El lugar del “Epistolario” en la obra de Zubiri
por Antonio Pintor-Ramos el
Véase también el artículo: «La intimidad de Zubiri»
1. La reciente publicación del «Epistolario» de Zubiri se añade a su abrumador legado filosófico, formado por elementos muy heterogéneos en su despliegue y en su alcance. No es ninguna novedad ni ninguna rareza que la colección de sus obras acoja el Epistolario porque se supone que en la vida de un filósofo la elaboración de su filosofía es el principal argumento biográfico, y más en el caso de un Zubiri que se proclamaba «profeso en filosofía», una «vida intelectual» adoptada como forma de vida con todos los riesgos, privaciones, incertidumbres y satisfacciones que ello comporte. Esto no es algo dado o innato; al contrario, es un largo proceso que solo alcanza claridad para el protagonista hacia la mitad de su vida, contando incluso con que esa vida resultó ser longeva. Pues bien, lo más interesante de este Epistolario es la publicación de los documentos existentes que se refieren a ese proceso. Siguiendo a los propios editores, podríamos hablar de cuatro tipos de relevancia: biográfica, filosófica, histórica y cultural (p. XII).
Es evidente que predomina el interés biográfico. Eso explica que inicialmente la publicación se concibió como la documentación que apoyaba la extraordinaria biografía de Jordi Corominas y Joan Albert Vicens (2006), conocida por todos los interesados en Zubiri. Considero que esa finalidad inicial se vio desbordada por los acontecimientos. Aparentemente, Zubiri casi no tenía «vida pública», y hacer frente a una biografía de una vida privada es siempre terreno pantanoso, más aún, tratándose de un filósofo y en una época en que poderosas corrientes proclaman la definitiva «muerte del autor», frente a la única «objetividad» de los textos escritos.
Nadie sospechaba antes del trabajo de Jordi Corominas y Joan Albert Vicens que esa vida privada, en un caso como el de Zubiri, hubiese pasado por tantas fases atormentadas y se hubiese desarrollado por caminos tan sinuosos. Pero hay más cosas que conviene tener en cuenta. La carta crucial firmada por «Rourix» (pp. 31-51), que levantó una tormenta en la vida y el entorno de Zubiri, es un resumen bastante claro y completo de algo tan difuso en el mundo católico como «el modernismo» religioso. Los dos complejos procesos de secularización son verdaderas autobiografías (pp. 148-155, 196-202), lo que ya aparece en la larga carta (pp. 69-85) que Zubiri dirigió a su obispo para informar y explicar su pensamiento religioso en aquel momento de zozobra. Igual de dramática me parece la carta dirigida a su amigo y protector Juan Lladó (pp. 443-446), en la que lo nombra albacea y depositario de todos sus escritos ante el agobio extremo de su incapacidad para cumplir los plazos, por él mismo propuestos, para entregar aquella obra decisiva que diese sentido a su entrega a la vida intelectual. Trágica sin paliativos es la que dirige a su íntimo amigo de la época, Eugenio Ímaz, confesándole dos días antes de su ordenación sacerdotal que se acerca a ella habiendo perdido la fe (pp. 28-29), tragedia que se agrava porque Zubiri pidió ayuda desesperada y no parece que encontrase a nadie en su entorno capacitado para estar a la altura de la demanda.
Si se hace una lista de las personas que aquí aparecen como remitentes o destinatarios, nadie dudaría del interés de este volumen: Ortega y Gasset, Pío XI, el cardenal Pacelli (futuro para Pío XII), M. Heidegger, H.-G. Gadamer, M. Schmaus… Bastaría remitirse a los colaboradores del voluminoso homenaje que se publicó en 1970. Sin embargo, la persona que más veces aparece en esta correspondencia es su esposa Carmen Castro, siempre como destinataria de todo tipo de cartas, lo cual no significa que no existiese correspondencia en la dirección inversa con Zubiri como destinatario, sino que no se ha conservado. La correspondencia con Severo Ochoa, ahora recuperada en su integridad, ya muestra en concreto el constante interés de Zubiri por la investigación científica, algo que durará toda su vida y que marca un notable rasgo propio por poco usual en los filósofos contemporáneos y deja abierta la cuestión de cuál sea el verdadero peso de las ciencias en una filosofía, teóricamente autónoma, como posible inspiración, verificación o incluso veto para determinadas posiciones. Lo mismo cabría decir en otro sentido de la teología. Los editores, en un trabajo de paciente orfebrería, han logrado identificar la fecha de casi todas las cartas y proporcionan una contextualización imprescindible y sobria con notas a pie de página.
Para completar el interés biográfico, el Epistolario no solo cumple sobradamente la intención primera de documentar la biografía de 2006, sino que la desborda por la relevancia de lo publicado y por nuevos hallazgos imprevistos. Por ejemplo, las cartas de y a Julián Marías en la inmediata posguerra van a obligar a revisar un lugar común entre los historiadores de la filosofía española, aunque desafortunadamente se necesitará algún recurso imaginativo porque la correspondencia a todas luces no está completa. Esto ha permitido a los autores una segunda edición (2025) de aquella biografía, que no es simplemente una corrección y ampliación de la primera, sino una obra cualitativamente nueva. No se trata del volumen total de adiciones, aclaraciones o nuevas redacciones, sino de que esas intervenciones inciden en pilares básicos que, en mi opinión, proporcionan una imagen de conjunto mucho más rica y coherente del biografiado. Me referiré a algún punto solo como ejemplo: la muy peculiar etapa formativa de Zubiri desde la enseñanza secundaria hasta sus doctorados en Teología y Filosofía (por este orden) avanzaron por caminos ciertamente inusuales; los pasos de su crisis religiosa y su superación; los largos procesos de secularización, que parecían establecidos con fines disuasorios; su retirada de la actividad pública abrazando una «soledad» que tardaría mucho tiempo en mostrarse «sonora»; el muy equilibrado tratamiento de las relaciones del biografiado con Ortega y Gasset, que lógicamente fueron variando a lo largo del tiempo y que en su etapa madura están marcadas, no sólo por el aprecio personal, sino por el respeto entre dos modos de pensar que toman vías diferenciadas con puntos de contacto y en los que la supuesta «rivalidad» por un espacio público en la posguerra parece invención de algún crítico poco documentado. En varios de estos y otros temas, esta nueva versión de la biografía será difícilmente superable.
Si hacemos una reflexión sobre el interés «filosófico» de este Epistolario, la primera impresión es que dista de ser el dominante. Los corresponsales «filósofos» en términos relativos son pocos y en la mayoría de las ocasiones se trata de temas administrativos o protocolarios, aunque a Zubiri le producía una mezcla de hilaridad y estupor que Gadamer hubiese referido a Sobre la esencia como su «libro sobre Aristóteles» (p. 527). En esto, dejando de lado lo que Gadamer hubiese podido leer, siempre me pareció que iba menos descaminado que otros críticos. El problema de fondo es que Zubiri, que no es un gran epistológrafo, al buscar la soledad, aisló a su filosofía del debate público en aras de una elaboración personal, con unas exigencias de perfeccionismo tan desmesuradas que a punto estuvieron de convertirlo en filósofo ágrafo, porque incluso la vía de los cursos, primero privados y a partir de 1952 públicos (de hecho para una minoría), es tan esotérica que no desemboca por su propia dinámica en una comprensión adecuada de las publicaciones, como se puede comprobar a placer con las reacciones de los asistentes que recibieron como obsequio un ejemplar de Sobre la esencia y entre los que solo cabe espigar una reacción razonada de Ignacio Ellacuría (pp. 497-501), por así decirlo el último en entrar en aquel momento en el círculo próximo a Zubiri. Es cierto que hay propuestas de un debate epistolar sobre temas filosóficos, al menos por parte de José María Rubert Candau (pp. 495-496), un antiguo franciscano que en esa época desarrollaba una amplia labor de publicaciones a la sombra del CSIC, y desde México por parte de su viejo conocido Eduardo Nicol (pp. 462-464), a las que Zubiri no parece que fuese sensible, como no lo fue a la multitud de invitaciones desde las instituciones más diversas y desde lugares remotos para conferencias, ciclos y actos de todo tipo. Sus más allegados le presionaron para que publicase aquellos cursos, solo accesibles a un auditorio muy reducido y con el soporte volátil de un discurso veloz; en fecha temprana Laín Entralgo le avisó con graves palabras: «Debe usted abandonar toda obra accesoria y dedicarse de lleno a su labor personal, histórica y creadora. Lo necesita España, lo necesita también usted mismo para ser fiel a su destino y lo necesitamos un grupo de españoles amigos suyos, que vemos en su obra, por muchas razones, una guía intelectual decisiva» (pp. 309-310). No es fácil pensar que estas palabras cayesen en saco roto, más viniendo de una persona que sería clave en su vida por su estrechísima amistad con Zubiri y uno de los pocos que quizá siguieron en su integridad todos los cursos, sin desdeñar nunca cualquier oportunidad de citarlo. No obstante, es este epistolario el que, a veces indirectamente, permite conocer los cambiantes estados de ánimo por los que va pasando y poner fechas precisas a sus preocupaciones, sobre todo en las larguísimas temporadas con ausencia de publicaciones. También nos permite descubrir las tensiones que están en la base de publicaciones que parecen abstractas o la reacción de estupefacción ante el hecho de que se convierta en éxito de superventas un libro tan difícil como Sobre la esencia, que los compradores en avalancha no pueden entender y los que parecían entendidos marcarán claras distancias con él. Dejo para el final la ya famosa carta a Heidegger cuando Zubiri se despide de Friburgo (pp. 132-138), carta pensada a fondo, de tono elegíaco, en la que Zubiri da salida a su frustración por no haber sido posible una relación de intercambio intelectual y malograr aquella oportunidad única, lo cual no disminuirá su aprecio por el filósofo alemán y el seguimiento de sus escasas publicaciones posteriores. En esta misma línea nos deja desconcertados la intervención muy posterior del propio Heidegger a favor de Víctor Farías (p. 591), el escritor de origen chileno que en 1989 publicará uno de los libros más duros contra Heidegger, no tanto por los hechos allí tratados y que en alguna medida eran conocidos, sino por el tono sensacionalista y agresivo, próximo al panfleto político. Si tuviese que sintetizar este punto, diría que, sin ser dominante en la correspondencia, no es nada desdeñable su aportación filosófica y, de hecho, desde la publicación de la biografía ya en 2006, todos nos acercamos casi inconscientemente a Zubiri desde otro ángulo y con otra actitud.





