El poder del pensamiento simbólico en Teju Cole

El poder del pensamiento simbólico en Teju Cole

 

Ref.: Teju Cole (2025): Papel negro. Escribir en tiempos de oscuridad, Barcelona, Acantilado. [304 pp., 22,00 €].

 

 

En el título del libro de ensayos de Teju Cole, Papel negro. Escribir en tiempos de oscuridad, está implícito el sentido metafórico de la obra. «Papel negro» se refiere al papel de calco (o papel carbón) utilizado en las antiguas máquinas de escribir para transmitir el contenido de lo escrito entre dos hojas blancas. El papel negro traslada el contenido a las hojas y, si uno repara en ello, queda marcado con la caligrafía original: «El papel negro era un registro fantasmal. Negro sobre negro, secretamente sensible».

Obayemi Babajide Adetokunbo Onafuwa, conocido como Teju Cole, nació en Michigan, Estados Unidos, creció en Nigeria y volvió, años más tarde, a Michigan para estudiar en la universidad. Posteriormente hizo una maestría en Londres y se doctoró en historia del arte en la Universidad de Columbia. Cole, también fotógrafo, ejerce la docencia en Escritura Creativa en la Universidad de Harvard. Ha sido merecedor de los premios PEN/Hemingway Award y New York City Book Award por su novela Ciudad abierta. Antonio Muñoz Molina, entre muchas voces celebratorias de esta obra, expresó: «Teju Cole ha escrito una novela que me habría gustado escribir a mí».

Papel negro es un conjunto de ensayos, en su mayoría breves, situados en la segunda década de este siglo. En ellos, su autor emplea con frecuencia escenas retrospectivas en torno a su familia y a la época en la que creció en Lagos. El primero de los ensayos, «Basado en Caravaggio», no obstante, tiene veintisiete páginas. Este texto es el corazón del libro; desde allí bombea sangre hacia el resto del cuerpo ensayístico de ambicioso espectro. La obra de Caravaggio se relaciona con la escritura en tiempos de oscuridad, tanto desde lo estético como en los temas de sus pinturas.

Desde el punto de vista estético —aprecia Cole— la maestría del pintor, nacido en Milán en 1571, se debe al manejo de la oscuridad, a las sombras artificiales, al fondo simplificado y a la paleta limitada de colores. El empleo de estos recursos redunda en una sensación de realismo que genera inquietud a quien observa. La obra de Caravaggio —conformada por ochenta piezas oficialmente reconocidas— está plagada de martirios y subraya los aspectos amargos de la vida a través de la intensificación de los ambientes trágicos. El horror y el sufrimiento predominan junto a la amenaza, a la ambigüedad y a la seducción. En palabras de Cole: «Cuando mostraba el sufrimiento, lo hacía tan sorprendentemente bien porque estaba a ambos lados de él: se lo imponía a los demás y lo recibía en su propio cuerpo». El poder hipnótico de sus piezas lo cautivó desde niño, tal vez por la tragedia imbuida en sus obras pictóricas. El escritor nigeriano-estadounidense, mientras crecía en Lagos, pasaba horas observando libros con las pinturas de Caravaggio. Al niño precoz quizás le causaba desasosiego lo que veía por ser espejo de tragedias circundantes del continente africano, a pesar de la prosperidad relativa de Nigeria. En lo sucesivo, Cole se propuso seguir la pista del pintor en las ciudades donde vivió. Así, este primer ensayo se torna también en un relato de viaje —como varios de los ensayos— con el propósito de ver las obras que se conservan en los lugares donde se pintaron: Nápoles, La Valeta, Siracusa, Mesina, Palermo, Malta y Porto Ercole, lugar de fallecimiento del artista en 1610.

En las visitas a los lugares donde vivió Caravaggio, casi siguiendo la secuencia de su vida, Teju Cole retrata el carácter violento del pintor, que cometió varios asesinatos. Su impulsividad lo llevó a involucrarse a menudo en problemas. Caravaggio vivió sin hogar y con angustia existencial; aspectos clave del realismo de sus creaciones. Al haber pintado varios cuadros para ganarse los favores de los Caballeros de Malta, logró el perdón papal por el asesinato —por motivos banales— de un hombre llamado Ranuccio Tomasoni. Pero una vez absuelto, reincide en malas conductas en Malta y, tras otro crimen, huye de la isla. Por ello, Cole afirma que Caravaggio fue «un asesino, un terror, una plaga, y además tuvo esclavos». En tal sentido el escritor induce al lector a una reflexión sobre nuestros tiempos de juicios morales e intolerancia: ¿se debe juzgar a un artista por su obra o por su persona? ¿Se debería dejar de valorar las obras maestras de Caravaggio por causa de los infames actos que cometió? Esa pregunta no se la hace Teju Cole sino quien escribe este artículo, pensamiento derivado de la lectura de su obra. Como dice el autor: «No acudo a Caravaggio para que me recuerde lo buena que es la gente sino en búsqueda de cierto conocimiento que, de otro modo, resulta insoportable».

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Las otras cuatro partes de Papel negro se agrupan bajo los siguientes títulos: «Elegías», «Sombras», «Recobrar el sentido» y «En tiempos de oscuridad». Al final del libro, además, hay una nota de agradecimiento seguida de un índice onomástico. Adicionalmente, Cole incorpora imágenes de pinturas y fotografías que separa en dos categorías: láminas y figuras. Las láminas son a color y están agrupadas en un cuadernillo en mitad del libro. Las figuras, en cambio, son en blanco y negro y están colocadas de manera dispersa a lo largo de la obra. Las fotografías y pinturas escogidas por el autor nos ofrecen una dimensión visual que amplía la materia ensayística.

Las láminas y figuras contribuyen a comprender el significado de cada pieza de arte referida (pintura o fotografía) en los distintos ensayos que aluden a tiempos pasados y presentes. La mirada de Teju Cole es personal: desde sus consideraciones sobre La resurrección de Lázaro de Caravaggio, hasta la de la fotografía de un singular Tren iglesia en el que se honra la obra del fotógrafo Santu Mofokeng. La imagen, llena de sombras, muestra a un pasajero del tren que cubría el trayecto de Soweto a Johannesburgo en tiempos del apartheid. El ferrocarril se convertía en una iglesia móvil en la que los viajeros —todos de color— oraban en grupo.

Al observar las láminas y figuras, por lo interesante de los temas asociados con cada creación, el lector puede desear mirar o conocer un poco más esa obra de arte mencionada, que no se reproduce en el cuerpo del libro. En un primer y natural nivel de lectura solo observamos las imágenes escogidas por Cole. En un segundo nivel —que fue el ejercido por este articulista— lo propio sería buscar en Internet cada obra de arte aludida en los ensayos y que no se encuentre entre las láminas y figuras. Cole, además de las obras de arte, hace referencias a lugares del planeta o a un determinado libro del que no se tenía conocimiento, lo que incita al lector a ir más allá del volumen en mano. Ello conduce a que ese segundo nivel de lectura sea un poco más lento, pero con mayor hondura.

Llama la atención lo siguiente: el hecho de conocer más pinturas o fotografías de un artista citado podría confundir o traicionar la memoria en el momento de tratar de recordar la obra específica mencionada por Cole. Me pasó con la fotografía del Tren iglesia: la que recordaba no era la reproducida en la página 94 (figura 3) de Santu Mofokeng, titulada El golpeteo, en la que se observa a un hombre de pie y de espaldas cuyas manos están apoyadas en el interior del vagón. En esa escena no se aprecia realmente el sentido del tren iglesia por el predominio de la oscuridad y las sombras; razón por la cual pudo haber sido escogida por el escritor en congruencia con los ejes temáticos de los ensayos. Por el contrario, la fotografía que quedó retenida en mi mente, luego de unas cuantas que se pueden ver en Internet sobre el Tren iglesia, es la de un grupo de pasajeros dentro de un vagón en movimiento con sus gestos sentidos, algunos de exaltado dolor y pasión, y no la imagen de la lámina 3 del autor. En esas fotografías se percibe la opresión del apartheid. Por ese motivo, cuando quise citar la foto escogida por Cole, le di muchas vueltas al libro y no la conseguía. La memoria me había engañado.

Dicho lo anterior, en el ensayo titulado «La escena de un crimen en la montaña», Cole demuestra —quizás sin quererlo— cómo una imagen puede ser más poderosa que cualquier descripción, por magistral que esta sea (las de Teju Cole son reveladoras al dilucidar significados más allá de lo aparente). El autor refiere en este texto la muerte por ahogamiento de los salvadoreños Óscar Martínez Ramírez y su hija de poco más de dos años, cuando intentaban cruzar el Río Grande a nado desde la ciudad de Matamoros en México hasta Brownsville en Texas:

«El hombre yacía boca abajo en el agua, con la camisa negra subida hasta la espalda. Una niña pequeña, también bocabajo, está enredada en su camisa. Están uno al lado del otro, con el brazo de ella alrededor del cuello de él. El hombre lleva unos pantalones cortos de color negro. La niña, unos pantalones rojos, subidos por encima de las pantorrillas, unos zapatitos muy pequeños, y vemos el bulto de agua verde grisácea a su alrededor. Los juncos crecen en abundancia a la orilla del río».

Siendo la descripción de la escena tan detallada y gráfica, resulta comprensible que Cole haya optado por no mostrar la fotografía. Esa descripción, como tantos pasajes de Papel negro, son un golpe al corazón. El poder de la prosa de Cole reside en su capacidad para evocar emociones con un sentido del equilibrio poco común: sin excederse pero sin quedarse corto al momento de describir o narrar el mundo, y con su erudición comedida. La literatura hace lo que mejor puede, y así lo hizo Cole para tratar de ordenar el caos del mundo y retratarlo. Sin embargo, cuando busqué la fotografía en las redes fue un abismo. Esta imagen me hizo recordar aquella de Aylán Kurdi, el niño sirio de origen kurdo que apareció ahogado en una playa de Turquía el 2 de septiembre de 2015. Ese niño bocabajo, al lado del agua, con su pantaloncito azul, camisita roja, zapaticos marrones, entregado al sueño eterno.

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