Caspar David Friedrich y la naturaleza imaginada
por Rogelio Luque el
Ref.: Illies, F. (2024): La magia del silencio. El viaje en el tiempo de Caspar David Friedrich, Barcelona, Salamandra. [Traducción de Carlos Fortea, 240 pp., 24 €].
«¿Cómo será el mundo cuando yo muera?», pensaría Caspar David Friedrich mientras pintaba un dibujo en sepia titulado Mi entierro (Meine Bestattung), del que solo se tiene constancia por testimonios escritos, y que presentó en la exposición de la Academia de Dresde de 1804. En él se veía su lápida con la inscripción: «Aquí descansa en paz C. D. Friedrich» (Hier ruht in Gott C. D. Friedrich). En la escena, los asistentes al funeral, entre los que se encuentra un sacerdote, rodean la tumba descubierta. Cinco mariposas, que representan las almas de los familiares del pintor fallecidos antes de 1804, vuelan hacia el cielo. Al fondo se divisan las ruinas de una iglesia gótica, probablemente la iglesia de la abadía de Eldena, cerca de Greifswald, que aparece con frecuencia en la obra de Friedrich. Un arcoíris en el cielo simboliza la paz.
El pintor del Romanticismo alemán nació el 5 de septiembre de 1774 en Greifswald, que por entonces pertenecía a la corona sueca. El sexto de diez hermanos, se crio en la rígida fe luterana de su padre, Adolf Gottlieb Friedrich, un fabricante de jabón y velas. Niño silencioso y sensible, propenso a la melancolía, tuvo una infancia difícil: su madre falleció cuando él tenía siete años, y poco después murieron dos de sus hermanas, Barbara (de viruela) y Maria (de tifus). Además, toda su vida estuvo marcada por la terrible experiencia que sufrió a los trece años, en diciembre de 1787, cuando subió a un velero atrapado en el hielo con su hermano menor Johann Christoffer. En el juego, Friedrich saltó del barco, la capa de hielo se rompió y cayó al agua. Su hermano se lanzó al agua helada, lo salvó de morir congelado, pero no sobrevivió. Los sentimientos de culpa por la muerte de su hermano lo acompañaron toda la vida. Es posible que estos sentimientos se reflejen en algunas de sus obras, como El mar de hielo y El naufragio.
La estricta educación luterana y el ámbito geográfico en el que creció moldearon su carácter. Un antiguo mecenas lo describió como un «nórdico», alguien que se desarrolló en el mundo del Báltico, con largas noches de verano y oscuros inviernos. La melancolía de sus obras se manifiesta en el reflejo de la luz diáfana del mar, la bruma del norte y la penumbra.
Friedrich estudió Bellas Artes en la Real Academia Danesa de Copenhague antes de establecerse, a los veinticuatro años, en Dresde, donde pasó la mayor parte de su vida artística. En la academia, sus compañeros se burlaban de él por su incompetencia para dibujar figuras humanas. Cuando dibujaba al natural, las piernas siempre le quedaban demasiado largas y los torsos, enclenques. De hecho, en su primera etapa se le podría calificar como pintor de los elementos y no fue hasta un periodo posterior de su carrera cuando añadió figuras solitarias y, ocasionalmente, dos o tres personas, generalmente contempladas de espaldas.
Florian Illies (Schlitz, Hesse, 1971), autor del excelente La magia del silencio. El viaje en el tiempo de Caspar David Friedrich, estudió Historia del Arte en Bonn y Oxford, fue redactor del suplemento literario del periódico Frankfurter Allgemeine Zeitung, director del suplemento literario de la edición dominical del mismo, cofundador (con su esposa Amélie von Heydebreck) de la revista de arte Monopol y director del suplemento literario de Die Zeit. En enero de 2019, se incorporó a la editorial Rowohlt Verlag como director general. Es autor de varios libros, como Generation Golf: Eine Inspektion y 1913. Der Sommer des Jahrhunderts (1913. Un año hace cien años).
El libro no sigue un orden cronológico en la vida de Friedrich, sino que se estructura en cuatro capítulos correspondientes a los cuatro elementos —fuego, agua, tierra y aire— que están presentes en su obra. Al principio de cada sección se reproduce en color un cuadro representativo de cada uno de estos elementos: Neubrandenburg en llamas, El mar de hielo, Acantilados blancos en Rügen y El caminante sobre el mar de nubes, quizá su cuadro más conocido y uno de los símbolos del romanticismo alemán.
Protestante devoto, su cultura era muy diferente a la de las regiones católicas del sur de Alemania. Su desconfianza en el poder de las imágenes para representar las verdades religiosas y espirituales le llevó a plantearse cómo crear un cuadro que sugiriera la existencia de enigmas profundos e insondables y que, al mismo tiempo, solo representara el mundo natural.
Friedrich mantuvo toda su vida una relación compleja y ambivalente con el fuego, una combinación de fascinación y temor. La familia de su madre tenía una herrería y, de niño, le gustaba observar las llamas de la fragua. Su padre y su hermano fabricaban jabón y velas en dos grandes calderos con despojos de animales y cera en el sótano de la casa familiar. Al evocar su infancia y su familia, recuerda el fuego y el olor a cenizas.
En 1802, cuando vivía en Dresde en una pequeña habitación de alquiler, dibujó a una mujer arrodillada y a un hombre con sombrero apoyado en una columna ante los restos de una casa quemada. Sin embargo, en el cuadro, Marido y mujer ante una casa quemada, no hay rastro de fuego ni de humo, y las ruinas de la casa parecen antiguas. Unos años más tarde, pintó al óleo otra casa quemada, esta vez con fuego y humo, pero es de noche y apenas se ve nada, solo árboles oscuros y retorcidos, el tejado carbonizado de la casa y, por encima del conjunto, una iglesia intacta.
Muchos cuadros de Friedrich se perdieron a causa del fuego. El 10 de octubre de 1901 se incendió su casa natal en Greifswald y se quemaron nueve cuadros. En junio de 1931, ardió el Glaspalast de Múnich que albergaba una gran exposición de obras de románticos alemanes que Hitler había visitado unos días antes. El incendio calcinó varios cuadros de Friedrich: Anochecer en el mar Báltico, El puerto de Greifswald, El puente de Augusto de Dresde y La hora vespertina.
En la década de 1920, vivía en Leipzig un discreto empleado de banca y legendario coleccionista de arte llamado Manfred Gorke. Cuando en 1943 se extendieron los bombardeos aliados sobre Alemania, Gorke decidió poner a salvo su colección en el Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Leipzig. Al día siguiente del traslado, 400 aviones de la Real Fuerza Aérea Británica bombardearon la ciudad y destruyeron todo el casco antiguo, incluido el barrio universitario. Con los cuadros de Friedrich se quemaron pinturas de Otto Runge y Carl Gustav Carus, así como la partitura original de la Sonata para violín en sol mayor BWV 1021, de Johann Sebastian Bach. Sin embargo, la casa de Gorke permaneció intacta hasta el final de la guerra.





