscrito [el descubierto por Bresadola] confirma el valor de las lecturas de la edición crítica de 2001 frente a las que ofrece la tradición Seix Barral desde hace sesenta años. Obstaculizan la difusión de esta renovada edición los herederos de Martín-Santos, indiferentes a la necesidad de anotar culturalmente y restaurar textualmente lo que escribió su padre en pugna con la censura de la dictadura, convertida ahora en trabas al diálogo filológico que demanda Tiempo de silencio.»7
Efectivamente, al comparar una edición de Seix Barral (la llamada «edición definitiva» de 1990) y la Alfonso Rey en Editorial Crítica, se encuentran 62 variantes, entre ellas erratas (que se mantienen en ediciones posteriores) de este calibre:
SB: «volverse benignos a los grandes», p. 86.
EC: «volver benignos a los grandes», p. 128.
SB: «muy educada al ambiente», p. 140.
EC: «muy adecuada al ambiente», p. 183.
SB: «la cáscara blanda de Similiano», p. 214.
EC: «la máscara blanda de Similiano», p. 256.
SB: «cuadraditos de queso con pimienta, aceitunas enanas calientes y hojaldres», p. 267.
EC: «cuadraditos de queso con pimienta, aceitunas rellenas, galletitas saladas, salmón ahumado, salchichas enanas calientes y hojaldres», p. 309.
Las cuatro citas de Tiempo de silencio que contiene esta obra hemos vuelto a remitirlas, por estas razones, a la agotada y prescrita versión de Editorial Crítica.
En el año 2026, Alfonso Rey ha tenido la valentía de publicar en la editorial Letrame una nueva versión actualizada de su edición crítica, pese a las reiteradas negativas de los herederos que él mismo ha relatado. En el momento de enviar a imprenta esta obra acabamos de ver esa edición, que parece destinada a superar todas las disponibles, pese a los avatares que pueda sufrir su difusión, pues la editorial ha recibido ya advertencias que cuestionan los derechos de autor y ha suspendido la promoción hasta que el tema se aclare. Esta situación paradójica, desde el punto de vista académico y desde el legal, no parece ser responsabilidad de las prestigiosas editoriales que han publicado las ediciones defectuosas, que probablemente no tengan noticia de las críticas publicadas en revistas académicas, a diferencia de los herederos. Una razón más para abrir el diálogo público que aquí se propone.
Esta edición irregular, pero académica y crítica de 2016, además de corregir numerosas erratas, como las citadas antes, incorpora por primera vez frases que figuran en el original descubierto en 2024, pero que no fueron incluidas en ninguna de las ediciones hasta ahora publicadas, lo que pone aún más de relieve su cuestionamiento por Rey. El contenido de esas omisiones (que al parecer no fueron advertidas por la censura, sino eliminadas de forma preventiva por la editorial Barral, en opinión de Rey) tiene un claro contenido político que podía ser peligroso en 1962. Entre ellas se encuentran las siguientes:
«Tan llenas de unos secretos calabozos de los que nadie habla pero que mantienen adheridos por lapsos de tiempo indeterminados sus gusanos humanos», p. 125. Probable alusión a las celdas de la Dirección General de Seguridad descritas posteriormente en la novela.
«…suponemos que llegará bajo la forma de un estallido más fuerte que la misma explosión del sol sobre sus tejados», pág. 128. Referencia a un eventual estallido revolucionario contra el franquismo.
«Los moros de la escolta habían introducido este vicio [la grifa]», (pág. 381). En todas las ediciones anteriores están ausentes las palabras «de la escolta», transparente alusión a la escolta mora de Franco
«¿Quiénes son esos?
»¿Esos? Unos chalaos. Mira que a estas alturas ponerse a repartir papeles…», p. 398. Descripción evidente de militantes antifranquistas, como lo era el propio Martín-Santos.
La segunda aportación de Alfonso Rey ha sido el aparato de notas que comentan sus ediciones de Tiempo de silencio. Es cierto que las notas a pie de página, sobre todo cuando no están bien pensadas, pueden entorpecer la lectura de un texto. Pero hay obras que sin una adecuada anotación son en gran medida incomprensibles para lectores cultos que no sean especialistas en ellas. Las más evidentes son las que tienen gran antigüedad (y por tanto emplean muchos vocablos y expresiones desaparecidos hace tiempo del habla), las que hacen abundante uso de un vocabulario poco frecuente y las que aluden a hechos históricos o culturales no incluidos en el texto ni fácilmente reconocibles. Es difícil leer sin apoyos el Cantar del Mio Cid o La Celestina. No hacen falta notas aclaratorias para leer una novela de Galdós o de Baroja (aunque si son pertinentes puedan enriquecer su lectura), pero son imprescindibles para entender bien una del citado Valle-Inclán, por las exquisitas pero idiosincrásicas características de su estilo y de su léxico. Las novelas de Faulkner, o La casa verde de Vargas Llosa, por difíciles de entender que resulten en la primera lectura, se aclaran en la segunda o en la tercera, pues las claves necesarias para ello están sutilmente dispersas a lo largo del texto; pero el Ulises de Joyce es incomprensible, por muchas veces que se lea, sin información adicional, pues las constantes referencias históricas, culturales e incluso locales que contiene no las puede descifrar directamente ningún lector. Escribe Rey: «Probablemente ninguna obra española del siglo XX requiere tanta anotación como Tiempo de silencio. Me he limitado, de acuerdo con los criterios de la colección, a aclarar las principales alusiones literarias y culturales y a hacer explícitos algunos pasajes oscuros».8
Efectivamente, es poco probable que sin un buen aparato de notas el lector de Tiempo de silencio entienda a pelo frases como «ya no es vida sino engaño, engaño. “Betrogene.” Muerte vencida» (betrogene es el participio adjetivado del verbo alemán betrügen, engañar); «vitaminas y eledones» (en referencia a la marca comercial de una leche en polvo de la época, Eledón); «Pepinvidálides de Egipto» (alusión a las enfáticas intervenciones de José Vidal Beneyto en sus tertulias); «tener la frusa» (tener miedo, en la jerga del hampa) o «tendencia ormuzorimadiana» (el bien y el mal en la antigua religión zoroástrica se denominaban Ormuz y Arimán). 381 notas necesitó la edición de Rey (2005) para aclarar cuestiones de este tipo. En la conflictiva edición de 2026, el número de notas se eleva a 644, incluyendo las 57 del estudio introductorio.
Al margen de estos cuatro tipos de cortes filiales, solo he añadido al texto original tres fragmentos sobre Tiempo de silencio que deberían haber estado en él: un resumen de la temprana y brillante crítica que Antonio Vilanova publicó en Destino —cuya ausencia me han reprochado, con razón, algunos especialistas—; un informe de Gabriel Ferrater escrito en 1963 pero aún no publicado en 2009 (págs. 247-249), y un agudo párrafo de Gimferrer publicado en 1964 (ahora incluido como tercer apéndice de esta edición). También he actualizado ligeramente la cronología y la bibliografía.
En esta edición prescindimos de varias fotografías incluidas en la primera. Aunque en aquel momento la mayoría eran inéditas, después han sido reproducidas numerosas veces y ahora son fácilmente accesibles en internet. Evitamos así cualquier duda que pudiera plantearse sobre los derechos de esas imágenes. Por el contrario, los textos de Martín-Santos que conservamos ya no plantean dudas, pues no hay en esta edición ningún inédito y todos los incluidos se acogen al derecho de cita regulado en la citada Ley de Propiedad Intelectual.
En noviembre de 2024 se emitió en RTVE el documental «Luis Martín-Santos: Tiempo de silencio y destrucción»,9 protagonizado por Rocío y Luis Martín-Santos Laffon. La sorpresa salta entre los minutos 40 y 42, cuidadosamente presentada en tres escenas. En la primera un viejo amigo de la familia, Diego Fernández de Hinestrosa Bayo, dirigiéndose a Luis, empieza a preparar el terreno: «Yo la muerte de Rocío la viví como una gran tragedia (…) Después, inmediatamente, aparecieron todo tipo de versiones. Y ya te he dicho otras veces que mi versión es que evidentemente se equivocó y se dejó la llave [del gas] abierta. Pero que luego la policía —y el gobierno detrás— intentó aprovecharlo para evidentemente desacreditar a Luis».
A continuación, otro testigo de similar perfil añade: «Era un hombre muy querido y muy odiado. La gente de Donosti fue muy cruel cuando falleció tu madre. Muy cruel con su memoria, muy cruel con el respeto a su muerte, muy cruel con vuestra familia y supongo que con vosotros que… tú tendrías» —se dirige a Rocío— «ocho años y tú…». «Cuatro», acota Luis. «Verdaderamente —concluye el testigo con expresión de furia— de juzgado de guardia».
Y entonces aparece en pantalla Juan Mollá, que siendo un joven abogado defendió a Martín-Santos en sus últimas detenciones, y remata la jugada: «Se creó la leyenda tremenda de que tu padre había matado a tu madre. Había gente que decía que yo debía estar al tanto, siendo su abogado». Luis asiente. Mollá continúa: «No, yo estoy seguro de que no es así, pero eso creó una especie de halo inquietante que luego se repitió con su muerte».
Durante décadas los dos hermanos han hecho todo lo posible para que nadie mencionase en público ese brutal rumor que les persigue desde la infancia. En una ocasión Rocío me habló de él, indignada; algunos años después me aseguró que nunca había oído tal cosa. Y ahora lo sueltan en Televisión Española y lo dejan colgado en internet. ¿Quizá se han dado cuenta, por fin, de que el silencio forzado no hace más que multiplicar el alcance de las difamaciones? Pero el hecho es que han decidido por primera vez airear la herida, tras colocarle la correspondiente venda por delante y por detrás.
El rumor circulaba desde la muerte de su padre en 1964. Es muy difícil que sea cierto, a diferencia de las otras dos versiones, más difundidas, el accidente y el suicidio. Pero la verdad es que cayó sobre terreno abonado y el chismorreo se disparó impulsado por el secretismo decretado por la familia. A eso se añadió la personalidad de Martín-Santos (tan consciente de su propia superioridad que parecía considerarse por encima del bien y del mal, como muy bien exponen el propio Mollá y otros testigos en este libro). O el hecho, bien conocido en San Sebastián, de que la apasionada relación entre Martín-Santos y Josefa Rezola fuese anterior a la muerte de Rocío (la primera declaración amorosa de él a ella se la hizo a los diecisiete años, a través de una carta metida en una caja de libros que ella no llegó a leer). Y también las declaraciones de la propia Rezola, en el sentido de que algunas cosas relativas a esa pasión se irían con ella a la tumba. O la insólita autopsia del cadáver, realizada por el general Martín-Santos en su clínica privada… Pero todas esas circunstancias se ajustan a la hipótesis del suicidio (que también solía entonces ocultarse vergonzantemente, y mucho más con la personalidad del padre) tanto o más que a la del asesinato. Otras apuntan a la del accidente. El expediente judicial se destruyó en un incendio y no hay forma objetiva de comprobarlas; solo cabe la valoración probabilística de los datos y testimonios, que no siempre concuerdan. Los detalles conocidos de la trágica muerte, recogidos ya en la primera edición de esta obra, van claramente en contra del maligno rumor del asesinato. Y hay también otras razones para descartarlo. En los años sesenta del siglo veinte eran frecuentes los accidentes causados por los hornos de gas domésticos (más peligrosos todavía para una mujer anósmica, como Rocío Laffon) y más frecuentes todavía los suicidios, especialmente femeninos. Pero, según recogen los textos de Medicina Legal, era en cambio excepcional usar el gas de la cocina como arma criminal, cosa, además, difícil de realizar en la práctica.
En la primera edición de este libro prescindí deliberadamente de cualquier alusión a ese rumor criminal, como de otras afirmaciones que se transmitían en privado, pero no estaban comprobadas y podían ser hirientes para los familiares y amigos del biografiado. Pienso que esa es la forma más respetuosa y ética de equilibrar el interés cultural de la investigación biográfica con el respeto a la intimidad de los fallecidos y sus descendientes. No me podía imaginar que la más truculenta de todas aquellas versiones sobre la muerte de Rocío Laffon acabaría haciéndose pública en un programa de televisión totalmente controlado por sus hijos. Los designios de los herederos son inescrutables.
El paso del tiempo suele ser implacable al poner las cosas en su sitio. Más allá de los aciertos y errores de los descendientes al usar y abusar de sus derechos, la vida y la obra de Martín-Santos, cada vez más conocidas, se iluminan mutuamente y no dejan de proyectar luz sobre la brillantez de un escritor con trayectoria rimbaudiana que se hace más y más grande cuanto más lo leemos y releemos.10
Notas
- Benjamin Balint (2018), Kafka’s last trial. The strange case of a literary legacy, Picador, Pan Macmillan, London.
- José Lázaro (2012), «El realismo dialéctico de Luis Martín-Santos», Cuadernos Hispanoamericanos, (748), octubre, págs. 25-36.
- Una selección de los principales escritos psiquiátricos entonces accesibles fue compilada por el autor de este libro en 2004, bajo el ya mencionado título de El análisis existencial. El conjunto de esa obra psiquiátrica y los dos primeros tomos de las Obras completas se han comentado con más detalle en: Lázaro, J. (2025): «Luis Martín-Santos: A multidimensional psychiatrist», Spanish Journal of Psychiatry and Mental Health, 18 (2), págs. 70-71. [https://doi.org/10.1016/j.sjpmh.2024.09.002].
- Alfonso Rey (2001), «La edición crítica de Tiempo de silencio», en Homenaje a Benito Varela, José Manuel González Herrán, Ángel Abuín González y Juan Casas Rigall (ed.), Universidad de Santiago de Compostela, Servicio de Publicacións e Intercambio Científico, págs. 505-516.
- Luis Martín-Santos (2005), págs. 50-54.
- Andrea Bresadola (2014), «Luis Martín-Santos ante la censura: las vicisitudes editoriales de Tiempo de silencio», Creneida, 2, págs. 258-296.
- Alfonso Rey (2024), «La obra narrativa de Luis Martín-Santos», 04/11/2024, https://www.unebook.es/blog/2024/11/04/la-obra-narrativa-de-luis-martin-santos/.
- En: Luis Martín-Santos (2005), pág. 54.
- «Imprescindibles», RTVE, 10 de noviembre de 2024. https://www.rtve.es/play/videos/imprescindibles/tiempo-silencio-destruccion/16320461/.
- Una selección de las críticas publicadas a la primera edición de este libro y de las entrevistas realizadas a su autor puede verse en https://joselazaro.eu/ y en https://triacastela.com/





