Malos tiempos para la crítica
por Stefano Ballarin el
Ref.: José Luis Garci (2024): The Best? Devaneos sobre la mejor película de la historia. Madrid, Notorius. [248 pp., 23,70 €].
Casa tomada. De la angloesfera, últimamente, no dejan de llegar pesadumbres políticas, sociales y culturales. En la primavera de 2022, muchos cinéfilos, tanto los profesionales como los aficionados, esperaban la publicación de la lista de las 100 Mejores Películas de la Historia que, con cadencia decenal y tras una amplia encuesta entre los críticos, desvela la revista Sight & Sound, patrocinada por el prestigioso British Film Institute (BFI). La primera vez que se realizó la encuesta, en 1952, la cumbre la ganó Ladrón de bicicletas de Vittorio De Sica: resonaban todavía con fuerza, en el imaginario, las vibraciones del neorrealismo posbélico italiano. Sin embargo, diez años después, se inauguraba la dictadura implacable de Ciudadano Kane, de Orson Welles, que duraría medio siglo y que sería derrocada sólo en 2012 por Vértigo, de Hitchcock. Añadamos, como información, que a partir de 1992 la clasificación se desdobló en la de los directores y la de los críticos, que hasta entonces habían convivido en promiscuidad alegre. Mala señal… Cuando por fin, en diciembre y con sospechoso retraso, apareció la nueva clasificación de los segundos, innumerables ojos buscaron antes que nada la cinta que la encabezaba y, al leer el título, empezaron a pestañear incrédulos.[1] Mis ojos tampoco daban crédito: The Greatest Film of All Time resultaba ser Jeanne Dielman, 23, quai du Commerce, 1080 Bruxelles, dirigida en 1975 por Chantal Akerman, más «conocida» como Jeanne Dielman, porque es casi imposible recordar el título completo. La obra me sonaba en aquel entonces no por haberla visto, admito que tuve que rellenar luego ese vacío, sino por haberla avistado en la clasificación diez años anterior, donde compartía el puesto 36 con Satantango de Tarr y Metropolis de Lang, viniendo después de Psicosis de Hitchcock y antes de (y que la Décima Musa los pille confesados) La dolce vita de Fellini y Los 400 golpes de Truffaut.
Una vez atenuado el asombro, era fácil darse cuenta de lo que allí también había pasado: las huestes de la justicia social habían tomado asimismo la clasificación del BFI, levantando todas juntas en esfuerzo coral, como los marines en Iwo Jima, la bandera de la inclusión contra los grandes enemigos de la época, el heteropatriarcado y sus aliados, premiando la obra de una directora, lesbiana, feminista, que sigue como una entomóloga tres días de la vida repetitiva de una ama de casa anónima, con un final (¿revanchista?) imprevisto. La encuesta de 2022 había ampliado notablemente el número de encuestados, el doble que diez años antes, con 1.639 críticos, programadores, curadores, archivistas y académicos participantes, cada uno de los cuales presentó su lista con las diez mejores películas. El canon anterior había sido ampliamente desbaratado por los discursos hegemónicos en lo político, ideológico y cultural de los últimos años.
Devaneos sensatos. Al descubrirse la lista, el desconcierto —salpicado, eso sí, de bastante sorna— se extendió también durante las emisiones en directo de Cowboys de Medianoche, la tertulia sobre cine dirigida por Luis Herrero en la que son habituales el director José Luis Garci, Luis Alberto de Cuenca y Eduardo Torres-Dulce.[2] Garci, habitual también de la encuesta del BFI, como siempre, había participado en ella enviando sus diez títulos favoritos. Ese año, como quien todavía cree ingenuamente en una justicia poética, soñaba con la coronación de El padrino: Parte II de Coppola. Pero, al parecer, la cuarta ola feminista pudo con la Cosa Nostra más que las fuerzas del orden.
La necesidad de explicarse a sí mismo lo ocurrido debió de intensificarse, en los meses siguientes, en el fuero interno del director de El crack. Lo que en un principio debía ser un artículo para ABC Cultural «sobre la llegada al Walhalla de la película de Chantal Akerman […], el mayor terremoto cinematográfico desde los días de la Nouvelle Vague y la ducha de Janet Leigh» (p. 19), ha acabado convirtiéndose, por fortuna nuestra, en un libro: The Best? Devaneos sobre la mejor película de la historia. En él, la pregunta expectante de algunos amigos del director —«¿Qué opinará Garci de esto?»— da título al prólogo del editor, Guillermo Balmori. A continuación, en una «Secuencia pre-títulos», Garci se presenta a sí mismo como un modelo al viejo estilo del 44, admite su predilección por los años dorados de Hollywood, insinúa la sospecha de que en la era digital al cine le falte grandeza o «un toque», para decirlo a la Lubitsch, y confiesa que ahora, la llegada de una nouvelle vague de especialistas (críticos educados en departamentos de estudios culturales, de género, interseccionales y poscoloniales) le provoca desamparo y orfandad. Sin embargo, declara asimismo no haber tecleado en las páginas que irán a continuación ni una sola palabra dictada por el resentimiento y la presunción de «académico enfadado con rictus de superioridad», porque piensa que el goce estético no depende de prescripciones críticas (pp. 20-23).
Los capítulos del I al V de The Best ofrecen comentarios, desde una perspectiva histórica, sobre el canon cinematográfico actualizado que se desprende de la nueva encuesta. En esta dirección, José Luis Garci señala géneros, directores y películas que han ganado o perdido relevancia crítica, hasta el punto de casi desaparecer del mapa. Mientras persiste una notable infatuación por la cinematografía francesa, con 20 cintas entre las 100 primeras, brilla por su ausencia la española (e hispanófona en general), de la que solo resiste la incombustible El espíritu de la colmena, de Erice. La nueva sensibilidad crítica no considera a Luis Buñuel digno de mención; tampoco, por otra parte, a varios maestros del cine narrativo clásico: Lubitsch, Lang, Wyler, Walsh, Vidor, Cukor, Minnelli, Ray, Hawks, Capra, Lean… Ni figuran, sobra decirlo, Woody Allen o Sam Peckinpah, por razones que, evidentemente, poco tienen de cinematográficas.
El meollo de la obra, los capítulos del V al XI, analiza minuciosamente Jeanne Dielman. Las razones por las que la película protagonizada por Delphine Seyrig (la actriz de El año pasado en Marienbad, de Resnais) sí es una obra interesante, según Garci, pero en absoluto la mejor de la historia del cine, son en gran parte formales, puesto que la mise-en-scène de la directora belga es ya, de por sí, contenido: «una cámara fija, sin movimiento, ni afecto o simpatía» (p. 79) por el personaje, que quizás encierre un homenaje a la «distanciación brechtiana» (p. 87) en aquel entonces todavía de moda; para una película que «estéticamente no deja que viajes» (p. 82), con una fotografía que, más que fotografía, es «naturaleza muerta» (p. 95), un ejemplo de «slow cinema» cuya traducción a menudo es la de «cine aburrido» (p. 92). Pero, sobre todo, lo más desconcertante es que, escribe Garci, «cientos de críticos (y profesionales) hayan decidido premiar una película sin montaje. Adiós a la narrativa» (p. 128).
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[1] Véase: https://www.bfi.org.uk/sight-and-sound/greatest-films-all-time.
[2] Escúchese: Cowboys de Medianoche: La «disparatada» lista de Sight and Sound de 2022, retransmisión del 09/12/22, en https://esradio.libertaddigital.com/fonoteca/2022-12-09/cowboys-de-medianoche-la-disparatada-lista-de-sight-and-sound-de-2022-6965090.html.





