Ref.: Marcos Giralt Torrente (2025): Los ilusionistas, Barcelona, Anagrama. [256 pp., 19,90 €].
Nota editorial: Esta reseña es a la vez la prepublicación de dos fragmentos del libro inédito de José Lázaro: La vida íntima de Torrente Ballester. Esa es la razón de que se centre en el importante testimonio que Marcos Giralt ofrece sobre su abuelo.
Después de triunfar con el libro en que plasmó la accidentada relación con su padre, Tiempo de vida, Giralt Torrente prolonga ahora un género que sería insuficiente etiquetar de «literatura del yo», pero que tiene mucho que ver con los mejores logros de autores como Modiano, Carrère, Annie Ermaux, Joan Didion…
Giralt desarrolla, con lucidez implacable y hermosa prosa, la historia de su familia materna: el abuelo, Gonzalo Torrente Ballester, su primera mujer Josefina Malvido —abuela de Giralt, fallecida antes de su nacimiento— y los cuatro hijos de aquel matrimonio, los hermanos Torrente Malvido: Gonzalo, Marisé, Marisa y Javier. Los ilusionistas es un libro de escritura lenta y madurada tras una digestión emocional que ha durado muchos años.
La editorial lo publica en una colección denominada «Narrativas hispánicas» y en el paratexto de la cuarta cubierta lo presenta como «novela de muchas vidas y de una sola», aunque matizando que está escrito «mezclando la novela epistolar, el perfil biográfico y el relato introspectivo y de formación». Con cierta generosidad se puede hablar de género mixto, aunque cabe sospechar un abuso del término «novela» para intentar vender más ejemplares. Pero lo cierto es que el propio autor asume el término, primero como corresponsable del paratexto y después cuando, interrogado en una entrevista de la Cadena SER sobre el uso de iniciales para evitar los nombres de sus familiares, expone las razones y añade que «en las novelas de ficción también me sucede»; se puede entender que él considera su libro como una novela sin ficción.
Pero al margen de la siempre elástica definición de novela, el hecho es que Giralt Torrente escribe un emotivo y brillante ensayo memorialístico sobre su familia materna, con la intención declarada de superar resentimientos y hacer la paz con el pasado. El principal resentimiento es el que tiene con su abuelo, Gonzalo Torrente Ballester. Primero, por haber dejado a su mujer Josefina y sus cuatro hijos en Ferrol para vivir en Madrid, en los años cuarenta, cultivando su carrera literaria. Después, por el cruel testamento con que discriminó a esos cuatro hijos de su primera mujer (dejando todos sus bienes a los siete que había tenido con la segunda). Llegó a intentar privarles de «la legítima» argumentando que había tenido que ayudarles económicamente cuando ya eran adultos. Lógicamente, el testamento dio lugar a un enfrentamiento judicial entre ambas familias que duró cuatro años y terminó con un acuerdo más equilibrado, pero con muchas cicatrices. Quedan por analizar (mi intención es hacerlo en otro lugar próximamente) las nefastas consecuencias que ese conflicto ha tenido en el entierro de la obra literaria de Torrente.
El libro de Giralt, tiene ocho capítulos. Uno de ellos, entre evocaciones a los muertos familiares, ilumina la infancia del propio autor, convertido así en personaje de su propia obra, algo muy característico —y polémico— de la literatura actual. Aunque en la propia obra de Torrente Ballester se encuentran juegos metaliterarios que poco tienen que envidiar a «descubrimientos recientes», como se puede comprobar en Fragmentos de Apocalipsis, Yo no soy yo, evidentemente o en las dos versiones de una misma historia «de su pueblo»: «Farruquiño» (1954) y «Farruco el desventurado» (1979); basta comparar estos dos últimos relatos para comprender la asombrosa evolución que llevó al autor de la magistral novela realista Los gozos y los sombras (1957-1962) a la aun más magistral novela experimental La saga/fuga de J.B. (1972).
Los otros siete capítulos se centran en su abuelo Gonzalo, la primera mujer de éste, Josefina Malvido, la relación entre ambos y los cuatro hijos de aquel matrimonio: Gonzalo Torrente Malvido (Gonga), María José (Marisé), Marisa y Javier. Todos ellos designados, como se ha dicho, por la inicial de su nombre de pila, salvo en frases puntuales, cuidadosamente pensadas —como toda la obra—, en que cada uno es mencionado por su nombre real. Giralt sostiene que se trata de una familia de ilusionistas, pues heredaron del patriarca una gran dificultad para lidiar con la realidad (consiguiendo, por ejemplo, unos ingresos regulares) y la tendencia a perderse en ensoñaciones que a veces llegaron a ser realidades paralelas. Si a don Gonzalo la literatura acabó llevándole al éxito, para los hijos de su primera mujer el ilusionismo tuvo consecuencias traumáticas. Llega a apuntar, sobre todo en las entrevistas promocionales del libro, que «a mí indudablemente todo esto me ha marcado. En cierto modo se puede decir que yo soy el quinto ilusionista. Lo que pasa es que, como mi abuelo, he sabido quizás encauzarlo mejor». Y de ese modo la minuciosa reconstrucción de la historia familiar —combinando recuerdos personales, lecturas de la correspondencia entre sus abuelos y relatos escuchados a su madre y a sus tíos— hacen que el recorrido del escritor, dolorosamente sincero, por la historia de su familia en las décadas anteriores a su nacimiento, acabe desembocando en su propia realidad biográfica y plasmándose en un texto que ofrece a la futura lectura de su hijo.
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Los ilusionistas parte de una lectura, discontinua a lo largo de años, que Giralt hace de centenares de cartas entre sus abuelos escritas a lo largo de dos décadas: 1933-1953.[1] Las recibieron su madre y él como parte del acuerdo alcanzado tras los cuatro años de conflictos por la herencia. El hijo mayor de Torrente, el también escritor Gonzalo Torrente Malvido, había preparado y prologado en el año 2000 (tras el cobro del correspondiente anticipo) una selección de 113 cartas de su padre a su madre Josefina por encargo de Plaza y Janés; llegaron a corregirse pruebas de imprenta antes de que la segunda familia bloqueara el libro judicialmente.[2] En algunas páginas web —incluida Amazon— todavía aparece la cubierta y los datos bibliográficos del libro abortado. Son parte de aquellas cartas (otra parte la perdió Giralt en un descuido) y todas las no seleccionadas entonces, las que ahora el nieto ha estudiado y sintetizado. Ha tenido que hacerlo sin poder citar literalmente ni una sola línea: «Antes de proseguir debo aclarar algo. Con frecuencia traeré a colación el testimonio epistolar de él o lo invocaré directamente, pero no lo citaré. Hacerlo requeriría permisos engorrosos. Versionaré intentando retener el significado, pero no serán sus palabras ni sus frases».[3]
Giralt dispone de casi trescientas cartas de su abuelo a su abuela, la mayoría sin fecha exacta, pero abarcando en conjunto las dos décadas citadas. (Él solo conservó cuarenta de ella, cuidadosamente fechadas en 1947 y 1948). En esos veinte años, él pasó la mayor parte del tiempo en Madrid, buscando al principio formación, luego gloria literaria, siempre contactos y dinero (con moderado éxito). La pareja se había conocido en Bueu, verano de 1931. Se casaron en mayo de 1932, aunque la madre de ella se oponía con firmeza, carecían de recursos económicos y las ensoñaciones literarias de él tampoco ayudaban. El matrimonio estuvo a punto de naufragar ya en los primeros tiempos, pero acabó encontrando un complicado equilibrio del que la correspondencia da cuenta. El nieto atribuye un papel decisivo a la atracción física mutua y la intensidad sexual de sus encuentros. Se pregunta si él fue fiel en su vida madrileña. Ella también lo pregunta directamente: «¿Me la pegaste, Pichu?». Él la amenaza con buscarse una amante si ella sigue adelgazando, y describe las múltiples ocasiones que le ofrecen los estrenos teatrales o los cócteles. El cronista recuerda que un amigo de su abuelo aseguraba que fue infiel toda la vida, pero cuestiona el testimonio, que podría ser un malentendido o una simple fanfarronada. Giralt expresa sus dudas sobre ese tema, aunque se inclina a creer en la sinceridad de su abuelo cuando proclama el completo rechazo al sexo mercenario, ocasional o separado del amor.
Las cartas están clasificadas en las «de novio» y las «de marido». Las primeras —que su autor denomina también «cachondas»— están cargadas de deseo y describen hasta límites casi pornográficos sus encuentros amorosos. Las segundas están llenas de órdenes, encargos y reproches: quiere silencio en la casa para trabajar sin que le molesten los niños, no quiere saber nada de las cuestiones domésticas, exige que ella esté siempre guapa, dulce, seductora, dispuesta para el sexo y que sea interlocutora en el trabajo intelectual. También le da lecciones acerca de cómo debe comportarse en sociedad: nada de paralizarse cuando le presentan a un desconocido; no puede dejar las frases sin concluir; tiene que hablar con aplomo, pero sin impostación; evitar los comentarios banales cuando están con amigos de alto nivel cultural, es mejor que hable poco y piense bien lo que va a decir: «Prepárate. Este verano voy a vigilarte estrechamente, seré implacable. No hace falta que lo hables con nadie. Obedece, tómatelo con buena disposición y no olvides ensayar».[4]
Giral añade a la clasificación de las cartas las inseguras, las demandantes, las de compromiso, las malhumoradas, las penitentes y las mentirosas. Las seis etiquetas, más las dos anteriores, pueden, lógicamente, combinarse.
Las exigencias que el marido impone a su mujer resultan asombrosas fuera del contexto de los años cuarenta o de un caso de dominación-sumisión. Tras diez años de matrimonio le exige a su mujer que recupere la iniciativa sexual y la desinhibición de los primeros tiempos; planifican los viajes según el método Ogino en los días infértiles, que ella quiere limitar a ocho mensuales y él ampliar a veinte; procuran que los encuentros no coincidan con las crisis asmáticas que ella padece, aunque en alguna ocasión él intenta explicarle el atractivo sexual de una mujer enferma; le ordena que se deshaga de los niños para facilitar sus encuentros íntimos; le advierte que los labios pintados pierden atractivo y, con un arrebato de fetichismo, le exige que en su próximo encuentro lo reciba con un determinado peinado. En un momento de intenso deseo sexual en que ella no puede viajar a Madrid ni él a Ferrol se citan en un hostal de León, donde pasan un día y una noche sin salir de la cama; el cronista constata que por la tarde gozaron dos orgasmos y otro por la mañana. Cuando, en 1952, les entregan el piso de protección oficial que habitarán en la Avenida de los toreros, ella viaja un día antes de lo que han dicho a sus hijos y conocidos para celebrar, en un cochón sobre el suelo, una intensa orgía conyugal aderezada con los grabados eróticos que ilustran una edición francesa de La Celestina.
Escribe Marcos Giralt: «En una carta de 1946 le reprocha que su docilidad amorosa haya menguado y le inquiere la razón. ¿Por qué no se concede ya esos raptos de deliciosa entrega que fueron causa de sus momentos más felices? Entonces sus labios no pronunciaban un no: como su corazón, decían siempre sí, y diciéndolo se apoderaban por completo de él. Lo del sí en los labios, tal vez tenga doble lectura, ya que en otra carta la emplaza, sin muchos ambages a que su boca vuelva a visitar el sexo de él».[5]
Al plantearse el relato, Giralt decidió limitar sus fuentes a la correspondencia entre sus abuelos, renunciando a otras que estarían a su alcance. Es una decisión legítima en un literato y coherente con la naturaleza de su texto; sería absurda en un investigador. Tiene una consecuencia llamativa: muestra dudas y lagunas de información que le hubiera sido fácil evitar, lo que reafirma el carácter puramente literario de su empresa. El escritor lo asume desde el principio: «Sé mucho de ellos, pero casi tanto es lo que ignoro».[6]
«Al parecer —he oído— ella tiene un aborto».[7] Además de oírlo, lo podría fácilmente comprobar en los últimos folios del diario fragmentario que su madre conserva en la casa de Corcubión. A finales de 1931 anota que su novia se ha quedado embarazada y él se encuentra a las puertas de la paternidad. Hace cuatro meses que se conocen y faltan cinco para la boda. No prosperó el embarazo, ya que su primera hija no nacería hasta 1934. Pero las anotaciones íntimas reflejan a la vez el impacto emocional de la situación y la tendencia de Torrente a distanciarse de sus propias emociones para pensarlas fríamente. El 11 de diciembre se reconoce como la antítesis de su padre, un don Juan compulsivo. Constata su profunda querencia por la paternidad, pero se pregunta cómo la ejercería, cómo ese nuevo yo prolongaría el suyo; desearía transmitirle sus propias agonías y verle realizar sus imaginaciones. Una semana después ha recibido noticias sobre la delicada salud de su novia y se estremece pensando en su posible muerte. Está profundamente emocionado y no sabe lo que haría si se produjese esa doble muerte
Escribe Marcos Giralt: «No he sabido quienes eran sus amigos».[8] En ese mismo lugar tiene sustanciosa información sobre ellos.
«En 1942 lo invitan a formar parte de la delegación española en el congreso de intelectuales de Weimar, organizado por la Alemania nazi, pero el viaje, al que se refiere en cartas previas, no suscita ningún comentario posterior».[9] En las cartas no, pero en el diario Arriba está minuciosamente contado en una serie de cinco artículos titulados «Grandes anales de quince días: Memorias de un viaje a Weimar».[10] Allí relata los paisajes contemplados durante el trayecto, la parada en París, describe la ciudad de Weimar y evoca su pasado literario e histórico, recuerda a Goethe y a Rilke, las sesiones del congreso, las visitas a casa de Listz y a Wartburg (donde recrea la figura de Lutero), el retorno por Berlín…
Tras el análisis sedimentado de las cartas y los recuerdos familiares, Marcos Giralt concluye que ella era una mujer enamorada y si aguantó veinte años de separación conyugal pese a desear la convivencia con su marido lo hizo por respeto a las ambiciones literarias de él y por la necesidad de demostrar a su madre que se había equivocado al cuestionar el futuro económico y social del matrimonio. Pero a veces titubea: «¿Por qué estuvimos condenados a separaciones tan largas habiendo matrimonios que en nuestras condiciones económicas están siempre juntos? ¿Es que somos más exigentes o no sabemos vivir? ¿Qué nos pasa?».[11]
Al final, el nieto escritor reformula las ideas sobre su abuelo de un modo que corrige y completa las descripciones previas:
Él rebosa contradicciones. Puritano y carnal, católico y progresista, egoísta y controlador, reservado y petulante, aspira a que la realidad se amolde a las fluctuaciones de su ánimo. Anhela a su familia, pero la evita porque no soporta el ruido de una casa en marcha. Se interroga por el lugar donde hallar asiento, pero su opción preferida (Madrid) sería desconsiderada con su mujer. Ella es una criatura marina, él lo sabe, y quitarle el mar —el sonido de las olas, la brisa, su humedad, los arenales— le arrebataría en parte la alegría de vivir.[12]
Mi recuerdo de él abarca recuerdos que no son míos. Mi mirada incluye jirones de otras miradas. (…) Sé que tanto su padre como su abuelo fueron mujeriegos y que, tal vez por eso, a contracorriente de su natural sensual, el desarrolló un ambiguo puritanismo con respecto al sexo —gracia divina cuando se origina en el amor, y pecado, falta o caída si es promiscuo o furtivo—. Sé que admiraba a su padre por la generalidad de lo que era, pero que guardaba grandes dosis de resentimiento contra algunas de sus concreciones. Sé que era liberal, progresista y católico pragmático observante de los ritos. Que era escritor y persiguió la fama desde joven, y que sufrió por no conseguirla hasta tardíamente. Que hizo la Guerra Civil en el bando equivocado por confusas razones entre las que lo ideológico pesó menos que los cálculos personales. Qué era inteligente, socarrón y un agudo conversador, pero muy poco resolutivo, perezoso y nada práctico. Que el reconocimiento literario, cuando le llegó, socavó la arrogancia intelectual en la que su despecho se había embozado. Que era descreído. Que tendía a la autocompasión y a juzgar cualquier suceso por sus efectos sobre él. Que era cariñoso, sentimental y fantasioso. Que otorgaba al pasado casi tanta entidad como al presente en el que vivía, y que era tan irresponsable como para haber tenido once hijos de dos mujeres, cuatro de la primera y siete de la segunda.
Durante mucho tiempo estuve enfadado con él.[13]
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En el capítulo seis de Los ilusionistas («La memoria heredada»)[14] Giralt no se anda con paños calientes al evocar «la iniquidad de mi abuelo con aquellos que más habían padecido por su causa» los hijos abandonados en Ferrol con una madre enferma en los años del hambre mientras su padre ejercía de crítico teatral en los salones madrileños. Aunque repite que para él fue un buen abuelo, «quizá no fuera tan buen padre». Declara explícitamente su intención: «Reivindicar la memoria de mi abuela y sus hijos, mi madre entre ellos, convencido como estaba de que habían recogido los peores frutos de la relación de mi abuelo con la escritura y de que este, sin detenerse a considerarlo, había agravado la condena faltando a la debida ecuanimidad en el momento solemne de disponer sus últimas voluntades. Mi propósito, pues, era advertir de que había un relato secreto y molestar, si era posible, a quienes en mi opinión contribuían a silenciarlo».[15]
La declaración de guerra queda hecha, las cartas están ya encima de la mesa. La prensa de la época informó ampliamente sobre el pleito (del que quedan pocos rastros actualmente en internet, es de suponer que por la legislación sobre el derecho al olvido… digital). La partición de herencia quedó bloqueada, la viuda no podía hacer contratos con editoriales, cobrar los derechos de autor ni aceptar las ofertas que recibía para hacer una película, una ópera o reeditar libros en el extranjero.[16]
Y Giralt sigue su reflexión sobre la guerra de los Torrente desarrollando las consecuencias emocionales de los cuatro hijos que vivieron el testamento como un castigo que les hizo mirar atrás y reinterpretar la relación con su padre desde una fuerte vivencia de rechazo. Se vuelve a mencionar su carencia de estudios universitarios, la falta de profesión estable, las fases de penuria… Pero aquí el nieto matiza, reconoce que no fue —en los primeros años— tan justo como pretendía, que focalizó en su abuelo toda la culpabilidad olvidando muchos aspectos positivos de aquella relación: el constante vínculo epistolar, la riqueza cultural que les transmitió, las fascinantes narraciones que les contaba continuamente, los momentos de holgura y cariño. Concluye que, quizá por influencia de Josefina, lo cierto es que los cuatro «crecieron adorando al padre, sin resentimientos».
Al final el nieto comprende a su abuelo, aunque no lo justifique. Evoca sus fantasías infantiles, el abismo entre sus padres, la educación absurdamente señorial, el solipsismo original, las dudas, los complejos, las ambiciones y espejismos juveniles, los sueños literarios una y otra vez frustrados por la falta de reconocimiento. Comprende incluso la diferencia en el trato a los hijos del hombre joven que luchaba por llegar a ser alguien y del anciano que había triunfado demasiado tarde: «Pérdidas y ganancias a consecuencia de esa disparidad las hubo en los dos lados». Pero «las heridas abiertas en sus hijos no se han cerrado; algunos marcharon con ellas a la tumba».[17]
[1] Giralt Torrente, Marcos (2025): «Los años escritos», en Los ilusionistas, Barcelona, Anagrama, pp. 11-57.
[2] Castilla, Amelia (2000): «Disputas de herencia aplazan la edición de las cartas de Torrente a su primera esposa», El País, 10 de junio.
[3] Giralt Torrente, Marcos (2025): Los ilusionistas, Barcelona, Anagrama, p. 16.
[4] Ídem, ibídem, pp. 52-53.
[5] Ídem, ibídem, p. 29
[6] Ídem, ibídem, p. 11.
[7] Ídem, ibídem, p. 15.
[8] Ídem, ibídem, p. 13.
[9] Ídem, ibídem, p. 34.
[10] Arriba, 24, 25, 27, 28 y 29 de octubre, 1942. Todos en p. 3. Cfr. Ana M.ª Gómez-Elegido Centeno (2009): Gonzalo Torrente Ballester y su escritura en los periódicos, Madrid, Fragua, pp. 139-142.
[11] Giralt Torrente, Marcos (2025): Los ilusionistas, Barcelona, Anagrama, p. 46.
[12] Ídem, ibídem, p. 36.
[13] Ídem, ibídem, pp. 155-156.
[14] Ídem, ibídem, pp. 155-184
[15] Ídem, ibídem, pp. 162-163.
[16] Amelia Castilla (2002): «La herencia de Torrente Ballester se dirime en los tribunales», El País, 5 de mayo. (https://elpais.com/diario/2002/05/05/cultura/1020549605_850215.html).
[17] Marcos Giralt Torrente (2025): Los ilusionistas, Barcelona, Anagrama, pp. 165-166 y 183.





