Ref.: Anna Grau (2025): En la boca del dragón, Madrid, La Esfera de los Libros. [403 pp., 21,90 €].
El libro de Anna Grau En la boca del dragón no es de los que estimulan inmediatamente el apetito. Leer trescientas páginas sobre un personaje como Sánchez Dragó, centradas en los tres años de relación que sostuvo con la autora, se hace, de entrada, bastante cuesta arriba. Pero la pereza se disipa pronto. El texto es agudo, ameno, valiente, auténtico. Su autora, que se presenta como periodista y escritora, muestra, para fortuna del lector, poco de lo primero y mucho de lo segundo. El libro da qué pensar sobre la forma en que una buena escritura puede conseguir que resulte hasta tierno un personaje en muchos aspectos antipático. Con toda razón dice Grau que Dragó le sacaba en edad cronológica menos años de los que ella le aventajaba en edad mental: era un auténtico niño travieso —y muchas veces caprichoso hasta lo insoportable— con ochenta tacos.
Grau va acumulando anécdotas que comenta de forma no siempre amable, pero casi siempre comprensiva: subraya —y documenta— las arbitrariedades de su exnovio, sus fanfarronadas, sus desmesuras. Las dimensiones de su egoísmo solo eran comparables a las de su narcisismo. Advierte, por buenas razones, que el texto no es un ajuste de cuentas, aunque alguna lectura apresurada pueda hacerlo pensar. La agilidad de la escritura, el ingenio y la ironía constantes, ayudan mucho a digerir las desaforadas ocurrencias que se van recogiendo en sus páginas. La autora no escatima las críticas más duras, pero tampoco los reconocimientos más sinceros de todo lo que aprendió y disfrutó al lado de su retratado. A veces sorprende la ternura que puede llegar a tener un reproche retroactivo.
Grau ofrece (o más bien comunica) un pacto explícito a su lector: no va a contar nada que sea mentira —desde su perspectiva, evidentemente— pero tampoco va a contar todo lo que es verdad. El planteamiento es legítimo y razonable; una obra como ésta desvela a cada página intimidades, pero su autora es siempre la que decide el límite entre lo que cuenta y lo que calla. A ningún escritor se le puede pedir otra cosa, como a ningún lector se le puede negar el derecho a criticarlo por pensar que se ha quedado corto o que ha ido demasiado lejos. La timidez y la temeridad son siempre cuestión vidriosa. Entre la ocultación y la indiscreción hay límites que no están perfectamente claros.
Insistiendo en todo lo que aprendió de Dragó, Grau demuestra, sin decirlo, que como persona y como escritora está muy por encima de él.





